EL BIEN

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“Toda arte y toda investigación, y del mismo modo toda acción y elección, parecen tender a algún bien; por esto se ha dicho con razón que el bien es aquello a que todas las cosas tienden.” (Aristóteles. Ética a Nicómaco, 1094a). Así empieza esta obra.

“El bien es aquello a que todas las cosas tienden”. Se trata de una afirmación universal. “Todas las cosas” comprende aquellas que son por naturaleza (physis) y las que son por arte (tekne), es decir, artificiales.

“Naturaleza” (physis) significa nacimiento, salir a la luz, crecimiento. En español, cuando para significar de dónde se es todavía se utiliza la expresión “ser natural de”, en el sentido de “haber nacido en”. La naturaleza es aquello de donde las cosas nacen, llegan a ser y se desarrollan. Lo propio de las cosas que son por naturaleza es que reside en ellas mismas el principio de sus movimientos, de su llegar a ser, crecer y perecer.

El nacer o salir a la luz de algo es presentarse con una determinación, con un aspecto. Es presentarse como hombre, caballo o tal planta. Es presentarse con una forma determinada, con una determinada figura. Platón lo llamó idea. Aristóteles unas veces idea y otras, forma (morphe): idea cuando lo considera como pura determinación lógica; forma cuando atiende al aspecto dinámico que presenta en la naturaleza, en la cual todo está sujeto al cambio.

Las cosas por physis están sujetas a cambios porque aunque han aparecido siendo tal cosa, esto lo son incoativamente. Su ser es un “ser en camino”, hacia  su ser en plenitud. En esto consiste la energía que mueve a todo ser natural: en ese mantenerse en camino hacia ese fin que es el ser en plenitud. Por eso a ese caminar, a ese actuar en la dirección de lo que potencialmente se es le llamó Aristóteles entelequia, tenerse o mantenerse en el fin (telos), donde fin significa “cumplimiento”, “perfección”, “realización”. El fin, en este sentido, es el llegar a ser aquello que se era potencialmente, en privación, pero pudiendo ser. Y esto logrado es su bien.

Así, pues, las nociones de forma (lo que hace a algo ser lo que es), la de fin (telos) y la de bien coinciden. Por ejemplo: lo propio de la medicina es restablecer la salud, y algo es medicina en la medida que restablece la salud; y esto que constituye la medicina es su finalidad, y en la medida que lo hace podemos afirmar que es una buena medicina.

Al igual que las cosas que son por naturaleza tienden a su perfección, lo mismo ocurre con las cosas que son por arte (tékhne). Ambos, la naturaleza y el artífice, son pro-ductores (sacan hacia delante) de las formas potencialmente contenidas en la materia; en un caso según la “sabiduría” de la naturaleza, en el otro, según el saber del artífice. Y se diferencian en que los productos del arte, en tanto plasmación del la idea del artífice, no tienen un principio de cambio, pero en tanto son fabricados de elementos naturales, están sujetos a los principios de cambio de cosas naturales. Esta mesa, en tanto que mesa, no está sujeta a cambios, pero en tanto que es de madera, está sujeta a los cambios propios de ésta.

Hay, sin embargo, entre las diferencias que se podrían señalar entre los seres que son por naturaleza y los artificiales, una en la que, creo, vale la pena detenerse. Es la referida al modo de relacionarse los principios que los constituyen.

En las cosas naturales la relación que se da entre la materia a partir de la cual surge determinada forma  y esa forma, es una relación de negación en el cumplimiento. Por ejemplo: el fruto que nace a partir de determinada flor, supone la muerte, la negación, de esa flor, pero al mismo tiempo cumple con lo que era la finalidad de la flor. La ausencia de la flor en el fruto es una forma de estar en él, de hacerse realidad. En cambio, en las cosas resultado del arte, la forma está determinada por el artífice desde fuera, y la materia de que esa forma surge está presente en la obra con sus propias determinaciones y dinamismos, de modo tal que la relación entre la materia y la forma es de negación contradictoria. Por ejemplo, los materiales escogidos para hacer esta mesa pueden estar de acuerdo con la finalidad prevista por el artesano que la hace, pero lo logrado se hace mediante cierta violencia a la dinámica propia de esos materiales, que, por otro lado permanece en la obra.

Al ser humano, ser por naturaleza, le es propio pertenecer al logos, a la verdad. Pero lo es incoativamente y como fin o bien propio. Y esto establece una distancia entre lo que es y el llegar a ser lo que es. Sus movimientos, sean en el ejercicio de un arte, una investigación, una acción o la elección cualquiera, son finalidades parciales que apuntan a esa meta final en la que idealmente (en eidos) se cubre esa distancia.

Pasear, enseñar, hacer una casa, hablar, todas estas acciones hechas por el hombre en cuanto hombre apuntan en esa dirección, de manera tal que no solamente tienen un efecto transitivo sobre otra cosa, sino también sobre él mismo. Todo son ocasiones de realización de lo que es potencialmente. Nada de lo que hace lo deja como estaba.

Pero por lo que tiene de natural su ser es un ser en camino. Lo propio del hombre es poder ser sabio, ser bueno, ser feliz, todo aquello que necesariamente se da en Dios, mientras que en el hombre es aspiración. Una manera de entender la sentencia de San Agustín: “porque nos has hecho para Vos y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Vos” (Confesiones, I,1).

Y por lo mismo que puede ser aquello que es, puede no serlo. Y en ese caso el hueco que dejara su no responder a lo que de él cabía esperar será el mal que clama reparación y justicia.

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