LA CRISIS ECONÓMICA Y LA ALDEA GLOBAL

Cada vez es más evidente que la crisis financiera está relacionada con una crisis moral. Algunos prefieren la expresión “crisis de valores”. Sin embargo, esto no implica una comprensión de la naturaleza de esa relación.

Se apunta que detrás de esa crisis económica está la pérdida de valores como la honestidad, la solidaridad, la verdad, la austeridad o la justicia o el bien. Un afán de lucro ciego a esos valores es el causante de la crisis. Como esos valores parecían brotar forma natural de la religión cristiana, una vuelta a esa fe nos pondría en el camino de salida de la crisis.

Otros consideran atinadamente que esos valores no son exclusivos de la fe cristiana, sino que son compartidos por otras religiones o realidades culturales. Así es. Y están de acuerdo en atribuir a la crisis moral (la dificultad para distinguir lo necesario de lo superfluo o el bien del mal) la causa del desorden financiero.

Se trataría, pues, vista cual es la causa, de restablecer el “mercado” de esos valores que generan la confianza necesaria para el desarrollo económico. Activar el consumo de justicia, honradez, honor, verdad, etc. para que paulatinamente se normalice la vida social y política que acompaña al desarrollo económico. Se trataría de trabajar para “construir” el orden moral requerido para restablecer la confianza en las relaciones humanas.

Volver a una concepción que valora la verdad… Eso es lo que los poderes públicos deben fomentar. Un discurso cuya prolongación nos llevaría a una exigencia legislativa y educativa. Las leyes y la educación son los instrumentos acostumbrados para lograr esos propósitos.

Este discurso, independientemente de que provenga de un creyente, un ateo o un agnóstico, responde a un tipo de conciencia dominado por el esquema de causa – efecto. Sin embargo, esa mentalidad olvida que la conducta humana está, sobre todo, llevada por motivos. Y eso es algo diferentes de las causas.

Aquello que nos mueve a actuar de una manera y no de otra, a decidir entre posibilidades diversas, nace de un determinado fondo de nuestra personalidad. Ese fondo en nuestro mundo, aquel en que habitamos y, consiguientemente, constituye nuestra casa.

Hoy se afirma que el mundo se ha transformado en una aldea global. La rapidez de las comunicaciones ha hecho posible esa transformación. Pero este mundo es aldea por lo minúsculo, es decir, por la concentración del capital en un círculo cada vez más pequeño y que apunta, al límite, en un punto. Para el mundo financiero la facilidad y rapidez de las comunicaciones le ha permitido ser dueños prácticamente de todo el dinero que se mueve en el mundo. Los salarios, los ahorros, el dinero de las facturas, todo lo engullen los bancos y lo mueven a su capricho allí donde quieren. En el ciberespacio no hay fronteras y desde los despachos de los grandes centros financieros se pueden dar órdenes con sólo apretar las teclas de una computadora. Una concentración económica con más poder que los propios Estados. Y al igual que en las dictaduras se hace ingeniería social, allí se hace ingeniería financiera para que la economía sea dócil a los deseos de los poderosos que se mueven en las sombras.

Pero la aldea global no es aldea en el sentido de pueblo pequeño que proporciona señas claras de identidad a las personas. La experiencia básica del hombre es identificarse con su casa, la casa en que nació y creció, junto a sus padres y hermanos. También sus vecinos, la calle en que jugó, el idioma que de ellos aprendió, las fiestas y costumbres que nos reunía a los vecinos, las creencias sobre el más allá y los ritos religiosos, los juicios que compartíamos sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal, las historias que se contaban sobre nuestro pasado, nuestra pertenencia a espacios más amplios, como la nación y el estado… Todo eso constituye su morada, la morada en que habita y lo habita. De ahí nacían sus valores y sus hábitos de conducta.

