LA ILUSTRACIÓN

 

“La ilustración es la salida [= Ausgang] del hombre de su minoría de edad. El mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración.”

Con estas palabras empieza E. Kant su respuesta a la pregunta “¿Qué es la Ilustración?” [= Was ist Aufklärung?] que el periódico alemán Berlinische Monatschrift había planteado a sus lectores. La respuesta de Kant fue publicada en ese mismo boletín en noviembre de 1784.

El pacífico y sedentario filósofo de Königsberg, posiblemente en uno de sus cronometrados paseos, vio así al hombre que daba el tono a su época, ese librepensador urbano, hacendoso y equipado con los réditos que los humanistas le habían proporcionado. Seguramente le bastó mirarse atentamente a sí mismo para descubrir el tipo de hombre que encarnaba la modernidad.

Atrás quedaban ya las rebeldías humanistas iniciadas allá por el siglo XIV, los Galileos y sus enfrentamientos con la Iglesia, los entusiasmos suicidas de Giordano Bruno, la exaltación de la naturaleza, la perfecta arquitectura del universo dada por Newton o las guerras de religión. Todo eso es ya pasado, y el hombre del siglo XVIII mira ya con indiferencia las autoridades religiosas o políticas que la inercia histórica sostiene, pero que son como restos muertos que los movimientos marinos arrojan a las playas.

Atrás quedó también la época en la que la vida giraba en torno a la tierra y su posesión, un mundo espacial, jerarquizado según títulos feudales en la que el tiempo se vive desde el siempre, desde la eternidad, un tiempo marcado por los nacimientos, el hambre y el comer, las cosechas y el festejo de los santos. En un mundo incierto donde lo que importa es la santidad que abra las puertas de la vida eterna, contar y calcular tiene poco interés. Tampoco hay mucho que contar, pues el dinero es escaso.

En el mundo urbano en que se mueven los librepensadores ilustrados ya están asentadas las matemáticas como ciencia central. La razón, como sombra de la fe, había encontrado un poderoso aliado a partir del siglo XIV en el dinero, los cuales luchan a un tiempo contra la Iglesia y el orden feudal. El dinero es aquella necesaria abstracción que permite cambiar un saco de trigo por un cordero y llevar una vida de lujo  y ocio a quien lo posee. La clase mercantil se va imponiendo a la clase caballeresca y guerrera que dominaba en el mundo estático medieval. Las matemáticas facilitan el conocimiento de la naturaleza, el cálculo de la trayectoria de una bala de cañón y la contabilidad de los beneficios obtenidos en los préstamos usureros. En el mundo cuantitativo y dinámico de los burgueses el tiempo es oro, y su sólo paso puede aumentar los ducados o florines que hay en el arca del banquero. Por eso domina y ordena la hacendosa vida del hombre de la ciudad.

Todas aquellas ideas que en los siglos XIV, XV, XVI y parte del XVII fueron ensayo y lucha, son en el XVIII logro y disfrute. El ciudadano ilustrado ya no reivindica, sino que solamente pide reconocimiento. Reconocimiento de su poder, de su capacidad de pensar libremente y su deseo de ordenar la política según sus intereses. Reconocimiento de su poder para investigar la naturaleza y dirigir su conciencia según sus propias convicciones morales. De ahí la afirmación lapidaria con que Kant define la ilustración: “La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad”.

Desde las alturas alcanzadas en ese siglo de las luces, Kant contempla la nueva mentalidad a través de una imagen: “salida de la minoría de edad”. La salida es abandono, ruptura con una determinada dirección y sentido. Es negación de un camino tutelado, en la que otro nos dice qué debemos creer o hacer. Liberarse de ese estado es entrar ipso facto en un proceso de ilustración, de progreso y realización de una nueva humanidad.

Lo que decide o impide salir de esa minoría de edad no es ningún conocimiento, sino un acto de la voluntad. Según Kant, son la pereza y la cobardía la que retiene a la mayoría de los hombres bajo tutela; no es ninguna falta de capacidad cognoscitiva, sino la comodidad que ofrece el estar dirigido. Consecuentemente, la salida es el resultado de un atrevimiento, de una decisión. De ahí que la divisa de la ilustración sea un imperativo: ¡Sapere aude!. Atrévete a saber, ten el valor de servirte de tu propio entendimiento. Este es el paso que deben dar los hombres colectiva y personalmente.

Sin embargo, para la mayoría de los hombres, acostumbrados a los grilletes de los prejuicios y las instrucciones que mecanizan el pensar, tal paso resulta incómodo de dar. Como los prisioneros de la caverna de Platón, están a gusto en su suerte y apenas conciben una situación diferente. De ahí su resistencia a ser liberados.

