HAY ESPERANZA.

Los mártires de Irak, Siria, Nigeria o de otros países en su dolor y sufrimiento son una esperanza para los cristianos y para el mundo. Esos niños, en las palabras de Miriam, muestran una profunda fe, confiados en que Dios les ama y aunque esperan que ISIS no los asesine, ellos piden que Dios perdone a sus asesinos y piden por ellos. Lo que Miriam dice nos hace ver como ha interiorizado la fe vivida en la familia, sencilla y actuante. Grande el testimonio de esta niña.

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LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y SUS LÍMITES. (Reflexiones en torno a “Je suis Charlie Hebdo”).

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su Artículo 19, dice:

“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.”

De los 30 artículos que componen la Declaración Universal de Derechos humanos, los dos últimos, el 29 y el 30, los dedica a los deberes hacia la sociedad y las limitaciones legales de esos derechos.

Artículo 29 dice:

  1. Toda persona tiene deberes respecto a la comunidad, puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad.
  2. En el ejercicio de sus derechos y en el disfrute de sus libertades, toda persona estará solamente sujeta a las limitaciones establecidas por la ley con el único fin de asegurar el reconocimiento y el respeto de los derechos y libertades de los demás, y de satisfacer las justas exigencias de la moral, del orden público y del bienestar general en una sociedad democrática.
  3. Estos derechos y libertades no podrán, en ningún caso, ser ejercidos en oposición a los propósitos y principios de las Naciones Unidas.

Y el artículo 30 dice:

Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendentes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración.

………………………………………

Respecto de lo sucedido estos días en Francia apenas puedo decir nada que no se haya dicho ya. Comparto las lágrimas de quienes han llorado la muerte de esos redactores de la revista Charlie Hebdo y la de las personas del supermercado de comida judía.

Tengo una opinión en formación, y al mirar hacia la bocana del puerto, me siento inclinado a invitar a quien me lea a reflexionar sobre algunas preguntas que me hago nacidas de la tenue luz que me ofrecen la Declaración Universal de los Derechos Humanos y mi propia capacidad de reflexión.

La libertad de opinión es un derecho, pero la mofa, el insulto, la burla hacia las creencias con las que alguien se identifica ¿es una opinión?. ¿Es una opinión el escarnio a lo que alguien cree?.

Si las leyes deben establecer límites en el ejercicio de los Derechos Humanos con la finalidad de asegurar el reconocimiento y el respeto a los derechos y libertades de los demás, ¿deberían también ponerse límites a la libertad de expresión?. En caso de respuesta afirmativa, ¿cuáles serían estos límites? En caso de respuesta negativa, ¿Por qué no? ¿Cuáles serán las razones?.

En Estados Unidos se despidió a un profesor por explicar la doctrina católica sobre la homosexualidad… ¿Faltó la justicia americana al derecho a la libertad de expresión? A este respecto se podría reflexionar la ley que hace algo más de un mes aprobó el Parlamento de Cataluña como Ley antihomofobia, hecha “para garantizar los derechos de lesbianas, gays, bisexuales, transgéneros e intersexuales y para erradicar la homofobia, la bifobia y la transfobia”, pero que más que erradicar discriminaciones lo que parecer es promover esas tendencias y blindarlas de poder opinar sobre ellas.

Rosa Diez, la líder del partido UPyD, ha considerado una barbaridad la afirmación del Papa Francisco de que “si el doctor Gasbarri dice una mala palabra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal!”. Lo que dice el Papa no es un juicio de valor, sino de hecho, como si dijéramos: “si me caigo de un tercer piso puedo matarme o romperme bastantes huesos, es normal”. Pero un juicio de hecho, ¿puede ser una justificación?. No tiene porque serlo, aunque sí llame la atención sobre conductas que se deberían revisar.