Pero para el ciudadano corriente esa aldea es muy grande. Tan grande que se encuentra perdido en ella. Cuando el helenismo, el habitante de la polis vio que el centro de toma de decisiones le era lejano y extraño, en Roma. Su opinión ya no tenía ningún peso, pero sabía donde se tomaban las decisiones por lo menos. Pero ahora ni siquiera sabe donde se toman las decisiones. En el helenismo el ciudadano de la polis se transformó en ciudadano del mundo. Pues había un mundo, aunque diferente. Pero ese mundo virtual que se puede recorrer tan brevemente, resulta extraño, no proporciona señas de identidad. Ofrece muchas posibilidades que obligan a optar. Y es el gusto el que termina por decidir la opción a tomar. Y siendo el gusto algo muy individual y cambiante, se constituye en principio del individualismo.

A pesar de eso, quienes trabajan y producen bienes conservan los valores que van con la condición humana. Puede que eso les haya llevado a desentenderse de la cosa pública, pero conservan las nociones de lo bueno y lo malo. Es en quienes se mueven en los centros del poder económico donde se da la ausencia de moral. La morada que habitan y los habita es el dinero y el principio de que solamente en la economía del mercado hay salvación. Lo suyo es la mecánica financiera, frente a la ingeniería social de los experimentos de las dictaduras políticas. Ya no ven el esfuerzo de los hombres ni sus ahorros para cubrir necesidades futuras. Sus movimientos se rigen por la habilidad para sortear la legalidad y procurar beneficios.

Pero al igual que fracasaron los proyectos de ingeniería social, también los nacidos de ese mundo financiero creador de mercados artificiales sin conexión con el trabajo de los hombres. El uno y el otro dejan tras de sí un mundo desmoralizado, sin morada, a la interperie.

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NO ME ARREPIENTO…

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“Yo no soy creyente y creo que el arrepentimiento cuadra con la actitud de los creyentes, pero no con la de los políticos», dijo en el diario El Mundo Santiago Carrillo, comunista, el 2 de Abril de 2003 al ser preguntado sobre qué se arrepentía.

Tenía o tiene razón D. Santiago: el arrepentimiento es algo que solamente va  con los creyentes en Dios, en los creyentes en la forma en que Dios ha sido manifestado en Jesucristo. En la medida que considere que los políticos no son creyentes  aceptaremos que es una actitud que no cuadra a los políticos.

Tampoco es una afirmación tan inusual y más de una vez hemos oído a algún famoso o no famoso decir eso de “no me arrepiento de nada de lo que he hecho en la vida”. Aunque suene a arrogante afirmación de sí, hemos de creer que así lo sienten. Sorprende que, a veces,  personas que por sus hechos parece que deberían sentir esa necesidad, no la sientan.

¿Qué es eso del arrepentimiento? ¿Por qué no va con personas como D

. Santiago? ¿Qué lo hace posible? ¿Qué aporta a nuestra vida?

Algunas preguntas parecidas a estas ya se me presentaron cuando vi la para mí magnífica película de Tim Robbins “Pena de muerte” (Dead man walking), con una interpretación sensacional de Susan Sarandon y Sean Penn. Entonces la pregunta que se me planteó era la siguiente: ¿Cuál es la condición que hace asumible el perdón y la supresión de esa pena capital? Tal vez en otro momento valga la pena exponer las reflexiones que me surgieron en torno a esa película. Ahora volvamos a ese arrepentimiento que no “cuadra” a los políticos…

En un primer acercamiento, podríamos decir que el arrepentimiento es un modo de sentir y ver lo ya pasado. Es un modo y no el modo,  porque hay otros modos de confrontarse con el pasado en el cual uno participó. Veamos, pues, esos otros modos que tal vez nos ayuden en nuestro deseo de desvelar la naturaleza del arrepentimiento.

