NO ME ARREPIENTO…

/* Style Definitions */

table.MsoNormalTable

{mso-style-name:”Tabla normal”;

mso-tstyle-rowband-size:0;

mso-tstyle-colband-size:0;

mso-style-noshow:yes;

mso-style-priority:99;

mso-style-qformat:yes;

mso-style-parent:””;

mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;

mso-para-margin-top:0cm;

mso-para-margin-right:0cm;

mso-para-margin-bottom:10.0pt;

mso-para-margin-left:0cm;

line-height:115%;

mso-pagination:widow-orphan;

font-size:11.0pt;

font-family:”Calibri”,”sans-serif”;

mso-ascii-font-family:Calibri;

mso-ascii-theme-font:minor-latin;

mso-fareast-font-family:”Times New Roman”;

mso-fareast-theme-font:minor-fareast;

mso-hansi-font-family:Calibri;

mso-hansi-theme-font:minor-latin;}

“Yo no soy creyente y creo que el arrepentimiento cuadra con la actitud de los creyentes, pero no con la de los políticos», dijo en el diario El Mundo Santiago Carrillo, comunista, el 2 de Abril de 2003 al ser preguntado sobre qué se arrepentía.

Tenía o tiene razón D. Santiago: el arrepentimiento es algo que solamente va  con los creyentes en Dios, en los creyentes en la forma en que Dios ha sido manifestado en Jesucristo. En la medida que considere que los políticos no son creyentes  aceptaremos que es una actitud que no cuadra a los políticos.

Tampoco es una afirmación tan inusual y más de una vez hemos oído a algún famoso o no famoso decir eso de “no me arrepiento de nada de lo que he hecho en la vida”. Aunque suene a arrogante afirmación de sí, hemos de creer que así lo sienten. Sorprende que, a veces,  personas que por sus hechos parece que deberían sentir esa necesidad, no la sientan.

¿Qué es eso del arrepentimiento? ¿Por qué no va con personas como D

. Santiago? ¿Qué lo hace posible? ¿Qué aporta a nuestra vida?

Algunas preguntas parecidas a estas ya se me presentaron cuando vi la para mí magnífica película de Tim Robbins “Pena de muerte” (Dead man walking), con una interpretación sensacional de Susan Sarandon y Sean Penn. Entonces la pregunta que se me planteó era la siguiente: ¿Cuál es la condición que hace asumible el perdón y la supresión de esa pena capital? Tal vez en otro momento valga la pena exponer las reflexiones que me surgieron en torno a esa película. Ahora volvamos a ese arrepentimiento que no “cuadra” a los políticos…

En un primer acercamiento, podríamos decir que el arrepentimiento es un modo de sentir y ver lo ya pasado. Es un modo y no el modo,  porque hay otros modos de confrontarse con el pasado en el cual uno participó. Veamos, pues, esos otros modos que tal vez nos ayuden en nuestro deseo de desvelar la naturaleza del arrepentimiento.

El primero sería el sentir indiferencia frente a lo hecho y acontecido en uno. Ciertamente participé en aquel hecho, pero es ya algo pasado e inalterable. Ya no se puede hacer nada. El supuesto de esa impotencia me excusa de ocuparme de ese pasado, que es visto como el funcionario que ante la angustia de alguien utiliza la fórmula del “Lo siento, pero no puedo hacer nada por Vd.” Y con esta fórmula aleja de sí aquello que puede molestar la tranquilidad de una conciencia ocupada solamente en su yo. La conciencia se hace impermeable al pasado que le implica para evitar una responsabilidad que no se quiere asumir.

Esta conciencia funcionarial refuerza su protección frente a su pasado mediante una ideología que hace ver que su actuación fue necesaria o consecuente esas convicciones. Y con esto “mira hacia otro lado”, como si así los otros y el mundo otro

dejaran de existir. La realidad de los otros está ahí como algo que no fuera conmigo.

Tenemos también otra forma de sentir el pasado a la que llamamos pesar. ¿A qué nos referimos con esa noción y qué nos causa pesar? A esa mirada dolorosa hacia lo vivido, a aquello que en nosotros vive en la memoria  y es visto como una carga difícil de soportar.

Nos causa pesar la muerte de un ser querido, aquello que se dijo y tuvo consecuencias negativas para mí, el no haber aprovechado el tiempo en su momento o el haber dejado pasar una ocasión de enriquecerme. Nos causan pesar aquellas cosas o acciones ya

ocurridas y sobre las que ya no podemos hacer nada, pues la realidad del pasado ya no puede ser modificada o destruida. Uno puede pensar si no hubiera dicho tal cosa o hubiera aprovechado aquella ocasión, pero se trata de un condicional ineficaz que en nada cambia la realidad.

El pesar no tiene porque tener una connotación moral. Puede sentirse pesar por haber causado un mal, pero también por no haberlo causado. Alguien puede sentir pesar por no haberse aprovechado de algo cuando se presentó la ocasión, aún perjudicando a otros. O de no haberse vengado en su momento. Sé de algunos que sienten pesar de “haber sido tan buenos” o de haber hecho favores a otros.