Además de decirnos Kant en que consiste la ilustración, nos dice cuáles son las condiciones para que esa salida pueda darse: la libertad para razonar [=räsonniert] cuanto se quiera y sobre lo que se quiera. Es decir, dejando hacer uso de la libertad en su aspecto menos dañino, la libertad de pensamiento y expresión pública.

Kant actúa como notarios de esta situación y levanta acta del hecho ilustrado y de la tarea que tal hecho representa para llegar a una sociedad ilustrada. De nuevo aquí hay resonancias de la caverna de Platón, en la que el prisionero liberado de ese mundo de sombras debe volver de nuevo a ese mundo interior para rescatar a los que allí permanecen cautivos.

La mayoría de edad que se supone alcanzada una vez abandonada la “minoría de edad” es la nueva verdad sobre la que se asienta el hombre. De ahí que la ilustración no sea meramente la ideología de la clase burguesa del siglo XVIII, sino el inicio de la modernidad en que seguimos siendo modelos los hombres de hoy.

Esa salida no lleva a otra carretera ya trazada, a otro mundo ya constituido, sino a un campo abierto que hay que ordenar. Hay que establecer nuevos estatutos para la razón, para la moral y la esperanza humana de acuerdo con el principio de autonomía, de una existencia no tutelada. Hay que establecer los límites que deciden un uso correcto de la razón teórica, los fundamentos de la acción moral y hacía dónde se encamina la vida humana.

Pero este nuevo hombre ilustrado emprende su camino de liberación como el hijo pródigo de la parábola evangélica de los dos hermanos. Se marcha con la parte de la herencia que le corresponde, es decir, con los valores adquiridos en la casa del Padre. De todo cuanto había en esa casa, se ha quedado con aquello que parecía más útil para su camino: la moral.

Sin embargo, esa moral, desarraigada de su fuente, se convierte pronto en calderilla que fácilmente se gasta con poco provecho. Hace sonar la fraternidad, igualdad o justicia con mucho ruido, pero apenas da para comprar sucedáneos de ella. Nuevas tutelas, nuevas esclavitudes y nuevos amos acompañan el camino del hombre.

El saber adquirido por la audacia de conocer rodea al hombre con el microondas, el aire acondicionado la bomba atómica, la contaminación, la fabricación en serie y el cepillo dental eléctrico. Pero no consigue aportar razones para vivir ni representan el paraíso artificial prometido. También el hombre en estado de mayoría de edad proyecta su sombra en forma de decepción y cansancio.  El  “atrévete a conocer”, emulsionó en “todo puede hacerse”, todo menos dar sentido a la existencia. La fuerza centrífuga de un mundo cada vez más acelerado lleva a la paradoja del vacío que paraliza.

Las luces de la razón, que no son otras que las del cálculo, iluminan, pero no tanto como se pensaba. Ilumina más y desde dentro el amor con que el Padre recibe al hijo que se marchó. También resulta sombrío el rostro del hijo que se quedó en casa del Padre, pero sin comprender aquello que hace precisamente al Padre ser Padre.

Después de todo, ¿Qué resta a mi entendimiento un libro que después de leído y comprendido veo que me enriquece, o en qué se empobrece mi espíritu por tener alguien que como espejo me permite conocerme mejor o en qué me perjudica a mi cuerpo el médico que me prescribe una dieta si sabe más que yo sobre eso?. ¿Acaso ese otro que soy yo me instruirá mejor?

En nada dejo de pensar por mí mismo cuando escucho y considero las palabras de quienes me han precedido. Y ya tiene razón Kant de la necesidad de liberarse de los grilletes de los prejuicios que encadenan nuestro pensar que por naturaleza no puede ser otra cosa que libre. Pero sin descuidar que lo que hoy es la llave que abre el grillete mañana puede ser el grillete que de nuevo somete el espíritu.

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2 comentarios en “LA ILUSTRACIÓN

  1. Hola.. muchos saludos,

    Interesante tu articulo sobre la ilustracion. En el tiempo actual, lo que puedo percibir, es que vamos avanzando creando un piso debil, sobre muchos aspectos cada dia, mas superficiales.

    Un saludo, ten un bonito dia.

    Marjorie

  2. Gracias, Marjorie, por tu comentario. Creo que hoy podemos percibir cada vez mejor el alcance de un movimiento que se ha ido difundiendo por toda la cultura occidental y que requiere ser repensado a la luz de lo que ha sido la historia de estos dos últimos siglos. Aunque se trate de un movimiento con pretensiones de ocupar el lugar de la religión, ha servido para mejor compreder el alcance del cristianismo, para su purificación. Y él, hijo pródigo de ese cristianismo, tal vez haya empezado a meditar sobre su situación…
    Un afectuoso saludo

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