Sí, hay que defender la libertad de expresión, pero sobre todo hay que defender a las personas para que puedan seguir siendo libres y viviendo en una sociedad más justa. Y para eso, además de la policía, hace falta que las personas se sientan fuertes moralmente, que comparten principios con los vecinos, que no parezca su sociedad un desierto abandonado que puede ser ocupado por cualquiera. Políticas exteriores que, por razones económicas, no favorezcan gobiernos que dan cobertura a los terroristas. Y no olvidar que la fortaleza de quienes atentan contra nosotros se mide por nuestra debilidad.

Voy a ir dejando el tema. Tengo claro que los enemigos de mis enemigos no son mis amigos. No se puede permitir que el crimen campe en nuestra sociedad. Pero también creo que estos hechos dejan al descubierto muchos de los vacíos morales y espirituales de esta sociedad, de sus miedos y cobardías,…

Muchas actitudes que revisar.

LA RED INFORMA…

Recibo vía internet información que me proporcionan algunos amigos. Mucha de ella es sobre política. Son opiniones críticas con el gobierno de turno, denuncias de injusticias, manifiestos a favor o en contra de algunas leyes… Algunos de esos documentos son videos muy bien elaborados y atrayentes.

Siempre que tengo ocasión me gusta comentarlos con los amigos que los conocen o me los han remitido. Es decir, releerlos acompañados de algunas preguntas que el documento admite. Observo que frecuentemente que lo recibido ha sido visto ligeramente y, si ha coincido con mis gustos o preferencias, se reenvía a sus contactos para compartirlo.

Hace unos días hablaba con un amigo sobre un video que me había enviado. En ese video alguien daba una lección muy documentada sobre la justificación de un proyecto político que prometía solución a todas las carencias que padecía una familia trabajadora. El encontraba la presentación aquella muy clara y verdadera, pero al insistir yo con algunas preguntas que él no acertaba a responder, me soltó: “hoy a la gente ya no se la engaña, pues gracias a la red está muy bien informada”.

Es posible que mi amigo tenga razón, pero también puede ser que entre tanta información también circulen medias verdades que son falsedades enteras. Pues sucede con la información y las opiniones algo semejante a los billetes falsos, que los fabrican delincuentes y los hacen circular personas honradas. Pero son billetes carentes de valor, por más que se parezcan mucho a los auténticos.

Creo que esta facilidad para hacer circular opiniones debería exigir una mayor cautela a la hora de difundir la información recibida. Tal vez así logremos que no se convierta la red en ruido dentro de nuestras cabezas.

LA ALDEA GLOBAL (NOTAS)

