25 ANIVERSARIO DE LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN

Breves reflexiones escritas en 1991 para un libro colectivo titulado “La Europa de Este y la Escuela” y que sirvió a los temas tratados en congreso anual del SIESC (Secrétariat International des Enseignants Secondaires Catholiques) celebrado en Fulda (Alemania) en agosto de1991. Su relectura me ha servido, a pesar de su brevedad e insuficiencias, para considerar más detenidamente todo los cambios acontecidos en Europa y la cultura occidental en estos últimos años.

Aquí lo pongo como una mirada conmemorativa de ese 25 aniversario de la caída del muro de Berlín.

 

REFLEXIONES EN TORNO AL FIN DE LA GUERRA FRIAmuro de berlin

0.‑ La unificación alemana y el fracaso del sistema comunista en los países del Este de Europa han puesto  fin a la  guerra fría. Con ese magno acontecimiento  se  abre en nuestra  historia otro capítulo lleno de incertidumbres. Sin apenas darnos cuenta, hemos entrado en un nueva era sumamente compleja  y ambigua. Lo que ha fracasado ha sido una de las respuestas  que el  hombre ha inventado para solucionar los males que le aquejaban.  Esos males eran, en buena parte, el producto de otro invento (el liberalismo económico), el cual, aliado a la técnica y a la ciencia positiva, produjo mucha riqueza para algunos y mucha  miseria evitable para los más,  al tiempo que se extendía por todo el planeta  merced al colonialismo.  Hoy la respuesta comunista ha  fracasado, sin que eso implique que los problemas que pretendía resolver hayan desaparecido.  En un mundo, cuyas dimensiones se  han reducido notablemente gracias a los medios de comunicación, persiste mucha hambre evitable, mucha  manipulación  humana  y, posiblemente, nunca el hombre se sintió más vacio y perdido que hoy en día.

El fracaso del sistema comunista ha producido un  alivio  a la tensión  entre los dos bloques militares que  hacían  temer un conflicto nuclear en el que se  decidiría la  supervivencia de la humanidad.  Unos pueden ver en  las dificultades  de los países ex comunistas el triunfo del liberalismo económico y la instauración de la cultura del consumo que lo acompaña; tal es el caso  de  Francis Fukuyama en su artículo “¿El fin de la Historia?”. Para otros, la posibilidad de volver a empezar, de recuperar la confianza en construir un nuevo mundo de acuerdo con las utopías humanistas del pasado.  Pero en cualquier caso,  creo que no  se  debería olvidar que  hemos  entrado  en  unos tiempos turbulentos, decisivos y de conversión.

1.‑ Los tiempos son turbulentos. Indudablemente lo son para los países ex comunistas, particularmente para la Unión Soviética. El enorme vacío que acompaña la  caída de  un sistema totalitario saca a la luz todas las fuerzas durante  tanto tiempo reprimidas. Esto es singularmente grave cuando el sistema  ha  sujetado a pueblos  tan diversos por raza, religión, lengua y tradiciones. Todos  tratan  de  aprovechar  el  vacío de poder. Todos desean dejarse  oír. Los ya de  por sí difíciles problemas económicos y políticos que acompañan la caída del sistema se  agravan  aún más por  la  agitación social y la acción de los oportunistas. Si tenemos en cuenta,  además,  que se trata de la caída de una gran potencia, con arsenales de armas nucleares, el peligro es realmente escalofriante.  Precisamente cuando más se necesitan la serenidad y la reflexión  es  cuando menos  acompañan  las condiciones necesarias para ello.

Pero, además, los tiempos son turbulentos  por  otras razones.  El  desplome  del sistemas comunista se produce en un mundo en el que buena parte de la humanidad sigue hundida en la miseria, y hasta en el hambre. Eso es hoy  injustificable. Esos pueblos no son sólo otro mundo: son la negación misma del sistema capitalista que acompaña a la economía de  mercado. También está el  mundo  musulmán, humillado y buscando el lugar  que le corresponde en el concierto  planetario por  su  importancia cultural y demográfica.  Y el gigante chino,  cuyo silencio en la actual hora histórica es una incógnita inquietante.

También  los  tiempos son turbulentos para la Europa Occidental.  Por un  lado, los problemas más allá  de su ámbito geográfico no son problemas ajenos a ella.  En rigor, en un mundo unificado e interdependiente,  ya no hay problemas ajenos. Lo que ocurra en  la  Europa  del Este  repercutirá  política,  social y económicamente en la Europa del Oeste.  Por otro lado, la euforia de una Europa  unida no  puede  hacer  olvidar  la  diversidad de pueblos que la integran, los recelos sociales y nacionales que en ella se dan y el vacio cultural  que se  ha creado en  un sistema que proclama la democracia y la libertad como  valores supremos y al mismo tiempo les sustrae su contenido. Nada más hay que ver el creciente desinterés por participar en la cosa pública  por parte del  pueblo  y las innumerables  dependencias  que  ahogan  a los individuos de las sociedades occidentales.

