LOS PRESOCRÁTICOS

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Presocráticos es el nombre convencional con que se conocen aquellos pensadores considerados desde Aristóteles como los iniciadores de la filosofía. El nombre puede resultar un tanto inexacto, pues no todos fueron anteriores a Sócrates, como sugiere el término; Anaxágoras de Clazomene, por ejemplo, fue prácticamente contemporáneo de Sócrates, y Demócrito algo más joven que él. Tal vez por eso algunos han preferido referirse a ellos como autores del periodo “cosmológico” o “físico” de la filosofía antigua, por ser la naturaleza el objeto de su consideración. Tal vez lo mejor sería llamarlos filósofos arcaicos, significando con ese adjetivo simplemente “antiguos” o “primeros”. O, si se quiere, pre-áticos, ya que todos ellos proceden de lugares alejados de Atenas, en las lindes del mundo helénico.

El conocimiento que hoy tenemos de esos primeros filósofos lo sabemos por noticias y fragmentos. Las noticias son referencias que de ellos hacen autores posteriores; “cosas” o anécdotas que se decían de ellos. Los fragmentos son citas que de ellos hacen autores también posteriores. Esas citas van desde Platón en el siglo IV a.C hasta Simplicio, en el siglo VI d.C. Conviene tener presente que los autores de estas citas no conocieron directamente las obras de estos primeros filósofos.

El interés despertado por los presocráticos, especialmente en el siglo XIX, llevó a los filólogos a la investigación de los vestigios de esos filósofos, labor que culminó en la obra H. Diels, Fragmentos de los presocráticos, publicada en 1903. En ella se recogen todos esos fragmentos y noticias que sirven hoy de base para el estudio de los presocráticos.

Dos posibilidades se abren al entendimiento con ese material:

a)    Tratar de reconstruir la doctrina de esos autores, es decir, intentar averiguar qué pensaron. Se trata de una labor meritoria, pero que inevitablemente lleva a rellenar los huecos que la ausencia de sus obras dejan con categorías nuestras, como, por ejemplo, calificarlos de materialista o espiritualistas. O bien verlos como balbuceos de doctrinas posteriores. Según sean las posiciones filosóficas previas adoptadas tendremos interpretaciones diversas de estos autores.

b)    Considerar que con esos autores se asiste a la fundamentación de la filosofía misma, es decir, que en ellos se encuentra aquello que es propio de toda filosofía. Esto lleva implícito entrar en diálogo con ellos a partir de las palabras que nos han dejado y en las que se ha ido articulando una forma de pensar propia que ha ido configurando una cultura. Tratar de entrar, como diría Martínez Marzoa[1], en el ámbito de lo que nombran palabras como “physis”, “logos” o “einai”.

Esas palabras arrancadas al lenguaje ordinario son como alturas descubiertas o conquistadas desde las que se puede ver mejor la realidad.

En el plano físico nos movemos siempre dentro de un mundo que es nuestro campo visual, limitado por aquello que llamamos horizonte. Ese horizonte, al mismo tiempo que limita nuestra visión la constituye, y nos habla de un “más allá” que no vemos, pero que nos impulsa a conocerlo. De ahí que busquemos alturas desde donde otearlo mejor. El horizonte es como el fondo del cual surgen unas cosas y otras desaparecen, y todas muestran su realidad de acuerdo con su cercanía o lejanía respecto a él. Y simultáneamente al horizonte aparece como su fundamento la visión. Sin ojos no habría horizonte.

Del mismo modo, en el plano intelectual, nos movemos en un mundo noético, que también tiene su horizonte. En este caso, el horizonte que limita y al mismo tiempo constituye ese mundo es el sistema de símbolos por medio de los cuales se nos hacen presentes las cosas. También ese horizonte es el fondo del que surgen nuevos símbolos y otros desaparecen. Y en relación a él las cosas cobran sentido. Simultáneamente a ese horizonte interior o intelectual aparece como su fundamento un peculiar poder del hombre al que llamaron logos, capacidad para manifestar lo que percibe y hace. Y percibe mediante un principio vital propio independiente del cuerpo, llamado noûs o mente, que le da lo que las cosas son de veras, que hace patente el contenido latente de las cosas.

Para guiarse en la vida, para obrar de forma adecuada, el hombre debe asentar sus juicios sobre lo que de permanente hay en la realidad, cosa que se le muestra cuando considera esas cosas según esa mente o noûs.

La experiencia básica del griego arcaico es el carácter inestable de las cosas. Todo está en movimiento, sometido a cambios. Y no solamente las cosas externas a él, sino que él mismo participa de esa inexorable caducidad a que todas las cosas están sometidas. Todo lo que tiene un nacimiento está destinado a morir. Así ocurre con las plantas, con los animales y los hombres, pero también con las ciudades y la fortuna. Homero lo expresaba de este modo en la Ilíada: (Ilíada, II, 146-149):

Como el linaje de las hojas, tal es también el de los hombres.

De las hojas, unas tira a tierra el viento, y otras el bosque hace brotar cuando florece, al llegar la sazón de la primavera.

Así el linaje de los hombres, uno brota y otro se desvanece.

(IL.,II, 146-149).

Está idea del cambio entendido como generación es a su vez el criterio que separa el mundo de abajo, de la tierra, y el de arriba, el cielo. A la tierra pertenece todo lo que es perecedero y al cielo, residencia de los dioses, lo que es incorruptible y no sujeto a generación. El hombre pertenece a esa región de lo no consistente que es la tierra.

Pero vistas estas cosas más atentamente, y sobre todo por lo que se refiere a los seres vivos, posee una cierta estructura, un orden, en el que las cosas que nacen, tras un periodo de crecimiento, mueren, volviendo allí de donde salieron. Ellas tienen su realidad propia, su propio ciclo, poseen en sí mismas la fuerza que les hace aparecer y perecer. A esa fuerza que hace nacer, crecer y perecer, le llamaron physis, naturaleza. Ella es ese fondo universal de donde todo procede y donde todo vuelve cuando perece.

Lo que los milesios Tales, Anaximandro y Anaxímenes descubrían e inauguraban era otra manera de ver y relacionarse con lo que hay. Junto a la racionalidad mítica, abrían un camino transitable por los hombres para conocer aquella realidad latente, oculta, que determinaba los movimientos del mundo patente en que los hombres desenvuelven su vida. Era el camino del logos. La razón puede conectar con ese fondo permanente que subyace en todas las cosas y del cual ellas reciben su fuerza. Ese fondo o physis es siempre, eterno, divino, a todas las cosas abarca. Conocer el principio (arjê) a partir del cual ella las produce significó el inició de lo que sería la filosofía y la ciencia occidental.



[1] F. Martínez Marzoa. Historia de la filosofía. Madrid, 1973

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2 comentarios en “LOS PRESOCRÁTICOS

  1. Hola Samper, la filosofìa griega es bàsica en la cultura occidental, siempre aplicable y actual. Mi favorito es Sòcrates y aunque se muy poco de filosofìa me parece muy importante digna de un estudio detenido.

    Un beso, corazòn.

  2. Gracias por tu comentario, Maga. Efectivamente Sócrates tiene muchos puntos de contacto con nuestra forma de pensar y, en cierto modo, puede ser considerado el iniciador del pensamiento occidental. Pienso que la filosofía ayuda a potenciar nuestra capacidad de admiración por el mundo y puede ayudar a vivir más plenamente, siempre que no se convierta en vana erudición. Que tengas un feliz día.

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