0. Para que una aldea sea una, y no dos o tres, no es suficiente con que pueda ser recorrida de punta a punta en breve tiempo o que prácticamente todos sus habitantes se conozcan de vista. Eso nos habla de su tamaño. Pero tanto o más que su tamaño, a la aldea la hace el compartir un pasado común, unos valores, unas costumbres, unas fiestas que los reúnen, unos sentimientos de solidaridad mutuos, una parecida visión del mundo…
1. La expresión de “aldea global” para referirse a nuestro mundo, introducida, creo, por McLuhan hacia finales de los años sesenta tuvo fortuna y hoy es utilizada frecuentemente para nombrar la nueva situación de la humanidad. Parece bastante evidente que la rapidez de las comunicaciones ha empequeñecido nuestro mundo. Las interrelaciones y dependencias económicas, sociales y políticas se han estrechado. Hoy es fácil estar al caso de los conflictos y problemas que acaecen en el mundo de forma prácticamente instantánea. Internet es una fuente de información, comunicación e intercambio de ideas asombrosa. También nos permite percibir que todo está interconectado, y cualquier acontecimiento en un punto de este mundo tiene repercusiones en el resto. Estas comunicaciones han facilitado percibir la gran variedad cultural que hay entre los seres humanos.
2. Sin embargo, para el aldeano su aldea es su mundo. Y su mundo se ha vuelto más agitado y complicado con tanta rapidez en las comunicaciones y tantas interdependencias. ¿Qué aumento de felicidad le aporta disponer de más y más rápidos medios de comunicación? Lo que han aumentado son sus necesidades, y con ello el riesgo de no poder satisfacer algunas de ellas y, consiguientemente sentirse más desdichado.
3. La aldea global sugiere la idea de una comunidad mundial. Pero la llamada multiculturalidad no es otra cosa que las distintas tribus que por afinidad se han creado. Un compartir el espacio entre distintos grupos que se ignoran entre sí unas veces y otras se agreden. El mundo se ha hecho pequeño y estamos todos más juntos, pero esto no significa que estemos más unidos.
4. Los impulsores de la aldea global han sido los financieros. La aldea global surgió como resultado de un modo de producción, de una concreta visión económica del hombre. De ahí que, en primer término, la llamada aldea global sea en realidad un mercado global. Son los grandes grupos financieros quienes contemplan nuestro mundo como desde fuera. Para ellos es una aldea, pues pertenecen al mundo más amplio que les da el poder del dinero y el poder político asociado al dinero. Ellos son los globalizadores; los demás somos los globalizados.
5. Son los globalizadores y sus capitales los que realmente se mueven con libertad en la aldea global creada. Son ellos los que diseñan los modelos de desarrollo que les convienen, los que deciden las pautas culturales que se deben seguir, arruinando la tradición de personas y pueblos.
6. Incapaces de detener la dinámica por ellos creada de “cada vez más” son la expresión de una mentalidad puramente cuantitativa que degrada la Tierra y frustra al hombre al impedirle el acceso al “ya tengo lo suficiente”.
7. Los aldeanos de la aldea global, del mercado global, son, en realidad, consumidores, y su idolatría el consumismo, a cuyos ídolos sacrifican tiempo y familia. Y junto a ellos están los muchos desamparados a los que no llegan sino las migajas de lo que en la aldea se produce. Los globalizadores se limitan a recoger y administrar los ahorros que unos y otros generan.
8. Pero ¿es la aldea global el fin de la historia? No lo creo. De todo lo despreciado por los globalizadores y sus servidores saldrán las fuerzas que los derroquen. La pobreza y la injusticia clama al cielo y, tarde o temprano, de allí vendrá la respuesta.

SENTIR LA NATURALEZA

“…pues, partiendo de la grandeza y la belleza de lo creado, se puede reflexionar y llegar a conocer a su creador.” (Sab. 13, 5).

“El cielo proclama la gloria de Dios; de su creación nos habla la bóveda celeste”  (Sal. 19, 1).

“Todo lo que Dios ha hecho es bueno; él, a su tiempo, provee para todas las necesidades” (Eclo. 39, 16).

Sentir la grandeza y la belleza de lo creado. Ese es el punto de partida. Unos sentidos que experimentando la naturaleza en sus mil formas y estados se han hecho sentimiento que ama y se deleita con la creación. Para quien así siente respetar y cuidar la naturaleza es también algo natural, no un imperativo moral nacido de ideología alguna.

Lo sentido lleva a la confirmación de la racionalidad intrínseca de ese respeto por la creación y la admiración por el Creador. Quien así siente, aun cuando no lo sepa, se está acercando a Dios.

El señor Gaspar, difunto hace ya cuatro años, vivió siempre de su huerto, sus trozos de tierra de secano y sus animales. Nunca hizo vacaciones ni fue mucho más allá de su pueblo. Pero se entusiasmaba con la belleza de los tomates, berenjenas o pimientos de su huerto, los olivos que prometían aceite y hablaba con sus cabras y ovejas mientras les daba de comer u ordeñaba. Con él el corral estaba en paz, pues en seguida se daba cuenta si una gallina estaba enferma o una cabra nerviosa o faltaba agua para que bebieran los animales. Nunca supo de ecología, ni falta que le hizo, pues era naturalmente ecológico. Pero para él era muy fácil entender las razones que respaldan el respeto que hay que tener por el medio ambiente, la procedencia divina de las maravillas de la creación y su papel de mayordomo amoroso de lo creado.

