DE LA ADMIRACIÓN (2): ADMIRACIÓN E IGNORANCIA


Dice Aristóteles: “Pero el que se plantea un problema o se admira, reconoce su ignorancia” (Met. 982b 18). Quedan así dichos los criterios que nos permiten conocer que alguien ignora realmente: se plantea una pregunta o se admira. La consideración de esos criterios obliga a detenernos sobre lo siguiente:

  1. ¿Qué admira?
  2. ¿De qué naturaleza es la pregunta que plantea?
  3. ¿Cómo es la ignorancia generada en la actitud filosófica?

1. Admiran aquellas cosas que nos sorprenden por estar fuera de lo común o esperado. Aristóteles, a modo de ejemplo, dirá que los hombres empezaron por admirarse ante los fenómenos sorprendentes más comunes y más tarde se plantearon problemas, como los cambios de la Luna o relativos al Sol.

De esas cosas que nos sorprenden decimos que son extrañas; esto es: desentonan del conjunto, no encajan con las otras cosas, quedan como fuera. Destacan porque no se amoldan al fondo sobre el cual las cosas resultan comprensibles e interpretables. Están ahí, como hechos inconcusos del mundo, pero resistiéndose a formar parte de nuestra imagen del mundo. Por eso captan nuestra atención y nos obligan a considerarlas.

También admiran las cosas consideradas comunes cuando son vistas con esa peculiar mirada que los griegos llamaron theoría.

La palabra teoría se asocia hoy a conocimiento puro por oposición a lo práctico o aplicado. Pero no fue así inicialmente, al menos en su uso en el mundo griego que la acuñó. Theoría es la condición del theorós. Y éste era alguien enviado por la ciudad a participar en la fiesta (como podían ser unos juegos olímpicos) de otra ciudad como observador. El era el enviado porque estaba cualificado para hacer la observación, esto es, era alguien perteneciente a ese mundo griego con experiencia sobre las bases de ese mundo al que pertenecía. Por su carácter de observador, su participación en la fiesta debía hacerse sin dejarse absorber por ella. El theorós ‘está’ en la fiesta, pero manteniéndose a cierta distancia, la necesaria para no perder de vista qué es lo que se está haciendo. Aquellos que están participando metidos en el juego no perciben éste como tal, olvidan aquello que están haciendo. Pierden de vista que aquello es un juego.

Theoría es, pues, ese modo de acercarse a las cosas, esa actitud, que permite la distancia necesaria frente a las cosas para poderlas ver y preguntarse qué son ellas en el fondo.

2. Porque las cosas que aparecen descansan sobre un fondo que les da sentido y fundamento, la ignorancia de ese fondo hace que nuestro saber sobre ellas sea en realidad un no saber. Por ejemplo, hablamos de leyes justas, acciones justas y hombres justos. Pero todo eso supone que poseemos una noción de justicia sin la cual no sería posible reconocer tales actos o leyes o personas como justos. Esa noción que hace posible que algo pueda aparecer como justo y que daría fundamento a nuestro saber sobre la justicia es la que se oculta y debe ser investigada. Y solamente un saber fundamentado puede aspirar a ser válido para todos, universal.

La pregunta, pues, que genera la admiración es una pregunta fundamental, una pregunta sobre aquello que no se ve, pero sostiene nuestro decir, como los cimientos de un edificio, que no por no verse dejar de ser aquello que sostiene toda la obra. O si se quiere otra imagen, como las raíces del árbol, que aunque ocultas en la tierra, son las que lo sostienen y alimentan. La pregunta es una pregunta radical.

3. Esta pregunta dirigida, pues, a la raíz de las cosas muestra una dirección al pensar y una disposición de apertura del entendimiento respecto del conocimiento. Su meta es la verdad, la cual tiene como nota distintiva la universalidad, y ésta solamente puede alcanzarse desde una actitud desinteresada dispuesta a examinar sus supuestos, y así permitir que se manifieste la razón inherente a las cosas, su logos.

Hay la ignorancia de quien sabiendo algunas cosas reconoce que aún le quedan muchas cosas por saber. Es la ignorancia correspondiente a una visión acumulativa del saber. Hay, también, la ignorancia de quienes reconocen ciertos límites a nuestro modo de conocer, como por ejemplo, el no poder establecer un criterio definitivo de verificación, por lo que nuestro saber no iría más allá de plausibles conjeturas.

Pero la ignorancia nacida de la pregunta dirigida al fundamento de las cosas es la ignorancia mostrada en el mito de la caverna de Platón (República, 514ª – 517ª). El descubrirnos como prisioneros de un mundo de sombras nos remite espontáneamente a la búsqueda de la realidad de aquello de lo cual esto son sombras. Este descubrimiento es el saber que sirve de punto de apoyo a una ignorancia fecunda en cuanto asigna al pensar la tarea interminable de buscar aquello que hace posible lo percibido como sombras.

Digo lo percibido como sombras, pues lo oscuro no son las cosas, sino las limitaciones de mi entendimiento. De ahí que la búsqueda de las respuestas a mis preguntas sobre las cosas tenga que ir acompañada de la correspondiente intensificación de la conciencia en que ellas se muestran.

La caverna, el mundo de las sombras, al igual que el reino de la luz, habita dentro de nosotros. Eso es lo que admira, el fondo al que apuntan nuestras preguntas y la ignorancia subyacente a nuestra condición humana.

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