Incluso puede ser una expresión de egoísmo, en tanto que lo siente es las molestias o perjuicios que eso le ha causado. Siento lo que dije porque me ha dejado en evidencia o porque ha perjudicado a mi reputación.

Al mismo tiempo que el pesar me turba, me justifica y excusa, pues está referido a algo sobre lo que ya no se puede hacer nada y frente a lo cual ya no soy libre. ¿Acaso no hago todo lo que se puede hacer ante algo ya inevitable, que es el sentirlo?

En el pesar la realidad es vista como algo que va conmigo, pero agresivamente. De ahí su tendencia al condicional: “si no hubiera hecho esto o aquello…; si no hubiera ocurrido tal cosa… ahora yo…”. Es la conciencia de quien sienta lo vivido más como víctima que como autor. Tal vez de ahí la complacencia en la autocompasión.

Con el remordimiento entramos ya en la zona de lo moral. Ahora se siente dolor por ser culpable de la transgresión de un valor o de una norma. Uno se ve acusado por su conciencia de algo que podía haber sido evitado o hecho.

¿Qué es lo que remuerde en los remordimientos? No tanto lo hecho como el estar en contradicción con un valor interiorizado con el que me identifico. A veces puedo sentir remordimientos por acciones que, vistas objetivamente, son justas, como, por ejemplo, dejar por un rato a la madre posesiva que retiene a la hija o al hijo con los más variados chantajes emocionales.

Con los remordimientos, la persona se divide entre el sentimiento de un valor transgredido y la libertad negada por sentirse atada a ese sentimiento. Esta división es un desgarro que produce un dolor cuya intensidad mide la distancia de esa división.

La conciencia que acompaña a los remordimientos es una conciencia pasiva que asiste a ese conflicto interno, sin saber qué hacer. Por eso el carácter ambivalente de los remordimientos: pueden ser la puerta de entrada al arrepentimiento, pero también a los escrúpulos obsesivos que aplastan la conciencia y la conducen a la desesperación.

Llegamos así al arrepentimiento, que es otra cosa distinta de todo lo anterior.

Es “otra cosa” porque ya no se mueve solamente en el plano de las inclinaciones, en el plano de los sentimientos, sino en el plano del espíritu y los sentimientos que acompañan a su experiencia. La conciencia se vuelve hacia lo hecho y lo mira hasta verlo. Acepta el reto de tener que contestar a la pregunta “¿Dónde está tu hermano Abel?” (Gen.4, 9). ¿Dónde está aquel bien que tu acción ha hecho desaparecer?. ¿Dónde está aquello que estaba, era bueno, y ya no está porque falta?

Ese es el mal: un vacío en cuyo abismo se ha colocado mi ser con su acción. Una nada que me implica. Porque la acción no solamente ha hecho el mal, también me ha hecho a mí malo. Por eso trato de ocultar a los ojos de los demás mi “estar en falta”. Y me construyo una vida de espaldas a esa falta. “Si los demás ignoran la falta, esta no existe”.

“¿Qué has hecho?”. La aceptación de  la pregunta obliga a abandonar el mundo en que uno vive de acuerdo con lo que se dice, un mundo construido con razones que me justifican y amparan de aquello cuya visión desazona. Pero el abandono de ese mundo impersonal supone recogerme en mi mismo, abandonar el personaje de que me había revestido, para descubrir la persona que realmente es y puede ser.

En el recogimiento mi ser se traslada del plano de los sentimientos de su yo empírico a esa intimidad que le abre la realidad de las cosas. Se renuncia a la actitud que me echa fuera de mí (“tendré que vagar por el mundo lejos de tu presencia” Gen. 4, 14), para reconocer la falta en la que estoy.

¿Qué cosa puedo hacer ante el vacío que mi acción ha creado, y al que estoy atado por ser su autor? Reconocer el error, que aquello no debió haber sucedido jamás y romper la complicidad que mi soberbia establecía con la falta. Se arrepiente de lo hecho, renuncia a toda justificación que le aparte de la realidad de su falta, y vuelve su conciencia a quienes ha sido arrebatado aquel bien para pedirles perdón. Es entonces cuando se experimenta la liberación de la opresión de la falta.

El que experimenta el arrepentimiento se siente otro. Es lo mismo, pero no el mismo. Quien se presenta ante quienes han sido ofendidos es ahora otro digno de ser acogido, pues brota en él impulso a pedir perdón. Se trata de una petición dirigida a quien ha sido ofendido, pero también al autor de todo bien, a Dios, pues solamente Él puede liberarme totalmente de mi falta.

Mis semejantes pueden tal vez llegarme a perdonar, pero difícilmente olvidarán y me brindarán su amistad. Pero para Dios sí es posible hacer las cosas de nuevo y restablecer aquella armonía perdida.

***

Sí, el arrepentimiento va algo que va con los creyentes o aquellos que su proceso interior les ha llevado a percibir la transcendencia. Para quien se mantienen en una actitud como la del Sr. Carrillo solamente hay errores que lamentar, pues les apartaron de sus objetivos objeto de sus deseos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s