Hoy el reto es edificar la casa común europea. Y esa edificación ha de hacerse en ese contexto  mundial esquemáticamente descrito.  Se trata de una  respuesta  a los tiempos que ha de ser forzosamente global, pues la turbulencia en que vivimos no sólo afecta a todos los hombres, sino al hombre entero.  Por eso esa edificación se presenta como una gigantesca obra colectiva: gobernantes, legisladores, científicos, empresarios  y artistas  deberán contribuir  unitariamente en esa tarea.

2.‑Los tiempos son decisivos.  La respuesta a una situación tan vasta y compleja es, necesariamente, una decisión. Pero tomar una decisión es otra cosa  distinta de tener  un conocimiento. Esto  mismo señalaba  Mijail  Gorbachov en una  entrevista que le hacía la “Nezavisinaya Gazeta” ( publicada en el diario “El País” el  19‑XII‑91):  “Creo  que debemos mentalizarnos de  esta simple verdad: la  contribución  y  salvaguarda  del progreso de  la humanidad que pueden aportar los científicos, o los intelectuales en general,  no reside en sus conocimientos, en su experiencia, o en su saber hacer profesional,  sino en una actitud moral,  en su deseo y en su capacidad de cooperar con todos aquellos que buscan la democracia, la libertad y la paz”.  Esto ha sido siempre así, pero hoy es una evidencia.  En las situaciones difíciles  y graves se cae en la cuenta del carácter decisivo de  los valores morales en la formación del ánimo necesario para superar esa situación.

Sin  embargo,  no basta  con proclamar esa actitud para ya poseerla.  En  la  formación de la actitud moral se  precisa la reflexión  sobre cómo  se  ha  de  entender  esa democracia, esa libertad y esa paz con las que se pretende organizar la convivencia humana.  Y esta reflexión es posible si  se libera lo que  es  un  requisito  de  la  vida  humana: disponer  de  una interpretación de sí misma, disponer de una teoría intrínseca que la haga posible como realidad. Esta es la misión de la filosofía. Los distintos saberes  que  la  racionalidad  occidental  ha ido construyendo a lo  largo de  su historia le han proporcionado un enorme poder para ajustar la realidad a sus deseos y necesidades. Pero ninguno de ellos le proporciona, ni le pueden proporcionar, la necesaria sabiduría para un uso correcto de esos poderes. Esta sabiduría sólo puede venir de la reflexión rigurosa  y continuada sobre lo que el hombre es.

Los tiempos  reclaman esta reflexión.  Occidente dispone de un  pasado  rico  en  experiencias  y  en  pensamientos de donde extraer los motivos de reflexión que orienten la formación de esa actitud. Pero esto exige otra  forma de pensar.

3.‑Los tiempos son de conversión. Si en el momento presente saber es  necesario,  pero  no  suficiente,  tampoco tener ideas basta.  Estas han de ser  vividas.  Además de ideas sobre la democracia,  la  libertad  o  la  paz,  necesitamos,  sobre todo, hombres y mujeres que sean demócratas, libres y pacíficos. Y esto exige una conversión: un ver las cosas desde “una renovación del espíritu de nuestra mente”(Ef.4,23).  Solamente en  la conversión se produce un cambio en la forma  de pensar y actuar  del hombre, una reorientación de su vida. Esta conversión acontece de verdad cuando el ser humano  descubre  la realidad que le  sobrepasa. En rigor,  sólo hay conversión en  el encuentro  personal del hombre con Dios. El encuentro entre Jesús y Nicomedo (Jn.3,1‑21) resulta ejemplar:  sin  conversión,  las  mismas  palabras  e  ideas  son entendidas de “otra forma” distinta a la de su sentido espiritual y humano;  son  entendidas  según “la carne”.  Sin conversión las ideas fácilmente  se  tornan  en  armas  arrojadizas  contra los otros.  La idea se hace “cosa”  que puede usar de muchas maneras. La experiencia ha enseñado sobradamente al  hombre occidental que el mero saber puede autodestruirle y que en nombre de la  paz, la cultura,  la justicia y hasta del mismo Dios se han  cometido los actos más inhumanos.  Solamente cuando  los  conocimientos  y las ideas habitan en un hombre convertido son  entonces flexibles y abiertas  a  la  verdad  (Jn.3,8).  En  un  mundo  tan  altamente organizado  y  poderoso  como  el  nuestro  esta  conversión debe alcanzar a los individuos y a  las instituciones.  Esto es lo que puede  descubrirles  su  razón de  ser:  estar al servicio de los demás.

El cristiano,  que vive de la fe, que es garantía de lo que espera (Hb.11,1),  tiene aquí  una misión  propia  y radicalmente necesaria.

