MEDITACIONES DE UN LAICO: DOMINGO 16 DEL TIEMPO ORDINARIO

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Las lecturas de este domingo XVI del tiempo ordinario (ciclo B) nos presentan la figura del pastor de ovejas. Lo propio del pastor es reunir el ganado, conducirlo a donde hay pastos, mantenerlo sin violencia, atender a las ovejas que paren, curar a las que se lastiman, vigilar por los posibles peligros…

El pastor es un símbolo que, de acuerdo con el principio de analogía que establece que lo que está abajo es como lo que está arriba, nos muestra la acción de Dios sobre los hombres. Y me siento invitado a la consideración de esa figura.

La primera lectura (Jeremías, 23, 1-6) contrapone la figura del mal pastor y la del buen pastor. El mal pastor absoluto sería el no-pastor, la pura dispersión y pérdida; el buen pastor absoluto sería el realmente pastor, la pura unidad y paz. El uno sería la pura aversión a las ovejas, el odio, y el otro, el puro amor a ellas.

Entre ambos polos nos encontramos los humanos. Y vivimos la realidad del mal pastor y la esperanza del buen pastor, que no puede ser otro que el mismo Dios. Una esperanza que necesita encarnarse, hacerse historia y hombre, para que los hombres la reconozcan: “Vendrá un día que haré que David tenga un descendiente legítimo, un rey que reine con sabiduría y rectitud en el país”. Es la promesa, ya cumplida, de Cristo.

¿Quiénes son esos malos pastores? Todos somos pastores y pastoreados por participación. En la medida en que podemos decir como en el salmo responsorial “El Señor es mi pastor“, hasta punto tal que “nada me falta” y “nada temeré“, despierta en nosotros nuestra naturaleza de pastor. En la medida que olvidamos que nuestra capacidad de ser pastor viene de ese pastor supremo que es Dios, nos convertimos en ovejas que se autoproclaman pastores. Y su autoproclamación solamente se puede llevar a cabo imponiéndose a sus enemigos y apoyándose en sus amigos. Y se convierten en origen de disensiones, contiendas y odios. Así muchos gobernantes, que en vez de gobernar para todos, gobiernan para los suyos e imponen sus ideas, ya de forma sutil o descaradamente violenta.

¡Y cuántas veces, aprovechando los sueños de las ovejas, las extravían y pierden! Son en realidad salteadores y por eso entran de noche, pues en sus oscuros pensamientos no buscan más que su provecho.

San Pablo (Efesios 2, 13 – 18) , vuelto hacia Cristo, se da cuenta que “Él es nuestra paz“. El derriba el muro que separa a los judíos de otras naciones, y que no es otro que la Ley hecha decretos, hecha imposición de una letra que olvida el Espíritu que la anima. Un muro que al mismo tiempo que los protege los aísla de resto de los pueblos.

Los muros los alza el miedo. Miedo a dejar de ser uno mismo, a perder lo que tiene, a que no pueda conseguir lo que quiere… Los otros son el peligro que puede despojarme de todo eso. Por eso se necesita el muro que me proteja de ese peligro. Pero el peligro queda fuera, y el miedo dentro, y así no deja descansar, pues necesita alzar continuamente nuevos muros para hacer frente los nuevos temores.

Cristo ha abierto el camino que nos reconcilia con Dios presentado como Padre que reúne y reconcilia. Un camino que abre la compasión hacia el otro, con olvido de sí. El olvido de sí permite descansar de uno, dormir, para estar despierto para el otro. Es así como se nos descubre el otro como prójimo.

En el Evangelio de Marcos 6, 30 -34, Jesús y los apóstoles buscan descansar y estar solos, pues ya no tenían tiempo ni para comer. Pero Cristo, al ver la gente que les seguía,  “sintió compasión de ellos“. En la compasión vio como estaba  esa gente: “como ovejas que no tienen pastor”. Allí todo son balidos y desasosiego. Hay que olvidarse del cansancio y enseñarles el camino que conduce al aprisco.

Creo que todos podemos hacer en algo esta función de pastores. Las ovejas y el pastor forman un todo. El pastor es uno y las ovejas muchas.

En nuestro interior, muchos son nuestros pensamientos, sentimientos y deseos, pero uno el espíritu que puede recogerlos y armonizarlos. Ese espíritu, alimentado por la oración, la meditación y la reflexión aquieta las vacilaciones y movimientos descontrolados de nuestra substancia mental.

En el exterior, creo que va bien poner orden en nuestras actividades y trabajos, recordando que están hechas para vivir y no al revés, disfrutando del regalo e la vida.

En nuestra familia, entre los vecinos, en el barrio o la comunidad parroquial podemos atender a las palabras de los otros y propiciar sentimientos de liberación, de ayuda…

La Iglesia tiene una rica tradición de ejercicios elaborados y practicados por santos muy diversos que pueden ayudar a hacer emerger en nosotros esa labor de pastor, unidos siempre a Jesús, ese pastor divinamente humano.

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Un comentario en “MEDITACIONES DE UN LAICO: DOMINGO 16 DEL TIEMPO ORDINARIO

  1. Para ser pastor hay que bajarse de los coches de gran cilindrada—bajarse de los palacios y no pisar las alfombras de persia.
    El buen Pastor busca la obeja perdida allá donde se encuentre, no la castiga, le da amor y es tolerante con esa oveja…todo lo contrario de lo que hacen algunos “pastores”: prohibir a los teólogos que no estén en sintonía con el pastor…claro que eso es desoir la voz de los profetas modernos…al igual que aquellos profetas el antiguo Testamento, dan avisos, a aquellos los mataron ¡que bien se vive en el templo! dice el pastor..¿para qué quiero profetas que me critiquen?…es todo lo contrario de ser pastor.

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