V CENTENARIO DE SANTA TERESA DE JESÚS (1)

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Esta conocida letrilla es original de Santa Teresa. Se encontró en su breviario cuando ella murió. Su lectura atenta puede ser una buena introducción al espíritu de la santa. Hasta puede conectar con nuestras inquietudes actuales.

Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene
nada le falta.
¡ Sólo Dios basta !

La glosa siguiente, conservada en un códice de las descalzas de Segovia, es de procedencia dudosa. Según el P. Vega, no es de Santa Teresa, que nunca usó de esta clase de glosas.

Eleva tu pensamiento,
al cielo sube,
por nada te acongojes,
nada te turbe.

A Jesucristo sigue
con pecho grande,
y, venga lo que venga,
nada te espante.

¿Ves la gloria del mundo?
Es gloria vana;
nada tiene de estable,
todo se pasa.

Aspira a lo celeste,
que siempre dura;
fiel y rico en promesas,
Dios no se muda

Ámala cual merece
bondad inmensa;
pero no hay amor fino
sin la paciencia

Confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y espera
todo lo alcanza.

Del infierno acosado
aunque se viere,
burlará sus furores
quien a Dios tiene.

Vénganle desamparos,
cruces, desgracias;
siendo Dios tu tesoro
nada te falta.

Id, pues, bienes del mundo;
id dichas vanas;
aunque todo lo pierda,
sólo Dios basta.

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NUEVO PAPA:FRANCISCO I

Poco sabía de él, pero tampoco era necesario.
Uno mi voz a los que recibieron su elección con júbilo.
Uno mi oración a los que por él oran.
Uno mis oídos a todos los que le escuchan desde la fe.
Uno mi acción de gracias a los que a Dios dan gracias por este nuevo Papa, y guardo memoria agradecida por Benedicto XVI.
Siendo el Papa de todos los católicos de mundo, lo siento como mío, pues es de todos los pueblos y nacionalidades.
No sé si coincide o no con mis ideas o preferencias personales, pero sé que está ahí por voluntad de Dios al servicio del gobierno de su Iglesia.
Y que no le falte la cercanía y el afecto de quienes le quieren y ayudan a su fe.

RENUNCIA DE BENEDICTO XVI

Queridísimos hermanos,
Os he convocado a este Consistorio, no sólo para las tres causas de canonización, sino también para comunicaros una decisión de gran importancia para la vida de la Iglesia. Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino. Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando. Sin embargo, en el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado. Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante y deberá ser convocado, por medio de quien tiene competencias, el cónclave para la elección del nuevo Sumo Pontífice.
Queridísimos hermanos, os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos. Ahora, confiamos la Iglesia al cuidado de su Sumo Pastor, Nuestro Señor Jesucristo, y suplicamos a María, su Santa Madre, que asista con su materna bondad a los Padres Cardenales al elegir el nuevo Sumo Pontífice. Por lo que a mi respecta, también en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria.
Vaticano, 10 de febrero 2013.
BENEDICTUS PP. XVI

…Es momento para el pueblo de Dios de rezar por el Papa Benedicto XVI, por la Iglesia y de presentar a María, Madre de la Iglesia, toda esta situación. Unidos al amor de Cristo y a su pasión podremos hacer frente a las dificultades, aunque nuestra pena sea grande.

NOTAS A LA CARTA “PORTA FIDEI”, DE BENEDICTO XVI (3)

La puerta de la fe introduce en la vida de comunión con Dios. Jesucristo, puerta de la fe, nos pone en comunión con el Dios Padre. Esto nos recuerda lo que se dice en el salmo 36,10: “En tu luz vemos la luz”. A través de la fe en la divinidad de Jesucristo captamos Aquello que late en las cosas y pone orden en mi vida y en mi mundo. Nos dice San Juan que “el que cree en el Hijo tiene vida eterna”(Jn.3, 36) y que “el que se declara a favor del hijo, tiene también al Padre” (1Jn. 2,23).

