SOBRE EL TIEMPO: APUNTES

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Enfrentarse a la noción de tiempo representa poco menos que ocuparse de toda la historia del pensamiento. Ya el primer fragmento de la historia de la Filosofía que tenemos, el de Anaximandro (s. VII – VI) lo nombra. También se dice que la aparición de la conciencia de sí, y con ella del pensamiento propiamente, se dio cuando se tuvo conciencia del tiempo, que algunos sitúan hace cuarenta o cincuenta mil años. Ya decía Isidoro de Sevilla: “Quítesele al tiempo su cómputo y todo quedará envuelto en ciega ignorancia y en nada se diferenciara el hombre de los demás animales“.

No es este lugar, pues, para ocuparse de tan magno problema. Pero si voy a señalar dos hechos que me llaman la atención.

El primero es la precisión con que hoy se mide el tiempo y lo pendiente que se está del tiempo. Cada vez es más exacta nuestra medida de la duración de un suceso y su situación en el tiempo, la determinación de su “cuánto” y  su “cuándo”. Todos solemos llevar relojes con los que organizamos nuestras vidas según horarios precisos. El reloj es consubstancial a nuestro modo de vida y al mismo tiempo la hace posible.

El segundo es esa especie de carrera por ganar tiempo, aprovechar el tiempo, no perder tiempo, ahorrar tiempo. La terminología es bastante económica, y tal vez de ahí venga lo de “el tiempo es oro” (o dinero en un lenguaje más directo). Los electrodomésticos, la telefonía móvil, las computadoras o los trenes de alta velocidad son inventos destinados no solamente a la comodidad, sino a ganar tiempo. Se trata de una lucha contra el tiempo que parece aspirar a su abolición, como ideal. Una lucha en la que la victoria podría suponer algo así como “disponer todo el tiempo del mundo”, y en la que paradójicamente el tiempo aparece como el condicionante que me impide ser libre.

Sin embargo:

A.- El que se disponga de más precisos instrumentos de medición del tiempo, el que se ande pendiente de él, no significa una mayor conciencia de la temporalidad humana y, consecuentemente, una mayor conciencia de sí. Casi podría afirmarse lo contrario.

En otros momentos, por ejemplo, en la Edad Media, el hombre se guiaba en el tiempo por el Sol, el canto del gallo y las campanas, es decir, por la Naturaleza y el tiempo canónigo. El uno le remitía a los ritmos cíclicos de la vida y el otro a su pertenencia a un destino escatológico en el que se decidía su salvación o condenación. El tiempo se media con la finalidad de poder responder a esa meta y realizar los trabajos diarios. Expresiones como “al alba”, “cuando las uvas maduran”, “bien entrada la noche” y otras muchísimas por el estilo eran suficientes para orientarse. El calendario estaba además marcado por las festividades litúrgicas y los santos, lo que hacía del tiempo algo cualitativo. “Por San José”, “pasada la Virgen de agosto”, “por Pascua” eran referencias temporales y recordatorios de la fe y cultura a la que se pertenecía. Era un tiempo en cierto modo colectivo.

La imprecisa medición del tiempo recordaba al hombre su naturaleza y su destino. Cada cosa tiene su momento: “En este mundo todo tiene su hora. Hay un momento para todo cuanto ocurre: un momento para nacer y un momento para morir. Un momento para plantar y un momento para arrancar” (Ecles. 3, 1-2), etc.

El tiempo ahora, igual para todos, uniforme, homogéneo, indefinido, establece un orden al que el hombre se debe y se sujeta. En él se hace abstracción, se deja aparte, todo lo que haga referencia a su fe, a su destino, a su condición mortal, su pertenencia a la naturaleza o a una cultura. El tiempo matemático marcado por el reloj no habla del hombre, sino que lo somete y ordena. El reloj substituye el momento significativo que anuncia la eternidad por el “ahora” sin otra perspectiva que otro “ahora”: “ahora son las cinco”; un ahora a la que no acompaña ningún “presente”, que no hace presente ninguna dimensión humana.

El reloj colgado de la muñeca no nos dice que lo único que propiamente nos pertenece, lo único realmente nuestro, es el tiempo. El tiempo es vida, y dedicar tiempo a algo o alguien es darle vida nuestra a ese algo o alguien. Una vida que, libremente dada, es recobrada en la forma que vamos dando a nuestro ser.

B.- En cuanto a todas esas expresiones economicistas en torno al tiempo, que nos hablan de ganar, perder o ahorrar, su reflexión muestra algunas curiosidades.

La primera sería que para saber si se gana o se pierde se requiere una conciencia de que el tiempo es limitado, finito, y se dirige a una meta. Si lo hecho me acerca más y mejor a esa meta, es tiempo ganado, y si me aleja, es tiempo perdido. En un tiempo indefinido y sin dirección y sentido, no hay forma de saber qué gano o pierdo, a no ser que sea más o menos tiempo.

Pero ocurre la extraña paradoja que en esa carrera en que se han hecho logros en lo que se refiere a ganar y ahorrar tiempo cada vez son más los que se quejan de “no tener tiempo”. Algo semejante a alguien que fuera metiendo sus ahorros en una cuenta bancaria del tiempo y cada vez que fuera a consultar su saldo se encontrara que este es cero. Si esa cuenta fuera de dinero, seguro que buscaría una explicación urgentemente, pero en el tema del tiempo no acaba de pararse a pensar en cómo es que estando usando medios ahorradores de tiempo, cada vez tiene menos. Tal vez sea porque paga con tiempo lo que le permite ahorrar tiempo, llenándolo de ocupaciones. Es el activismo actual.

La segunda es que la ganancia de tiempo se obtiene mediante hacer las cosas más rápidamente, la velocidad, o apartándolas de nuestro cuidado. Desplazamientos y comunicaciones más rápidos, o artilugios, como la lavadora, que mientras hace su labor nos permite dedicarnos a otra cosa. En el primer caso, la reducción del tiempo aumentando la velocidad, tiende a hacer el mundo cada vez más pequeño. Si la velocidad fuera infinita, todo el mundo parecería como concentrado en un punto. Si pudiera desplazarme de Madrid a México a una velocidad superior a los 9000 km/h, casi se podrían considerar ambas ciudades como distritos de una misma urbe.

En el segundo caso, resulta muy gratificante verse liberado de los trabajos llamados serviles. Muchos electrodomésticos y máquinas hacen hoy el papel de los esclavos de antes. En este caso no parece que se pueda llegar a la dialéctica del amo y el esclavo, en el que el amo pueda llegar a ser el esclavo del esclavo.

Pero tanto en un caso como en el otro, la ganancia de tiempo lleva aparejada la cuestión del para qué. Lo mismo si hablamos de su medición. Para qué quiero ese tiempo, para qué medirlo, qué voy hacer con él. Y así se muestra el tiempo como una dimensión del ser humano, cuya meditación y contemplación puede ayudarle a desvelar el sentido de su existencia.

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2 comentarios en “SOBRE EL TIEMPO: APUNTES

  1. Muy buen artículo, que habla del absurdo en que vivimos. Yo añadiría la idea de ‘dar, ofrecer el tiempo’, porque muchos lo entregan como un sacrificio a un jefe, a un ideal, a una afición, a una adición, etc.

    Feliz 1 de mayo,
    Jo

  2. Gracias, Joaquín. Sí, creo que cuando no hay meta, el tiempo se convierte en algo indefinido y vacío, en el que no es posible determinar si el tiempo se gana o se pierde. Pero, aunque no formulada, siempre hay una cierta meta que es la realización del proyecto inherente a nuestra forma de vivir y pensar.
    Un saludo

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