SOBRE EL DESTINO

Entre los griegos arcaicos, los dioses inmortales decidían la suerte de lo que ocurría en el mundo cambiante de los hombres mortales. Y la única forma de acceder a ese mundo latente de los dioses era mediante plegarias, levantando hecatombes u otros sacrificios para de ese modo predisponerlos a favor de los hombres para satisfacción de sus necesidades o socorro a sus males.

Los augures o adivinos eran esas personas que podían, por un don especial, interpretar la voluntad de esos dioses bajo el supuesto que esa voluntad se manifestaba en los sueños, el vuelo de las aves o sucesos singulares de la naturaleza. Estas interpretaciones permitían prever el futuro o cambiar de modo conveniente el curso de los acontecimientos.

Esta visión sobre la forma de acceder a ese mundo latente de los dioses se puede ilustrar con lo que nos dice la Ilíada en su canto primero. Los aqueos, en su sitio a Troya, están siendo diezmados por la peste y las flechas enemigas. La razón de este mal estaba en la división entre Aquiles y el Atrida, división causada a su vez por el ultraje que el Atrida infirió al sacerdote Crises, el cual queriendo liberar a su hija raptada por el Atrida Agamenón mediante un espléndido rescate, fue despreciado y humillado por este. Entonces el anciano sacerdote invocó a Apolo para que pagaran los dánaos sus lágrimas con los dardos del dios.

Ante esta situación, Aquiles decide que hay que consultar a un adivino y se expresa con estas palabras:

“¡Oh, Atrida! Ahora creo que tendremos que volver atrás, yendo de nuevo errantes, si escapamos de la muerte; pues si no, la guerra y la peste unidas acabarán con los aqueos. Mas, ea, consultemos a algún adivino, sacerdote o interprete de sueños -que también el sueño procede de Zeus-, para que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo, bien si es una plegaria lo que echa de menos o una hecatombe, para ver si con la grasa de los carneros y cabras sin tacha se topa y decide apartar de nosotros el estrago.”

Y se hace la consulta a Calcas Testórida, el augur mejor, pues conocía “lo que es, lo que iba a ser y lo que había sido.” Era el augur que había guiado las naves aqueas hasta Ilión por medio del arte adivinatoria.

Como se ha dicho, esto ilustra la forma de proceder de los griegos arcaicos en todos aquellos asuntos importantes de la vida, el modo en que se relacionaban con ese “otro” mundo en el que se decidían los acontecimientos de este nuestro mundo.

Ahora bien, no siempre los oráculos acertaban ni las ofrendas obtenían la recompensa deseada. Cuenta Heliodoro de Halicarnaso que cuando Creso de Lydia quiso que los grillos con que había estado preso regalados al Dios de los griegos; mandó que los pusiesen en el umbral del templo y preguntasen a Apolo si no se avergonzaba de haberle inducido con sus oráculos a la guerra contra los persas, dándole a entender que se haría con el imperio de Ciro; ahora le presentaban esos grillos como primicia de esa guerra en la que Creso lo había perdido todo, para que le preguntasen también si los dioses griegos tenían por ley ser desagradecidos, pues él había sido generoso en sus ofrendas. La respuesta que recibieron de la Pythia del templo fue: “Lo dispuesto por el destino no pueden evitarlo ni los dioses.”

En la Iliada, en el canto XXII, en la lucha entre Aquiles y Héctor, Zeus siente compasión por Héctor, y desearía librarlo de la muerte, pero Atenea le responde: “¿A un hombre mortal y desde tiempo ha abocado a su destino pretendes sustraer de la entristecedora muerte?”. Lo único que puede hacer Zeus es ver la suerte de Héctor en la balanza del destino:

“Mas cuando ya por cuarta vez llegaron a los manantiales, entonces el padre Zeus desplegó la áurea balanza, puso en ella las dos suertes, la de Aquiles y la de Héctor, domador de caballos, para saber a quien estaba reservada la dolorosa muerte; después cogiéndola por en medio, la levantó y tuvo más peso el día fatal de Héctor, que descendió hasta el Hades. Al instante Apolo lo abandonó” (Iliada, XXII, 208-213).

Para los griegos clásicos, tal y como puede verse, por ejemplo, en la tragedia de Sófocles Edipo rey, el destino es una referencia constante que muestra el carácter numinoso de la realidad.  El destino es una vivencia omnipresente que expresa el orden divino reinante en el mundo.

Leandro Pinkler[1]señala que para cubrir la semántica la noción de destino hay en griego clásico diversos términos, no estrictamente sinónimos, ya que donde se utiliza uno de esos términos no cabe el uso semántico de otro. Pinkler  ejemplariza las diferencias semánticas de esos términos a partir de los tres más importantes para referirse a destino: moíra, tyche y anánke.

Moíra significa simplemente “parte”, aquella parte que te tocó en la vida. A todos nos ha tocado “algo”: ser de tal sitio y no de otro, ser varón o hembra, ser hijo de una familia humilde o adinerada, haber nacido en esta época y no en otra, etc. Moíra son las circunstancias que acompañan a toda vida, y va unida al ámbito temporal finito que constituye la duración dela vida y que los griegos llamaban aión.

Para nosotros, “el” tiempo es un todo infinito y homogéneo. Para el hombre griego el tiempo forma parte del lote que te ha tocado y es finito y cualitativo.

Aquello que a cada uno ha tocado no puede ser cambiado por los dioses, por más que sea dispensado por ellos. En tanto que hechos o circunstancias concretas que forman parte de nuestra vida, solamente cabe afrontarlos, al igual que hacen los dioses.

Tyche viene a expresar la total indeterminación con la que el hombre se encuentra. A todos nos puede pasar cualquier cosa. Nadie está libre de tener un accidente, de enfermar, o de cualquier otra cosa. Tyche es esa total indeterminación en que se encuentra nuestra vida mientras la vivimos. Su posible equivalente sería “fortuna” o “suerte”. Tal y como Solón respondió a Creso, cuando éste se consideraba feliz por los muchos tesoros conseguidos, a lo que Solón respondió que solamente afortunado, pues si se es feliz eso solamente puede saberse al final de la vida.

Anánke tiene la significación de “necesidad”, aquello que no puede ser de otra manera, pues no es algo producido por nuestra voluntad, sino por una voluntad diferente y superior a la nuestra, una voluntad del mundo a la que los propios dioses están sometidos. Sobre esa necesidad se fundan nuestros actos y nuestra vida y, en el fondo, todo sucede según ella. La “necesidad” nos recuerda que no todo depende de nuestra voluntad, y nos obliga a comprender que ciertos elementos de la realidad son como son y sólo cabe aceptarlos.

Destino, suerte y necesidad nos ponen delante de aquello que está más allá de todo ser humano y a partir de lo cual puede hacer una lectura de lo que él es y de cuál es su puesto en la realidad que le ha tocado vivir. Así, su vida se convierte en el medicamento que le cura de su orgullo, de su hybris, de aquel orgullo y desmesura que le hace olvidar su carácter mortal.

Para la visión del griego clásico, pues, el destino no es algo previamente establecido, sino aquello que me va descubriendo mi propia realidad. Para ellos la oposición destino – libertad todavía no se había planteado.



[1] Leandro Pinkler. La tragedia griega. Buenos Aires, 1989

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2 comentarios en “SOBRE EL DESTINO

  1. José Luis, Felices pascuas de resurección amigo!

    Un besito y que tengas mucha luz.

  2. Muchas gracias e igualmente. Que la resurrección de Cristo ilumine con más intensidad cada día nuestras vidas.

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