En una Europa dominada por la “cultura del consumo”(?),  el peligro no está solamente en los conflictos que puedan sobrevenir en  las  zonas  “liberadas  del comunismo”.  Con  la  caída   de barreras también se  ha  facilitado en esas  zonas el crecimiento de la  criminalidad,  el  racismo,  el  recelo  nacionalista,  la demagogia,  el arribismo político y  el lucro a  expensas de  los débiles,  como recordaba  no  hace  mucho  Václav  Havel   en  su “Meditación”.  Todo eso es  también  conocido  en  la  Europa del Oeste. Hasta el mismo proyecto de una Europa unida, con la enorme acumulación  de  poder  que  ello  supone,  puede  significar  un peligro.  Para quienes  viven apoyados solamente  en el horizonte del mundo,  los tiempos son siempre justificación de cinismo o de vacío. O bien, tratando de huir de ambos, entregarse a las vastas promesas de la  esperanza proyectada ora  en el pasado  ora en el futuro. Pero en cualquier caso, “los tiempos que corren” resultan siempre insufribles y el ser profundo  del hombre  gime  por ser liberado de ellos.

El  cristiano está en el  mundo  (Jn.17,11)  y,  por eso, participa de todas esas tribulaciones y  busca,  con  los demás hombres y como  los demás hombres,  dar  respuestas  a  todos los problemas que los acucian.  Pero  el  cristiano no  es  del mundo (Jn.17,14): lo que nutre su vida personal ( y, por tanto, social) es  su  fe  en  Jesucristo,  promesa  cumplida  que fundamenta su esperanza,  don del Espíritu Santo (Rm.5,5), en el Reino de Dios, el  cual  está  dentro  de  nosotros  (Lc.,17,21).   Por  eso  el cristiano,   compartiendo  “los  gozos  y  las   esperanzas,  las tristezas y angustias de los  hombres de su tiempo”(G.  et S.,1), se  gloria  en el Señor,  pues es en  ellas donde se  engendra la paciencia y virtud probadas que hacen posible ese Reino de Dios.

Lo  que propiamente anuncia  el cristiano es,  pues, eso: Cristo  en  el  mundo,  fuente  de  salvación para  los hombres y mujeres. No se trata de ninguna ideología que oponga a este mundo “otro” mundo. No hay más mundo que éste, pero no es igual vivirlo iluminado por la luz de Cristo que a obscuras.

Por eso, en la hora actual, el cristiano tiene una misión propia:  la cultura moderna ha puesto de manifiesto que la  fe en Dios no es una evidencia vulgar,  sino que exige una una decidida metanoia,  una conversión. En un mundo socialmente cristiano, la fe era una trivialidad;  en un mundo  sin referencias religiosas, los cristianos son los  que aparecen como heterodoxos.  Esto nos puede hacer caer  en  la  cuenta de la  afirmación de Tertuliano: “Los cristianos no nacen, sino que se hacen”.

Esta misión es,  además,  absolutamente necesaria: la fe en el amor  de  Dios  es  el  prodigio que permite  descubrir el ser profundo del hombre,  simultáneamente personal y social. Sin ella el hombre construye imágenes  de sí mismo, pesimistas  u optimistas,  pero que acaban volviéndose contra él por ilusorias. En la  fe  el  hombre  se  encuentra con el  misterio  (no con el problema) que ilumina la realidad hasta hacerla transparente a sí misma, y cuya manifestación es la libertad, la creatividad y el amor solidario.

 

LA PERLA DE AFRICA.

Me gustaría desde aquí mandar un saludo al noble pueblo guineano. Un pueblo hermano al que quiero, aunque cierta memez española no entienda Guinea debería formar en los libros de texto de nuestros estudiantes, que se le debería dedicar una mención especial el Día de la Hispanidad y debería promover los intercambios y relaciones con él.

Mi conocimiento de la Guinea Ecuatorial, además de lo que decían los libros de entonces, viene de mi amistad con unos ecuatoguineanos que vinieron por Cartagena para ampliar su formación un ya lejano año 1963. Con ellos salía al cine, a pasear, a las fiestas de los pueblos… Y así me iba enterando de costumbres, de aspiraciones y modos de vida de ese territorio que en la comunicación ya no resultaba tan lejano.

Después de la independencia de Guinea en 1968 ya no supe más de ellos y el tiempo ha borrado hasta sus nombres, aunque no mi particular cariño por esa tierra y ese pueblo… Aquellos amigos míos de la provincia llamada “la perla de África” eran tan españoles como yo, u otro de cualquier provincia española. Después, aunque independientes, seguían formando parte de la familia de la hispanidad

Y por amarlo sufro por las desgracias el mal gobierno les ha traído desde la independencia. Al dictador Macías siguió el no menos dictador Teodoro Obiang. Y siendo un país rico, y no solamente en recursos naturales, sino en buena gente, padece miseria y sufrimientos innecesarios.