El primero sería el sentir indiferencia frente a lo hecho y acontecido en uno. Ciertamente participé en aquel hecho, pero es ya algo pasado e inalterable. Ya no se puede hacer nada. El supuesto de esa impotencia me excusa de ocuparme de ese pasado, que es visto como el funcionario que ante la angustia de alguien utiliza la fórmula del “Lo siento, pero no puedo hacer nada por Vd.” Y con esta fórmula aleja de sí aquello que puede molestar la tranquilidad de una conciencia ocupada solamente en su yo. La conciencia se hace impermeable al pasado que le implica para evitar una responsabilidad que no se quiere asumir.

Esta conciencia funcionarial refuerza su protección frente a su pasado mediante una ideología que hace ver que su actuación fue necesaria o consecuente esas convicciones. Y con esto “mira hacia otro lado”, como si así los otros y el mundo otro

dejaran de existir. La realidad de los otros está ahí como algo que no fuera conmigo.

Tenemos también otra forma de sentir el pasado a la que llamamos pesar. ¿A qué nos referimos con esa noción y qué nos causa pesar? A esa mirada dolorosa hacia lo vivido, a aquello que en nosotros vive en la memoria  y es visto como una carga difícil de soportar.

Nos causa pesar la muerte de un ser querido, aquello que se dijo y tuvo consecuencias negativas para mí, el no haber aprovechado el tiempo en su momento o el haber dejado pasar una ocasión de enriquecerme. Nos causan pesar aquellas cosas o acciones ya

ocurridas y sobre las que ya no podemos hacer nada, pues la realidad del pasado ya no puede ser modificada o destruida. Uno puede pensar si no hubiera dicho tal cosa o hubiera aprovechado aquella ocasión, pero se trata de un condicional ineficaz que en nada cambia la realidad.

El pesar no tiene porque tener una connotación moral. Puede sentirse pesar por haber causado un mal, pero también por no haberlo causado. Alguien puede sentir pesar por no haberse aprovechado de algo cuando se presentó la ocasión, aún perjudicando a otros. O de no haberse vengado en su momento. Sé de algunos que sienten pesar de “haber sido tan buenos” o de haber hecho favores a otros.

Incluso puede ser una expresión de egoísmo, en tanto que lo siente es las molestias o perjuicios que eso le ha causado. Siento lo que dije porque me ha dejado en evidencia o porque ha perjudicado a mi reputación.

Al mismo tiempo que el pesar me turba, me justifica y excusa, pues está referido a algo sobre lo que ya no se puede hacer nada y frente a lo cual ya no soy libre. ¿Acaso no hago todo lo que se puede hacer ante algo ya inevitable, que es el sentirlo?

En el pesar la realidad es vista como algo que va conmigo, pero agresivamente. De ahí su tendencia al condicional: “si no hubiera hecho esto o aquello…; si no hubiera ocurrido tal cosa… ahora yo…”. Es la conciencia de quien sienta lo vivido más como víctima que como autor. Tal vez de ahí la complacencia en la autocompasión.

Con el remordimiento entramos ya en la zona de lo moral. Ahora se siente dolor por ser culpable de la transgresión de un valor o de una norma. Uno se ve acusado por su conciencia de algo que podía haber sido evitado o hecho.

¿Qué es lo que remuerde en los remordimientos? No tanto lo hecho como el estar en contradicción con un valor interiorizado con el que me identifico. A veces puedo sentir remordimientos por acciones que, vistas objetivamente, son justas, como, por ejemplo, dejar por un rato a la madre posesiva que retiene a la hija o al hijo con los más variados chantajes emocionales.

Con los remordimientos, la persona se divide entre el sentimiento de un valor transgredido y la libertad negada por sentirse atada a ese sentimiento. Esta división es un desgarro que produce un dolor cuya intensidad mide la distancia de esa división.

La conciencia que acompaña a los remordimientos es una conciencia pasiva que asiste a ese conflicto interno, sin saber qué hacer. Por eso el carácter ambivalente de los remordimientos: pueden ser la puerta de entrada al arrepentimiento, pero también a los escrúpulos obsesivos que aplastan la conciencia y la conducen a la desesperación.

