ACTIVISMO Y ADMIRACIÓN

El mundo occidental, tal y como hoy lo conocemos, se ha construido sobre la idea de “progreso”. Por lo menos ese ha sido uno de sus pilares. Para esa idea, el pasado es un peso muerto. Y el presente, en la medida que es deudor de ese pasado, algo mejorable. Está llamado a ser superado. Aunque la idea de progreso pueda rastrearse incluso en los clásicos griegos, es en el siglo XVIII cuando se vuelve ideológicamente activa. Es decir, viene a formar parte del pensamiento político de quienes se creen llamados a configurar la sociedad.
La idea de progreso no solamente está referida al campo de las ciencias y la técnica. También abarca la moral, el ordenamiento legal de la sociedad, la educación… Todos los campos de la vida humana son afectados por esta idea.
Esta idea entiende el movimiento de la historia como un progresivo acercarse al paraíso futuro. Este paraíso no es algo que ha de “venir” como recompensa a una vida piadosa y honesta, sino que el hombre ha de construir con su actividad. En ese paraíso el mundo está ordenado de acuerdo con los deseos y gustos del hombre. Es en la satisfacción de eso deseos que se encuentra la felicidad. Aquel paraíso al que apunta la idea de progreso viene a ser una secularización de la esperanza cristiana. Se tiene fe en el progreso. El progreso no es una evidencia, sino aquella esperanza en que la actividad humana hará realidad los deseos de los seres humanos.
La idea de progreso proporciona a los hombres una misión, la de construir esa ciudad terrena de paz y felicidad. Y al ser una, esa misión es fuente de unidad para la a la comunidad humana.
Las nuevas ideas, las nuevas costumbres, los nuevos inventos, las nuevas técnicas…, todo lo nuevo es visto como algo que nos acerca a ese futuro deseado. La novedad es hace que el movimiento de la historia sea progresivo e irreversible. Las creencias y costumbres recibidas deben ser reinterpretadas o modificadas para hacerlas homologables a esas novedades si no quieren ser condenadas como algo anacrónico.
“Otro… …es posible” se ha convertido en un esquema formal aplicable mecánicamente a cualquiera de los campos sobre el que se quieran proyectar nuestras acciones y gustos. “Otro mundo es posible”, “otra política es posible”, otra economía es posible”, “otra Iglesia es posible”, y así sucesivamente. Se sobrentiende que ese “otro” será algo mejor y realizable.
La idea de “progreso”, pues aparece ligada a la de “actividad”. Progresar es modelar el mundo de acuerdo con lo que uno cree que “debería ser”. El progresista es un “activista”, alguien que quiere construir el mundo por sí mismo. Esto lleva envuelto una consideración del mundo como objeto de su hacer. El mundo es un conjunto de cosas dispuestas para ser manipuladas por el hombre, sin que reconozca nada superior a él.
Sin embargo, después de más de doscientos años siguiendo esa estrella del progreso, el estado actual de cosas sigue siendo muy insatisfactorio y debe ser cambiado. Además, existe la sospecha que muchas de las cosas logradas también han puesto en riesgo la vida. Hay quienes tienen dudas de que hoy seamos más libres, honestos o felices. En aquellas sociedades más “progresadas”, como pueden ser las occidentales, hay también hastío por los mismos bienes materiales y culturales que su actividad ha producido. La tecnología ha proporcionado ahorro de esfuerzo y tiempo, pero el posible ocio generado es para muchas personas fuente de tedio e insatisfacción.
El futuro al que está orientado el progreso no es visto por todos igual. Se trata de un espacio en blanco que puede ser rellenado de muchas maneras. Es un campo de opinión en el que lo único que comparten todos los “opinantes” es el “tener que hacer” aquello que propone su opinión. Comparten el estar encerrados en su mundo material, aunque unos crean que hay que velar por ellas, otros transformarlas o aumentarlas.
Pero también existe en el hombre la posibilidad de la admiración. De ella nos dice Platón en el Teeteto que es “el sentimiento propio del filósofo, y la filosofía no tiene otro origen que la admiración» (Teeteto, 155d). También Aristóteles registra la misma idea: “por la admiración comenzaron los hombres, ahora y antes, a filosofar» (Metafisica, 982b11 ss.). Por ese “zaumádsein” el mundo se manifiesta al hombre como algo único, original, extraordinario. Por la admiración el mundo es un sin-fondo que nos trasciende y que nos obliga a pensarlo.
La admiración también lleva a un hacer. Pero como la relación con el mundo ya no es con la de un mero objeto, sino con aquello que me sobrepasa, el hacer que me demanda es trabajar por cambiar mi actitud para que las cosas se manifiesten libremente, al margen de mi deseo o gusto. También en mí se impone la necesidad de liberarme de las “fórmulas” que impiden ver el carácter insólito de toda existencia.
El progreso, sin la admiración que constantemente muestra la transcendencia del ser, se restringe a un tener cada vez más, reteniendo cada vez menos. El mundo no es algo para ser meramente usado, sino también amado y conservado. Con la admiración el futuro, para ser tal, tiene que incluir el pasado; de ese modo no es un mero vacío que puede ser rellenado arbitrariamente, sino que además de una misión comporta una responsabilidad con el legado recibido y los humanos que lo habitarán.

EL GLADIADOR TOMA LA DECISIÓN EN LA ARENA.

Recuerda Séneca a su amigo Lucilio un viejo aforismo: “El gladiador toma la decisión en la arena[1].