Sin embargo, para muchos habitantes de nuestra aldea global técnico-industrial esas afirmaciones pueden resultar extrañas. Tienen dificultades para creer en Dios y, consiguientemente, mucho menos en su Hijo. La aldea global técnico-industrial no es solamente un dato sociológico, sino que constituye el mundo del hombre actual. Ese mundo es el conjunto de representaciones y símbolos a partir de las cuales se relaciona con las cosas y los otros seres humanos. En ese mundo encuentra objetos, conocimientos, signos, todo como cosas producidas por el hombre. Él habita, o es habitado, por ese mundo, sin nada que le hable de ningún más allá. Vive como clausurado en su mundo de cosas. ¿Por dónde le puede venir el encuentro con lo sagrado, con Dios?

El mundo técnico-industrial global en que el hombre actual se desenvuelve es el resultado último de una actitud de investigación nacida allá por el siglo VI aC. Y la fuerza que mueve esa investigación es la duda. Frente a lo que muchos ignoraban y no sabían que no sabían, algunos eran conscientes de esa ignorancia y sabían que no sabían. Estos, al asumir su ignorancia, asumían la existencia de una respuesta que no tenían, pero podían tener. Más allá de los productos científicos y técnicos en forma de laboratorios, observatorios, instrumentos de comunicación, etc., lo que constituye el acto de la inteligencia investigadora es la duda junto con la pregunta ligada a ella. Una pregunta dirigida a la naturaleza a la que cree bien dispuesta para responderle.

Sin embargo, aunque la respuesta que busca el científico ha de ser universal y necesaria, su pregunta no lo es. La pregunta es particular. No todos los hombres se sienten involucrados en averiguar las causas de la fiebre puerperal o la distancia entre la Tierra y el Sol.

Pero otra cosa es la experiencia de la muerte, la enfermedad o el sufrimiento de los inocentes. La pregunta sobre el sentido de esas experiencias es una pregunta en la que están envueltos todos los seres humanos. Ahora la pregunta es universal, aunque las respuestas puedan ser particulares. Es una pregunta no dirigida a “algo” que le dé la respuesta, sino a “alguien” que comprenda su vida. No se busca una “explicación”, comprendido y acompañado por quien me hace ver que asumir aquello, la muerte, la enfermedad o la injusticia, es una forma de pertenecer a la Vida y a la Justicia.

La pregunta por las cosas exige una investigación, pero la pregunta por el sentido de mi vida exige un aprendizaje. Y ese aprendizaje empieza por el silencio, que es la condición para escuchar bien. Como decía la Madre Teresa de Calcuta, es del silencio de donde nace la oración. Y es ella, la oración, la que cambia el centro en torno al cual gravitamos, pasándolo del mundo a Dios. Se inicia así un diálogo que lleva a la fe como respuesta a lo que vamos escuchando. Y ama aquello que tiene y vive como un bien, y encuentra en el servicio a la vida y la justicia la ampliación de ese diálogo con el Dios manifestado en su interior.

Sartre, en su obra “El diablo y Dios”, dijo algo así como “si Dios existe, el hombre es nada”. Sartre estaba equivocado. En Dios el hombre siempre encuentra motivos para la esperanza y fuerzas para hacer frente a los reveses de la vida. Él es ruah, ese viento que sopla de dónde quiere, y oyes su voz, pero que no sabes de dónde viene ni adónde va, aunque te envuelve y pacifica y tu alma.

NOTAS A LA CARTA “PORTA FIDEI”, DE BENEDICTO XVI (2)

Benedicto XVI escogió la expresión “La puerta de la fe” para dar comienzo a su carta y así darle título. Una bella expresión tomada de un versículo de los Hechos de los Apóstoles. El versículo completo dice: “Cuando llegaron [a Antioquia] y reunieron a la iglesia, informaron de todas las cosas que Dios había hecho con ellos, y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe”. Pablo y Bernabé eran los que regresaban de la misión que les habían encomendado de anunciar la gran noticia de que Dios había enviado a su Hijo para liberarnos del pecado y abrirnos las puertas de la vida eterna. Una noticia que unos habían acogido entusiásticamente y otros habían rechazado. Y eso había ocurrido por igual entre los judíos como entre los no judíos, los gentiles.

