DAD AL CÉSAR…

El pasado 17 de septiembre, Benedicto XVI dio un discurso en Westminster Hall. Un discurso dirigido a los representantes del mundo político, social, académico, cultural y empresarial británico, y también a los miembros del Cuerpo Diplomático y los líderes religiosos. Es decir, un discurso dirigido a quienes se afanan y tienen responsabilidades en la ordenación y dirección de este mundo.

Consideró que ese lugar de tan alta significación en la historia civil y política del pueblo británico y tan grande proyección en muchos lugares del mundo, le ofrecía la oportunidad de “reflexionar brevemente (con los allí  presentes) sobre el lugar apropiado de las creencias religiosas en el proceso político“. Una reflexión movida por el lugar y, sobre todo, por las personas que en ese lugar se han enfrentado a la difícil tarea de legislar para los hombres, con las tensiones y dilemas que esa actividad comporta. En particular, teniendo presente en la memoria la figura de Tomás Moro, ese humanista del siglo XVI, juzgado y condenado en ese mismo lugar, y que por ser fiel a su conciencia cristiana fue ejecutado por orden de Enrique VIII.

La intervención de Benedicto XVI fue breve, ciertamente. Y la brevedad exigía exponer lo fundamental del tema tratado y, simultáneamente, invita a cada cual a completar esa reflexión.

Son tres los apoyos fundamentales que veo en su disertación:

  • a) La fundamentación de las normas que regulan la convivencia.
  • b) La aportación de la religión a la formulación de esas normas.
  • c) El lugar de la religión en el espacio público.

Respecto a la fundamentación de las normas que regulan la convivencia, el derecho civil, se nos invita a reflexionar sobre el valor del consenso social como base sobre la que descansar la ética de la vida civil. Se nos dice que esa sería una base muy frágil. Así lo creo. Las normas basadas en el mero consenso pueden ser cambiadas por el consenso social de otro signo. Los parlamentos democráticos no pueden ser templos en los que se escenifica la adoración del número. Son espacios de discusión y diálogo que facilitan que la razón, y la justicia a ella unida, emerja para el gobierno social. Si se ha ido imponiendo la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, no es porque inicialmente el movimiento femenino fuera mayoritario, sino porque tenían razón, porque sus reivindicaciones eran justas.

Benedicto XVI recordó a este respecto que “la tradición católica mantiene que las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación“. Y, añado, es de esa razón de donde ha de venir el consenso. Porque tal conducta es justa y razonable nos ponemos de acuerdo y la aceptamos, y no porque nos ponemos de acuerdo y la aceptamos es justa y razonable. Esta inversión sirve tanto para el bien como para el mal. Hoy preocupa la conservación del medio ambiente; y es justo y razonable que sea respetado y conservado, y no hay razón que pueda justificar dañarlo arbitrariamente. Los consensos para su explotación y degradación nunca podrán tener futuro, aunque consigan triunfos parlamentarios temporales.

Si esas normas son accesibles a la razón, si no hace falta recurrir a ninguna revelación para descubrir lo que es justo, si en la razón descansa el carácter universal del bien, ¿qué aporta la religión al debate político? El Papa nos dice en su discurso que la religión no proporciona esas normas ni está a su alcance proponer soluciones políticas concretas. La revelación no es un prontuario de respuestas a los problemas y dificultades que van surgiendo en el vivir humano. Y entonces, ¿cuál es su papel?.

Nos dice Benedicto XVI: “Su papel  (el de la religión) consiste más bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos“. Donde se dice religión podríamos poner “fe”. De la fe no se suele dar una definición, por no ser ni propiamente un sentimiento o una opinión a la que nos adherimos ardientemente, o una convicción tal que no permite dudas. La fe se origina en la apertura del alma a Dios en la oración, meditación y contemplación. Apertura que lleva al ser humano a ese estado de concentración de su pensamiento en la verdad.

Una imagen ayuda a avanzar en esta idea. La luz no añade ni quita nada a lo que hay, pero ayuda a encontrar lo que buscamos. Resulta insensato despreciar la luz cuando buscamos la respuesta a algo. La fe es esa luz que ayuda a la razón a descubrir los principios morales que fundamentan las leyes.

Además de luz, nuestros ojos y los ojos de nuestra razón necesitan estar abiertos, sanos y receptivos. Es preciso limpiarlos de ideologías, pasiones e intereses que enturbian su mirada. También a esa razón alcanza la luz de la fe y ayuda a purificarla para mejor ver.

Creo que fue Bernanos el que dijo algo así como que nuestros pensamientos son muy diferentes cuando los rezamos. En la oración es donde se descubren las intenciones de nuestros pensamientos y su grado de amor a la verdad.

A su vez, la razón también ayuda a purificar y vertebrar la fe. También la fe está sujeta a condicionamientos históricos y sombras al ser tamizada por los hombres y mujeres de carne y hueso que la viven. La razón humana ayuda a descubrir esos condicionamientos y darle la articulación necesaria para que tome cuerpo entre los hombres.

La duda es el motor del pensamiento racional, la que le permite hacer nuevos descubrimientos e ir más allá de lo que actualmente se sabe o se cree saber. Y esa duda ayuda a sortear las ilusiones a que se expone el camino de la fe. Pero es la fe en que tales descubrimientos existen la que sostiene al investigador. Por eso, aunque la fe y la razón se presenten como dos cosas distintas, en la persona del investigador o del hombre de fe se encuentran sintetizadas, y siempre habrá investigadores religiosos y religiosos investigadores. En este sentido, el diálogo entre personas creyentes y no creyentes siempre resulta beneficioso para ambas partes.

Y pasando al tercer punto, dice Benedicto XVI que “la religión no es un problema que los legisladores deban solucionar, sino una contribución vital al debate nacional“. Si desde el punto de vista institucional no puede entenderse la tendencia a silenciar y hacer invisible a la Iglesia y las creencias cristianas.

Devolved al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios“. Y esto no puede crear ninguna disyuntiva exclusiva (o el César o Dios, pero no los dos), sino que coloca a Dios y el César en planos distintos, en el que se ha de dar al César todo aquello que Dios quiere que le sea dado. Y esta diferencia de planos crea la distancia necesaria para que el cristiano sea libre de obedecer al poder público y también de resistirse a ese mismo poder cuando este se pone en contra de Dios.

Si esa diferencia de planos evitó la teocracia, también evita la “laicocrácia” o “ateocracia”. Hay un reino, que no es de este mundo, aunque esté en él, el reino de la conciencia del bien, al que hay que obedecer antes que a los hombres. El cristiano no puede invocar “la obediencia debida” cuando las autoridades mandan algo contra esa conciencia.

Los versos de Calderón de la Barca:

“Al rey, la hacienda y la vida

se le ha de dar; pero el honor

es patrimonio del alma,

y el alma sólo es de Dios”[1]

son una traducción de esa diferencia de planos. Esa voz que coloca la dignidad humana por encima de los intereses del poder y que debe orientar su acción lejos de desaparecer debe estar siempre presente en el debate público.

 


[1] Calderón de la Barca. El alcalde de Zalamea, jornada primera, escena XVIII.

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Un comentario en “DAD AL CÉSAR…

  1. Vivimos en este mundo material y hay que asumirlo sin olvidar la dimensión espiritual, la senda que nos conduce a Dios, a quien debemos toda honra y amor. Coincido que ahí es donde nos quitamos la máscara y nos mostramos tal cual somos porque sería como querer engañarnos a nosotros mismos querer cuentearlo en esos instantes de comunicación privada (y elevada). Un beso José Luis, feliz domingo y te invito a que leas la leyenda que te he dedicado.

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