Llegamos así al arrepentimiento, que es otra cosa distinta de todo lo anterior.

Es “otra cosa” porque ya no se mueve solamente en el plano de las inclinaciones, en el plano de los sentimientos, sino en el plano del espíritu y los sentimientos que acompañan a su experiencia. La conciencia se vuelve hacia lo hecho y lo mira hasta verlo. Acepta el reto de tener que contestar a la pregunta “¿Dónde está tu hermano Abel?” (Gen.4, 9). ¿Dónde está aquel bien que tu acción ha hecho desaparecer?. ¿Dónde está aquello que estaba, era bueno, y ya no está porque falta?

Ese es el mal: un vacío en cuyo abismo se ha colocado mi ser con su acción. Una nada que me implica. Porque la acción no solamente ha hecho el mal, también me ha hecho a mí malo. Por eso trato de ocultar a los ojos de los demás mi “estar en falta”. Y me construyo una vida de espaldas a esa falta. “Si los demás ignoran la falta, esta no existe”.

“¿Qué has hecho?”. La aceptación de  la pregunta obliga a abandonar el mundo en que uno vive de acuerdo con lo que se dice, un mundo construido con razones que me justifican y amparan de aquello cuya visión desazona. Pero el abandono de ese mundo impersonal supone recogerme en mi mismo, abandonar el personaje de que me había revestido, para descubrir la persona que realmente es y puede ser.

En el recogimiento mi ser se traslada del plano de los sentimientos de su yo empírico a esa intimidad que le abre la realidad de las cosas. Se renuncia a la actitud que me echa fuera de mí (“tendré que vagar por el mundo lejos de tu presencia” Gen. 4, 14), para reconocer la falta en la que estoy.

¿Qué cosa puedo hacer ante el vacío que mi acción ha creado, y al que estoy atado por ser su autor? Reconocer el error, que aquello no debió haber sucedido jamás y romper la complicidad que mi soberbia establecía con la falta. Se arrepiente de lo hecho, renuncia a toda justificación que le aparte de la realidad de su falta, y vuelve su conciencia a quienes ha sido arrebatado aquel bien para pedirles perdón. Es entonces cuando se experimenta la liberación de la opresión de la falta.

El que experimenta el arrepentimiento se siente otro. Es lo mismo, pero no el mismo. Quien se presenta ante quienes han sido ofendidos es ahora otro digno de ser acogido, pues brota en él impulso a pedir perdón. Se trata de una petición dirigida a quien ha sido ofendido, pero también al autor de todo bien, a Dios, pues solamente Él puede liberarme totalmente de mi falta.

Mis semejantes pueden tal vez llegarme a perdonar, pero difícilmente olvidarán y me brindarán su amistad. Pero para Dios sí es posible hacer las cosas de nuevo y restablecer aquella armonía perdida.

***

Sí, el arrepentimiento va algo que va con los creyentes o aquellos que su proceso interior les ha llevado a percibir la transcendencia. Para quien se mantienen en una actitud como la del Sr. Carrillo solamente hay errores que lamentar, pues les apartaron de sus objetivos objeto de sus deseos.

VALOR Y PRECIO

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“¡Quién fuera diamante puro!

-dijo un pepino maduro.

Todo necio

confunde valor y precio.”

Eso dice Antonio machado en Juan de Mairena, XXII. Y finalizaba la reflexión con un “De todos modos, la aspiración del pepino es una verdadera pepinada”.

De entrada, parece que la diferencia entre uno y otro es bastante clara, aunque en la práctica suele ser frecuente que se considere que el precio es un indicador del valor de algo. Si su precio es muy alto, debe ser muy valioso…

Creo que a la hora de hablar de los valores, puede ser útil empezar por ahí, por ver claramente la diferencia entre el valor y el precio. Y para captar con cierta precisión esa diferencia tal vez ayude una comparación. Comparar el valor y el precio con la longitud y el peso de un objeto.

