EUROPA

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Dice Karl Jaspers[1]: “A fines del siglo XIX, Europa parece dominar el mundo, y esto se tenía por definitivo. Parecía que se confirmaban las palabras de Hegel: «El mundo está explorado, circunnavegado, y para los europeos es una esfera. Lo que todavía no ha sido dominado por ellos es que no merece la pena o todavía está destinado a ser dominado»”.

Las palabras de Hegel expresaban bien la mentalidad nacida de la Ilustración. Esta mentalidad se manifestaba de formas diversas, según el tipo de hombre que consideremos.

Para la burguesía mercantil e industrial, esa mentalidad se traducía en la conquista de mercados y cambios en la producción de bienes, y el uno y el otro girando en torno al valor ganancia. Ahora asombra y se investigan las causas de la riqueza de las naciones, el conocimiento de las cuales permitirá el progreso de los pueblos, o, más exactamente, de esa burguesía.

Para los políticos significará el establecimiento de los estados nacionales y la conquista de nuevos territorios que aseguren y extiendan el poder y riqueza de esas naciones. Es ahora cuando realmente empieza el colonialismo depredador.

Para los hombres de pensamiento, esa mentalidad se concretará en la búsqueda de métodos eficaces de conocimiento, ajustados al valor razón, y que permitan dominar la naturaleza a favor del hombre.

En el terreno religioso, se va imponiendo el libre examen y la autonomía de la fe frente a lo eclesiástico, con la reducción de la creencia en Dios a la esfera de lo privado.

Unos y otros responden a esa experiencia básica del hombre moderno, y que no es otra que el descubrimiento de sí mismo y el deseo de autoafirmarse. Un hombre que se descubre desde el optimismo griego y desde el mesianismo judeo-cristiano. Tiene confianza en sus fuerzas, afirma su libertad y vive proyectado hacia el futuro bajo la forma de utopía.

El orden logrado en la Edad Media entre el hombre, el mundo y Dios a partir de la idea de creación y la aplicación del principio de analogía se desmorona. Ahora el impulso viene del hombre y el mundo es un espacio que debe ser conquistado por el poder, el conocimiento, la técnica y el comercio.

Inicialmente, Dios o el cristianismo sirve de cobertura ideológica a los deseos expansionistas, ya sea justificando el capitalismo naciente o el galicanismo de Luis XIV. Eso hasta que la diosa Razón desplazara en la mente de los intelectuales del siglo XVIII. En nombre del Progreso, y guiados por los lemas de Libertad e Igualdad se va imponiendo la nueva visión del mundo.

Y esta visión incluye la consideración cuantitativa de todo. En economía, cantidades diferentes de lo mismo -dinero- sirven para valorar cosas cualitativamente diferentes, al igual que en la ciencia se intenta reducir todo a operaciones matemáticas. También en el campo social, pues siendo todos los hombres iguales se les puede tratar como cantidades homogéneas.

La confluencia de todos esto factores dio como resultado el “milagro europeo”, un desarrollo por el que se creó un abismo material entre Europa y otras culturas o pueblos. Pero ese abismo no solamente era respecto de otros pueblos, también lo era entre la civilización occidental y su propio pasado, que es visto como error. Ese otro abismo, tal vez más profundo, se adhiere a la nueva concepción de Europa como su sombra, dificultándole la comprensión de sí misma.

La afirmación de Hegel, que Jaspers recoge, aparece como evidente y optimista. Ocultaba, sin embargo, que lo ganado en extensión e influencia, se había perdido en unidad, vitalidad y profundidad.

En 1900, una expedición combinada de fuerzas europeas ocupaba Pekín para sofocar la rebelión de los bóxers. Parecía confirmarse esa supremacía de Europa frente al mundo. El estado más populoso y antiguo de Asia se vio impotente frente a las potencias europeas.

