PITÁGORAS

 

Poco sabemos de la vida de Pitágoras (aprox. 570 – 496). Parece ser que era de Samos, una isla próxima a la costa jónica del Asía Menor, y que se estableció en Crotona, en la Magna Grecia, tal vez por razones políticas, y que murió en Metaponto.

Son muchas las noticias que de él nos ha transmitido la antigüedad, y aunque pocas sean seguras, su abundancia indica la grandeza de su personalidad. La tradición dice que no escribió nada, pero muchos críticos modernos ponen eso en duda.

Probablemente viajó por Egipto y Oriente, de donde se traería su doctrina, como sugiere Heródoto en su Historia (II, 123). También debió conocer la doctrina de los Milesios, pues hay autores que lo hacen discípulo de Anaximandro.

La primera novedad que encontramos en Pitágoras respecto de los otros pensadores de la Grecia arcaica es que fue el fundador de una especie de comunidad de discípulos. Por lo que sabemos de la vida de los primeros filósofos, los Milesios, estos eran fuertes personalidades que pusieron su actividad al servicio de la ciudad como consejeros políticos, técnicos, maestros de la verdad. Pero no parece que fundaran ninguna escuela propiamente dicha.

Pitágoras lo hizo. Y con esto conectaba, por un lado, con las comunidades presentes en su época, como eran las ligas de aristócratas con una finalidad política y las dedicadas a los cultos “mistéricos”.

La formación de una comunidad se hace bajo ciertos supuestos. El primero de ellos, la existencia de una finalidad común. El segundo, que esa finalidad es alcanzable por sus miembros mediante una serie de prácticas. Y esos dos supuestos comprenden a su vez una determinada concepción del ser humano y su destino.

El tema de los filósofos anteriores, los Milesios, era la Verdad, la Physis, aquello de donde todo surge y a donde todo vuelve cuando perece. Se trataba de hacer presente el principio (arjé) que origina todo cuanto hay. Lo que el filósofo arcaico tiene ante su mirada es el Todo en su inabarcable variedad.

Pero esa mirada hacia el Todo lleva envuelta la naturaleza de hombre en quien esa mirada es posible. Establece un cierto parentesco entre el hombre y la divinidad para quien esa mirada es consustancial.

Y con Pitágoras, el tema del Todo se desliza hacia la consideración de esa chispa divina en el hombre que le permite la captación de ese Todo. Es el tema del alma, de la presencia en el ser humano de algo diferente de las diversas cosas que me muestran los sentidos. Y el tema de la naturaleza del alma es inseparable de la cuestión de su destino.

Para quienes han experimentado la unidad que liga a todos los seres concretos, la pertenencia de todos ellos a ese fondo inconcreto, indeterminado (ápeiron) de Anaximandro, encuentran su ser como dividido entre un cuerpo, sujeto a las determinaciones de este mundo y un alma, que escapa a las limitaciones del cuerpo.

El alma es de una naturaleza distinta del cuerpo; ella es del linaje de los dioses, es “inmortal”. Esa es la creencia  básica de Pitágoras. Una afirmación que añade a la meditación puramente objetiva de los Milesios la meditación sobre el polo subjetivo de la realidad.

El lugar propio del alma es el cielo, residencia de los dioses, con los que esa alma está emparentada. Y con esto la Naturaleza, en tanto que accesible por el alma, ya no es un tema privado de algunos hombres, sino algo que atañe al destino humano, de cualquier humano.

Este destino común justifica la formación de una comunidad aplicada en lograr para todos esa finalidad posible. Y en ella el sabio, el atisbador de esa Physis, se hace maestro, aquel que enseña a redescubrir a los otros su naturaleza propia.

La vida del alma en el cuerpo es entendida como una caída, un hundimiento en la tierra, donde pasa de un cuerpo a otro, según los merecimientos que haga con sus actos. Según el estado en que muera, elegirá un cuerpo u otro. El puro elegirá lo puro, el impuro, lo impuro.

La finalidad de la escuela era ayudar a ese proceso de purificación (catarsis), que no es otro que la liberación del alma de las esclavitudes y limitaciones a las que la somete el cuerpo. Esto lleva consigo una ascesis, unas prácticas que van haciendo real esa purificación. Junto a la práctica de la amistad (filia) y el compartir ciertos conocimientos que han de mantener en secreto, estaría el silencio, la prohibición de matar o hacer daño a los seres vivientes, el cultivo de la música, etc. Junto a estas prácticas tenemos noticias de otras que nos resultan chocantes, como la prohibición de comer habas o ser enterrados con vestidos de  lana.

Con esas prácticas las metamorfosis que va experimentando el alma en sus sucesivas reencarnaciones le van acercando a su lugar originario junto a los dioses (o dios). Pertenece a la libertad humana el trabajar para acortar este proceso de reencarnaciones.

La cuestión del alma estaba presente en las diferentes comunidades religiosas esparcidas por el mundo helénico. Pero era cosa de los sacerdotes y las clases populares. Pero es poco tratado por los grandes sabios de la época, como Solón, Heródoto o Arquíloco. Con Pitágoras y su escuela esta fe popular se hace digna de consideración “culta”. El “más allá” es objeto de atención y muestra una gran fecundidad.

En la creencia popular el ser del hombre no acababa con la muerte, sino que permanecía un “resto de vida” que vaga en un “más allá” (sea bajo tierra o tras la puesta del sol); una sombra muda. Ella es nulidad, algo terrible.

Con Pitágoras, lo que queda no es un resto, sino lo realmente vivo y valioso en el ser humano que inicia un existencia más plena y digna de su naturaleza. Con la muerte se cumple aquello que es condición para estar despiertos.

Paralela a la elevación del hombre por Pitágoras fue la visión de la divinidad, intuyendo la existencia de un Dios único, más allá de cualquier semejanza con nuestras pasiones y pensamientos.

La fe común compartida en la escuela llevó a la investigación común de las muchas cosas implicadas es su afirmación del alma e hizo avanzar en su seno a muchas ciencias, como la medicina, la astronomía o las matemáticas.

Heráclito consideró a Pitágoras caudillo de embaucadores. Tal vez en él se hicieron realidad muchos pensamientos de Heráclito.

 

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