SAN ISIDORO DE SEVILLA, PATRÓN DE INTERNET.

Hoy se celebra la festividad de San Isidoro, al que se llama de Sevilla, no porque naciera en esa ciudad, sino porque de ella fue arzobispo durante más de treinta años y allí, en su escuela catedralicia, al amparo de su hermano Leandro, estudió y se formó. Nació en Cartagena sobre el año 556 y murió en Sevilla, en el mes de abril del 636. Ochenta años, una vida que podemos considerar longeva para la época.

Era hijo de una familia hispano-romana de Cartagena bastante singular, no solamente por su elevado rango, sino porque de ella salieron cuatro santos: además de San Isidoro, San Leandro, Santa Florentina y San Fulgencio. Su padre, el duque Severiano, junto con su familia probablemente huyó a Sevilla, por no ser partidario de los bizantinos que entonces dominaban buena parte del sureste de Hispania. Tanto Leandro, arzobispo también de Sevilla, anterior a Isidoro, como el resto de la familia, contribuyeron a la conversión de los visigodos del arrianismo que profesaban al catolicismo.

En la catedral vieja Cartagena se conservaba (espero que siga allí) un pozo en que, según la leyenda, San Isidoro, siendo niño, observó las hendiduras que las cuerdas habían hecho en la dura piedra del brocal, lo que le hizo pensar que también la voluntad del hombre puede vencer las duras dificultades de la vida. Y fue esa reflexión la que, siendo rebelde a la disciplina del estudio que le imponía su hermano Leandro, le hizo regresar con amor a los libros.

Fue un infatigable recopilador del saber de su tiempo con objeto de conservarlo y divulgarlo. Aunque su obra más conocida sean las Etimologías u Orígenes, obra dividida en veinte libros en la que se recogen de forma sintética y sistemática todo el saber que se había conservado de la cultura romana para transmitirlo a los visigodos y demás reinos bárbaros en que se había dividido el Imperio Romano. San Isidoro viene a ser como un puente entre una civilización que colapsa y otra que emerge de la anterior con muchas inseguridades. Isidoro se ocupó de ordenar los estudios, empezando por la lengua griega y hebrea, para que el conocimiento conquistado por los hombres no se perdiera.

¿A qué se debe que se le nombrara patrón de internet? Internet ofrece muchas cosas, como diversión, comercio, pasatiempos o comunicación. Pero desde hace ya unos cuantos años también se está convirtiendo en la biblioteca más rica, accesible y eficaz de todos los tiempos, un inmenso depósito del saber humano. Libros, documentos y todo tipo de información disponible para ser estudiado y reflexionado.

Al igual que hizo San Isidoro con el saber de su tiempo, conservándolo, recopilándolo y poniéndolo al servicio de la escuela y la ordenación de la enseñanza, esa es una de las posibilidades que algunos han encontrado en internet. Los amantes del saber como herramienta de mejoramiento humano han encontrado en la red un vehículo para poner al alcance de todo el mundo el conocimiento adquirido por el hombre.

Son estas personas las que necesitan un santo patrón, una advocación que les ayude a conservar ese espíritu de caridad hacia los demás. ¿Qué mejor acto de bondad que compartir con otros aquellos conocimientos que le ayudarán a ser más libre y mejor persona? Frente a los nuevos bárbaros que de nuevo invaden el mundo y también la red, San Isidoro puede ser un modelo para conservar y rescatar todo aquello cuya memoria vale la pena conservar. No solamente el recuerdo, sino también el sentido de lo sabido, tal y como se hace en sus Etimologías.

Una transmisión del saber a escala universal de forma concisa, como lo hacían aquellos sabios de la antigüedad que se sentían responsables de cada palabra que escribían o decían. Como dijo Benedicto XVI el 18 de junio de 2008 a propósito de este santo, fue admirable “su preocupación por no descuidar nada de lo que la experiencia humana había producido en la historia de su patria y del mundo entero. San Isidoro no hubiera querido perder nada de lo que el hombre había adquirido en las épocas antiguas, ya fueran paganas, judías o cristianas”.

Para los internautas cristianos, podemos acabar con estas palabras de Diego Quiñones Estevez:
El Patrón de Internet, pero sobre todo el Maestro de la Europa Medieval, ha de ser la estrella de sabiduría que guíe a los internautas y a todas las mentes abiertas, por los caminos del amor a Dios, a Cristo, al Evangelio, a la Iglesia y a la cultura universal”.

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EDUCAR

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Del salón en el ángulo oscuro,

de su dueño tal vez olvidada,

silenciosa y cubierta de polvo

veíase el arpa.

 

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,

como el pájaro duerme en las ramas,

esperando la mano de nieve

que sabe arrancarlas!

 

¡Ay!  -pensé- ¡Cuántas veces el genio

así duerme en el fondo del alma,

y una voz, como Lázaro, espera

que le diga: “Levántate y anda”!

G. A. Bécquer

Esta rima de Gustavo Adolfo Bécquer me ha facilitado desde joven mi reflexión sobre la actividad educativa. Educar es una relación entre el maestro y el discípulo, en la que el maestro está convencido que allí, en el discípulo, se esconde mucha música. Música tal vez ignorada por el propio discípulo y, con mucha frecuencia cubierta por malas experiencias y desarraigos sociales. Cuesta mucho ver en el rostro, silenciado a veces por las heridas, la persona que el alumno esconde. Y decir persona es señalar hacia toda la humanidad, bondad y creatividad que hacen de él un ser único, absolutamente original y, consiguientemente, sin precio, solamente con dignidad.

Aquello no es una “cosa”, sino alguien  capaz de llenar el salón con sus notas. Arrancar toda esa belleza de la que un ser humano es susceptible, como diría Platón, ese es el objeto de la educación. Lograr que se ex – prese, que salga afuera la persona que lleva dentro.

En esa relación no todo empieza en el maestro y acaba en el discípulo. Pues el discípulo también hace al maestro. Es tocando el arpa y haciendo de sus notas música como él se reconoce como músico; de ella recibe el título de músico. El maestro lo es en la medida que logra que el discípulo avance como persona. Es en ese encuentro en el que ambos se hacen mutuamente.

Se trata de una relación delicada, en la que se requiere conocimiento y suavidad, esa “mano de nieve” dúctil, aparentemente fría, pero que quema gozosa en el espectáculo único que el otro le ofrece.

Y resulta que esa relación no está limitada al ámbito escolar, al rincón oscuro del amplio salón. Todos somos educadores y educandos a la vez. En el amplio salón del mundo, todos nos alegramos de esos encuentros que hacen sonar nuestra alma y le arranca notas que apenas creíamos que existían. Son esos encuentros con personas que parecen dar vida, aunque solamente dan amor. Y aquí el solamente ha de servir para que nos fijemos en aquello que dan. Pues siendo algo tan aparentemente sencillo, tiene el asombroso efecto de que en nosotros nazca el deseo de ser mejores.

No dudo de la necesidad de técnicas didácticas, de la eficacia de la organización, de los medios educativos… Todo eso es necesario. Son conocimientos cuya finalidad es el bien del alumno. Pero si falta el impulso de ese convencimiento de la bondad encerrada en el otro, todo ese mundo de métodos, estrategias y técnicas fácilmente se convierte en manipulación y no en educación. Y si el alumno permanece silencioso en su rincón, tampoco el maestro se descubrirá como músico.