DE LA LUZ Y EL SILENCIO

A propósito del evangelio del pasado domingo, cuarto de cuaresma, en el que se narra la curación de un ciego de nacimiento, se generaron en mí unas reflexiones que deseo compartir por si alguien las puede enriquecer con sus comentarios.

Para ver es necesario tener los ojos sanos, que haya cosas para ver y que éstas estén dispuestas a una distancia adecuada. Si alguna enfermedad ha dañado nuestro sentido de la vista, veremos mal, y si el daño es total no veremos nada. Tampoco veremos nada si nada hay para ver, al igual que si el objeto está tan lejano que no lo alcanza nuestra vista.

El sentido de la vista, las cosas, su disposición ante nosotros, etc. son condiciones para ver. Son condiciones que podemos llamar empíricas, de hecho, y que pueden darse en mayor o menor grado, y hay quien tiene más agudeza visual que otros. También ciertos aprendizajes pueden mejorar nuestro rendimiento visual. Para ver más y mejor se ha aplicado el ingenio humano, inventando aparatos como el microscopio o el telescopio que le permiten ver objetos muy pequeños o muy lejanos.

Todo esto parece evidente. Pero hay una condición para ver en la que no se suele caer tan fácilmente. Se trata de la luz. Sin ella aunque nuestros ojos estén sanos y los objetos estén ahí no podemos ver. En la obscuridad absoluta nada veríamos y nos comportaríamos como ciegos.

Pero ocurre con esta condición que, a diferencia de las otras condiciones que hemos llamado empíricas, no podemos observarla. Ella hace posible la visión, pero no es vista en sí misma, sino solamente por su reflejo en los objetos. En un hipotético medio en el que absolutamente nada se le interpusiera, la luz no sería percibida.

La intensidad de la luz también influye en que podamos ver mejor o peor, así como de su coloración, el que veamos las cosas de un modo u otro.

Cuál sea la naturaleza de la luz es un apasionante capítulo de la física que ha fascinado a muchos hombres geniales, como Einstein.

La luz física guarda cierta analogía con nuestra conciencia. También ella es una suerte de luz que nos permite darnos cuenta del alcance de los hechos, del sufrimiento de los otros o las riquezas del mundo que nos rodea. Tal vez por eso San Pablo, en la lectura de ese domingo (Efesios 5, 8-14) dijera aquello de “la luz produce toda una cosecha de bondad, rectitud y verdad“.

Y así sea la fuente de la que emerge la luz, nuestra visión de las cosas es una u otra, como según sean los contenidos que nutren nuestra conciencia nuestra apreciación de las cosas y las conductas sea de un orden u otro.

En este punto cabe preguntarse si no ocurrirá otro tanto con nuestros otros sentidos, el oído, el olfato, el tacto… ¿cuáles serán las condiciones que hacen posible la audición? Y siguiendo el camino trazado por la visión, podríamos hablar del correcto funcionamiento del oído, la distancia y otras condiciones de hecho necesarias para oír. Pero tal vez se nos escape el silencio como condición trascendental para que algo pueda ser oído… y escuchado.

El silencio no puede ser oído, pero sin él las vibraciones del medio no pueden ser recogidas. El silencio exterior… e interior. En la relación humana lo primero que pedimos, lo que nos acerca, es ser escuchados. Y de esto nos damos cuenta en la actitud del otro, en su estar volcado hacia uno porque hay en él silencio interior o encontrar que nuestras palabras no acaban de llegarle por estar “ocupado” elaborando su respuesta o pensando en lo que tiene que hacer a continuación.

Creo que por eso son apreciadas las personas que saben escuchar y el silencio es tan necesario en todo aprendizaje o disfrute de una obra sonora. El silencio no aparece en la palabra, pero es lo que la hace valiosa.

Por supuesto, ni la luz ni el silencio son pasivos, sino que son una energía que hace posible todo ese mundo rico en colores, formas y armonías.

Y aquí entra la función de la oración. Ella nace del convencimiento que, al final, alguien escucha aquello que tengo que decir como experiencia única de la vida. Alguien que acoge mi ruido como un ruido original y único, aunque haya muchos otros ruidos parecidos.

Y si de Jesús se afirma que es la luz del mundo que guía nuestros pasos, creo no decir ningún disparate si lo considero también el silencio escuchante que acoge nuestra voz para descanso de nuestras angustias.

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3 comentarios en “DE LA LUZ Y EL SILENCIO

  1. brillante…..”ni el silencio ni la luz son pasivos, sino que son una energía que hace posible que este mundo todo sea rico en colores, formas y armonías”….

    ya le hubiese gustado a Einstein escucharlo…..

    Utrella!!!

  2. Gracias, Nofler. Creo que también necesitamos de esa “ecología” interior que devuelve la originalidad que toda persona lleva dentro.

    Un saludo

  3. Para hacer música se necesitan los silencios. Para recogerse interiormente también, para ver espiritualmente (quizá esa es la metáfora evangélica) necesitas mirar a tu alrededor, salir de ti. Todo es importante, un equilibrio entre cerrar los ojos, mirar, callar, hablar. Hasta lograr algo tan armónico y útil como una melodía en pentagrama.

    Besos.

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