Por ejemplo, este lápiz, el que ahora tengo ante mí, mide 8 cm. de largo; su longitud es de 8 cm. Esta longitud es parece una de sus características actuales. Si ahora lo peso y la balanza de precisión me dice que pesa 7 gm.; su peso es de 7 gm. Y este peso parece ser una de sus características actuales. Las propias estructuras gramaticales en que se expresan estas características parecen indicar que la longitud y el peso son propiedades inherentes a este lápiz:

“Este lápiz tiene 8 cm de largo”

“Este lápiz tiene 7 gm de peso”

Pero bastaría una pequeña prueba para ver que longitud y peso expresan cosas muy diferentes. Si aunque sólo sea mentalmente nos trasladamos a la Luna, y allí medimos ese mismo lápiz, observaremos que su longitud no varía, pero si lo pesamos, sí. La longitud no varía porque ella sí expresa una propiedad del lápiz, pero el peso mide una relación de atracción. El peso está en función de la interacción gravitatoria, que no es la misma en la Tierra que en la Luna.

Cuando hablamos del valor de algo parece que nos estamos refiriendo a alguna cualidad intrínseca a ese algo. El preció, en cambio, guarda relación con la masa de personas que desean ese algo. Mide esa relación de atracción de ese algo respecto de alguna masa. La misma botella de agua puede variar mucho su precio del supermercado a una tórrida playa de verano en la costa levantina. Sus cualidades no han variado, pero su precio, si se sabe que no hay otra al alcance, puede ser muy distinto. Los cuadros de Vicent van Gogh tienen un precio muy distinto de cuando él los pintó.

Qué es el precio, que es lo que mide y cómo se determina es cosa bastante clara y fácilmente deducible de lo dicho. Qué sean los valores, a los que con tanta frecuencia se alude, no lo es tanto.

Por de pronto, creo que nos pone en camino de acercarnos a su naturaleza decir de ellos que son cualidades estimables, aunque no sean estimadas, que sirven de criterio a la hora de orientar la conducta. La sinceridad en el decir es un valor, pues es algo estimable y deseable, aunque no siempre se practique. Pero a poco que se considere esa idea se asiente que es muy de estimar que esté presente en las relaciones humanas, y aquella persona que es portadora de esa cualidad es motivo de admiración. Otro tanto podríamos decir de la justicia o la belleza.

¿Son los valores algo subjetivo que depende de cómo cada cual entienda la idea que hay tras esos valores? Esto es algo a dilucidar, aunque cuando los valores son encarnados por alguna persona, suelen ser fácilmente reconocibles.

Hoy, sin embargo, la confusión ya no es tanto entre valor y precio, sino entre hechos y valores. Por ejemplo, la pluralidad y la diversidad entre las personas y los pueblos es un hecho. La tendencia a diversificarse las cosas es algo espontáneo. Pero para que esas diferencias sean diversidad, es decir, versiones diferentes de lo mismo, es preciso reconocer y defender la unidad subyacente a esa diversidad. Reconocer, por ejemplo, que a todos, hombres y mujeres, niños y ancianos, sanos y enfermos, de esta raza o de la otra, inteligentes y torpes, a todos les unifica el ser personas, que por ser únicas y sujetos de su vida, no tienen ni precio ni valor, sino dignidad.

DIA INTERNACIONAL CONTRA LA ESCLAVITUD INFANTIL

Hoy es el Día Internacional contra la Esclavitud Infantil. Y no quiero que pase el día sin un recuerdo, sin un especial e impotente pensamiento para todos esos niños que el ancho mundo son víctimas de personas desalmadas. Toda injusticia es repugnante, pero la cometida contra los niños, contra los más indefensos y débiles, clama la venganza del cielo.