La virtud de los aforismos es que nos obligan a pensar. Nos avisan de algo que nosotros hemos de descubrir. Un algo que no se agota en una interpretación igual para todos, sino que cada cual podrá hacer su aportación de acuerdo con la aplicación que le haya encontrado.
En este caso nos avisa de que es la situación concreta, experimentada directamente, la que nos debe decir la conducta a seguir.
Para eso el gladiador ha de estar entrenado concienzudamente. El no espera pasivamente a que se presente la situación, sino que diariamente se entrena con la esperanza de que llegado el caso podrá responder mejor a las dificultades.
Es esa maestría alcanzada mediante el entrenamiento la que le permite estar atento a lo que ocurre, escuchar y ver lo que esa situación le dice para que sea la realidad misma la que le dicte la mejor respuesta.
Los deseos, preocupaciones y temores son como un cristal tintado que nos impide ver las cosas adecuadamente. Ellos nos empujan a elaborar planes que, por concienzudos que sean, siempre quedan en el lado interno del cristal. Y eso, a veces, dificulta nuestra acomodación al caso. Creo que es preferible esa preparación amplia y remota que se transforma en un pañol de recursos para enfrentarse con la realidad.
Es frecuente que los estudiantes se pregunten y pregunten para qué sirve tal cosa. Especialmente esto suele ocurrir con materias como la literatura o la filosofía. Una pregunta muy razonable, pues sin ver la finalidad de lo que hacen difícilmente le encuentran sentido. Una respuesta conceptual, explicativa, puede ser sospechosa de querer convencer de algo cuya evidencia no aparece por ningún lado. Pero se puede seguir otra vía. Invitar a quien plantea esa duda a que trate de responder para que sirven una serie de cosas tomadas al azar. Cosas tales como el teléfono, un lápiz, pasear, la mesa, un árbol en medio del desierto, la familia y una estrella lejana en el firmamento.
Siempre me he encontrado que a todas las cosas propuestas se le ha encontrado una utilidad, y que es precisamente en las más chocantes (árbol en medio del desierto, estrella lejana) donde las respuestas son más variadas y creativas.
Efectivamente, es en la arena donde el gladiador toma las decisiones. Pero para que estas sean acertadas debe llegar a la arena lo mejor entrenado y equipado posible. Poco puede decidir sobre su oponente, pero sí respecto de sí mismo.
Hay padres que se preguntan qué mundo se encontrarán sus hijos. Tal vez sea más útil centrarse en qué hijos se encontrará ese mundo.

[1] Séneca. Cartas a Lucilio III, 22

EL PASO A LA EDAD MODERNA: EL DAVID DE DONATELLO

1. El tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna fue un largo periodo que va desde el siglo XIV hasta el siglo XVI o XVII. Esto quiere decir que hay que tomar esa perspectiva de aproximadamente doscientos años para ver que las instituciones, las maneras de entender la vida y las normas que regulan la convivencia son otras.

Hasta que lo que ha venido en llamarse Edad Moderna se reconozca a sí misma como otro tiempo diferente del de la Edad media hay todo un periodo  en el que persisten a la vez elementos claramente  medievales con otros que apuntan o pertenecen plenamente a la modernidad.

2. Ese tránsito se fue manifestando en tres ámbitos claves de la vida cultural: el arte, la política y la religión. También podría formularse este proceso diciendo que empezó por la sensibilidad, siguió por el cuerpo social y acabó por el espíritu. Pero si en el orden temporal esa fue la secuencia, desde un punto de vista metafísico la transición empezó por cambios en la religión (o en la fe) que paralelamente se manifestaron en el arte y en la política.

El arte renacentista, la formación de las nacionalidades y la Reforma protestante junto a la Contrarreforma católica son los mojones históricos señalan el cambio de mentalidad. Son manifestaciones del nuevo horizonte desde el que se plantearán los nuevos interrogantes y se buscarán las correspondientes respuestas.

3. De cómo el arte recoge el nuevo sentir podemos verlo concentrándonos en una de las obras de la época: el David que Donatello (1386 – 1466) realizará para Cosme de Médici en 1440. Se trata de una estatua en bronce, de bulto redondo, de 158 de altura y que hoy se puede contemplar en el Palacio Bargello de Florencia, aunque originalmente fuese colocada en el patio del palacio que para los Médicis construyera Michelozzo.

4. El tema de la escultura es bíblico, cristiano. Representa el pasaje del enfrentamiento entre David y Goliat que se recoge en 1Samuel, 17. El joven David vence al gigante Goliat al que mata de una pedrada lanzada con su honda y al que corta la cabeza con la espada misma del vencido. La escultura representa justo el momento posterior a ese enfrentamiento entre David y el filisteo Goliat.

5. Aunque el tema es bíblico, pero la obra no puede considerarse como arte sagrado. El punto de vista desde el que se contempla la escena, su forma, no corresponde a lo que es propio del arte cristiano. No pretende la ilustración o la comprensión de ningún contenido de la tradición cristiana. El encargo que Cosme de Médici hizo a Donatello estaba destinado a celebrar la victoria de la joven república de Florencia sobre la poderosa Milán. Tras esta idea de propaganda política, el simbolismo puede extenderse al triunfo de la inteligencia sobre la fuerza bruta, o de Cristo sobre el pecado y la muerte. Otros ven, por ciertas similitudes entre el sombrero toscano que cubre a David con el casco del dios pagano Mercurio, como una representación del mito de la victoria de éste sobre el gigante Argos.

6. Se trata de una escultura exenta. La disciplina sagrada tradicional en el arte cristiano hacía que la escultura estuviera supeditada al marco arquitectónico del templo, el cual representa el cuerpo de Cristo (Jn 2, 19 – 21) y también la Divinidad manifestada en la tierra. Las representaciones escultóricas están justificadas por su relación con Cristo y ocupan el lugar que les corresponde por su función litúrgica.

Donatello fija su mirada en la escultura clásica griega y rompe con toda esa disciplina del arte sagrado tradicional. Desde el punto de vista psicológico esa ruptura significa una liberación de las tendencias que esa disciplina rechazaba, con la consiguiente proliferación de artistas originales. Se trata de una emancipación del “yo” y la correspondiente expansión individualista.

