¿PARA QUÉ SIRVE?

Con cierta frecuencia he escuchado en mis clases la pregunta “¿para qué sirve?”, referida a algo que estábamos haciendo o a otra materia de las que se imparten en los centros de secundaria. Antes de intentar contestarla siempre procuraba calibrar el alcance de la pregunta, intentando determinar si era una pura curiosidad o un poner en cuestión la materia o asunto al que iba dirigida la pregunta o simplemente un acto de rebeldía frente al profesor antipático por magisterial. Normalmente las preguntas apuntan en una dirección que enturbia la claridad de su formulación. Una vez traspasada la frontera de la infancia, las preguntas dejan de tener esa transparencia inmaculada del puro deseo de saber, para ser meros interrogatorios en busca de información o afirmaciones encubiertas. Solamente quienes conservan cierto candor infantil, como algunos filósofos, poetas o científicos, suelen conservar las preguntas en su estado natural, como si fueran una especie en peligro de extinción.

Pues bien, cuando era más novato aceptaba la pregunta seriamente y trataba de contestar con argumentos que a mí me parecían convincentes, pero que el alumno rechazaba o escuchaba con desconfianza, como si fuera un invasor de su territorio espiritual. (Me llevó algún tiempo aprender que el adolescente niega aquello que se le presenta autoritariamente, aunque en su interior reconozca que es verdad. Por supuesto, esto no siempre es así, y como cualquier afirmación relativa a las personas, su alcance es meramente orientativo.

Conforme fui entendiendo que la enseñanza es más una invitación a participar en el maravilloso mundo del conocimiento y que el aula ha de ser un espacio donde se tiene la oportunidad de reflexionar sobre muchas de las cosas que ocurren fuera de ella, empecé a darme cuenta que podía haber otro modo de enfrentarse a esa pregunta, más rico tanto para ellos como para el profesor. Esta idea me vino sugerida del manual para el profesor de Mattew Lipman de su programa “Filosofía para niños”.

Consistía esta idea en proponer a los alumnos un listado heteróclito de cosas para que ellos reflexionaran durante un rato sobre su posible utilidad, y escribieran aquello que encontraran. Su enunciado era sencillo y directo: “Escribe para qué sirve…”

En ese listado había cosas sencillas y familiares, como “teléfono”, “pluma”, “silla” junto con otras que pudieran resultar chocantes, como “un árbol en medio del desierto”, “una estrella lejana en el universo”, o “un cocodrilo”.

Una vez hecho el ejercicio, los alumnos leían las respuestas que habían encontrado. Y aquí aparecían algunas cosas curiosas. Solían coincidir con la utilidad de cosas familiares, como teléfono, silla o coche, aunque no siempre. Más de una vez me encontré con que “coche” o “teléfono” servían para algo no habitual, como por ejemplo, “molestar a otros”, “contaminar el aire” o “hacer bonito”. Pero de donde llegaban las respuestas más creativas y variadas era de aquellas cosas que resultaban chocantes en el listado. Así, por ejemplo, recuerdo que respecto a “la estrella lejana” una alumna respondió que “para no sentirse sola” y otro “para estudiar la posibilidad de otras vidas en el universo”. “Un árbol en medio del desierto” también tenía muchas utilidades, tales como “punto de referencia”, “señal de agua cerca” o “sombra para un extraviado”. Esto es solamente una muestra de las muchas respuestas, conmovedoras o divertidas, que se daban.

Lo interesante venía en la reflexión compartida a partir de las respuestas. Resultaba sorprendente que a todo se le encontrara una utilidad. Incluso quienes habían puesto en duda la utilidad de algunos temas o materias que se daban, sabían encontrarle utilidad a cualquiera de las cosas propuestas, por insólitas que pudieran parecer.

Resultaba que cualquier conocimiento, cualquier realidad, representaba una utilidad potencial para el ser humano, aunque, claro está, antes tenía que ser descubierta. Pero justamente podía ser descubierta porque estaba ahí, esperando que alguien corriera el velo que la cubría. Y esto obliga a una consideración de ellas, esto es, a verlas como si fueran estrellas [= sidus] lejanas, intocables, examinándolas sin prejuicios, receptivos a su realidad.

Pero, además, había cosas, muchas cosas, que más allá de su beneficio para hombre, resultaban muy interesantes por la curiosidad que despertaban o el placer que proporcionan. Frecuentemente nos interesamos mucho más por cosas lejanas y sin ninguna utilidad inmediata para nosotros que por cosas inmediatas y prácticas. Es normal que un niño pequeño se interese más por la Luna, por ejemplo, que por los alimentos que toma cada día. Son cosas o actividades que llevan incorporadas, por así decirlo, su propia utilidad.

Todo sirve potencialmente para algo. Es más, todo puede servir para muchas cosas. Un bolígrafo puede servir obviamente para escribir, pero también puede servir como arma ofensiva, escondite para un mensaje secreto o tamborilear sobre la mesa.

Esta pluralidad de usos que podemos dar a las cosas nos lleva de la cuestión de su utilidad a la del buen uso o mal uso que podemos hacer de ellas. Usar el bolígrafo para escribir es lo normal, propio y bueno; utilizarlo para clavárselo a alguien es algo impropio y malo. De hecho, cuando usamos de ese modo el bolígrafo éste ya no es tal, sino un estilete. Podríamos decir que hemos desnaturalizado el bolígrafo.

Frecuentemente el ser humano empujado por sus inclinaciones y acuciado por sus necesidades fácilmente desnaturaliza los conocimientos que recibe o las cosas de que dispone haciendo de ellas uno uso para mal de los demás y para sí mismo. No obstante, también dispone de la reflexión y la meditación para compensar esas tendencias, aunque siempre se deba tener en cuenta aquello de San Pablo: “No es el bien que quiero el que hago, sino el mal que no quiero el que hago”(Rom 7,19).

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