No estoy hablando de los que comparten la pobreza de la familia y ayudan a sus padres en sus labores. No. Hablamos de esos niños explotados en minas para obtener no sé qué mineral necesario para la telefonía móvil, o en fábricas, o usados sexualmente por gente pervertida, o los abandonados a su suerte en la calle, o utilizados para la guerra… ¿Cómo es posible que haya personas que hagan esto? Pues detrás de esas crueldades hay personas con nombres y apellidos, unos cometiendo el mal y otros sin hacer nada por impedirlo o mirando hacia otro lado.

No es cuestión de cifras, a no ser que sirvan para que nos horroricemos ante tan descomunal injusticia. ¿Acaso sería menor la injusticia si en vez de ser 400 millones los niños esclavos, fueran 300? ¿Hay menos horror si son 90 millones los niños que carecen de los alimentos básicos, y no los 100 que dicen las cifras oficiales?.

Y la mayor parte de esos niños viven (o mueren) en África… Huérfanos, refugiados, supervivientes de la patera… Benedicto XVI lo ha denunciado en su visita a África.

¿Y qué decir de los niños de nuestro mundo llamado desarrollado que se sienten solos, cargados de escuela y extraescuela, pues sus padres no disponen de tiempo para estar con ellos? Dicen que en España unos 300.000 niños no es que se sientan solos, sino que literalmente lo están.

¿Y cómo no recordar hoy a Iqbal Masih, ese mártir pakistaní, asesinado a sus 12 años, un 16 de abril, por su lucha contra la esclavitud infantil? Lo mataron un domingo de resurrección. Y se convirtió en un símbolo y en una esperanza para que esa lacra infanticida acabe algún día.

Y mientras ese día llega, divulguemos esa realidad, gritémosla para que se oiga el dolor que mueva a los corazones a recuperar ese futuro que son los niños. Y demos también gracias por todos esos hombres y mujeres empeñados en hacer frente a esa injusticia.

PUNTUALIZACIONES SOBRE EL ABORTO

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En mi escrito anterior sobre el aborto, de 18 de marzo, incluía la llamada Declaración de Madrid contra el aborto firmada por un millar o más de personas de profesiones diversas. Sin embargo, una lectura atenta de esa declaración, hace que mi acuerdo con ella no sea completo y considero que contiene puntos contradictorios con las afirmaciones primeras de la propia declaración e inaceptables para quienes consideramos que el relativismo moral supone un gran déficit de conciencia.

Resulta chocante que tras afirmar en los dos primeros puntos que desde el momento de la fecundación hay ya una vida genética singular, que el cigoto es la primera realidad corporal del ser humano y que, y ahora reproduzco textualmente lo que dice el punto c) “El embrión (desde la fecundación hasta la octava semana) y el feto (a partir de la octava semana) son las primeras fases del desarrollo de un nuevo ser humano y en el claustro materno no forman parte de la sustantividad ni de ningún órgano de la madre, aunque dependa de ésta para su propio desarrollo”, de donde se concluye que “un aborto no es sólo la «interrupción voluntaria del embarazo» sino un acto simple y cruel de «interrupción de una vida humana”, resulta chocante, digo, que después de dicho esto se llegue al apartado f) en el que se dice:

“Es preciso que la mujer a quien se proponga abortar adopte libremente su decisión, tras un conocimiento informado y preciso del procedimiento y las consecuencias”.

No lo entiendo. ¿Puede acaso el hecho de tener “un conocimiento informado y preciso del procedimiento y las consecuencias” liberarnos de la responsabilidad de hacer un acto cruel?. ¿Desde cuándo el conocimiento nos da alguna “ventaja” moral?. No voy a extenderme en este punto, pero está claro que un indocto puede tener la misma categoría moral que un docto y el obrar bien está al alcance de todos. Por supuesto, que al final adoptará la decisión que quiera, y su acción será libre, pero el hecho de ser libre no justifica esa acción. El conocimiento de las secuelas psicológicas o de otro tipo que puedan seguir al aborto, así como las razones que han llevado a su práctica, pueden ayudarnos a “explicar” la conducta adoptada, pero no a “justificarla” haciéndola moralmente aceptable.