7. En esta obra también se retoma el desnudo de la escultura clásica griega. En el arte cristiano tradicional del medioevo, por su economía espiritual, estaba excluido la representación del desnudo. La desnudez que podía aparecer en algunas representaciones de Adán y Eva, o las almas del purgatorio era una desnudez abstracta, sin pretensiones naturalistas. Las artes plásticas no estaban para revelar ninguna belleza natural, sino para transmitir y recordar verdades espirituales. La belleza de los montes o de los cuerpos humanos se podía admirar por todas partes, sin necesidad del arte. Es a partir del desarrollo de la vida urbana en el siglo XIV que aparece el arte que intenta imitar a la naturaleza y traerla al interior de la ciudad. Y es entonces cuando se nota la ausencia del nudismo y la necesidad de su representación.

8. Toda la figura del joven David, con el movimiento y la gracia que le ofrece el contraposto de su pie sobre la cabeza cortada del barbudo Goliat, transmite sensualidad, delicadeza y arrogancia. Al mismo tiempo, está impregnada de ambigüedad: ambigüedad en cuanto a la anatomía un tanto andrógina de David, y también respecto a las posibles interpretaciones de la composición. La expresión reflexiva y firme de David parecen indicar la resolución con que los artistas del Renacimiento dejan atrás la rusticidad anterior.

9. Aunque es frecuente oír que la obra tiene un carácter simbólico, no creo que se trate propiamente de un símbolo. Se trata de una interpretación de un pasaje bíblico desde un punto de vista humanista. El papel del símbolo no es que la imagen pretenda substituir al original; debe respetar siempre la distancia que separa lo que pertenece al mundo inteligible del mundo sensible. De ahí su carácter abstracto y hasta tosco en ocasiones. En la interpretación hay una especie de fórmula alegórica que pretende expresar una ley universal; se trata de representación figurada de una concepción abstracta.

10. El arte contemplado en el David de Donatello nos muestra el tipo de cambio de mentalidad que se está produciendo en la cristiandad. Se estaba pasando de una sociedad formalmente tradicional y sagrada a una sociedad laica, cuyo punto de vista al contemplar el mundo es antropocéntrico e individualista. La obra de arte encuentra su perfección, su acabamiento en sí misma. La forma ideal es inmanente al mundo, no transcendente.

El lugar del arte medieval es, sobretodo, el templo, la catedral a partir del siglo XII. En ellas los artistas son los ejecutores en piedra de los tratados teológicos, morales e históricos, pero siempre bajo la dirección del clero. Los artistas no hacen sino interpretar el pensamiento de la Iglesia. Todo allí está simbolizado, empezando por la misma catedral que es una representación viva de la Iglesia purgante, militante y triunfante, según se mire a los enterramientos de los suelos y muros, a las funciones religiosas en torno a los sacramentos o se mirara a las imágenes de Cristo, Nuestra Señora y también de los ángeles y santos que constituían todo el mundo sobrenatural.

Pero al igual que la teología se perdió en la discusión sutil, vacía de contenido y experiencia espiritual, también el arte se fue agotando en un mundo de símbolos cada vez más artificiales, como lo muestran los diversos bestiarios. Es la cosificación y mecanización de la fe lo que, probablemente, llevó a los artistas a alejarse de la tutela del clero y buscar su inspiración en el mundo clásico greco-romano y la naturaleza, que a su modo, también el templo la recoge analógicamente.

EL CISNE NEGRO… LA TRAGEDIA DE LA PERFECCIÓN

0. La película “El cisne negro” (Black Swan), dirigida por Darren Aronofsky, puede considerarse como una metáfora de la tragedia encerrada en el afán de perfección. Por lo menos invita a ello y es una de sus posibles lecturas.

1. El fondo en el que se mueven los personajes de la película es el comienzo de la temporada de Ballet en Nueva York. Se va a hacer con la representación de la obra clásica de Piotr Ilich Chaikovski, “El lago de los cisnes”. El director de la compañía que la va a poner en escena, Thomas Leroy (Vicent Cassel), quiere introducir algunos cambios en la representación para mantener el interés del público por la obra, como son que los personajes del cisne blanco y el cisne negro (Odette y Odile) sean interpretados por la misma bailarina, y que está sea una cara nueva que sustituya a la ya consagrada Beth Macintyre (Winona Ryder). También se hacen algunos cambios respecto del final de la obra original, como es la imposibilidad de deshacer el hechizo del malvado mago Rothbart, lo que hace imposible el amor entre Odette y Sigfrido y conduce a ésta al suicidio.

Thomas Leroy, el coreógrafo, es una persona un tanto mefistólica, sin escrúpulos, solamente interesada por el éxito, que no le importa manipular a los otros para lograr sus fines.

2. Sobre ese fondo destaca la figura de Nina (Natalie Portman), una bailarina perfeccionista que vive solamente para la danza. Su obsesión por la perfección está, en parte, condicionada por su madre Érica ( Barbara Hershey), antigua bailarina que proyecta sobre su hija su frustración profesional. Nina ve su oportunidad de éxito ante el deseo del director de buscar una nueva intérprete para el papel central de la obra y ocupar el puesto vacante que deja la consagrada Beth. Nina resulta ser la seleccionada, pero aparece la dificultad de que ella interpreta a la perfección el papel del cisne blanco, pero no así el del cisne negro. Su control, la suavidad de sus movimientos, la dulzura y el equilibrio que muestra en todo momento, etc. transparentan la personalidad de Odette, el cisne blanco, pero para odile, el cisne negro, se requiere la pasión, la espontaneidad, la perversión y el desorden. Para ese aspecto oscuro de la obra se ve más adecuada otra bailarina, Lily (Mila Kunis), una colega que también compite por ese puesto.

