JAIME BALMES

 

Encuentro que Jaime Balmes (Jaume Llucià Balmes i Urpià) es un personaje extraordinario, creo que hoy poco conocido, y del que, sin embargo, puede todavía sacarse mucho provecho. Si tenemos en cuenta que vivió escasamente 38 años (Vic 28-8-1810 – 9-7-1848), y ponemos en relación ese tiempo con la formación que consiguió, la actividad que desplegó y la obra escrita que nos dejó, nos haremos una idea de su capacidad. Filósofo, apologista, teólogo, político, sociólogo, con razón puede ser considerado como una de las personalidades más vigorosas de la primera mitad del siglo XIX español…, y tal vez también de la segunda. Sustentó su pensamiento tanto en el terreno filosófico, social o político en principios católicos, de los que fue un defensor genial, sin que esto le impidiera estar al corriente de las filosofías de su época.

Para abrir el panorama de su aprovechada vida, recogemos lo siguiente de su biografía:

  • a) De 1817 a 1826, estudios elementales, filosóficos y teológicos en el seminario de su ciudad natal.
  • b) De 1826 a 1833 estudia becado Teología y Derecho en la Universidad de Cervera.
  • c) De 1833 a 1839, desempeña labores de profesor auxiliar en la universidad de Cervera, se ordena de sacerdote en Vic el 20 de septiembre de 1834, vuelve a Cervera, donde se doctora. Regresa Vic como profesor de matemáticas, a las que era muy aficionado, en el seminario.
  • d) A partir de 1840 empiezan sus publicaciones y su actividad pública. Viaja a Paris e Inglaterra. De nuevo a Francia en 1845. En 1846 a Bélgica, donde conoce la universidad de Lovaina y tiene encuentros con el cardenal Mercier y con el futuro Papa León XIII. Por esa época Jaime Balmes se ha convertido en uno de los hombres más influyentes de España y es nombrado miembro de la Real Academia Española y de la real Academia de las Buenas Letras de Barcelona.
  • e) Además de colaborar en revistas como “La Religión” o “La Civilización”, funda otras como “La Sociedad”, en Barcelona, dirigida y redactada por él sólo; durante su estancia en Madrid (1844 – 1848) funda y dirige “El pensamiento de la Nación”, en la que expone sus opiniones sobre las cuestiones del momento.

Su obra escrita es muy abundante. Las hay de tipo apologético como “El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea”, “Cartas a un escéptico en materia de religión”, u otras de carácter popular, como “Conversa d’un pagés sobre lo Papa”. Su pensamiento filosófico se expone en El Criterio (1845), Filosofía fundamental (1846) y Curso de filosofía elemental (1847). Sus ideas políticas en “Consideraciones políticas sobre la situación en España” (1840) y “Escritos políticos”(1847).

No es hoy el momento para exponer su pensamiento filosófico o político. Si acaso unos cuantos brochazos gruesos que permitan hacerse una imagen, aunque sea vaga, de sus ideas.

Balmes es un hombre conservador, opuesto a las dictaduras, que considera los intereses generales por encima de los particulares, conciliador y contrario a la actividad partidista. Promotor en su tiempo de la reconciliación entre liberales y carlistas, propuso el matrimonio de Isabel II con el conde de Montemolín, hijo de D. Carlos, pretendiente al trono español.  Simplemente como muestra de por dónde van sus ideas políticas y lo sensato de sus intuiciones, decir que él veía que es en el pueblo donde nacen las conductas de moderación y sensatez, y es en los gobiernos y centros de poder donde se dan las luchas y la anarquía. Señala como en su tiempo, en una nación profundamente religiosa, se instalan en el poder personas formados en la Enciclopedia, que pretenden establecer nuevos principios políticos y postulados de convivencia que llevan a la división entre las gentes, haciéndose unos partidarios de la novedad y otros no queriendo ni siquiera hablar de ella. Desmanes y confusión es lo que traen esos gobiernos imprudentes, lo que tiene como consecuencia que las personas más dotadas se vuelvan apáticas frente a lo político y quede la cosa pública para los arribistas y audaces. El pueblo ya no se siente representado en su Parlamento y se crea el espejismo de creer que la vitalidad política resida en esos centros de poder. Alrededor de esa casta política advenediza se crea toda una burocracia que no es otra cosa que un sistema de explotación pública. Todo esto suena a actual y no sé lo que Balmes diría hoy de la partitocracia existente y sus proyectos de modelación social.