Sin embargo, tan sólo cinco años más tarde, los japoneses derrotaron a los rusos, no solamente por tierra, sino también en el mar, base de la autoridad europea en el mundo. Esta victoria hacia evidente a los pueblos asiáticos y africanos la vulnerabilidad de las naciones europeas.

Pero fue en la propia Europa, durante la guerra de 1914 – 1918, donde se puso de manifiesto la crisis de ese poder, la enfermedad que se ocultaba tras su magnífica fachada. En el interior de aquella Europa de pretensiones universales lo que había era un equilibrio inestable de naciones que se miraban las unas a las otras con una profunda desconfianza. Se sabían rivales, pues todas apetecían lo mismo. Los esfuerzos que dedicaban a ampliar sus fuerzas armadas no están destinados al orden en las colonias, sino a sus vecinos. Por eso bastó un incidente como el de Sarajevo para que Europa ardiera por los cuatro costados y su incendio repercutiera en el mundo entero.

Tras la guerra, las naciones europeas no solamente salieron debilitadas en hombres y riquezas, sino también desmoralizadas. Se había puesto de manifiesto su debilidad, el desorden que habitaba esa racionalidad industrial y la potencia destructiva de esa razón que solamente rinde cuentas a sí misma.

Y también se había puesto en evidencia ante las naciones de África y Asia donde tenía colonias y protectorados. La propaganda de unos y otros contendientes hacía aparecer a los su enemigos como seres inhumanos. También la dependencia de Europa de las colonias en materias primas y alimentos hacía patente al mundo sus límites. Además, muchos habitantes de las colonias trabajaron y combatieron en suelo europeo, y observaron y penetraron en los secretos occidentales. La ascendencia moral que Europa pudiera tener sobre el mundo se perdía.

Los resultados, a grandes trazos, de esa Gran Guerra fueron una Europa desintegrada políticamente, formada por un conjunto de pequeños estados celosos de su independencia, pero sin recursos económicos suficientes; la desaparición de los imperios alemán, austriaco y turco; el poder político desplazado a dos vástagos de occidente, Rusia y Estados Unidos; y mayor desconfianza y miedo entre las naciones europeas a que se pudieran repetir las agresiones.

El principio de autodeterminación de los pueblos proclamado por el presidente estadounidense Wilson para liquidar los imperios europeos fue aprovechado por los pueblos colonizados para justificar sus aspiraciones a la independencia y desligarse de sus metrópolis europeas.

Pesimismo, fundada sensación de decadencia, desorientación respecto de la propia identidad, siguió a la guerra. Apenas pasados algo más de cien años, las ideas que alimentaron la revolución que pretendía llevar las luces de la razón al mundo entero, entraban en crisis. Pervivía en sus formas liberal y comunista en sus dos hijos implantados fuera del suelo europeo.



[1] Jaspers, Karl. Origen y meta de la historia, pg. 109. Madrid, 1968.

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2 comentarios en “EUROPA

  1. Dice: “La afirmación de Hegel, que Jaspers recoge, aparece como evidente y optimista. Ocultaba, sin embargo, que lo ganado en extensión e influencia, se había perdido en unidad, vitalidad y profundidad…”

    Si sólo fuera la pérdida de unidad, vitalidad y profundidad no sería sino un mal propio. Lo horrible es el sufrimiento que se ocasionó y ocasiona a los más débiles europeos y no europeos. Que el 2% de la población mundial (preferentemente occidental) posea el 50% del pib mundial, mientras al día mueren 50 mil personas, entre ellas, 17 mil niños, son las secuelas, no sólo de nuestras acciones, sino de nuestra moralidad.

    Y aún así, seguimos gravando a los más débiles, sin que los “bienpensantes” se rasguen las vestiduras…

  2. Vaya , ya mucho que no leìa nada de Hegel.. Como siempre un post iluminador con estos tiempos de cambio económico y social, pero no solo en Europa sino en el nuevo continente tambièn.

    Un beso y feliz semana

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