Tenemos así planteada la dualidad antagónica entre Apolo y Dioniso o entre el Dr. Jekyll y Mr. Hyde o el bien y el mal: Nina no quiere renunciar al papel de su vida y eso le supone un tener que bajar a los infiernos de su yo, a su sombra. En este esfuerzo por dar entrada a su “otro yo”, Nina se enfrenta a su madre, a su competidora y a ella misma. El que vea a donde conduce el éxito en la visita que hace a la bailarina desplazada y sola en el hospital, su obsesión por afianzarse en el papel que le exige el ególatra de Thomas Leroy le hace pasar del plano estético al drama psicológico de las alucinaciones, el sexo sin sentido, la somatización de sus ambiciones, el masoquismo y deseos criminales.

Dominada así por ambos aspectos, con un psiquismo que transita sin solución de continuidad de lo real a lo imaginario, se llega al clímax de la obra que es su representación vibrante, aunque al final el suicidio del cisne blanco no es una ficción, sino real. El público, ajeno a esa muerte, aplaude enfervorecido, entusiasmado, ante algo tan divinamente interpretado.

No trato de hacer un análisis crítico de la película, sobre su ritmo, su música, los movimientos de la cámara, la excelente interpretación o lo acertado del guión. Tomo la película como una metáfora del afán de perfección y, por tanto, como un pretexto para enfrentarme a las raíces de esa ambición humana.

3. Buscar la perfección es desear realizar algo a lo que ya nada se le pueda añadir o quitar, algo completamente acabado. Ese algo puede ser una pintura, una escultura, la ordenación social o uno mismo. Y siendo algo que ya no admite mejora, que no admite modificaciones, es algo eterno, sin potencialidad ninguna. Es decir, algo divino. Por eso lo perfecto, o lo que se acerca a lo perfecto, mueve al entusiasmo y al temor, a la reverencia, al aplauso…

4. La búsqueda de la perfección es querer plasmarse como Dios en su obra, pero según el proyecto de su razón, para ser admirado como alguien por encima de los mortales, como un inmortal, como un Dios. Es querer vivir para siempre en la memoria de los hombres, según la gloria y la fama. Pero así como Dios es pura donación que da ser donde había nada, el ser humano toma de lo que ya hay para buscarse a sí mismo.

5. La búsqueda de la perfección es la gran tentación, especialmente la gran tentación de quien presta oídos al antagonista de Dios, el maligno, que invita a comer del árbol de bien y del mal. Del bien y del mal porque la obra completa tiene que comprender a ambos, el ser y su sombra, el orden y el desorden, la vida y la muerte. Solamente así se logra aquella representación completa que nos hace como dioses, como caricaturas de dioses, pero no realmente Dios, pues esa representación conlleva la muerte real del ser humano, pues solamente así manifiesta la vida real. Es verse expulsado del paraíso y sus prerrogativas.

6. Lo perfecto no es lo mismo que lo bueno. Un crimen puede ser perfecto, pero no es bueno. Por eso el perfeccionista no es lo mismo que el santo. El perfeccionista busca adecuarlo todo a su proyecto, temeroso de equivocarse o no hacerlo suficientemente completo; vive en constante tensión neurótica. El santo vive en el esfuerzo por el bien del otro. Es el otro visto desde el amor y la compasión, como otro, como prójimo. El santo es olvido de sí. Lograr la perfección es lo que le queda a quien se le ha diluido Dios en su horizonte; para quien conserva a Dios, el bien y la confianza están por encima.

7. Nina, cediendo a las exigencias de su madre, a las manipulaciones de Leroy y las tentaciones sexuales y de drogas de Lily no ha accedido a su lado oscuro, sino que lo ha creado según una determinada imagen del pretencioso coreógrafo. Ha sido víctima de la única arma que posee el maligno: la tentación. El ceder a ella ha creado en sí un egrégor, una especie de organismo psíquico parasitario independiente de su voluntad consciente y que la esclaviza. Podríamos llamarlo también neurosis obsesiva. Son ellos los que han desplazado su amor a la danza, que libera y hace disfrutar de la vida, por el ciego afán de triunfar y ser perfecta, que esclaviza y obsesiona. Un afán que solamente conduce a la autodestrucción.

EL HUMANISMO RENACENTISTA…

1. Muchas de nuestras ideas y actitudes tienen provienen, en germen, de ese periodo de la historia europea conocido como Renacimiento, en cuyo interior, como uno de sus grandes motores, actuó el humanismo. Por lo menos, ahí estuvo el inicio de un subciclo histórico, dentro de un ciclo mucho mayor, más inmediatamente relacionado con nuestra realidad actual.

2. Empecemos por la palabra. Humanismo es un término relativamente reciente. Parece ser que en su forma latinizada (como humanismus) fue introducido a principios del siglo XIX por el pedagogo alemán D.J. Niethammer para designar así la importancia de la lengua y la literatura griega y latina para la educación secundaria. Así se pensaba, hasta hace poco, de estas lenguas clásicas, y se defendía su permanencia en el currículo de los alumnos por su valor formativo.

3. El uso de la palabra latina “humanista” empieza a ser corriente a principios del siglo XVI para nombrar a aquellos que se dedican a los studia humanitatis, estudios que comprendían la gramática, la historia, la retórica, la poesía y la filosofía moral, junto, naturalmente, del latín y el griego.

4. Las disciplinas que componían los studia humanitatis no eran un simple curso de estudios que transmiten nociones y fórmulas ampliamente discutidas y asentadas. No. Los studia humanitatis eran instrumentos para alcanzar un ideal: el desarrollo de la libertad y la creatividad humanas, de todas esas cualidades que permiten al ser humano vivir felizmente en una sociedad de hombres. Eran estudios destinados a los que habían de ser protagonistas en el proyecto de construir un mundo moral, cultural y políticamente nuevo, presidido por el lema iuvat vivere, vivir es hermoso.

5. Se trataba de un ideal enlazado con el ideal griego de la paideia, es decir, lograr mediante la educación dar al hombre esas cualidades que le hacen verdaderamente humano, que lo liberan de su condición natural y bárbara. Este ideal fue asumido por los romanos con el nombre de humanitas y encontró en Cicerón, Varrón o Quintiliano unos portavoces ilustres en la época de la República Romana.