A Balmes se le conoce como el filósofo del sentido común. Frente a las filosofías de su tiempo como el idealismo, el krausismo, el positivismo y el Kantismo, Balmes es el filósofo de la sensatez. Formado en el tomismo, para él está claro que la verdad reside en la conformidad de nuestro pensamiento con la realidad [“¿De qué sirve discurrir con sutileza o con profundidad aparente, si el pensamiento no está conforme con la realidad?”]. Y dice en su Filosofía fundamental: “No quiero estar reñido con la naturaleza. Si no puedo dejar de ser filósofo sin dejar de ser hombre, renuncio a la filosofía, y me quedo con la humanidad”.

Balmes prefirió siempre la verdad a la originalidad, uniendo pensamiento y vida práctica. Al igual que en política, su pensamiento se nutre de forma vital de los grandes maestros clásicos, a los que actualiza y compromete con los problemas de su tiempo. Para él la tradición no es una ideología que defiende determinadas instituciones del pasado, sino el espíritu que las creó, espíritu que hay que captar para amoldar esas instituciones a su tiempo y crear otras de nuevas. Por eso en su pensamiento, sobre la base de santo Tomás, también se recogen pensamientos de Liebniz y la escuela escocesa del sentido común, por ejemplo.

De su obra filosófica destacaría su libro “El criterio”, pues es uno de esos libros que puede leerse con provecho. De fácil lectura, ameno, abundante en sabios y útiles consejos sobre la vida cotidiana, sorprende constantemente por el buen sentido que en ellos se expresa.

Solamente como muestra, y escogido casi a voleo, pongo un de los capítulos de este libro, que bien podría haber inspirado a las técnicas de autoconocimiento conocidas como las ventanas de Joharry.

“XXII. Desarrollo de fuerzas latentes

Hay en el espíritu humano muchas fuerzas que permanecen en estado de latentes hasta que la ocasión las despierta y aviva; el que las posee no lo sospecha siquiera; quizá baja al sepulcro sin haber tenido conciencia de aquel precioso tesoro, sin que un rayo de luz reflejara en aquel diamante que hubiera podido embellecer la más esplendente diadema.

¡Cuántas veces una escena, una lectura, una palabra, una indicación remueve el fondo del alma y hace brotar de ella inspiraciones misteriosas! Fría, endurecida, inerte ahora, y un momento después surge de ella un raudal de fuego que nadie sospechara oculto en sus entrañas. ¿Qué ha sucedido? Se ha removido un pequeño obstáculo que impedía la comunicación con el aire libre, se ha presentado a la masa eléctrica un punto atrayente y el fluido se ha comunicado y dilatado con la celeridad del pensamiento.

El espíritu se desenvuelve con el trato, con la lectura, con los viajes, con la presencia de grandes espectáculos, no tanto por lo que recibe de fuera como por lo que descubre dentro de sí. ¿Qué le importa el haber olvidado lo visto u oído o leído si se mantiene viva la facultad que el afortunado encuentro le revelara? El fuego prendió, arde sin extinguirse, poco importa que se haya perdido la tea.

Las facultades intelectuales y morales se excitan también como las pasiones. A veces un corazón inexperto duerme tranquilamente el sueño de la inocencia; sus pensamientos son puros como los de un ángel, sus ilusiones cándidas como el copo de nieve que cubre de blanquísima alfombra la dilatada llanura; pasó un instante, se ha corrido un velo misterioso: el mundo de la inocencia y de la calma desapareció y el horizonte se ha convertido en un mar de fuego y de borrascas. ¿Qué ha sucedido? Ha mediado una lectura, una conversación imprudente, la presencia de un objeto seductor. He aquí la historia del despertar de muchas facultades del alma. Criada para estar unida con el cuerpo con lazo incomprensible y para ponerse en relación con sus semejantes, tiene como ligadas algunas de sus facultades hasta que una impresión exterior viene a desenvolverlas.

Si supiéramos de qué disposiciones nos ha dotado el Autor de la Naturaleza, no sería difícil ponerlas en acción, ofreciéndoles el objeto que más se les adapta y que por lo mismo las excita y desarrolla; pero como al encontrarse el hombre engolfado en la carrera de la vida ya le es muchas veces imposible volver atrás, deshaciendo todo el camino que la educación y la profesión escogida o impuesta le han hecho andar, es necesario que acepte las cosas tal como son, aprovechándose de lo bueno y evitando lo malo en lo que le sea posible.”

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