La “puerta” es esa imagen que frecuentemente utiliza San Pablo para referirse a Jesús, quien dijo de sí “Yo soy la puerta: el que por mí entra será salvo; entrará y saldrá, y encontrará pastos”(Jn 10,9). La puerta como lugar de acceso representa a Cristo, Dios manifestado en la historia. ¿De acceso a qué? De acceso al Dios-Padre que habita en el fondo del corazón humano. Dios, que se manifiesta en la creación, se ha manifestado de modo eminente en su Hijo. La fe se da en ese encuentro con la Persona de Cristo y que cambia la orientación de nuestra vida. Hay encuentro cuando en el otro encontramos el amor que disipa nuestros miedos y dudas.

Cristo es la puerta a esa amplia estancia en cuyo recorrido nos vamos conociendo a nosotros mismos y conformándonos a la voluntad del Padre. Y también la puerta de salida para la vida eterna.

La felicidad es una meta anhelada por todos. De ella nos hacemos diferentes imágenes a partir de las cuales diseñamos diferentes caminos para alcanzarla. Del conocimiento y dominio de esos diseños parece depender que esa felicidad se alcance. También los cristianos deseamos ser felices. También nos esforzamos por llevar adelante ciertas prácticas que sabemos nos ayudan en nuestro camino a la vida eterna. Pero también sabemos que esa felicidad que anhelamos no es el premio correspondiente a nuestros esfuerzos según un contrato que obliga a Dios a dárnoslo. No es un mérito nuestro. Aquello que hacemos es la respuesta a un Cristo que ha salido a nuestro encuentro y ha cambiado nuestro centro de gravedad: si el centro de gravedad antes de ese encuentro era el mundo, ahora es Él, Jesús.

NOTAS A LA CARTA “PORTA FIDEI”, DE BENEDICTO XVI (1)

El 11 de octubre de 2011 se dio a conocer la Carta apostólica “Porta Fidei”, de Benedicto XVI. Por ella quedaba convocado el “Año de la Fe”, que comenzaría el 11 de octubre de 2012 y concluiría el 24 de noviembre de 2013, festividad de Cristo Rey. Se trata de una carta motu proprio, es decir, una carta nacida de su propia iniciativa y no como respuesta a alguna solicitud o promovida por otros.

Desde los inicios de su pontificado Benedicto XVI vio la necesidad de redescubrir la fe. “He recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo”, dice el Papa. Entiendo que esa exigencia es del todo necesaria, pues ocurre a la fe lo que a tantas otras cosas esenciales, que quedan como “alojadas en la historia” y recubiertas de clichés culturales que la ocultan.
Parece entonces, cuando la fe está recubierta de clichés culturales y rutinas, que todo el mundo “sabe” que es eso de la fe, y la atención se centra en algunas de las consecuencias externas que de ella se han derivado en el orden social o político. Ocurre eso a muchos cristianos y no digamos a aquellos para los que el cristianismo es algo ya del pasado. Desaparece así la fe cristiana del horizonte de la vida, como sentido y propósito de la vida.

Sin embargo, su desaparición no se debe a una pérdida de validez o a un hundirse en la nada. Su desaparición de nuestra vista se debe a la interposición entre la fe y nuestra vida de obstáculos como la ignorancia, el activismo o la falta de práctica. Una desaparición semejante al olvido o al sueño. Así como el olvido se produce cuando perdemos el efectivo interés por las cosas o los demás y el sueño cuando nos olvidamos de nosotros mismos, la fe languidece cuando nos olvidamos de la meta a la que nos dirigimos. Pero al igual que se olvida y se duerme, se recuerda y se despierta. Porque lo experimentado y la vida allí están, aunque velados por el olvido y la inconsciencia. También la fe, en cuanto referencia de nuestra vida a Dios que nos salva, permanece oculta tras el espejismo de creernos autosuficientes.

