EL MURO DE BERLÍN (Notas)

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Estos días se ha celebrado la caída del muro de Berlín. Y con él, la caída del comunismo en toda la Europa del Este. Ese acontecimiento, ahora hace veinte años, fue algo sorprendente, inesperado.  Una explosión de alegría: familias, amigos, que llevaban años sin poderse ver, viviendo en la misma ciudad, ahora podían visitarse y abrazarse. Increíble. Después de tantos años, aquel muro parecía consubstancial a la ciudad, al igual que ese telón de acero que dividía a Europa. Muchos se lanzaron a derribar aquel muro vergonzoso levantado para defenderse de los “opresores del pueblo”.

Recuerdo que por los tiempos del levantamiento del muro, mantenía yo correspondencia con jóvenes alemanes y austriacos a través de una revista llamada “Voces amigas”. Una de aquellas personas con la que me carteaba me refirió el discurso que J. F. Kennedy pronunció en 1963 en Berlín. Y me contaba su emoción al sentir la solidaridad del presidente americano con la triste situación que ellos padecían en aquellas sus palabras de “Ich bin ein Berliner”, remedo de aquella otra afirmación de San Pablo “civis romanus sum”, también mencionada en ese discurso. Aquellos jóvenes, nacidos como yo recién acabada la II Guerra Mundial, llevaban la pesada carga de la derrota, el oprobio y la humillación. No sentían ningún orgullo por ser alemanes. En el holocausto las víctimas habían arrastrado consigo a los verdugos y a su pueblo. Y percibieron en aquellas palabras un ligero soplo de perdón.

El muro era una construcción artificial que dividía a los habitantes de Berlín. Como lo era el telón de acero. Y como también lo era la ideología que movía aquellas decisiones. Los bloques de hormigón levantaban el muro como los bloques de ideas encerraban un espacio convertido en laboratorio social donde experimentar con humanos. Pertenece a las ideologías su capacidad para dividir.

La caída del muro también la caída de la guerra fría, esa guerra del espionaje, la inteligencia, la propaganda, la traición, la subvención a los enemigos del enemigo. Otra forma de extender el miedo, el mejor aliado de los malvados.

Las grietas en el muro habían empezado a producirse mucho antes, en levantamientos y protestas en Berlín, Budapest, Praga… Pero el comunismo seguía avanzando en el Sudeste asiático, en África, en América. Resultaba difícil de imaginar que esa situación pudiera cambiar. Un cambio en las lógicas del enfrentamiento entre bloques, manipulaciones ideológicas y estrategias de debilitamiento del enemigo, se produjo con Juan Pablo II.

“No tengáis miedo”, con ese grito universal abrió Juan Pablo II su pontificado. Un grito dirigido a los creyentes, a los que dudan y a los que no tienen fe. “No tengáis miedo a la verdad de vosotros mismos”. No tener miedo a lo que el propio hombre ha creado, la guerra, las ideologías, la cultura de la muerte, la negación de la dignidad humana… Y ese grito encontró eco. Tras su visita a Polonia, en los astilleros de Gdansk, los obreros en huelga colgaban retratos del Papa. Ahora los representantes auténticos de los obreros son gente que asiste a misa, reza a la Virgen María y aclaman al Sumo Pontífice. Algo inédito.

También esto tuvo su papel en la caída del muro… Tal vez por eso Alexander Solhenitsyn dijo: “Este Papa es un don del cielo”.

¿Qué esperaban los alemanes con la caída del muro?. Unos, libertad, otros prosperidad, aquellos, poder reencontrarse con sus familiares, estos, ver de nuevo a Alemania unida. Pero pasada la euforia, se encontraron que los años pasados en sistemas económicos, educativos y políticos diferentes, también los había hecho diferentes. Que los centros de decisión pasaban al oeste. Que muchos de aquellos que estaban mejor preparados, si querían dar salida a su preparación, debían trasladarse a la Alemania federal, que había dudas sobre si la reunificación había sido una unión o una anexión. Para los fuera, la caída del comunismo produjo un entusiasmo que velaba los muchos dolores que ese proceso suponía para los de dentro.

Pero el muro cayó hacia el oeste, empujado por los alemanes cansados de la opresión ideológica y la falta de libertad. Pero el fin de la historia, como predijo Francis Fukuyama, está todavía lejos de escribirse…

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3 comentarios en “EL MURO DE BERLÍN (Notas)

  1. Qué reseña tan sabrosa te saliò. Tu la haz vivido aunque sea desde tu paìs y yo sòlo hago una crònica de referencia… Sin duda sufrieron mucho los Alemanes con esa separaciòn sin contar con los muertos.. pero los malvados no se han extinguido y todavìa tenemos muros, visibles, invisibles…(los del miedo, de la represiòn, etc)…

    Parece que el mundo no cambia tanto al paso de los siglos y las historias se repiten.

    Me hubiera gustado mucho estar en esos festejos tan bonitos de la puerta de Brandenburgo pero bueno, una probadita en la tele de segundos al menos, si tuve.

    El papel de Juan Pablo II, Walesa y Gorvachov, innegable, grandes estadistas de espìritu alto, que quieres, dejan su huella perdurable.

    Besos, Samper querido.

  2. Muchas gracias por el comentario, Magaterrenal. Como tú dices, hay todavía muchos muros que salvar. Conozco algo la situación por los amigos y conocidos que tengo en esa parte de Alemania. Creo que en los discursos oficiales no se han hecho referencias a Juan Pablo II, excepto Hilary Clinton. La caída del muro es el fracaso de la solución a un problema, pero el problema permanece. Tengo a quienes citas en tu comentario por personas de altas miras. Para algunos Gorvachov fue un estadista débil a quien sus reformas se le fueron de las manos. Lo que he leído de él me inclina a pensar en una persona sensible a las brutalidades de los gobiernos anteriores y consciente de la podredumbre que se ocultaba tras el telón de acero. Trató de hacer una transición a un sistema más abierto y transparente, pero todo salió como salió. Pero fue quien hizo posible ese cambio cuya naturaleza es todavía difícil de precisar.
    Saludos

  3. De acuerdo contigo Samper y no tardes mucho para volver a publicar.

    Besos

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