NOTAS A LA CARTA “PORTA FIDEI”, DE BENEDICTO XVI (3)

La puerta de la fe introduce en la vida de comunión con Dios. Jesucristo, puerta de la fe, nos pone en comunión con el Dios Padre. Esto nos recuerda lo que se dice en el salmo 36,10: “En tu luz vemos la luz”. A través de la fe en la divinidad de Jesucristo captamos Aquello que late en las cosas y pone orden en mi vida y en mi mundo. Nos dice San Juan que “el que cree en el Hijo tiene vida eterna”(Jn.3, 36) y que “el que se declara a favor del hijo, tiene también al Padre” (1Jn. 2,23).

Sin embargo, para muchos habitantes de nuestra aldea global técnico-industrial esas afirmaciones pueden resultar extrañas. Tienen dificultades para creer en Dios y, consiguientemente, mucho menos en su Hijo. La aldea global técnico-industrial no es solamente un dato sociológico, sino que constituye el mundo del hombre actual. Ese mundo es el conjunto de representaciones y símbolos a partir de las cuales se relaciona con las cosas y los otros seres humanos. En ese mundo encuentra objetos, conocimientos, signos, todo como cosas producidas por el hombre. Él habita, o es habitado, por ese mundo, sin nada que le hable de ningún más allá. Vive como clausurado en su mundo de cosas. ¿Por dónde le puede venir el encuentro con lo sagrado, con Dios?

El mundo técnico-industrial global en que el hombre actual se desenvuelve es el resultado último de una actitud de investigación nacida allá por el siglo VI aC. Y la fuerza que mueve esa investigación es la duda. Frente a lo que muchos ignoraban y no sabían que no sabían, algunos eran conscientes de esa ignorancia y sabían que no sabían. Estos, al asumir su ignorancia, asumían la existencia de una respuesta que no tenían, pero podían tener. Más allá de los productos científicos y técnicos en forma de laboratorios, observatorios, instrumentos de comunicación, etc., lo que constituye el acto de la inteligencia investigadora es la duda junto con la pregunta ligada a ella. Una pregunta dirigida a la naturaleza a la que cree bien dispuesta para responderle.

Sin embargo, aunque la respuesta que busca el científico ha de ser universal y necesaria, su pregunta no lo es. La pregunta es particular. No todos los hombres se sienten involucrados en averiguar las causas de la fiebre puerperal o la distancia entre la Tierra y el Sol.

Pero otra cosa es la experiencia de la muerte, la enfermedad o el sufrimiento de los inocentes. La pregunta sobre el sentido de esas experiencias es una pregunta en la que están envueltos todos los seres humanos. Ahora la pregunta es universal, aunque las respuestas puedan ser particulares. Es una pregunta no dirigida a “algo” que le dé la respuesta, sino a “alguien” que comprenda su vida. No se busca una “explicación”, comprendido y acompañado por quien me hace ver que asumir aquello, la muerte, la enfermedad o la injusticia, es una forma de pertenecer a la Vida y a la Justicia.

La pregunta por las cosas exige una investigación, pero la pregunta por el sentido de mi vida exige un aprendizaje. Y ese aprendizaje empieza por el silencio, que es la condición para escuchar bien. Como decía la Madre Teresa de Calcuta, es del silencio de donde nace la oración. Y es ella, la oración, la que cambia el centro en torno al cual gravitamos, pasándolo del mundo a Dios. Se inicia así un diálogo que lleva a la fe como respuesta a lo que vamos escuchando. Y ama aquello que tiene y vive como un bien, y encuentra en el servicio a la vida y la justicia la ampliación de ese diálogo con el Dios manifestado en su interior.

Sartre, en su obra “El diablo y Dios”, dijo algo así como “si Dios existe, el hombre es nada”. Sartre estaba equivocado. En Dios el hombre siempre encuentra motivos para la esperanza y fuerzas para hacer frente a los reveses de la vida. Él es ruah, ese viento que sopla de dónde quiere, y oyes su voz, pero que no sabes de dónde viene ni adónde va, aunque te envuelve y pacifica y tu alma.

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