6. Tanto la paideia griega como la humanitas romana expresan una operación cultural, la construcción del hombre civil que articula la sociedad humana. Es en ese ideal que se forman la clase intelectual y política, los miembros activos de esa sociedad clásica del siglo I a. C.

7. Desde un punto de vista cronológico, el humanismo renacentista europeo va desde la segunda mitad del siglo XIV hasta finales del siglo XVI. Como todas las fronteras cronológicas, sus contornos son imprecisos y relativos al lugar que se considere. No es igual en Italia que en España, donde algunos autores consideran que la Edad Media perdura casi hasta el siglo XVIII, lo cual no es verdad, pero ayuda a comprender lo mucho que hay de convencional a la hora de datar el periodo del humanismo.

8. ¿Cuál era la imagen que de su tiempo tenían los humanistas y qué significado le atribuían?. Ellos perciben su tiempo como un tiempo especial: un tiempo en que la humanidad despierta del largo sueño del medioevo. El orden establecido a partir de la imagen de Dios extraída de la Escritura y su interpretación por la Iglesia ya no satisface, no responde a la realidad. Y en eso consiste el despertar: es un renacer a la vida, a la realidad.

9. Hay épocas en que el pasado es recibido como una riqueza, algo digno de ser conservado y transmitido a la generación siguiente. Pero en otras, lo recibido es como un peso muerto, inservible para hacer frente a los retos del presente; algo que coarta la propia libertad. Son tiempos de ruptura.

10. En esas épocas de ruptura ya no se trata de desarrollar y completar las realizaciones de la época precedente, sino de construir algo “nuevo”, lo que solamente es posible con la muerte y desaparición de lo anterior. Pero para volver a nacer de nuevo es preciso volver a los orígenes, pues es allí donde se encuentra la fuerza, el ímpetu necesario para ese nuevo nacimiento.

11. Atribuir a la Edad Media una visión del mundo como lugar de culpa y sufrimiento, un lugar en el que el hombre ha sido arrojado por el pecado de Adán y del que sólo es deseable huir; que el hombre en sí no es nada y nada puede hacer por sí solo, que sus deseos son locura y soberbia, pues todo acaba con la muerte, etc., etc., atribuirle todo eso, digo, es más una visión del Renacimiento sobre el medioevo que una visión medieval. Y pudiera ser que ni eso, sino una interpretación histórica de lo que fue esa época de transición a la modernidad. Como toda visión de rechazo tiene apoyaturas en la realidad, pero también adolece de la incomprensión propia del que se coloca “fuera de la época”.

12. Pero ¿de dónde renacer? ¿De dónde me vendrá la fuerza de los orígenes? ¿Dónde inspirarse para encontrar los modelos a recrear? Para los hombres de los siglos XV y XVI europeos son los autores greco-romanos. Es en ellos donde se recoge la experiencia de una civilización con las potencialidades originarias de la humanidad.

13. Inevitablemente, esos orígenes y esa civilización son idealizados, abstrayendo de ellos la esclavitud, la crueldad, las guerras…, todo aquello que planea como la sombra de una cultura. De ser perfectos, ¿habrían desaparecido?. El mundo medieval aparece como el mundo que destruyó, olvidó u ocultó aquel mundo idealizado.

14. El conocimiento del latín y el griego clásicos permite la lectura de unas obras que hablan de los hombres y las cosas de este mundo, de sus afanes, dificultades, gestas, aspiraciones y amores. Frente a los escritos de carácter teológico y relacionados con la transcendencia (las divinae litterae), están los escritos de aquellos, generalmente seglares, que recogen ideas y temas del hombre y su mundo, las humanae litterae.

15. Para el humanista el texto de la cultura greco-latina es mirado ahora con amor, se intenta reconstruir, conservar en su forma original, liberarlo de los errores e interpolaciones de los copistas… Se trata de captarlo con perspectiva histórica, como se hace en la pintura, donde se introduce la perspectiva en la representación de las escenas. Eso permite ver el fondo de donde emergen las figuras.

16. Pero aquel que vuelve a los orígenes y lee atentamente los códices antiguos ya no es un griego ni un romano. Es alguien nacido y educado en el cristianismo. De ahí que su actitud sea nueva, distinta de la de los clásicos que imita. Y eso da como consecuencia una nueva orientación a la vida moral, religiosa, política, artística…

17. El acercamiento histórico al humanismo es necesario. Pero corresponde a la filosofía tratar de ver la concepción del ser envuelta en el fenómeno histórico. Lo intentaré en otro momento.

EL TIEMPO Y SUS COSAS.

1. De entre las muchas cosas de que nos quejamos una es del tiempo, de la falta de tiempo. Resulta un poco sorprendente, pues se hizo en abundancia y a todos se nos dio la misma cantidad de horas por día. Y más paradójico, además, pues es mucha la inteligencia que se ha empleado para ahorrarnos tiempo. La lavadora, los coches, los trenes de alta velocidad, el teléfono e infinidad de otros productos humanos están pensados para que ahorremos tiempo.

2. Digo paradójico, pues imaginemos una cuenta en un banco en la que continuamente fuéramos poniendo nuestros ahorros y que cada vez que consultáramos su saldo este resultara cero. Seguro que nos escandalizaríamos. Pero eso parece ocurrir con todo lo que vamos adquiriendo para ahorrar tiempo: que nuestro saldo temporal sigue siendo que no tenemos o nos falta tiempo. Tal vez sea porque los ahorros logrados van irremediablemente ligados a la inversión en esos artefactos ahorradores de tiempo. O quizás porque el día ha de transcurrir necesariamente con 24 horas.

3. Nuestra vida transcurre entre urgencias que, a veces, nos llevan a descuidar lo importante. Vamos a la búsqueda de “ganar tiempo”, intentando no “perderlo”. Ganar, perder, ahorrar, son términos asociados al tiempo como si el tiempo fuera algo exclusivamente económico. Pero el tiempo también está ligado a nuestra historia y su destino, y puede ocurrir que lo ganado en un aspecto sea pérdida en otro.

