SÓLO SÉ QUE NO SÉ NADA

Cuenta Diógenes Laercio en su obra “Vidas de filósofos ilustres” la siguiente anécdota, a propósito de Tales, uno de los llamados siete sabios de Grecia:

“Fue el caso que ciertos jóvenes jonios compraron a unos pescadores de Mileto un lance de red[1], y como en ella sacasen un trípode[2], se movió controversia sobre ello, hasta que los milesios consultaron el oráculo de Delfos, cuya deidad respondió:

¿A Febo preguntáis, prole milesia,

cuyo ha de ser el trípode?. Pues dadlo

a quien fuese el primero de los sabios.

Diéronlo, pues a Tales; Tales lo dio a otro sabio; este a otro, hasta que paró en Solón; el cual, diciendo que ‘Dios era el primer sabio’, envió el trípode a Delfos [= Apolo Délfico]”[3].

Esto mismo nos viene a decir Aristóteles cuando afirma que “su posesión podría con justicia se considerada impropia del hombre. Pues la naturaleza humana es esclava en muchos aspectos; de suerte que, según Simónides, «sólo un dios puede tener este privilegio», aunque es indigno de un varón no buscar la ciencia a él proporcionada” (Met 982b 30).

Dios es el primer sabio, el más sabio: es a él a quien compete, propiamente, la sabiduría. Frente a la sabiduría de Dios, el hombre se caracteriza por no-saber. No es que el hombre no sepa nada, sino que su saber es precario. Aquello que sabe le revela algo, pero no todo. De ahí que pueda sacar conclusiones erróneas. Por eso, frente a Dios, el hombre es constitutivamente ignorante.

Ahora bien, todo aquello que constituye al hombre es posibilidad, algo que puede ser aceptado y asumido, o no. ¿Qué significa esto?

En primer lugar, que puede el hombre ignorar su propio no-saber, vivir de espaldas a él. Es decir, aceptar pasivamente aquello que ha adquirido bien por enseñanza de los otros o por experiencia propia, y que conforma su mundo, en el interior de cuyo círculo se mueve y desarrolla su vida. Un vivir en el que su no-saber está olvidado por no poderlo ver.

Pero también puede caer en la cuenta de la precariedad de su saber, saber que no sabe. Esto es la filosofía: asumir ese no. Y desde el preciso instante en que uno asume ese no-saber crea la distancia necesaria para interrogarse sobre lo que presuntamente sabe. Interrogación que adopta la concreta dirección de buscar el fundamento de lo que se cree saber. Porque sin fundamento el discurso (logos) no puede ser consistente, no puede cumplir su misión, que es la de manifestar lo que, realmente, hay.

Esto nos descubre que asumir ese no saber es una forma de pertenecer a la sabiduría. Que el hombre guarda respecto a ella una relación de afinidad, de armonía, de amistad. Es lo que expresa el término “philos”, de filosofía.

Al mismo tiempo, este pertenecer a la sabiduría muestra la distancia que nos separa de ella. De ahí que esa asunción se transforme en anhelo, en deseo que señala una tarea inagotable, infinita, de conocimiento.

Ahora bien, este no-saber no es una simple carencia, sino que proporciona una clara noción de saber que permite el examen crítico de los supuestos saberes y decidir en qué medida se acercan a la verdad. Sócrates, consciente de no saber, para comprobar la afirmación de la pitonisa de que no había nadie más sabio que él, examina los distintos saberes que se encuentra: el de los que se creen sabios, los sofistas, la de los poetas inspirados y el de los artesanos.

El saber de los sofistas es mera presunción. Se trata de un discurso levantado sin fundamento que no puede dar cuenta de él. Los poetas dicen algunas cosas realmente bellas y verdaderas, pero éstas no proceden de la sabiduría alcanzada por ellos, sino de la divinidad; animados por las dotes que en ellos ven, se creen sabios y capacitados para hablar de todo, pero en realidad no entienden ni aquello que han dicho bajo inspiración. En cuanto a los artesanos, su saber se ve oscurecido al creerse capacitados para hablar de cosas que iban más allá de su oficio.

La asunción de nuestro radical no-saber nos abre dos posibilidades: la investigación sin término para ir conquistando parcelas de saber y la de escucha de la realidad, haciéndole espacio para que se manifieste en nosotros. Ambas posibilidades son compatibles. Y ambas nos muestran nuestra pertenencia a esa divinidad a la aspiramos y para la que estamos hechos. Es lo que nos decía San Agustín en Las Confesiones: “nos has hecho para Vos y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Vos”.



[1] Es decir, toda los peces que sacasen en un vez que echasen la red al agua.

[2] Un banquillo de oro con tres pies.

[3] Diógenes Laercio. Vidas de filósofos ilustres. (Tr. De J. Ortiz y Sainz), pg.12. Barcelona, 1986.

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