Está bien informar de las posibles secuelas psicológicas de un acto, que en tanto que cuestión de hecho, se dará en más o en menos, pero no veo razón para ocultar las posibles consecuencias morales de esa conducta.

Todo estas consideraciones no deben de ser excusa para la ayuda y atención a la persona que se encuentra en la situación de ver su embarazo con angustia y el aborto como la salida de esa angustia. Pero desde el convencimiento de que el aborto no puede ser un derecho y constituye un empobrecimiento moral en la sociedad que lo admite.

DECLARACIÓN DE MADRID CONTRA LA LEY DEL ABORTO.


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Andaba estos días dándole vueltas a qué decir sobre el aborto y la reforma de la ley que lo despenaliza preparada por la ministra de igualdad del Gobierno de España, la socialista Bibiana Aido. ¿Qué decir cuándo, como a Ghandi, le “parece tan claro como el día que el aborto es un crimen”?

Se dice: “nosotras parimos, nosotras decidimos”. Una frase feliz que puede satisfacer a quien no desea el compromiso de engendrar otro ser humano o quien desea afirmarse frente a la discriminación de que ha sido objeto. ¡Pero está tan cargada de prepotencia esa frase! ¿Acaso los que nazcan serán aquellos a los que graciosamente se les ha perdonado la vida?

Ahora quieren que se diga “interrupción voluntaria del embarazo”. Cuando se cambia el nombre a las cosas, normalmente se quiere ocultar algo. En realidad se está cambiando nuestra relación con ellas. Pero ¿qué interrupción es esa que ya no se puede reanudar cuando también voluntariamente se quiera?. Se podrá tener otro embarazo, pero ese ya se habrá perdido para siempre. ¿Por qué no esperar un poco y permitir que cese a los nueve meses y darlo para que sea adoptado por otros?

Algunos ven en el derecho a abortar algo progresista. No sé bien cuáles son los criterios que deciden si una afirmación, actitud o acción es progresista o no. No sé en qué puede contribuir una ley así a hacer una sociedad más justa y humana.

Muchos asocian la oposición a considerar el aborto un derecho a una moral cristiana, lo que a su vez, gratuitamente se asocia a periclitado, impositivo, contrario al progreso, etc. Tal vez sea verdad que hay un poso cristiano en quienes son sensibles a quienes ven en el aborto un ataque a la vida. Pero no tiene porque ser así. En cualquier caso, el que entre los que están en contra haya cristianos no invalida el contenido de su oposición.

Pero no deseo extenderme en el terreno de los argumentos y la razón. Comparto estas palabras de la Madre Teresa de Calcuta: “el aborto empobrece a la gente desde el punto de vista espiritual; es la peor pobreza y la más difícil de superar”.

Y también me adhiero a la Declaración de Madrid contra la ley del aborto. La lectura del blog de José Antonio Cuenca me ha sugerido que tal vez sea bueno contribuir a su divulgación.

«Los abajo firmantes, profesores de universidad, investigadores, académicos, e intelectuales de diferentes profesiones, ante la iniciativa del Grupo Socialista en el Congreso, por medio de la Subcomisión del aborto, de promover una ley de plazos, suscribimos el presente Manifiesto en defensa de la vida humana en su etapa inicial, embrionaria y fetal y rechazamos su instrumentalización al servicio de lucrativos intereses económicos ó ideológicos.