4. Claro que solamente podríamos saber si ganamos o perdemos tiempo si supiéramos el monto total de tiempo de que disponemos y la meta a la que se dirige ese tiempo.

5. Es cierto, como diría Séneca a Lucilio, que la naturaleza no nos ha dado otra posesión que ese bien fugaz que es nuestro tiempo de vida, y del cual somos frecuentemente despojados por los demás. Pero no se trata de acaparar horas, sino de entregarlas generosamente para que ese tiempo que fluye encuentre su tiempo oportuno para amar, para orar, para hacer el bien y para descansar. Ese tiempo que si se deja pasar ya no vuelve y que depende de nuestra atención y sensibilidad hacia el mundo. Ese tiempo ya no es donación de la naturaleza, sino gracia.

6. Ese tiempo que es momento adecuado nos pide decidirnos, determinar la voluntad en acciones que adelante lo que en la meta será plenitud. Algunos dicen que no se trata de vivir muchos años sino de dar mucha vida a los años. Puede ser. Pero ciertamente el presente es el momento justo y apropiado para hacer aquello que nos ennoblece.

7. El tiempo disminuye si aumentamos la velocidad… siempre que sea para recorrer el mismo espacio. De ahí las prisas y el hacer las cosas en menos tiempo. Y el haber inventado instrumentos para medir las más breves partículas de tiempo, eso no nos ayuda a una mayor conciencia de él.

8. De hecho el espacio a recorrer es el mismo o más corto al oscurecerse la transcendencia, de ahí que no se sepa bien dónde se va, aunque se sabe que hay que ir de prisa. Y esa velocidad dificulta el percibir los momentos únicos y apropiados que también conforman el tiempo. Un tiempo para reír y un tiempo para llorar, un tiempo para sembrar y otro para cosechar… Claro que siempre cabe aumentar nuestro espacio, nuestras miras, y así el tiempo puede ser el mismo a pesar de la velocidad.

Miguel Ángel y la ideología

1. Se cuenta que un día preguntaron al genial Miguel Ángel cómo podía hacer aquellas maravillas con el mármol. Miguel Ángel condujo a quien eso le preguntaba ante un bloque de mármol recién extraído de las canteras de Carrara, y dijo aquello de: “La estatua está dentro, sólo hay que quitar al mármol lo que le sobra”. Creo que fue esto o algo parecido.

2. Miguel Ángel veía en la materia, en el mármol, la estatua que iba a realizar. De ahí, se dice, que examinará y contemplará largamente en la cantera el mármol con el que iba a realizar su obra.

3. En la obra ya realizada, en el David o la Piedad, o cualquier otra composición escultórica, la figura aparece en contraposición a ese mármol de que está hecha. Pero la materia que se oculta tras la presencia de la figura está como fondo y sujeto que la hace posible. Aquel mármol (y no otro) es aquello de lo cual ha salido esa forma cuyas notas la hacen ser el David.

4. Pero en la estatua el mármol no es ocultado. Antes bien, es allí donde muestra toda su belleza, aunque oculto a la mirada. Pero es un mármol que la mirada de artista eligió cuidadosamente para que en la obra artística descubriera su belleza y posibilidades.

5. Y es justamente ese mármol, y no otro, el que hace de esa estatua algo singular y único. Cualquier otra estatua que se haga tratando de ser idéntica al original nunca podrá ser otra cosa que una imitación. El David de la Piazza della Signoria de Florencia puede tener la misma altura, las mismas características, ser tan parecido que apenas se pueda distinguir del realizado por Miguel Ángel, pero siempre será otro, una réplica.

6. Pero así como el arte de artista nos muestra lo que se puede hacer con el mármol, los colores o la piedra y los hace presentes en su obra como fondo misterioso del que ella nace, el ideólogo encubre la realidad, la envuelve con sus ideas para sustraerla a la mirada.

7. El ideólogo no ve en la materia algo que contiene potencialmente un David, que para que emerja solamente es necesario quitar lo que sobra, sino algo que hay que escamotear, tapar, mediante otros materiales artificiales.

8. Su trabajo se parece al del artista búlgaro Christo, que con telas envuelve edificios y paisajes. Su arte consiste en encubrir la realidad, y lo que de su obra emerge es la habilidad del artista para ocultarla. Y eso lo acerca más al prestidigitador que al artista.

9. El ideólogo nos envuelve la realidad con sus palabras y conceptos, para mostrarnos otra, la fabricada por él.

10. En el trabajo de Miguel Ángel hay algo de divino en tanto que actualiza potencialidades de la materia a la que ama y dignifica con su habilidad; no la niega, sino que la eleva. El ideólogo niega con su habilidad el edificio o el paisaje, la realidad, para que sus ideas aparezcan y se impongan.

DE LA VERDAD

1. El objeto de la actividad cognoscitiva del hombre es la verdad. Decirnos como las cosas son en realidad. Esto es: como las cosas son a partir de aquello permanente, que no cambia, que siempre es.

2. En griego llamaron a la verdad alétheia, descubrimiento, hacerse patente, presente, algo oculto. Oculto ¿para quién?. Para el hombre, para su conocimiento. Y una de las formas de que algo nos esté oculto es el olvido. La palabra alétheia tiene su origen en el adjetivo alethés, del que es su abstracto. Alethés deriva a su vez de lethos, que significa “olvido“. Originariamente, el significado de alétheia estuvo ligado a “algo sin olvido“, “algo en que nada ha caído en el olvido“, “completo“. Es el recuerdo en que todo se hace presente.

3. En latín verdad (veritas-atis) se deriva de verus, verdadero, pero con el sentido originario de estricto, serio, como puede en su derivado se-verus (se(d)-verus) o en el castellano actual en la expresión “de veras“, seriamente, de verdad. De modo que la verdad es la propiedad de algo que merece confianza.