Un sentimiento verdadero por bueno, reflexionado, puede generar muchos pensamientos bellos que den cuenta de él. Sin embargo, las razones por sí solas no son capaces de generar un sentimiento que mueva al respeto y el amor espontáneo; puede, sí, establecer imperativos morales…

Para sentir la belleza y bondad de la creación es preciso tratarla, necesitarla, experimentarla con nuestros sentidos y, también, convivir con quienes disfrutan de ella. Hay ecologistas que se nos hacen antipáticos porque lo que ellos transpiran no es amor por las criaturas, sino alarma, resentimiento por la ciudad y su cultura, cansancio civilizatorio. Mucho de lo que dicen es muy verdadero, pero quien lo dice no lo es tanto.

Para quien siente el medio como la casa que debe cuidar y hermosear, reducir, reutilizar y reciclar no es una mera fórmula o norma a seguir, sino una forma de vida que vale la pena y nos ayuda en nuestra disciplina espiritual. Reducir significa llevar una vida sencilla, sobria, de pobreza evangélica que libera energías y tiempo para dedicarlos a aquello que es más propio de nuestra naturaleza: una vida espiritual. Reutilizando los materiales desarrolla su ingenio y poniendo de manifiesto el carácter abierto de las cosas: una piedra puede significar una linde, un elemento de construcción, un proyectil, un elemento decorativo, un asiento… ¡Cuántas cosas se ven en los contenedores de la basura que podrían aprovechar!

Y cuando las cosas han llegado a un estado cuya reutilización no está a nuestro alcance, podemos desecharlas selectivamente para que sean recicladas y nos provean de nuevas materias…

Pero la primera actitud es fundamental: adoptar un estilo de vida sencillo. ¡Son tantas las cosas que no necesitamos ni nos ayudan en nada!

Todo lo que Dios ha hecho es bueno. Y Él no abandonará su creación, pues también ella espera ser liberada de “la esclavitud y el sufrimiento” (Rom.8, 21-22).

LAS VÍCTIMAS DEL HOLOCAUSTO

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Acaba el dia en recuerdo de las víctimas del holocausto. Para mí, nacido cuando todavía estaban calientes las ruinas de aquella guerra que asoló Europa, el título de este día está asociado a nombres como Mauthausen, Auschwitz, Treblinka, Dachau, Belzec… Nombres de campos de concentración y campos de exterminio. En el lenguaje de mi infancia, de aquí y de allá, iban incrustándose nombres de batallas, de generales y uno y otro lado, de bombardeos, de nuevas armas… Los nombres, y los gestos que acompañaban a quienes hablaban de esas cosas, me indicaban algo tremendo cuya realidad y alcance yo era incapaz de vislumbrar.

Mis imágenes más inmediatas se asociaban a la guerra civil española. Ella era un punto de referencia cronológico en mis padres y vecinos. “Antes de la guerra esto valía…”, “Antes de la guerra los tranvías…”; era algo así como el “antes y después de Cristo”. De un modo confuso entonces intuía que aquella guerra no fue “una” guerra, sino “la” guerra, el paradigma del horror y del error al que uno no puede nombrar sin bajar el tono y observando ciertas precauciones lingüísticas.

Después vinieron noticias de la guerra Mundial, de las batallas entre alemanes y rusos, del fascismo y el nazismo, del hijo de aquel tendero que murió luchando en la División Azul, de aquel otro que tenía un hijo prisionero en Rusia. Algo más tarde, cuando ya entraba en la pubertad, un profesor que nos explicaba Geografía e Historia, falangista, tuerto de un ojo y que había estado en la División Azul, nos explicaba algunas de sus aventuras por las heladas estepas de la Europa Oriental.

Todas estas palabras y relatos llegaban a mí como piezas sueltas de un puzle que me intrigaba, pero cuya imagen de referencia no poseía. Y eso aumentaba mi curiosidad por saber qué era aquello que pasó y que tan amplia y larga resonancia tenía en quienes fueron sus testigos.

