¿ES ADECUADO EL CASTIGO FÍSICO?

 

Considerando, tal vez, que por mi dedicación a la educación yo debería saber algo, me preguntaron unos padres sobre mi opinión acerca de los castigos físicos, hoy tan mal vistos. Antes de responder dediqué unos momentos a intentar captar el sentido de su pregunta, pues no deseaba que mi opinión pudiera servir para justificar alguna mala práctica educativa. Al amparo del “una bofetada a tiempo”,  “la letra con sangre entra” y “quien bien te quiere te hará llorar” algunos han creído  transformar su incapacidad educativa y malos humores en aconsejable y bueno.

Me pareció que la pregunta merecía ser contestada empezando por el final. El que fueran mal vistos lo entendía como un progreso. Era señal que se había ido abriendo camino la sensibilidad hacia la infancia y entendiendo que esos castigos son injustos y consiguen las más de las veces un efecto contrario al que pretenden: no corrigen la falta cometida y ponen en peligro el desarrollo de la personalidad del infante.

Lamentablemente bastantes padres han sustituido el castigo físico por el “psicológico”: regañan constantemente, chantajean, prohíben, ridiculizan, amenazan o imponen su superioridad física inmovilizando al niño. Esto me parece tan dañino e injusto como lo anterior y hace que baje la autoestima de niño que se siente menospreciado, impotente y culpable.

Tanto en el caso de los castigos físicos como en los “psicológicos” ponen más de relieve nuestro mal humor, tensiones y conflictos no resueltos que el deseo de ayudar al niño en su desarrollo.

Creo que no se puede hablar de los castigos sin hablar de educación. El castigo es el capítulo en que se trata de los errores que se dan en todo desarrollo y pueden y deben ser corregidos. Pero lo primario es saber lo que se involucra en esa tarea de educar.

De una manera u otra, todas las ideas sobre educación apuntan en la dirección de entenderla como un perfeccionamiento del ser humano para que llegue a ser lo que verdaderamente es, una persona. Santo Tomás de Aquino diría: “Es la conducción y promoción de la prole al estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud”. Dewey diría por su parte que es “el proceso a través del cual el individuo adquiere mejor control de sus poderes”. Las definiciones pueden parecer muy diferentes,  pero apuntan a lo mismo. Es educativo todo aquello que contribuye a esta finalidad y facilita ese proceso, sea familia, escuela, televisión, asociación deportiva o parroquia. Y lo que no va en esa dirección, no es educativo.

Ese proceso empieza en el hogar, con los padres, y tiene que cubrir una necesidad básica del niño, y de toda persona: la seguridad. Necesita seguridad física, seguridad afectiva y seguridad intelectual. Saber que recibirá el alimento  y la limpieza necesarios, que sus progenitores le quieren y lo protegen y que las normas que regulan la conducta son consistentes y buenas.

Esta seguridad se logra con la disciplina. Ahora es frecuente ver que la palabra disciplina se asocia con represión, castigos y prohibiciones. Pero originariamente su significado involucra todo lo que es instrucción, enseñanza, doctrina, normas de vida, principios, etc. El discípulo, palabra derivada de disciplina, es el que sigue una determinada enseñanza o doctrina.

La disciplina empieza, pues, por establecer esas normas que permiten ir aprendiendo a qué atenerse y cuáles son los límites de nuestra conducta. Normas que para ser educativas han de ser pocas, claras y consistentes. Al igual que en un juego, marcan el campo de juego y dan instrucciones precisas sobre lo que está prohibido, pero con la finalidad de que se pueda jugar. No puede haber juego sin normas. Normas consistentes, sin contradicciones entre ellas y que obliguen igualmente a todos, incluidos los padres en este caso.

Donde hay normas se requiere alguien que vele por su cumplimiento, un árbitro, alguien que en el juego haga un papel diferente, pero no contradictorio, con lo que allí ocurre. En el caso del juego educativo, ese alguien debe ser firme, como cualquier árbitro, pero también bondadoso, comprensivo, razonable y capaz de escuchar. Pues los que juegan están aprendiendo y muchas de sus faltas son errores de los que deben aprender. Por eso las faldas maternas y las rodillas paternas son las más instructivas y lo que ellas no hayan conseguido antes de los diez años, difícilmente se conseguirá ya.

Cuando esa disciplina falla lo más normal es que el niño se torne inestable, caprichoso, exigente, emberrinchado e inseguro.

La aplicación de las normas debe ir a tenor de la edad, a tenor con la capacidad del niño para entender lo que se espera de él. Y también sin perder de vista la naturaleza que en él se manifiesta. A la hora de corregir sus faltas se ha de intentar ver qué ha significado para él esa conducta para calibrar su importancia real. Pero lo que si se debe es corregir inmediatamente, sin rencores y enseñando alternativas aceptables a su conducta.

Una de las barbaridades que encuentro en nuestro sistema educativo, y ahora me refiero a la enseñanza secundaria, es la manera de abordar las faltas graves de los alumnos. Se establece que hay que hacer un expediente, que debe estar concluido en el plazo de un mes, que el consejo escolar es el que debe fallar sobre expediente, fallo que podrá ser recurrido… ¡Pueden pasar hasta dos meses para hacer efectiva la sanción! Tratando de proporcionar “garantías” jurídicas al alumno, la corrección pierde todo su carácter educativo por tardía y la hace injusta al dar publicidad a la falta en el consejo escolar.

La corrección ha de ser serena, pero mientras está viva la falta cometida en la mente del niño. Y sobre todo con cariño. Lo que se le diga, el semblante o las medidas que se adopten no deben poner en duda que se le sigue queriendo y confiando en él.

Recuerdo estudiando pedagogía que leí, creo en el libro de texto de Consuelo Sánchez Buchón, que “castigo repetido, poco efectivo”. Los niños acaban acostumbrándose a los palos y los reproches continuos, los cuales dejan de tener ningún efecto, aunque muchas veces los males causados por ellos son ya irreparables.

Toda corrección ha de ser una oportunidad de superación. Cuando va acompañada de alboroto y chillidos histéricos solamente añaden ansiedad y angustia en el niño. Y esto suele suceder, pues suelen imponerse más cuando los padres están cansados o nerviosos. Muestran más debilidad que firmeza.

La tarea de educar es hermosa, pero no sencilla. Exige constancia, sencillez y paciencia. Naturalmente se cometen muchos errores que tocará aceptarlos y de los que cabrá aprender. Pero los principios deben ser claros y sostenerse con firmeza, aunque sin intransigencia. Los medios y recursos que se utilicen han de buscar más el estímulo que la culpa.

La necesaria obediencia que ha de aprender será el camino que le haga progresivamente más autónomo y libre. Un camino en el que se avanza más ligeramente acompañado de cariño que de reprensiones. Así que castigos, los justos, claros y sin humillaciones.

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2 comentarios en “¿ES ADECUADO EL CASTIGO FÍSICO?

  1. A mí nuna me han pegado mis padres, y creo que no me ha hecho falta. Y no es porque nunca me haya portado mal. A veces me han regañado, y cada día entiendo más a mis padres y les doy las gracias por cómo me han educado. Creo que los castigos físicos no son necesarios si se educa bien desde el principio.

  2. Estoy de acuerdo contigo. Es motivo de dar gracias el tener unos padres como los tuyos.

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