“El Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo”. Una invitación a volver nuestra mirada hacia Alguien (= Dios) que nos ama y nos espera. Una invitación personal que me hace ver que Jesús se ha dado a sí mismo por mí. Un camino de vuelta como el del hijo pródigo tras caer en la cuenta de su pecado.

Pero el boleto de ese viaje no me ha sido alegremente regalado. Me exige también reflexión personal y meditación. Un mirar concentrado en nuestra fe y en nuestra vida que nos devuelva una imagen lo más fiel de ellas y que me permita enfrentarme sinceramente con lo que sé y creo. Algo parecido al volverse de lo que la gente dice de Cristo al “¿y tú qué piensas?, como se dice en el Evangelio de Marcos, 8, 28-30.

Y, cómo no, esa reflexión y meditación, y en lo que se refiere a los cristianos, no puede empezar por otro sitio que por una lectura atenta de la carta del Santo Padre y ver todo lo que ella puede uno entender y hacer. para lograr una fe más viva y contagiosa.

EN EL DOMINGO DE RAMOS…

Ayer los cristianos dimos comienzo a la Semana Santa. Domingo de Ramos. En la liturgia de este domingo tenemos dos momentos: uno, el de la bendición de las palmas y ramos de olivo, con la lectura del evangelio en que se narra la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y entrada en procesión al templo, y otro, la eucaristía en que se lee el relato de la Pasión. De ahí que el domingo de Ramos sea también conocido como “domingo de Pasión”. Así lo llamaban los antiguos Padres.

Los hechos conmemorados, y que la liturgia nos hace presentes, son la entrada de Jesús en Jerusalén. Su vida fue una peregrinación para entrar en esa Jerusalén y, mediante la procesión, los creyentes en Jesús, manifiestan su asociación a la peregrinación del mismo Cristo. En esa Jerusalén terrenal se manifiesta la presencia de Dios en el santuario y en el mundo. Pero esa entrada prefigura la otra entrada triunfal en la Jerusalén celestial, aquella hacia la que se dirigen los redimidos por la pasión de Jesucristo, y que es el paso de la muerte a la vida que se celebra en la vigilia pascual. El acontecimiento de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén es signo de su triunfo definitivo sobre la muerte con su resurrección, pero la lectura del acontecimiento de su pasión y muerte que se hace en la eucaristía nos recuerda que el tránsito a la Jerusalén celestial, a la resurrección, pasa por el sufrimiento y la cruz.

La liturgia de estas celebraciones es una invitación a la meditación. Lo que hace es ponernos delante de un acontecimiento histórico, ante un hecho situado en el espacio y en el tiempo, como todo hecho: alguien que entró aclamado como rey en Jerusalén cierto día y que después fue torturado y muerto en una cruz. Alguien que había mostrado un gran amor a los hombres, una gran sabiduría, un hombre que había curado a muchos enfermos y que mostraba una gran compasión por los que sufren. Admirado por muchos y temido por las autoridades religiosas de los judíos. Un hombre que por su vida y milagros se ve como el Hijo de Dios.

Estamos a más de dos mil años de los hechos que se narran. Unos hechos que tuvieron un alcance mediático limitado en su tiempo. Y, sin embargo, para los cristianos son unos hechos significativos, pues en ellos se revela la acción de Dios en el mundo. Por eso forman parte de ese otro relato que es la profesión de fe, el credo.

Para los cristianos, Dios no solamente se manifiesta en el espacio, en la naturaleza, sino también en el tiempo, en la historia. En el tiempo acontecen hechos reveladores de la acción salvadora de Dios, reveladores de lo que Dios quiso para nosotros. Unos hechos que por su carácter revelador de Dios constituyen una “historia sagrada”. La historia que la voz inspirada de los profetas nos hacen ver como manifestación de Dios.