Cuando en mi búsqueda de información sobre esas guerras, la española y la mundial, fueron llegando imágines y noticias sobre los asesinatos y torturas gratuitos, los exterminios en masa de personas por ser de tal raza, ideología o condición, la reducción a esclavitud de miles de hombres y mujeres inocentes, los experimentos crueles con seres humanos, la técnica al servicio de la crueldad más perversa, fue entonces cuando fui cayendo en la cuenta del enorme vacío que se había abierto en el espíritu europeo. ¿Cómo había sido posible aquello? Las cifras eran horribles, pero más allá de las cifras, esa organización en contra del hombre resultaba incomprensible.

Theodor W. Adorno dijo aquello de que después de Auschwitz ya no era posible escribir poemas. Tal vez tampoco hacer filosofía. Auschwitz muestra como la cultura se puede transmutar en inhumanidad. Como la epopeya del viaje de Ulises, modelo del camino emprendido por la Ilustración, que tras vencer a la naturaleza y los dioses con la astucia de su razón, logra regresar a su patria, a su querida Ítaca, a su casa. Pero una vez allí, nadie asegura que quien ha descubierto en sí mismo tanto poder, no trate de ocupar el lugar del Dios vencido. Un nuevo Demiurgo que cree afirmar su humanidad negándosela a los otros.

Los supervivientes de aquel horror narraron su terrible experiencia. Sus relatos son testimonios de aquel mundo en que los nazis, tratando de deshumanizar a sus víctimas, lo único que lograron fue deshumanizarse a sí mismos. Habían logrado matar a muchos seres humanos, pero no su humanidad, cuanto más sufriente, más manifiesta. Por eso, al finalizar la guerra, Alemania había sido algo más que derrotada: había sido vencida.

Pero los testigos de aquella inhumanidad, no son solamente los relatos de los supervivientes del holocausto. También lo son, y de forma preeminente, las imágenes de hombres, mujeres y niños muertos, amontonados en una fosa, cargados en un miserable carro, hacinados en la cámara de gas… El silencio de esos testigos grita todo lo que en ese mundo cerrado ocurrió.

Encuentro que después de Auschwitz lo que no se puede es dejar de pensar. No un pensar que trate de explicar o comprender lo que ocurrió, lo que sería una forma de justificarlo, sino un elevar a memoria agradecida a todos esos seres humanos que sufrieron la injusticia de otros seres humanos y que con su silencio nos muestran la vereda que hay que tomar, que no es otra que la del respeto a la persona. Que nuestro silencio se una al suyo en plegaria que les devuelva la dignidad que trataron de arrebatarles,

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HOY HE TENIDO UN SUEÑO…

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Hoy es fiesta en los estados Unidos. Es el día dedicado a Martin Luther King. Fue una de esas figuras admiradas y seguidas cuando uno era joven. Uno de eso gigantes a cuyos hombros subido se ve más lejos y mejor.

Su vida transcurrió entre años señalados para la historia: 15 de enero de 1929, el año del gran crack económico, con influencia en las barbaries que se desencadenaron en Europa y en el mundo, y el 4 de abril de 1968, el año del mayo francés, esa revuelta sin odio que sacudió todas las creencias. Y también el año en que él fue asesinado. En ese tiempo se generó y tomó cuerpo el convencimiento y la determinación de Luther King de luchar contra la segregación racial, la cual no tiene ni puede tener ninguna justificación intelectual o moral.

El asesino contratado James Ray tuvo el triste mérito de acabar con su vida. Pero ni él ni quienes le pagaron pudieron detener una verdad que poco a poco se va abriendo paso en el tiempo: todos los seres humanos tenemos la misma dignidad y debemos ser tratados como tales. Ya presentía Luther King su posible final, pero estaba preparado, pues sabía que “había llegado a la cima del monte”, su monte.

