DE LA MEMORIA (I)

“Grande es esta virtud [vis] de la memoria, grande sobremanera, Dios mío, Intimidad [penetrale] espaciosa e infinita. ¿Quién ha llegado a su fondo? Más, con ser esta virtud propia de mi alma y pertenecer a mi naturaleza, no soy capaz de abarcar totalmente lo que soy. De donde se sigue que es angosta el alma para contenerse a sí misma. Pero ¿dónde puede estar lo que de sí misma no cabe en ella? Acaso fuera de ella y no en ella? ¿Cómo es, pues, que no se puede abarcar?.

Mucha admiración me causa esto y me llena de estupor. Viajan los hombres por admirar las alturas de los montes, y las ingentes olas del mar, y las anchurosas corrientes de los ríos, y la inmensidad del océano, y el giro de los astros, y se olvidan de sí mismos, ni se admiran de todas estas cosas, que al nombrarlas no las veo con los ojos, pero que no podría nombrarlas si interiormente no viese en mi memoria los montes, y las olas, y los ríos, y los astros, percibidos ocularmente, y el océano, sólo creído, con dimensiones tan grandes como si las viese fuera. Y, sin embargo, no es que haya absorbido tales cosas al verlas con los ojos del cuerpo, ni que ellas se hallen dentro de mí, sino sus imágenes. Lo único que sé es por qué sentido del cuerpo he recibido la impresión de cada una de ellas”

San Agustín, Confesiones, X, 8, 15

En el fondo de nuestra alma, allí guardado, reside lo que somos y en nosotros hay de vida imborrable. ¿Qué es de los que pierden la memoria de lo vivido?. El olvido es para el recuerdo lo que la muerte para la vida o el sueño para la vigilia. En esa intimidad nuestra se forma la imagen que de nosotros tenemos y que orienta nuestro futuro.

A partir de ella nace nuestra noción de tiempo y sus etapas, haciéndolo nuestro, mi tiempo. Cuando alguien dice “en mis tiempos”, parece estar afirmando que los que ahora corren ya no cuentan para él, no son suyos, son de “otros”. Como si pasada la juventud, ya no hubiera futuro para él y su presente no fuera vivido.

Para los griegos, Mnemosine era la personificación de mneme [memoria], una titánide hija de Gea y Urano. De ella recibían los reyes y poetas el don de hablar con autoridad, sabiendo lo que decían. Entre los órficos, Mnemosina era invocada para despertar al aletargado, uniendo el corazón a la cabeza, y liberar a la mente del vacío, dándole vigor y alejando las tinieblas de la mirada interna y del olvido. Ella rompía las ataduras de Leto, el río cuyas aguas producían el olvido.

¿Qué sería de la fe cristiana sin la memoria? El Catecismo de la Iglesia Católica, recuerda en el nº 113 el adagio de los Padres: “La sagrada Escritura está más en el corazón de la Iglesia que en la materialidad de los libros escritos. En efecto, la Iglesia encierra en su Tradición la memoria viva de la Palabra de Dios”. Ni más ni menos que como María: “Su madre guardaba cuidadosamente [dieterei] todo esto en el corazón” (Lc. 2, 51)

Gracias a la memoria podemos viajar por el tiempo, recuperando el pasado y proyectando el futuro. Por ella nuestra vida tiene continuidad y traza su sentido.

¿Cómo llegar al fondo de nuestra memoria, si en ese fondo nos encontramos con Dios, fuente de nuestro ser?.

De “los campos y anchos senos de la memoria” se nutre nuestra vida interior y se perfila la intimidad sobre la se asienta nuestra vida. Y de ahí nuestra admiración e interés por ella.

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