NOTAS SOBRE EL PROBLEMA DE EUROPA

“Europa, ¿qué es exactamente”?. Así comenzaba la conferencia sobre los “Fundamentos Espirituales de Europa” que Joseph Ratzinger pronunciaba en la Biblioteca del Senado de la República Italiana el 13 de mayo de 2004. Esa conferencia ofrecía una reflexión sobre el ser de Europa, muy necesaria a la hora de orientar el contenido de la Constitución Europea que por esas fechas se estaba elaborando, al menos en lo referente a “los elementos morales fundamentales que no deberían faltar, según Ratzinger.

¿Cuál es el problema de Europa?. Si la pregunta fuera, por ejemplo, “¿qué es África”? la respuesta sería obvia: el contenido de ese concepto es básicamente geográfico y puede ser delimitado con precisión. África tiene problemas de toda índole, políticos, económicos, culturales, educativos, etc., pero África como tal no constituye un problema. También Europa tiene sus problemas, problemas económicos, sociales o políticos. Tal vez sean problemas de una dimensión diferente de los de África, pero pertenecen al mismo orden. Pero en el caso de Europa, además de problemas de ese tipo, tiene otro de orden diferente, que hace referencia a su propia esencia y que en función de cómo esta sea concebida orientará las respuestas a sus problemas en una dirección u otra. Este problema, en singular, demanda una dilucidación filosófica, puesto que ser europeo significa estar en una de las respuestas posibles a ese problema, se sepa o no.

El cardenal Ratzinger acompaña el interrogante inicial de una serie de cuestiones de carácter geográfico, tales como “¿dónde comienza, dónde termina Europa?”, o “¿por qué Siberia no pertenece a Europa, aunque también la habitan europeos, que tienen un modo de pensar y de vivir completamente europeos?”, o “¿dónde está su límite en el Atlántico?”… Todas estas preguntas no tienen otra finalidad que hacer caer en la cuenta de que Europa no es un espacio determinado en términos geográficos, sino “un concepto cultural e histórico”.

Las preguntas “geográficas” que formula Ratzinger podrían multiplicarse de manera que cada una de ellas, además de servir para resaltar la dimensión conceptual de Europa, ofrecería puntos de reflexión que ayudarían a ver los criterios en virtud de los cuales unos pueblos son integrados o excluidos ese concepto. ¿Por qué son europeos los bosnios musulmanes o los canarios? ¿Son europeos los gitanos? ¿Qué decir al respecto de los canadienses descendientes de europeos?.

Geográficamente, Europa viene a ser una península de penínsulas de Asia. El territorio que hoy conocemos con ese nombre empieza a definirse en los siglos XV y XVI a África, Asia y la recién descubierta América. Europa es “el centro” de esos territorios, que pasan a ser su “periferia”. Pero se trata de una geografía cambiante que se va configurando históricamente.

Estas consideraciones geográficas nos muestran cómo la idea de Europa ha ido desarrollándose en el espacio y cómo ese movimiento le ha ido dando “cuerpo”. Y, simultáneamente, en la medida que el movimiento lleva implícito el tiempo, historia constitutiva. De ahí que Europa sea una denominación heredera de otras anteriores, tales como mundo griego, Imperio Romano, Cristiandad, e incluida en otra llamada Occidente o mundo Occidental. Un movimiento que nos presenta esa idea de Europa como universal, con la pretensión de ser válida para todos, pretensión que necesita ser aclarada y justificada.

¿Por qué un concepto histórico?. La historia no es mera sucesión de hechos ordenados en el tiempo. Para que haya propiamente historia se requiere que esos hechos puedan ser referidos a alguna cosa que permanece en el tiempo. Al igual que la memoria es la base de nuestra personalidad individual, en la que nuestro particular yo ha ido integrando las distintas vicisitudes que le ha ocurrido, la historia colectiva de un pueblo se constituye integrando en una Tradición su devenir.

El mundo europeo u occidental ha ido constituyendo su perfil propio, su tradición, a partir de la racionalidad griega, el derecho romano y la experiencia religiosa judeocristiana. Tal vez habría que añadir como aporte último a esa tradición la ciencia moderna.

Estos constituyentes íntimos de la cultura occidental forman el fondo sobre el que se dibujan las diferentes figuras históricas, las “raíces” que nutren y sostienen su vida cultural. En la medida que ese fondo es tal, que esas raíces cumplen su función, pasan inadvertidas, ocultas manifestando lo que son en su no presencia. El hecho que se repare en ellas y sean motivo de atención que las transforma en tema de reflexión es indicador de que algo va mal en esos íntimos elementos constituyentes. Algo semejante a lo que pasaría si reparáramos en los zapatos que nos ayudan a caminar, cosa que suele ocurrir cuando se ha deteriorado o nos molestan, que dejarían de ser propiamente unos zapatos para ser otra cosa. Los zapatos como mejor muestran su ser es realizando silenciosamente su función. En la medida que ese fondo está actuando como tal en una comunidad, esa comunidad está siendo sujeto de su historia.

Hoy ese fondo desde que el que se entiende la cultura europea es objeto de atención. La pregunta por el ser de Europa nos indica básicamente tres cosa:

a) Que esa cultura está viva. La propia pregunta muestra esa raíz racional o filosófica que anima a esa cultura. Ese volverse reflexivamente sobre su propio quehacer, haciéndose objeto, es una forma de consideración de las cosas propia de la filosofía, raíz primera de esa cultura.

b) Que el proyecto dibujado implícitamente por ese fondo necesita ser renovado, redescubierto.

c) Que ese proceso de renovación de los constituyentes íntimos de la cultura vendrán dados por una reconsideración de su historia. Su presente es intrínsecamente histórico. Ver cómo han ido naciendo e incorporándose en su cuerpo los diferentes elementos definitorios de la cultura europea es necesario para la comprensión de ésta.

Anuncios

Un comentario en “NOTAS SOBRE EL PROBLEMA DE EUROPA

  1. Efectivamente, el preguntarse por el ser de Europa es signo de su vitalidad. Ahora bien, ¿de qué índole es esa vitalidad. Parece que, en último extremo, esa vitalidad es, ante todo, “vida autoconsciente”. Y es curioso que en sus orígenes esté precisamente el pensar filosófico: ya decía Hegel que “la lechuza de Minerva levanta el vuelo al anochecer”, en una metáfora muy adecuada al simbolismo de Occidente, el lugar de la “puesta del sol”. Dejando a un lado el contexto teo-antropológico hegeliano, la frase puede enlazarse con la expresión evangélica “la plenitud de los tiempos”, que alude justamente al momento en que Cristo inicia su predicación. Y es que Él llega precisamente en la época en que la filosofía griega, pero también el sincretismo religioso hacen crisis. El posterior desarrollo de los polos filosófico y cristiano de Occidente viene marcado por esa tensión: parece como si Occidente, el lugar de la “puesta de sol”, pero también el símbolo de la muerte, señalase justamente el límite de lo humano y su “ruina”, más allá de la cual nos busca la Salvación.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s