Hoy los caminos abiertos por internet permiten una comunicación rápida entre las personas y los pueblos. Ojalá se intensifiquen la comunicación entre el pueblo ecuatoguineano y el español… Comunicación cultural, económica, turística, educativa… Para amar hay que conocer, y seguro que el conocimiento de ese pueblo familiar ayudará a amarlo más y mejor.

EL CUMPLIMIENTO DE LA LEY

1. Vivir de acuerdo con las leyes: he ahí la más alta ley no escrita que Sócrates nos recuerda en su diálogo Critón. A pesar de que la sentencia que le condena a muerte es injusta, a pesar de la insistencia de Critón para facilitarle la huida, a pesar de la consideración a sus amigos, Sócrates considera indecoroso no asumir la decisión de los jueces.

2. Son las leyes como el esqueleto que sustenta el músculo de una sociedad, las que hacen el Estado. Y entre esos huesos, destaca la Constitución como la columna vertebral que permite sostener a ese Estado derecho.

3. Pero ese esqueleto requiere un suelo sobre el que apoyarse y sostenerse. Ese suelo lo forman esas leyes no escritas, consuetudinarias, nacidas de la conciencia de lo que está bien y de lo que está mal.

4. Desde la Revolución Francesa se arrastra la idea de que para transformar a la sociedad los dos instrumentos básicos son las leyes y la educación. De ahí que los ideólogos que pretenden modelar a la sociedad a su gusto se apliquen diligentemente a manipular las unas y la otra según sus deseos y fines.

5. Critón, para convencer a Sócrates de que acepte la huida que le propone, argumenta con razones que muchos encontrarían muy razonables. Pero lo que sale de sus labios son razones personales, subjetivas, demasiado débiles para justificar el quebranto que supone no acatar la ley.

6. Cuando los políticos toman posesión de sus cargos, juran o prometen cumplir y hacer cumplir las leyes que han hecho posible que ocupen esos cargos. Son esas leyes las que, por decirlo así, los engendran, son como sus padres, hasta el punto que cuando las desobedecen o incumplen, nos ofrecen el triste espectáculo del hijo que desprecia a su progenitor.

7. El espectáculo de ver cargos públicos discutiendo sentencias, incumpliendo las leyes, hasta las más fundamentales, influyendo en los nombramientos judiciales, imponiendo obligaciones a los ciudadanos que no cuentan para los que las dictan, ese espectáculo, digo, es la ruina de la sociedad. Y eso ocurre en España.

8. Esos cargos que han huido de la ley, sea a Tebas o Megara, como proponían a Sócrates, en tanto que violadores de la ley, ¿de qué podrán hablar? ¿No estará justificado que las personas honestas y sensatas los miren con desconfianza y como desvergonzados? ¿Y no les obligará eso a tener que vivir adulando a los poco escrupulosos para que no se enojen, como deja ver Sócrates?

9. ¿Qué autoridad pueden ostentar esos cargos y responsables políticos que son los primeros en discutir e incumplir leyes? ¿No transforman las leyes, que son imperativos, en meras opiniones que solamente a los débiles se les impone?. ¿No enseñan con su conducta que es la fuerza la que decide los conflictos?.

10. No son las leyes las que cometen las injusticias, sino los hombres. Pero como no está bien responder a la injusticia con otra injusticia, ni devolver mal con mal, se impone el largo camino de tratar de roturar y regenerar el campo de las leyes no escritas, que es de la voluntad del bien, no solamente vivir o sobrevivir, sino vivir bien.

 

HECHA LA TRAMPA, HECHA LA LEY (Ocasional)

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Sé que el dicho dice que “Hecha la ley, hecha la trampa”, y que alude a las escapatorias que toda ley presenta y por donde el malvado siempre encuentra salida. Eso cuando no se hizo pensando ya en los agujeros por donde se podrían colar las acciones de quienes no quieren que la ley ponga freno a sus ambiciones.

Pero parece que en España se ha entrado en un proceso de inversiones, y en lo tocante a la ley el dicho se ha invertido. Primero se hace la transgresión y después se legaliza. Un ejemplo, podría haber otros, es la ley del aborto que ahora se discute. Hagamos primero la trampa, y después la ley, de forma tal que ahora se presente como una ampliación de los derechos individuales.

Si la ley era expresión de la razón, ahora es regulación de las inclinaciones o tendencias, de los deseos. Y si la razón es determinación y límite, el mundo de los deseos es ilimitado y cambiante. Los gobernantes, más que cumplir y hacer cumplir las leyes, se han convertido en caprichosos legisladores inspirados por sus deseos, intereses o delirios ideológicos. Su instrumento es el Parlamento, elevado a categoría de templo sagrado, tal como creo que dijo la socialista Pajín, donde se consagran, como no podía ser de otra forma, los deseos de quien maneja la mayoría.