4. Decir: “te amo de verdad” es igual a “te amo realmente”, y es igual a “como se debe amar”, o sea, “no con amor ficticio que como tal se acaba en cuanto aparece la realidad”.

5. La verdad como aquello permanente y definitivo, que no cambia y es siempre, llevó a establecer las condiciones para que una afirmación pueda ser verdadera: que esa afirmación sea universal y necesaria.

6. Que una afirmación sea universal significa que es válida para cualquier sujeto cognoscente posible. Tendría gracia un profesor que dijera que las afirmaciones de su ciencia son válidas para ellos, para los presentes a su explicación, hoy, pero no para otros o mañana. La verdad es válida en cualquier lugar y siempre. La verdad no tiene un comienzo en el tiempo, aunque si lo tiene nuestro descubrimiento de ella. Que la suma de los ángulos internos de un triángulo plano suman 180º no empezó a ser verdad cuando alguien lo vio. Precisamente lo vio porque ya estaba ahí.

7. Que la verdad es necesaria significa que es así y no puede ser de otra manera. En el ejemplo anterior del triángulo, la demostración permite ver que esa suma hace necesariamente 180º, ni más ni menos. Es la demostración que acompaña a nuestras afirmaciones la que proporciona su necesidad al hacerlas evidentes.

8. De ahí que la idea de verdad como patencia o descubrimiento nos lleve a la demostración y la demostración al establecimiento de los primeros principios del conocimiento, que también debieran serlo del ser, aunque esto frecuentemente se olvida.

9. En el cristianismo, la noción de verdad está ligada al acontecimiento: Jesucristo es la verdad. Él es aquel acontecimiento en el que se encarna el Logos de Dios. “El Verbo (logos) se hizo carne” (Jn 1,14). “La gracia y la verdad por Jesucristo aconteció” (Jn.1,17).

10. Jesucristo, en tanto que acontecimiento, se inserta en el tiempo. Es acontecimiento histórico. Pero no es un acontecimiento cualquiera. Es un acontecimiento que revela, manifiesta algo: revela a Dios, a Dios que salva y ama al hombre y a su creación. En Él vemos no qué es la verdad, sino quién es la verdad. La verdad se hace persona.

ACERCA TALES DE MILETO

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De Tales de Mileto (aprox. 624 – 546) no hay fragmentos. Probablemente no escribió nada. Pero la abundancia de noticias y de referencias que de él nos ha transmitido la antigüedad nos permite imaginar la grandeza de su persona.

Esas noticias nos lo presentan como político, astrónomo, físico, ingeniero, matemático y filósofo. Parece ser que viajó por Egipto y Caldea, de donde se trajo valiosos conocimientos científicos. Quizás una de las cosas que más fama le dieron fue, según refiere Heródoto (aprox. 484 – 425), la predicción de un eclipse solar. A pesar de lo inseguras que pueden ser las noticias referidas a sus descubrimientos, su reputación de sabio fue siempre indiscutible, y su nombre aparece siempre en la lista de los legendarios siete sabios de Grecia.

Se le considera el primero que se dedicó a lo que, andando el tiempo, se autodenominaría filosofía. Tales está, en occidente, en los umbrales de ese tiempo que Karl Jaspers llamó el “tiempo-eje”, en que el hombre se eleva a la totalidad del ser, de sí mismo y sus límites.

Según Aristóteles (384 – 322), Tales afirmó que todo se originó en virtud del agua y que todo estaba lleno de dioses. Esto lo encontramos en obras como la Metafísica, Acerca del cielo o Acerca del alma, pero Aristóteles procura puntualizar que no conoce eso de primera mano. Dicen que dijo Tales

Sin entrar ahora en las interpretaciones que pueden darse sobre estas afirmaciones atribuidas a Tales, tal vez lo que a él le asombraba es que por todas partes brilla esa presencia que se oculta de la Naturaleza, del Ser. En todo está presente esa Naturaleza  que se oculta bajo diversas formas, de la cual brotan y a la cual regresan todas las cosas.

Diógenes Laercio, de cuya vida tampoco se sabe mucho con seguridad y que vivió en el s. III (d.C.), dice en su obra “Vidas de filósofos ilustres“, que Tales afirmó que “el más sabio es el tiempo, porque todo lo descubre“. Si dijo esto o no, no lo sé, pero la sentencia es digna de consideración. ¿Acaso no es el tiempo el que descubre el alcance de las ideas, las intenciones de lo dicho y la naturaleza de las cosas?

Nuestra época se caracteriza por ser escrupulosa en la medida del tiempo. Nunca se habían desarrollado tanto los instrumentos de medida del tiempo, y es muchísima la gente que vive a las órdenes del reloj, por lo menos en el llamado mundo desarrollado. Sin embargo, eso no significa que su conciencia del tiempo y el carácter temporal de todo sea mayor, más bien al contrario. Nos afanamos como si lo que hay fuera eterno. El medir el tiempo nos ha generado impaciencia, pero espera ni meta a la que dirigirnos.

También refiere Diógenes que preguntado Tales sobre como viviríamos mejor, respondió: “No cometiendo lo que reprendemos en otros“. Así lo creo yo también, pues no falla tanto en el hombre el conocimiento del bien como su voluntad para hacerlo. Tal vez sea por eso que hay tantos dispuestos no solamente a mejorar y enderezar la conducta de los otros, sino hasta de la sociedad entera. Y por la misma razón tantos dispuestos a escucharlos y seguirlos.

Creo que esto se podría relacionar con lo que Tales respondió a quien le preguntó qué cosa es fácil: “Dar consejos a los otros“. Pues entre conocer lo que se debería hacer y hacerlo hay un camino a recorrer que exige su esfuerzo. Así que no todos los que dicen “Señor, Señor” entran en el reino de los cielos.

