EN EL DOMINGO DE RAMOS…

Ayer los cristianos dimos comienzo a la Semana Santa. Domingo de Ramos. En la liturgia de este domingo tenemos dos momentos: uno, el de la bendición de las palmas y ramos de olivo, con la lectura del evangelio en que se narra la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y entrada en procesión al templo, y otro, la eucaristía en que se lee el relato de la Pasión. De ahí que el domingo de Ramos sea también conocido como “domingo de Pasión”. Así lo llamaban los antiguos Padres.

Los hechos conmemorados, y que la liturgia nos hace presentes, son la entrada de Jesús en Jerusalén. Su vida fue una peregrinación para entrar en esa Jerusalén y, mediante la procesión, los creyentes en Jesús, manifiestan su asociación a la peregrinación del mismo Cristo. En esa Jerusalén terrenal se manifiesta la presencia de Dios en el santuario y en el mundo. Pero esa entrada prefigura la otra entrada triunfal en la Jerusalén celestial, aquella hacia la que se dirigen los redimidos por la pasión de Jesucristo, y que es el paso de la muerte a la vida que se celebra en la vigilia pascual. El acontecimiento de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén es signo de su triunfo definitivo sobre la muerte con su resurrección, pero la lectura del acontecimiento de su pasión y muerte que se hace en la eucaristía nos recuerda que el tránsito a la Jerusalén celestial, a la resurrección, pasa por el sufrimiento y la cruz.

La liturgia de estas celebraciones es una invitación a la meditación. Lo que hace es ponernos delante de un acontecimiento histórico, ante un hecho situado en el espacio y en el tiempo, como todo hecho: alguien que entró aclamado como rey en Jerusalén cierto día y que después fue torturado y muerto en una cruz. Alguien que había mostrado un gran amor a los hombres, una gran sabiduría, un hombre que había curado a muchos enfermos y que mostraba una gran compasión por los que sufren. Admirado por muchos y temido por las autoridades religiosas de los judíos. Un hombre que por su vida y milagros se ve como el Hijo de Dios.

Estamos a más de dos mil años de los hechos que se narran. Unos hechos que tuvieron un alcance mediático limitado en su tiempo. Y, sin embargo, para los cristianos son unos hechos significativos, pues en ellos se revela la acción de Dios en el mundo. Por eso forman parte de ese otro relato que es la profesión de fe, el credo.

Para los cristianos, Dios no solamente se manifiesta en el espacio, en la naturaleza, sino también en el tiempo, en la historia. En el tiempo acontecen hechos reveladores de la acción salvadora de Dios, reveladores de lo que Dios quiso para nosotros. Unos hechos que por su carácter revelador de Dios constituyen una “historia sagrada”. La historia que la voz inspirada de los profetas nos hacen ver como manifestación de Dios.

Esto nos descubre otra dimensión de la verdad. Junto a la verdad entendida como juicio evidente y que como tal puede servir de fundamento a un cuerpo de verdades sobre el mundo, tenemos la verdad como hecho revelador. Lo específicamente cristiano es que la verdad no es solamente un “qué” (=¿qué es la verdad?), sino un “quién” (=¿quién es la verdad?). El “qué” hace posible el fundamento de nuestros conocimientos sobre el mundo, pero el “quién” fundamenta nuestra vida, y al reconocer a Cristo como la Verdad el cristiano se asocia a Él para participar de su muerte y resurrección. El hombre vive en el mundo y en él realiza su vida, pero su atención está centrada en la historia, en aquellos acontecimientos en que se manifestó la voluntad de Dios, a la cual quiere unir la suya. En el primer caso la verdad nos instruye, pero en el segundo da significado a nuestra libertad y nos salva.

La repercusión de esto sobre nuestra concepción del tiempo es grande. Espontáneamente tendemos a ver el tiempo como un movimiento cíclico. Al día sigue la noche y a la noche, el día. Las estaciones se suceden y repiten cíclicamente. Todo parece seguir una secuencia circular de creación, destrucción, re-creación. Es el tiempo cósmico, repetición constante de lo mismo, autoalimentado y sin dirección alguna. Solamente el instante intemporal, el punto al que todo ciclo supone, está fuera del tiempo, como un eterno presente. Platón nos dirá del tiempo que es la imagen móvil de la eternidad, de ese presente virtual inmóvil que es el instante.

Ese tiempo cósmico puede resultar desesperante. Sin origen, sin significación, sin vinculación con la vida del hombre, aparece como un devorador de todo cuanto hay. El pasado es simplemente muerte, pues ya no es, al igual que el futuro es nada, pues todavía no es. La salvación en esa concepción del tiempo consiste en liberarse en escapar de esos ciclos fatales.

Para los israelitas y para los cristianos el tiempo es lineal, tiene un principio y se dirige a un fin. Empezó con el hecho de la creación y se dirige a su eterna reconciliación con Dios, reconciliación ya manifestada en la muerte y resurrección de Cristo. La salvación del ser humano, pues de eso se trata, se realiza a través de unos acontecimientos que se desarrollan según el designio divino, según sus promesas. Pasado, presente y futuro son la triple dimensión del tiempo: lo prometido en el pasado, el presente lo inicia para su realización en el futuro.

Y eso marca un distinto significado para las fiestas bajo la visión del tiempo cósmico y el tiempo como historia. En el primer caso las fiestas son actos del drama cíclico de la naturaleza, su periódico renovarse y en los cuales el ser humano se libera de la prisión del morir y nacer. En el segundo, las fiestas son la memoria de los hechos salvíficos de Dios. Son el recuerdo de aquellos momentos en que Dios intervino en su historia, encuentros con Dios que cambiaron su existencia.

En cuanto acontecimientos que ocurrieron en un determinado lugar y momento sólo pueden ser evidentes para quienes fueron testigos de los mismos. De ahí la necesidad de mantener viva su memoria en la celebración litúrgica, en la Tradición que conserva esas experiencias. La fe de “los vivos” es la fe de “nuestros padres”.

Una fe basada en un acontecimiento de hace más de dos mil años no puede ser una fe que se impone a la inteligencia al igual que el principio de causalidad o cualquier otro principio de razón. En este sentido no es una fe universal. Si lo es la invitación a tratar y conocer a Jesucristo, quien revela el misterio de Dios. Y este conocimiento se hace a través de quien son fieles a la memoria de Jesús. En Él se encuentra la respuesta, no a las preguntas arbitrarias de la ciencia, sino a la pregunta que la vida de cada ser humano es.

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2 comentarios en “EN EL DOMINGO DE RAMOS…

  1. gracias por acercarnos a la sabiduria

  2. Muchas gracias a ti, Nofler, por leerlo. Me pasa que cuanto más voy conociendo la fe que profeso más aprecio los esfuerzos que todas las personas sinceras hacen por ser mejores.

    Adelante con tu blog

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