LA VIDA ETERNA

“Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis…

…Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 35-40)

¿Hay mayor prueba de la existencia de la comida que la experiencia del hambre? ¿Y de la bebida que la sed? ¡Qué extraña sería mi naturaleza que me dota de necesidades para las que no hay aquello que las satisface!

La sed prueba la existencia del agua y el hambre la existencia de la comida. Son ellas las que hacen que yo sea y explican esas ansias.

¿Nuestro deseo de saber, nuestra capacidad de preguntar, no es garantía de la existencia de una respuesta a esas preguntas?. Tal vez el camino sea largo, pero ¿cómo no ha de tener fin?
Y nuestra sed, nuestro deseo de permanecer, de que no pase aquello que nos hace felices, ¿no es prueba de la eternidad?

Ver y creer. Ver en Jesucristo el Hijo de Dios, la divinidad humanizada y la humanidad divinizada, y creer que Él para mi bien y mi redención vino, me lleva a participar de su vida misma, para que también yo viva acogido en el seno del Padre.

Y si no lo tengo lo busco, aunque sea con la torpeza del recién nacido que busca el seno de la madre…

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