LA FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS

Hoy hemos celebrado los cristianos la festividad de Todos los Santos. Un día para considerar eso que afirmamos en el Credo: “Creo en la comunión de los santos”.  En la comunión entre aquellos que por el bautismo están unidos a Jesús y continúan bregando en la tierra y los que ya se nos adelantaron están gozando del amor de Dios. No estamos ya juntos, pero sí unidos. Ellos están en esa otra comunidad formada por María, los apóstoles, los mártires y todos esos santos, conocidos o desconocidos, y cuya memoria nos consuela y ayuda.

Aquellos que ya alcanzaron la meta de verse glorificados en el Señor no necesitan de nuestros honores, reconocimientos y alabanzas, pues todo eso lo reciben ya plenamente de Dios; pero a nosotros su memoria nos ayuda a permanecer en el camino que conduce hacia ellos, a esa comunidad en la que definitivamente quedó desterrada la muerte, la enfermedad y el sufrimiento.

Nada de la belleza, el amor y la verdad que anidó en las personas se pierde, sino que es recogido por Dios, como también recoge la vida de tantos seres anónimos inocentes y de los que apenas nadie tiene memoria. Pero la memoria divina a todos contempla y da vida.

La fiesta de Todos los Santos también recuerda a los cristianos que si bien ya son santos por el bautismo, eso solamente es el punto de partida, pero no el de llegada. La meta está en la santidad. Y está es la tarea de ser fiel a esa fascinación del ser humano por la verdad, la bondad y la belleza.

Nuestra meta es la vida eterna. Una vida que ya no se mide en términos de tiempo, de un antes y un después, sino de aquel instante en que se vio cumplida plenamente su destino, su condición de hijo o hija de Dios, hecho a su semejanza y en comunión no solamente con todos los seres queridos, sino con toda la creación.

No se trata de una fiesta de la muerte, sino de la vida. O del misterio de la muerte que ilumina nuestra vida. Como un poner la mirada en aquel horizonte que no nos permite ver más allá y, sin embargo, nos convence de que allí no puede acabar el mundo.

Mañana, día 2 de noviembre, rezaremos por aquellos difuntos que tal vez todavía no han alcanzado la perfecta gloria del Señor. Los que tal vez estén todavía de camino por estar “purgando” faltas que no le permiten contemplar todo el amor de Dios. A ellos y nosotros pueden ayudar nuestras oraciones.

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