LA VERDAD ENFLAQUECE, PERO NO QUIEBRA

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Decía George Orwell que “quien es dueño del presente, escribe el pasado. Y quien escribe es pasado, dominará el futuro”. La sentencia es ingeniosa, una de esas frases que salen redondas y a las que uno se siente espontáneamente inclinado a asentir. Suena a fórmula inconcusa, de la que sólo cabe esperar sus múltiples aplicaciones.

Y una de esas aplicaciones podría ser precisamente esa, la de reescribir el pasado. El pasado es lo que da identidad a un pueblo o a una persona. El amnésico no sabe quién es, y esto le causa angustia y desorientación. Para poder seguir siendo el mismo necesita recobrar su pasado. Está a la merced de quien dice saber de él. Si le fabricamos ese pasado de acuerdo a nuestros intereses o finalidades, ya no será el que era, sino otro, el que nos conviene.

Esto también decía Mika Waltari en su novela “Sinuhé el Egipcio“:

“…y cuanto ha sido escrito lo ha sido por orden de los reyes, para halagar a los dioses o para inducir fraudulentamente a los hombres a creer en lo que no ha ocurrido. O bien para pensar que todo ha ocurrido de manera diferente a la verdad”.

Quienes pretenden dictar a los hombres individual voluntad eso hacen. Pero el hecho que tengan que recurrir a esa reescritura del pasado pone al descubierto que su dominio del presente es imperfecto. Muestra el punto vulnerable de la fortaleza de poder que se ha construido.

Ese punto vulnerable es la verdad. El pasado puede escribirse de múltiples maneras, de acuerdo con la ideología que se pretende que adopte un pueblo para ponerse al servicio del poderoso, pero no puede ser destruido.

La afirmación primera que sustenta la sentencia de Orwell es débil. El hombre puede pretender ser dueño del presente, y con él, del tiempo que en el presente confluye. Como si fuera Dios, cree poder ser dueño de sí y del futuro de los hombres.

Pero ese dominio tiene el límite de la verdad. Ella se presenta como un territorio inaccesible a su poder. Sobre lo realmente sucedido puede echarse toda una hojarasca de relatos, documentos y testimonios falsos, pero ella seguirá estando ahí, ajena a todo eso. Y toda esa falsedad adoptará la forma de engaño.

La presencia del engaño y la verdad tienen consecuencias muy diferentes. La comprobación de un engaño pone en cuestión todo el resto de afirmaciones relacionadas con él. En cambio, el descubrimiento de una verdad anima a  seguir buscando otras.

El triunfo de la mentira es siempre temporal. Su destino no es otro que acabar derruida. La verdad, por el contrario, está destinada a crecer y permanecer.

Creo que fue Santa Teresa de Jesús quien dijo algo así como “la verdad padece, pero no perece”. Ella estará siempre ahí, a la espera de alguien que la descubra. Y quien la oculta y, por tanto conoce, siempre temerá su descubrimiento.

Hace unos días se conmemoró la caída del muro de Berlín. Se han hecho análisis diversos sobre las causas de esa caída y la de la Unión Soviética. Todo muy cierto, pero sin olvidar que el muro cayó por su propio peso: había acumulado demasiada mentira sobre sí como para poder seguir caminando. Se derrumbó.

Esto también debería servir de lección para occidente, pues solamente la verdad puede darle la autoridad que se requiere para ser escuchado. Y eso pasa por reconocer sus raíces…

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Un comentario en “LA VERDAD ENFLAQUECE, PERO NO QUIEBRA

  1. El capitalismo se complace en la mentira, lo mismo que el comunismo en su época. Supongo que también terminará cayendo por su propio peso.

    Muy bien escrito este artículo.
    Saludos

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