Tales de Mileto hizo muchas cosas, y vio más en sus viajes. Y debió meditar largamente sobre lo que hizo y vio, y eso le proporcionó aquella sabiduría que sirvió de referencia para sus contemporáneos y también la posterioridad.

CALCULAR Y PENSAR

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Una de las ventajas de los lenguajes formalizados es, además de evitar  ambigüedades y equívocos, su potencia para construir cálculos. Dicho con otras palabras: nos permiten establecer de forma absolutamente clara un conjunto finito de reglas que nos facilitan relacionar lógicamente unos signos con otros.

Todos tenemos una noción intuitiva de “cálculo” a partir de las matemáticas elementales. Cuando multiplicamos, por ejemplo, procedemos según una serie de reglas, como que de 20 nos llevamos dos o que al multiplicar la segunda cifra del multiplicador debemos colocar el resultado un espacio corrido hacia la izquierda, etc. Para multiplicar bien es suficiente conocer las reglas de la multiplicación y aplicarlas rigurosamente, sin que haya necesidad de conocer el porqué de todas y cada una de las reglas.

Y lo mismo podríamos decir de cualquier otro tipo de cálculo. Un cálculo no es otra cosa que un procedimiento mecánico, el cual, operando con reglas, nos permite obtener resultados correctos. Y no solamente eso, sino también obtener resultados que sin ese cálculo sería muy difícil de obtener. El resultado de multiplicar 18 por 6 podría ser logrado a base de sumas, por ejemplo, pero si de lo que se trata es de multiplicar 324567 por 3456, la tarea sería prácticamente imposible.

El operar con reglas facilita enormemente las operaciones deductivas y, al mismo tiempo, permite detectar los errores que podamos cometer.

Las reglas a las que nos referimos no son otra cosa que la sintaxis de ese cálculo. La sintaxis es la parte de la semiótica (ciencia general de los signos) que se ocupa de estudiar las relación de los signos entre sí, independientemente de lo que los signos signifiquen. También podemos expresar esto diciendo que la sintaxis no se preocupa de la interpretación de los signos, y únicamente se interesa por las leyes y reglas que hacen posible su combinación correcta.

Un ejemplo aclaratorio de esto lo podemos tomar de la lengua natural, la cual, disponiendo también de una sintaxis, nos permite hacer expresiones correctas, al margen de su significado, si observamos las reglas de la sintaxis de esa lengua. Así podemos construir expresiones como: “El multicolor árbol solitario se alzaba en medio del espeso bosque, sirviendo de hogar para los pájaros inexistentes que se escondían en la espesa hojarasca de sus inmensas ramas desnudas que pretendían alcanzar aquel cielo cubierto de amenazadoras nubes en un día de sol radiante…“.

El significado de esa expresión es harto dudoso, aunque su construcción creo que es correcta, y solamente alguien que domine esa lengua podría hacerla.

Por supuesto, no es lo mismo corrección que verdad. Quien razonara afirmando que “ningún mamífero vive en el mar, y como la ballena es un mamífero, por lo tanto, la ballena vive en el mar“, habría hecho un razonamiento correcto, aunque su conclusión no sea verdadera. La verdad o falsedad de nuestras expresiones está en relación con el contenido o materia de esas expresiones. La corrección del modo en que hemos usado las reglas.

Ahora bien, para establecer las reglas que imperan en un cálculo o interpretarlo, es decir, darle contenido, no puedo hacerlo calculando, sino pensando.

Y pensar es otra cosa que calcular. Exige situarse fuera del mecanismo del cálculo y atender la realidad. Frente al carácter imperativo y rígido del cálculo, el pensamiento tiene que flexibilizarse para acoger al ser, a lo que las cosas son.

El proceder calculador no es exclusivo de los lenguajes formalizados. Además del lenguaje natural con su sintaxis, el comportamiento humano, tanto intelectual como social o emocional, tiene su sintaxis, sus constantes o conectores a partir de los cuales relaciona sus variables (experiencias), y sus reglas de formación que le dictan que expresiones intelectuales o afectivas son correctas o incorrectas, y por tanto admisible o inadmisibles. Y en este sentido, buena parte de la conducta humana procede según la mecánica de un cálculo.

De ahí que aun cuando el sentimiento subjetivo sea de libertad, buena parte de su conducta sea predecible en cuanto se conoce su “sintaxis”.

El cálculo es posible por esa independencia de la sintaxis o forma de los signos (lingüísticos o conductuales) respecto de su contenido o materia. Una independencia relativa a nuestro modo de consideración de esos signos, pues en la realidad ambos aspectos se envuelven mutuamente.

Por el lado de la forma se dan las constantes que universalizan el proceder y por el lado del contenido o materia se particulariza y toma realidad la cosa. Por ejemplo, por la constante de “la crisis de la adolescencia”, como teoría admitida, me permite decir cosas sobre los problemas de los jóvenes, pero si mi hijo u otro joven acuden a mí para explicarme un desconcierto suyo, no puedo darme por satisfecho “explicando” su desconcierto por dicha teoría de la crisis. Este sería un proceder calculador, pero no compresivo ni adecuado a la realidad. Estoy obligado a escuchar y observar sus manifestaciones. Para que su caso tenga la consideración de singular, como lo es, debe ser contemplado y acogido. Y esto exige pensar. Solamente así la respuesta no será el resultado de ningún proceder mecánico, sino libre. Es decir, creadora e iluminadora de la realidad considerada.

El pensar emerge allí donde lo obvio deja de ser obvio por la tensión entre la universalidad de la teoría o las reglas y la particularidad con que se presenta la realidad, y que se resiste a ser reducida a esa universalidad. Esto es lo que obliga al espíritu a un movimiento de búsqueda de aquella causa, teoría o imagen a cuya luz el hecho es aclarado, restableciendo las relaciones que lo vinculaban a otros hechos.

Se trata de un ascenso desde el cual poder ver la cosa con más y mejor perspectiva.