En primer lugar, reclamamos una correcta interpretación de los datos de la ciencia en relación con la vida humana en todas sus etapas y a este respecto deseamos se tengan en consideración los siguientes hechos:

a) Existe sobrada evidencia científica de que la vida empieza en el momento de la fecundación. Los conocimientos más actuales así lo demuestran: la Genética señala que la fecundación es el momento en que se constituye la identidad genética singular; la Biología Celular explica que los seres pluricelulares se constituyen a partir de una única célula inicial, el cigoto, en cuyo núcleo se encuentra la información genética que se conserva en todas las células y es la que determina la diferenciación celular; la Embriología describe el desarrollo y revela cómo se desenvuelve sin solución de continuidad.

b) El cigoto es la primera realidad corporal del ser humano. Tras la fusión de los núcleos gaméticos materno y paterno, el núcleo resultante es el centro coordinador del desarrollo, que reside en las moléculas de ADN, resultado de la adición de los genes paternos y maternos en una combinación nueva y singular.

c) El embrión (desde la fecundación hasta la octava semana) y el feto (a partir de la octava semana) son las primeras fases del desarrollo de un nuevo ser humano y en el claustro materno no forman parte de la sustantividad ni de ningún órgano de la madre, aunque dependa de ésta para su propio desarrollo.

d) La naturaleza biológica del embrión y del feto humano es independiente del modo en que se haya originado, bien sea proveniente de una reproducción natural o producto de reproducción asistida.

e) Un aborto no es sólo la «interrupción voluntaria del embarazo» sino un acto simple y cruel de «interrupción de una vida humana».

f) Es preciso que la mujer a quien se proponga abortar adopte libremente su decisión, tras un conocimiento informado y preciso del procedimiento y las consecuencias.

g) El aborto es un drama con dos víctimas: una muere y la otra sobrevive y sufre a diario las consecuencias de una decisión dramática e irreparable. Quien aborta es siempre la madre y quien sufre las consecuencias también, aunque sea el resultado de una relación compartida y voluntaria.

h) Es por tanto preciso que las mujeres que decidan abortar conozcan las secuelas psicológicas de tal acto y en particular del cuadro psicopatológico conocido como el «Síndrome Postaborto» (cuadro depresivo, sentimiento de culpa, pesadillas recurrentes, alteraciones de conducta, pérdida de autoestima, etc.).

i) Dada la trascendencia del acto para el se reclama la intervención de personal médico es preciso respetar la libertad de objeción de conciencia en esta materia.

j) El aborto es además una tragedia para la sociedad. Una sociedad indiferente a la matanza de cerca de 120.000 bebés al año es una sociedad fracasada y enferma.

k) Lejos de suponer la conquista de un derecho para la mujer, una Ley del aborto sin limitaciones fijaría a la mujer como la única responsable de un acto violento contra la vida de su propio hijo.

l) El aborto es especialmente duro para una joven de 16-17 años, a quien se pretende privar de la presencia, del consejo y del apoyo de sus padres para tomar la decisión de seguir con el embarazo o abortar. Obligar a una joven a decidir sola a tan temprana edad es una irresponsabilidad y una forma clara de violencia contra la mujer.

En definitiva, consideramos que las conclusiones que el Grupo Socialista en el Congreso, por medio de la Subcomisión del aborto, trasladará al Gobierno para que se ponga en marcha una ley de plazos, agrava la situación actual y desoye a una sociedad, que lejos de desear una nueva Ley para legitimar un acto violento para el no nacido y para su madre, reclama una regulación para detener los abusos y el fraude de Ley de los centros donde se practican los abortos».

Fdo.:

Nicolás Jouve (Catedrático de Genética; DNI 1154811)

Francisco Ansón (Escritor; DNI 847005)

Cesar Nombela (Catedrático de Microbiología; 1346619S)

Francisco Javier del Arco (Biólogo, Filósofo y Escritor; DNI: 00138438-N)

Vicente Bellver (Profesor Titular Filosofía del Derecho: DNI: 24335564T)

Luís Franco Vera (Catedrático de Bioquímica: DNI es 02.464.829B)

…/…

Siguen un millar de adhesiones a fecha de 17 de marzo de 2009, y siguen aumentando.