LAS VIRTUDES CARDINALES

Para podernos orientar en el espacio físico necesitamos tomar puntos de referencia. Y para que un punto sea considerado de referencia, es menester que sea fijo y visible. Un punto que continuamente cambiara de posición nos extraviaría, y si no fuera visible en todo momento, de nada nos serviría.

El Sol nos proporciona dos buenos puntos  de referencia, pues tanto su salida como su ocaso siempre se producen por el mismo sitio y, además, su camino es regular. De ahí que se tomaran esos dos puntos como la base para establecer un sistema de referencias fáciles para orientarse. Oriente o este se llama al punto por donde el Sol se levanta y poniente, occidente u oeste, al lugar por donde el Sol se pone. A partir de ahí determinamos el sur y el norte, obteniendo una cruz que es la base o los goznes sobre los que podemos determinar otros puntos. En el caso de la noche, en la estrella Polar que siempre aparece por el norte, también sirvió de punto de referencia. Cardinales se les llamó a esos cuatro puntos por su carácter de básicos para ulteriores referencias, que serían puntos intermedios entre ellos. La rosa de los vientos nos da una imagen clara de todo esto.

Pero tal vez sea útil retener algunas observaciones sobre estos puntos. La primera sería que ellos no son sitios a los que podamos llegar. Son puntos de un horizonte al que nunca llegamos, pues se alejan en la misma medida que avanzamos. Nadie llega “al Este”. Es decir, los puntos cardinales indican una dirección para desplazarnos, para nuestros movimientos. La segunda observación se derivaría de la primera, y sería que la función de esos puntos es la de guía; sirven guiarnos en el mundo indefinido del espacio. Sirven de guía, naturalmente, para quien se dirige a alguna parte. La tercera, que a partir de ellos podemos ordenar los objetos en el espacio por un sistema de relaciones de “estar al norte de”, o “al sur de”, etc. La cuarta, que nosotros nos encontramos siempre en el punto de cruce de esos cuatro puntos; su presencia o ausencia en nosotros de esos puntos decide nuestro estar “orientados o perdidos”, el saber o no saber adónde vamos. Avanzar es tanto un “ir hacia”, como apropiación del horizonte hacia el que se camina. Y quinta observación, son las posiciones del Sol las que nos auxilian a encontrar esos puntos de referencia.

Al igual que para avanzar en el mundo exterior necesitamos de esos puntos básicos para orientar nuestro camino, creo que también en nuestro mundo interior necesitamos referencias para ordenarlo y que nos sirvan de guía en nuestro progreso humano. Para aquellos que han tomado sobre sí la responsabilidad de educar o conducir a otros, el conocimiento de esos puntos ilumina toda su labor.

Esos puntos son las llamadas virtudes cardinales. Cardinales porque también ellas son los quicios o goznes (lat. cardo-inis = quicio) de las puertas que dan acceso a nuestra morada, nuestro modo de estar y avanzar moralmente en la vida.

¿Cuál será el Sol que en el espacio de nuestro espíritu sea constante en su camino, en su salir y ponerse? En el orden de la inteligencia ese Sol es la noción de verdad y en el orden de la voluntad se le llama bien. Verdad y bien son versiones de lo mismo, tan consubstanciales a nuestra específica forma de ser que a nadie le gusta que le engañen o le traten injustamente, por más que mienta o cometa injusticias. El orto y el ocaso de ambas nociones marcan los dos puntos fijos a partir de los cuales se levantan los cuatro puntos quiciales de nuestra conciencia moral.

Desde antiguo, ya desde Platón o Aristóteles, prudencia, fortaleza, templanza y justicia son los nombres que reciben esos cuatro puntos básicos de referencia. También en la Biblia, en el libro de la Sabiduría encontramos:

“Pues la sabiduría enseña la moderación y la prudencia, la justicia y la fortaleza, que son más útiles para los hombres que cualquier otra cosa en esta vida” (Sab. 8, 7)

En el punto de intersección de las líneas definidas por esas virtudes nos situamos. A su luz, mediante la práctica, el ser humano puede ir apropiándoselas para ir construyendo su morada, su carácter moral. Son cuatro puntos de referencia, en los que cada uno remite al resto. Así, si bien la prudencia nos orienta en la función directiva de la razón, necesita de la fortaleza y la templanza que dominan nuestras pasiones para ejercer esa función. ¿Y qué justicia podría esperarse de un inmoderado e imprudente? Por eso, aunque sean cuatro en su manifestación, puedan ser consideras una en cuanto a su generación.

La consideración atenta de esas virtudes permite obtener criterios que guíen la práctica educativa y ayuden a la actualización de la persona que todo ser humano potencialmente contiene.

Pienso que la cuestión no está en saber que es la justicia, por ejemplo, cosa más asequible y fácil, sino en lograr ser cada vez más justos, lo que no es nada vulgar, por lo que distingue.

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