Si una de las cosas que hace respetable la ley es su antigüedad, ahora ocurre que lo que hoy es delito, mañana es virtud, y a la inversa. Las competencias legislativas alcanza a todo y todo es susceptible de ser controlado por el poder. Los que solamente son ciudadanos, reducidos a mónadas sociales, no disponen terreno sobre el que ejercer alguna autoridad, pero han de soportar todas las leyes que no afectan a quienes tienen el poder de transgredir.

Si se dice que la ley es justa cuando es igual para todos, esto no se logra cuando hasta la Carta Magna es objeto de olvido y transgresión por los mismos que debieran velar por ella.

Decía Heráclito de Éfeso que el pueblo debe luchar por sus leyes más que por sus murallas, y así lo creo, pues nada le desmoraliza más que las leyes caprichosas e injustas, y nada le defiende mejor que las leyes respetadas por justas. Son ellas, cuando tienen tras de sí leyes consuetudinarias y la guía de la razón, las que dan unidad y fuerza al cuerpo social.

También se dice que la democracia es una forma de gobierno débil para pueblos fuertes, en tanto que la dictadura es un gobierno fuerte para pueblos débiles. Pero cuando el pueblo es débil por disgregado y desmoralizado, sea cual sea la forma de gobierno que tenga, no le queda otra que rascarse la invasión de pulgas que le viene encima.

EL MURO DE BERLÍN (Notas)

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Estos días se ha celebrado la caída del muro de Berlín. Y con él, la caída del comunismo en toda la Europa del Este. Ese acontecimiento, ahora hace veinte años, fue algo sorprendente, inesperado.  Una explosión de alegría: familias, amigos, que llevaban años sin poderse ver, viviendo en la misma ciudad, ahora podían visitarse y abrazarse. Increíble. Después de tantos años, aquel muro parecía consubstancial a la ciudad, al igual que ese telón de acero que dividía a Europa. Muchos se lanzaron a derribar aquel muro vergonzoso levantado para defenderse de los “opresores del pueblo”.

Recuerdo que por los tiempos del levantamiento del muro, mantenía yo correspondencia con jóvenes alemanes y austriacos a través de una revista llamada “Voces amigas”. Una de aquellas personas con la que me carteaba me refirió el discurso que J. F. Kennedy pronunció en 1963 en Berlín. Y me contaba su emoción al sentir la solidaridad del presidente americano con la triste situación que ellos padecían en aquellas sus palabras de “Ich bin ein Berliner”, remedo de aquella otra afirmación de San Pablo “civis romanus sum”, también mencionada en ese discurso. Aquellos jóvenes, nacidos como yo recién acabada la II Guerra Mundial, llevaban la pesada carga de la derrota, el oprobio y la humillación. No sentían ningún orgullo por ser alemanes. En el holocausto las víctimas habían arrastrado consigo a los verdugos y a su pueblo. Y percibieron en aquellas palabras un ligero soplo de perdón.

El muro era una construcción artificial que dividía a los habitantes de Berlín. Como lo era el telón de acero. Y como también lo era la ideología que movía aquellas decisiones. Los bloques de hormigón levantaban el muro como los bloques de ideas encerraban un espacio convertido en laboratorio social donde experimentar con humanos. Pertenece a las ideologías su capacidad para dividir.

La caída del muro también la caída de la guerra fría, esa guerra del espionaje, la inteligencia, la propaganda, la traición, la subvención a los enemigos del enemigo. Otra forma de extender el miedo, el mejor aliado de los malvados.

Las grietas en el muro habían empezado a producirse mucho antes, en levantamientos y protestas en Berlín, Budapest, Praga… Pero el comunismo seguía avanzando en el Sudeste asiático, en África, en América. Resultaba difícil de imaginar que esa situación pudiera cambiar. Un cambio en las lógicas del enfrentamiento entre bloques, manipulaciones ideológicas y estrategias de debilitamiento del enemigo, se produjo con Juan Pablo II.

“No tengáis miedo”, con ese grito universal abrió Juan Pablo II su pontificado. Un grito dirigido a los creyentes, a los que dudan y a los que no tienen fe. “No tengáis miedo a la verdad de vosotros mismos”. No tener miedo a lo que el propio hombre ha creado, la guerra, las ideologías, la cultura de la muerte, la negación de la dignidad humana… Y ese grito encontró eco. Tras su visita a Polonia, en los astilleros de Gdansk, los obreros en huelga colgaban retratos del Papa. Ahora los representantes auténticos de los obreros son gente que asiste a misa, reza a la Virgen María y aclaman al Sumo Pontífice. Algo inédito.

También esto tuvo su papel en la caída del muro… Tal vez por eso Alexander Solhenitsyn dijo: “Este Papa es un don del cielo”.