Tal vez sea un buen día para leer y reflexionar su discurso del 28 de agosto de 1963, ante la estatua de Abraham Lincoln, en Washinton. Son palabras nacidas de una fe cristiana encarnada en el mundo y la época que le tocó vivir:

 

Discurso leído en las gradas del Lincoln Memorial durante la histórica Marcha sobre Washington


“Estoy orgulloso de reunirme con ustedes hoy, en la que será ante la historia la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestro país.

Hace cien años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó la Proclama de la emancipación. Este trascendental decreto significó como un gran rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros, chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso amanecer al final de una larga noche de cautiverio. Pero, cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra.

Por eso, hoy hemos venido aquí a dramatizar una condición vergonzosa. En cierto sentido, hemos venido a la capital de nuestro país, a cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría de ser heredero. Este documento era la promesa de que a todos los hombres, les serían garantizados los inalienables derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Es obvio hoy en día, que Estados Unidos ha incumplido ese pagaré en lo que concierne a sus ciudadanos negros. En lugar de honrar esta sagrada obligación, Estados Unidos ha dado a los negros un cheque sin fondos; un cheque que ha sido devuelto con el sello de “fondos insuficientes”. Pero nos rehusamos a creer que el Banco de la Justicia haya quebrado. Rehusamos creer que no haya suficientes fondos en las grandes bóvedas de la oportunidad de este país. Por eso hemos venido a cobrar este cheque; el cheque que nos colmará de las riquezas de la libertad y de la seguridad de justicia.

También hemos venido a este lugar sagrado, para recordar a Estados Unidos de América la urgencia impetuosa del ahora. Este no es el momento de tener el lujo de enfriarse o de tomar tranquilizantes de gradualismo. Ahora es el momento de hacer realidad las promesas de democracia. Ahora es el momento de salir del oscuro y desolado valle de la segregación hacia el camino soleado de la justicia racial. Ahora es el momento de hacer de la justicia una realidad para todos los hijos de Dios. Ahora es el momento de sacar a nuestro país de las arenas movedizas de la injusticia racial hacia la roca sólida de la hermandad.

Sería fatal para la nación pasar por alto la urgencia del momento y no darle la importancia a la decisión de los negros. Este verano, ardiente por el legítimo descontento de los negros, no pasará hasta que no haya un otoño vigorizante de libertad e igualdad.

1963 no es un fin, sino el principio. Y quienes tenían la esperanza de que los negros necesitaban desahogarse y ya se sentirán contentos, tendrán un rudo despertar si el país retorna a lo mismo de siempre. No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que a los negros se les garanticen sus derechos de ciudadanía. Los remolinos de la rebelión continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que surja el esplendoroso día de la justicia.

Pero hay algo que debo decir a mi gente que aguarda en el cálido umbral que conduce al palacio de la justicia. Debemos evitar cometer actos injustos en el proceso de obtener el lugar que por derecho nos corresponde. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio. Debemos conducir para siempre nuestra lucha por el camino elevado de la dignidad y la disciplina. No debemos permitir que nuestra protesta creativa degenere en violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas donde se encuentre la fuerza física con la fuerza del alma. La maravillosa nueva militancia que ha envuelto a la comunidad negra, no debe conducirnos a la desconfianza de toda la gente blanca, porque muchos de nuestros hermanos blancos, como lo evidencia su presencia aquí hoy, han llegado a comprender que su destino está unido al nuestro y su libertad está inextricablemente ligada a la nuestra. No podemos caminar solos. Y al hablar, debemos hacer la promesa de marchar siempre hacia adelante. No podemos volver atrás.

Hay quienes preguntan a los partidarios de los derechos civiles, “¿Cuándo quedarán satisfechos?”

Nunca podremos quedar satisfechos mientras nuestros cuerpos, fatigados de tanto viajar, no puedan alojarse en los moteles de las carreteras y en los hoteles de las ciudades. No podremos quedar satisfechos, mientras los negros sólo podamos trasladarnos de un gueto pequeño a un gueto más grande. Nunca podremos quedar satisfechos, mientras un negro de Misisipí no pueda votar y un negro de Nueva York considere que no hay por qué votar. No, no; no estamos satisfechos y no quedaremos satisfechos hasta que “la justicia ruede como el agua y la rectitud como una poderosa corriente”.

