ACTIVISMO Y ADMIRACIÓN

El mundo occidental, tal y como hoy lo conocemos, se ha construido sobre la idea de “progreso”. Por lo menos ese ha sido uno de sus pilares. Para esa idea, el pasado es un peso muerto. Y el presente, en la medida que es deudor de ese pasado, algo mejorable. Está llamado a ser superado. Aunque la idea de progreso pueda rastrearse incluso en los clásicos griegos, es en el siglo XVIII cuando se vuelve ideológicamente activa. Es decir, viene a formar parte del pensamiento político de quienes se creen llamados a configurar la sociedad.
La idea de progreso no solamente está referida al campo de las ciencias y la técnica. También abarca la moral, el ordenamiento legal de la sociedad, la educación… Todos los campos de la vida humana son afectados por esta idea.
Esta idea entiende el movimiento de la historia como un progresivo acercarse al paraíso futuro. Este paraíso no es algo que ha de “venir” como recompensa a una vida piadosa y honesta, sino que el hombre ha de construir con su actividad. En ese paraíso el mundo está ordenado de acuerdo con los deseos y gustos del hombre. Es en la satisfacción de eso deseos que se encuentra la felicidad. Aquel paraíso al que apunta la idea de progreso viene a ser una secularización de la esperanza cristiana. Se tiene fe en el progreso. El progreso no es una evidencia, sino aquella esperanza en que la actividad humana hará realidad los deseos de los seres humanos.
La idea de progreso proporciona a los hombres una misión, la de construir esa ciudad terrena de paz y felicidad. Y al ser una, esa misión es fuente de unidad para la a la comunidad humana.
Las nuevas ideas, las nuevas costumbres, los nuevos inventos, las nuevas técnicas…, todo lo nuevo es visto como algo que nos acerca a ese futuro deseado. La novedad es hace que el movimiento de la historia sea progresivo e irreversible. Las creencias y costumbres recibidas deben ser reinterpretadas o modificadas para hacerlas homologables a esas novedades si no quieren ser condenadas como algo anacrónico.
“Otro… …es posible” se ha convertido en un esquema formal aplicable mecánicamente a cualquiera de los campos sobre el que se quieran proyectar nuestras acciones y gustos. “Otro mundo es posible”, “otra política es posible”, otra economía es posible”, “otra Iglesia es posible”, y así sucesivamente. Se sobrentiende que ese “otro” será algo mejor y realizable.
La idea de “progreso”, pues aparece ligada a la de “actividad”. Progresar es modelar el mundo de acuerdo con lo que uno cree que “debería ser”. El progresista es un “activista”, alguien que quiere construir el mundo por sí mismo. Esto lleva envuelto una consideración del mundo como objeto de su hacer. El mundo es un conjunto de cosas dispuestas para ser manipuladas por el hombre, sin que reconozca nada superior a él.
Sin embargo, después de más de doscientos años siguiendo esa estrella del progreso, el estado actual de cosas sigue siendo muy insatisfactorio y debe ser cambiado. Además, existe la sospecha que muchas de las cosas logradas también han puesto en riesgo la vida. Hay quienes tienen dudas de que hoy seamos más libres, honestos o felices. En aquellas sociedades más “progresadas”, como pueden ser las occidentales, hay también hastío por los mismos bienes materiales y culturales que su actividad ha producido. La tecnología ha proporcionado ahorro de esfuerzo y tiempo, pero el posible ocio generado es para muchas personas fuente de tedio e insatisfacción.
El futuro al que está orientado el progreso no es visto por todos igual. Se trata de un espacio en blanco que puede ser rellenado de muchas maneras. Es un campo de opinión en el que lo único que comparten todos los “opinantes” es el “tener que hacer” aquello que propone su opinión. Comparten el estar encerrados en su mundo material, aunque unos crean que hay que velar por ellas, otros transformarlas o aumentarlas.
Pero también existe en el hombre la posibilidad de la admiración. De ella nos dice Platón en el Teeteto que es “el sentimiento propio del filósofo, y la filosofía no tiene otro origen que la admiración» (Teeteto, 155d). También Aristóteles registra la misma idea: “por la admiración comenzaron los hombres, ahora y antes, a filosofar» (Metafisica, 982b11 ss.). Por ese “zaumádsein” el mundo se manifiesta al hombre como algo único, original, extraordinario. Por la admiración el mundo es un sin-fondo que nos trasciende y que nos obliga a pensarlo.
La admiración también lleva a un hacer. Pero como la relación con el mundo ya no es con la de un mero objeto, sino con aquello que me sobrepasa, el hacer que me demanda es trabajar por cambiar mi actitud para que las cosas se manifiesten libremente, al margen de mi deseo o gusto. También en mí se impone la necesidad de liberarme de las “fórmulas” que impiden ver el carácter insólito de toda existencia.
El progreso, sin la admiración que constantemente muestra la transcendencia del ser, se restringe a un tener cada vez más, reteniendo cada vez menos. El mundo no es algo para ser meramente usado, sino también amado y conservado. Con la admiración el futuro, para ser tal, tiene que incluir el pasado; de ese modo no es un mero vacío que puede ser rellenado arbitrariamente, sino que además de una misión comporta una responsabilidad con el legado recibido y los humanos que lo habitarán.

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