¿Qué esperaban los alemanes con la caída del muro?. Unos, libertad, otros prosperidad, aquellos, poder reencontrarse con sus familiares, estos, ver de nuevo a Alemania unida. Pero pasada la euforia, se encontraron que los años pasados en sistemas económicos, educativos y políticos diferentes, también los había hecho diferentes. Que los centros de decisión pasaban al oeste. Que muchos de aquellos que estaban mejor preparados, si querían dar salida a su preparación, debían trasladarse a la Alemania federal, que había dudas sobre si la reunificación había sido una unión o una anexión. Para los fuera, la caída del comunismo produjo un entusiasmo que velaba los muchos dolores que ese proceso suponía para los de dentro.

Pero el muro cayó hacia el oeste, empujado por los alemanes cansados de la opresión ideológica y la falta de libertad. Pero el fin de la historia, como predijo Francis Fukuyama, está todavía lejos de escribirse…

LA IDEOLOGÍA COMO CIENCIA

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L’Idéologie est une partie de la Zoologie,…“, con estas palabras  Destutt de Tracy (1754 – 1836), en el Prefacio de sus “Éléments d’idéologie”, resume o ejemplifica, podríamos decir, toda una trayectoria en la constitución de la mentalidad occidental actual.

Fue Antoine-Louis-Claude, conde Destutt de Tracy, aristócrata ilustrado francés, pionero de la enseñanza secundaria laica, republicano y masón. Participó activamente en la Revolución Francesa, sobre todo desde su cargo en la segunda clase del Institut national des sciences et des arts. Este Instituto, creado en 1795 por el Comité de instrucción pública, substituyó a las Academias, las cuales estaban “gangrenées d’une incurable aristocratie”. Su misión era trabajar  porl’avancement des science et des arts”. Estaba organizado en tres clases: la primera era la de las ciencias físicas y matemáticas, la segunda, la de las ciencias morales y políticas, y la tercera la de literatura y bellas artes. Cada una de estas clases se dividía en diferentes secciones, de modo que entre todas abarcaban todos los campos del saber, hasta constituir una verdadera enciclopedia viviente.

La segunda clase, la encargada de las ciencias morales y políticas, fue la última en ser creada, pero se convirtió en el motor del Instituto, y respondía a la idea de lograr un desarrollo semejante al alcanzado por las ciencias físicas o matemáticas. Allí se pretendía dar la respuesta definitiva a la corriente de pensamiento iniciada en la edad moderna que creía ver en el entendimiento humano la clave para justificar teóricamente las nuevas ciencias y las nuevas tendencias sociales. Si hacemos un recuento de los títulos de las obras que ocupan a los filósofos de esta época, veremos como la mente, el entendimiento o la razón son el centro de su reflexión. Solamente a modo de ejemplo, citemos las siguientes: “Reglas para la dirección de la mente“, de R. Descartes, “Tractatus de intellectus emendatione“, de Spinoza, “Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano“, de Leibniz, “Ensayo sobre el entendimiento humano“, de J. Locke, “Investigación sobre el entendimiento humano“, de D. Hume, “Crítica de la razón pura“, de I. Kant, etc.

Vemos como los títulos prácticamente se repiten y todos responden a un mismo interés: conocer la naturaleza del entendimiento humano para poder determinar sus límites y  su proceder correcto en orden a tener certeza en nuestros conocimientos.

La razón de este interés por el entendimiento humano venía de la situación de la razón tras la crisis social e intelectual de la cristiandad en el siglo XIV. En el orden intelectual esa crisis viene dada por la imposibilidad para el hombre de conocer lo Absoluto o Infinito. Conocer es vincular lo que ha de ser conocido a lo ya conocido. Pero como el Infinito escapa a toda relación con lo finito, que es de lo que tenemos evidencia inmediata, el Infinito escapa a todo conocimiento. De Él solamente sabemos por la fe en la revelación. Ahora bien, no sabiendo el hombre nada de lo Infinito por la razón, tampoco esa razón puede saber en el fondo nada de lo finito ya que le resulta inaccesible su causa última. El mundo en el que lo único real son los seres individuales resulta así irracional.

Ahora bien, el problema se planteaba sobre la base de la vinculación de los entes finitos con el infinito. Pero el problema era otro si se ambas esferas se desvinculaban. Dicho de otro modo: si fe y razón se afirmaban como dos esferas totalmente independientes. Fue la obra de Guillermo de Ockam, en el siglo XIV.

Ahora lo finito, el mundo de la naturaleza y del hombre, queda afirmado con un valor propio y debe ser comprendido en sí mismo. Del Infinito o de Dios no hay más noticia que la que nos pueda dar el mundo considerado como revelación de Dios (explicatio Dei). Pero esto también significa que hay que buscar una constitución, un fundamento que justifique ese conocimiento finito y haga dé cuenta de su certeza.

Dos caminos se abren en la búsqueda de esa justificación: el que muestre la necesidad lógica de los conocimientos y el que se limite a mostrar cómo son de hecho los conocimientos humanos. En el primer caso se busca el fundamento metafísico del conocimiento y en el otro el fundamento genético. El uno deja abierto el tema de Dios como objeto de conocimiento, en tanto que el otro lo impide, relegándolo al campo de la subjetividad. Son las corrientes de racionalismo e empirismo con que se conocen esos dos caminos. Será el empirismo el que mejor se ajuste a las aspiraciones de autonomía y progreso de la época.