Sé que algunos de ustedes han venido hasta aquí debido a grandes pruebas y tribulaciones. Algunos han llegado recién salidos de angostas celdas. Algunos de ustedes han llegado de sitios donde en su búsqueda de la libertad, han sido golpeados por las tormentas de la persecución y derribados por los vientos de la brutalidad policíaca. Ustedes son los veteranos del sufrimiento creativo. Continúen trabajando con la convicción de que el sufrimiento que no es merecido, es emancipador.

Regresen a Misisipí, regresen a Alabama, regresen a Georgia, regresen a Louisiana, regresen a los barrios bajos y a los guetos de nuestras ciudades del Norte, sabiendo que de alguna manera esta situación puede y será cambiada. No nos revolquemos en el valle de la desesperanza.

Hoy les digo a ustedes, amigos míos, que a pesar de las dificultades del momento, yo aún tengo un sueño. Es un sueño profundamente arraigado en el sueño “americano”.

Sueño que un día esta nación se levantará y vivirá el verdadero significado de su credo: “Afirmamos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales”.

Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad.

Sueño que un día, incluso el estado de Misisipí, un estado que se sofoca con el calor de la injusticia y de la opresión, se convertirá en un oasis de libertad y justicia.

Sueño que mis cuatro hijos vivirán un día en un país en el cual no serán juzgados por el color de su piel, sino por los rasgos de su personalidad.

¡Hoy tengo un sueño!

Sueño que un día, el estado de Alabama cuyo gobernador escupe frases de interposición entre las razas y anulación de los negros, se convierta en un sitio donde los niños y niñas negras, puedan unir sus manos con las de los niños y niñas blancas y caminar unidos, como hermanos y hermanas.

¡Hoy tengo un sueño!

Sueño que algún día los valles serán cumbres, y las colinas y montañas serán llanos, los sitios más escarpados serán nivelados y los torcidos serán enderezados, y la gloria de Dios será revelada, y se unirá todo el género humano.

Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la cual regreso al Sur. Con esta fe podremos esculpir de la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza. Con esta fe podremos trasformar el sonido discordante de nuestra nación, en una hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta fe podremos trabajar juntos, rezar juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, defender la libertad juntos, sabiendo que algún día seremos libres.

Ese será el día cuando todos los hijos de Dios podrán cantar el himno con un nuevo significado, “Mi país es tuyo. Dulce tierra de libertad, a tí te canto. Tierra de libertad donde mis antesecores murieron, tierra orgullo de los peregrinos, de cada costado de la montaña, que repique la libertad”. Y si Estados Unidos ha de ser grande, esto tendrá que hacerse realidad.

Por eso, ¡que repique la libertad desde la cúspide de los montes prodigiosos de Nueva Hampshire! ¡Que repique la libertad desde las poderosas montañas de Nueva York! ¡Que repique la libertad desde las alturas de las Alleghenies de Pensilvania! ¡Que repique la libertad desde las Rocosas cubiertas de nieve en Colorado! ¡Que repique la libertad desde las sinuosas pendientes de California! Pero no sólo eso: ! ¡Que repique la libertad desde la Montaña de Piedra de Georgia! ¡Que repique la libertad desde la Montaña Lookout de Tennesse! ¡Que repique la libertad desde cada pequeña colina y montaña de Misisipí! “De cada costado de la montaña, que repique la libertad”.

Cuando repique la libertad y la dejemos repicar en cada aldea y en cada caserío, en cada estado y en cada ciudad, podremos acelerar la llegada del día cuando todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos, puedan unir sus manos y cantar las palabras del viejo espiritual negro: “¡Libres al fin! ¡Libres al fin! Gracias a Dios omnipotente, ¡somos libres al fin!”

Washington, DC
28 de agosto de 1963