NOTAS A LA CARTA “PORTA FIDEI”, DE BENEDICTO XVI (2)

Benedicto XVI escogió la expresión “La puerta de la fe” para dar comienzo a su carta y así darle título. Una bella expresión tomada de un versículo de los Hechos de los Apóstoles. El versículo completo dice: “Cuando llegaron [a Antioquia] y reunieron a la iglesia, informaron de todas las cosas que Dios había hecho con ellos, y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe”. Pablo y Bernabé eran los que regresaban de la misión que les habían encomendado de anunciar la gran noticia de que Dios había enviado a su Hijo para liberarnos del pecado y abrirnos las puertas de la vida eterna. Una noticia que unos habían acogido entusiásticamente y otros habían rechazado. Y eso había ocurrido por igual entre los judíos como entre los no judíos, los gentiles.

La “puerta” es esa imagen que frecuentemente utiliza San Pablo para referirse a Jesús, quien dijo de sí “Yo soy la puerta: el que por mí entra será salvo; entrará y saldrá, y encontrará pastos”(Jn 10,9). La puerta como lugar de acceso representa a Cristo, Dios manifestado en la historia. ¿De acceso a qué? De acceso al Dios-Padre que habita en el fondo del corazón humano. Dios, que se manifiesta en la creación, se ha manifestado de modo eminente en su Hijo. La fe se da en ese encuentro con la Persona de Cristo y que cambia la orientación de nuestra vida. Hay encuentro cuando en el otro encontramos el amor que disipa nuestros miedos y dudas.

Cristo es la puerta a esa amplia estancia en cuyo recorrido nos vamos conociendo a nosotros mismos y conformándonos a la voluntad del Padre. Y también la puerta de salida para la vida eterna.

La felicidad es una meta anhelada por todos. De ella nos hacemos diferentes imágenes a partir de las cuales diseñamos diferentes caminos para alcanzarla. Del conocimiento y dominio de esos diseños parece depender que esa felicidad se alcance. También los cristianos deseamos ser felices. También nos esforzamos por llevar adelante ciertas prácticas que sabemos nos ayudan en nuestro camino a la vida eterna. Pero también sabemos que esa felicidad que anhelamos no es el premio correspondiente a nuestros esfuerzos según un contrato que obliga a Dios a dárnoslo. No es un mérito nuestro. Aquello que hacemos es la respuesta a un Cristo que ha salido a nuestro encuentro y ha cambiado nuestro centro de gravedad: si el centro de gravedad antes de ese encuentro era el mundo, ahora es Él, Jesús.

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