Es esa corriente de pensamiento empirista e ilustrada la que nutre (o enturbia) la visión de Destutt de Tracy y quienes forman la segunda clase del Institut national des sciences et des arts, en particular los de la sección de “Análisis de las sensaciones y de las ideas“. En el seno de esa sección es donde Destutt de Tracy pronunció por primera vez la palabra Ideología en la presentación de su Memoria sobre la facultad de pensar.

La ideología se presentaba como una nueva ciencia, la ciencia de la génesis, la clasificación y análisis de las ideas. Esta ciencia pretendía haber conseguido en el campo de las ciencias morales lo que se había conseguido en el campo de las ciencias físicas. En la Memoria mencionada Destutt de Tracy establece un paralelismo entre esta ciencia y el camino recorrido por la ciencia astronómica, afirmando que Locke venía a ser el Copérnico de esta nueva ciencia y Condillac su Kepler. Esto permite deducir que él se consideraba su Newton.

En cualquier caso, con la afirmación de que la ideología es una parte de la zoología, lo que se pretende es presentar esta materia como algo que alcanza la objetividad y los métodos de las ciencias naturales. Partiendo del supuesto de que todos nuestros contenidos mentales proceden de percepciones, esta ciencia trata de cómo esos contenidos se relacionan entre sí y se fijan mediante signos lingüísticos. Es decir, trata la ciencia ideológica de cómo se forman, se deducen y se expresan las ideas. Todo esto lo fue sistematizando en la obra de Destutt de Tracy “Eléments d’Idéologie”, obra destinada a ser enseñada en las escuela centrales (escuelas de enseñanza media) creadas por el Directorio y que proporcionaría una base sólida para el estudio de las ciencias morales y políticas.

Con la creación de esta nueva ciencia se proporcionaba un criterio para decidir qué ciencias eran las verdaderas y cuáles, no.

Sin embargo, tras la nueva ciencia se ocultaban elementos no científicos que mostraban la verdadera naturaleza de esa ciencia. En primer lugar, aunque se decía ser una “parte de la zoología”, reivindicaba para sí la condición de ser “el todo”. Desde el punto genealógico, la ideología es la ciencia primera, ya que todas las otras emanan de ella. Algo así como una naturalización de la filosofía primera de Aristóteles, conocida como metafísica, término que rechazó Destutt de Tracy.

Por supuesto, esa ciencia que investiga la génesis fisiológica de nuestras ideas, reduciendo el pensar a sentir, no nos hablará de la génesis fisiológica de la ideología, la cual es la metafísica que se niega, pero ahora como puro materialismo.

Además, la ideología es una “ciencia” con un gran interés por lo cívico. Su estudio está llamado a ser el motor del progreso social, político y económico de la sociedad. Sus aplicaciones alcanzan a todo el género humano, pues todas las lenguas comparten unas reglas comunes, cosa que muestra el carácter común de la naturaleza intelectual humana.

Los “idéologistes”, como así se autodenominaban los pensadores que se agrupaban en torno a estas ideas, pretendían modelar la sociedad mediante una educación y una legislación de acuerdo con su supuesta “ciencia ideológica”, que no era otra cosa que ateísmo militante, en el que ellos se reservaban el papel de nueva autoridad espiritual. La ideología guiaba y justificaba su aspiración al poder, en parte ya logrado.

Napoleón, inicialmente amigo de ellos, vio el carácter acríticamente metafísico de esa pretendida “ciencia”. Los llamó “idéologues”, en sentido despectivo, para indicar el carácter nebuloso de su metafísica, en la que sus meras opiniones pretendían imponerse como emanadas de una verdad científica.

Pero a pesar de su craso materialismo y limitación intelectual, la ideología pertenece al horizonte de la mentalidad moderna, en la que el logos se hace opinión y la opinión, propaganda.

SOBRE LA PROSTITUCIÓN

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Estos días está siendo noticia la situación de la prostitución en Barcelona y otras ciudades españolas. El hecho no es nuevo, pero la aparición de unas imágenes de ejercicio del sexo en plena calle en Barcelona, junto con las protestas de los vecinos que, cansados de la pasividad de las autoridades, han decidido salir a la calle, ha tenido como efecto que el hecho haya pasado a ser noticia, que es tanto como decir, a la realidad. Y eso permite oír algunas cosas sobre esa realidad a los políticos, que, normalmente, viven lejos de donde todo eso ocurre.

Desde luego, sin esas imágenes escandalosamente impactantes y sin la movilización de los vecinos, nada de eso habría llegado a ese espacio llamado “opinión pública” ni nada se hubiera oído al respecto. Con un poco de imaginación, podemos suponer el calvario que supone para las personas comunes el tener que criar a sus hijos en un barrio como el Raval de Barcelona, respirando la atmósfera sórdida que emana de la prostitución, sean drogas, delincuencia y otras prostituciones.

Para ver hasta qué punto ha llegado esa situación se puede consultar la página www.forumlibertas.com, por ejemplo. Por supuesto, hay otras.

Mi interés se va centrar en algunas expresiones oídas a políticos y que me llaman la atención por lo que tienen de manifestación de una mentalidad. Y cuando digo “mentalidad” me estoy refiriendo a una “forma de pensar” en la que ciertos supuestos quedan en la penumbra, aunque condicionan el análisis y respuesta a esa situación. En ocasiones es más importante prestar más atención a lo que esos políticos dicen que a lo que se hacen, pues lo que se dice suele tener mayores consecuencias y a más largo plazo. Si un padre ve que su hijo substrae una cosa a un compañero, tal vez no tenga más importancia que un acto pasajero, pero si le oye decir que robar no es nada malo, ese padre debería empezar a preocuparse.

Pues bien, una de las declaraciones oídas fue la siguiente: “Habrá que establecer una regulación que haga compatible esa actividad ancestral con el uso del espacio público por parte de todos”. Es una afirmación hecha dentro de una entrevista televisiva a un influyente político.

De entrada me llamaba la atención el cuidado en evitar la palabra “prostitución”; en su lugar aparecían las de “oficio más antiguo”, “actividad ancestral” y otras por el estilo. Supongo que se intentaba huir de entrar en un terreno que compete a la moral. Y la idea subyacente de es “algo que ha existido siempre” le da un carácter de “inevitable” y “así son las cosas” o “no hay para tanto”, “o es una actividad como cualquier otra”. No se le ocurrió pensar que tal vez su antigüedad nos habla de lo muy antiguo que viene la desconsideración a la persona de la mujer, y que es un “oficio” en el que caen las que no tienen ninguno y suelen ser víctimas de redes de trata de blancas y otros rufianes.

Por lo visto no se le pasó por la cabeza que también el robo, el crimen o la corrupción son también muy antiguos, pero eso no excusa de que cada generación tenga que ver como lucha contra esas lacras, y que hay actividades que degradan evidentemente a quienes las practican.

Pero para esa forma de pensar se trata de un problema de “regulación”, de evitar que su práctica moleste a otros vecinos. Para esa mentalidad, la vida pública ya no es la concreción de una empresa que apunta a alguna finalidad considerada un bien, sino  mera “convivencia”. La regulación asegura la permanencia de lo que hay, procurando evitar los conflictos. Pues de haber empresa, ya no todas las actividades serían iguales, ya que las habría buenas o malas, mejores o peores, de acuerdo con esa finalidad.

Otra declaración oída estos días ha sido la que ve en la prostitución una “realidad muy compleja“. Se trata de una expresión muy sólita, tanto que podríamos afirmar que vivimos en la época de la complejidad. Todo es muy complejo. Y es cierto. Cualquier realidad que consideremos, hasta una piedra, si buscamos una explicación de ella, nos muestra una gran complejidad para nuestro entendimiento. En la medida que una explicación es la reducción de un fenómeno a sus causas, determinar los elementos simples que generan esa realidad es una tarea larga y de difícil análisis.

Pero si se trata de formarse una opinión sobre la bondad o maldad de una situación como la que tratamos, eso no tiene porqué ser tan complejo y difícil. Pues el juicio moral de una conducta no es algo que dependa estrictamente de un conocimiento. De ser así, las personas de pocos estudios serían menos aptas para captar el bien o el mal, lo cual no es el caso. La experiencia nos muestra con frecuencia como personas de poca formación son exquisitas en cuanto a la percepción de lo que está bien o mal, y no se equivocan respecto de lo justo o injusto, honesto o deshonesto.

Saber las causas que llevan al crimen o el robo puede ser complicado, pero darse cuenta que son cosas malas no lo es tanto. Estaremos de acuerdo que en una clase, por ejemplo, no podemos exigir a todos los alumnos que sean excelentes en matemáticas o historia, pero sí que sean honrados o respetuosos con sus compañeros. Eso parece estar al alcance de todos.

Ahora hay una especie de resistencia a hacer juicios morales, tal vez por reacción a un abuso de la moral o por incompatibilidad con el relativismo dominante. Pero la moral acompaña inevitablemente a toda conducta humana, y el tratar de esquivar esos juicios solamente conduce a hacerlos, pero malos.

Aceptar que no se puede obviar la moral y que se trata de una práctica contraria a la dignidad humana ayudaría a examinar autocríticamente la actividad política, las leyes elaboradas y la intelectualidad dominante al respecto. Ayudaría a orientar las acciones encaminadas a mejorar la situación de las personas atrapadas en ese mundo.