Esto nos descubre otra dimensión de la verdad. Junto a la verdad entendida como juicio evidente y que como tal puede servir de fundamento a un cuerpo de verdades sobre el mundo, tenemos la verdad como hecho revelador. Lo específicamente cristiano es que la verdad no es solamente un “qué” (=¿qué es la verdad?), sino un “quién” (=¿quién es la verdad?). El “qué” hace posible el fundamento de nuestros conocimientos sobre el mundo, pero el “quién” fundamenta nuestra vida, y al reconocer a Cristo como la Verdad el cristiano se asocia a Él para participar de su muerte y resurrección. El hombre vive en el mundo y en él realiza su vida, pero su atención está centrada en la historia, en aquellos acontecimientos en que se manifestó la voluntad de Dios, a la cual quiere unir la suya. En el primer caso la verdad nos instruye, pero en el segundo da significado a nuestra libertad y nos salva.

La repercusión de esto sobre nuestra concepción del tiempo es grande. Espontáneamente tendemos a ver el tiempo como un movimiento cíclico. Al día sigue la noche y a la noche, el día. Las estaciones se suceden y repiten cíclicamente. Todo parece seguir una secuencia circular de creación, destrucción, re-creación. Es el tiempo cósmico, repetición constante de lo mismo, autoalimentado y sin dirección alguna. Solamente el instante intemporal, el punto al que todo ciclo supone, está fuera del tiempo, como un eterno presente. Platón nos dirá del tiempo que es la imagen móvil de la eternidad, de ese presente virtual inmóvil que es el instante.

Ese tiempo cósmico puede resultar desesperante. Sin origen, sin significación, sin vinculación con la vida del hombre, aparece como un devorador de todo cuanto hay. El pasado es simplemente muerte, pues ya no es, al igual que el futuro es nada, pues todavía no es. La salvación en esa concepción del tiempo consiste en liberarse en escapar de esos ciclos fatales.

Para los israelitas y para los cristianos el tiempo es lineal, tiene un principio y se dirige a un fin. Empezó con el hecho de la creación y se dirige a su eterna reconciliación con Dios, reconciliación ya manifestada en la muerte y resurrección de Cristo. La salvación del ser humano, pues de eso se trata, se realiza a través de unos acontecimientos que se desarrollan según el designio divino, según sus promesas. Pasado, presente y futuro son la triple dimensión del tiempo: lo prometido en el pasado, el presente lo inicia para su realización en el futuro.

Y eso marca un distinto significado para las fiestas bajo la visión del tiempo cósmico y el tiempo como historia. En el primer caso las fiestas son actos del drama cíclico de la naturaleza, su periódico renovarse y en los cuales el ser humano se libera de la prisión del morir y nacer. En el segundo, las fiestas son la memoria de los hechos salvíficos de Dios. Son el recuerdo de aquellos momentos en que Dios intervino en su historia, encuentros con Dios que cambiaron su existencia.

En cuanto acontecimientos que ocurrieron en un determinado lugar y momento sólo pueden ser evidentes para quienes fueron testigos de los mismos. De ahí la necesidad de mantener viva su memoria en la celebración litúrgica, en la Tradición que conserva esas experiencias. La fe de “los vivos” es la fe de “nuestros padres”.

Una fe basada en un acontecimiento de hace más de dos mil años no puede ser una fe que se impone a la inteligencia al igual que el principio de causalidad o cualquier otro principio de razón. En este sentido no es una fe universal. Si lo es la invitación a tratar y conocer a Jesucristo, quien revela el misterio de Dios. Y este conocimiento se hace a través de quien son fieles a la memoria de Jesús. En Él se encuentra la respuesta, no a las preguntas arbitrarias de la ciencia, sino a la pregunta que la vida de cada ser humano es.

FESTIVIDAD DE LA VIRGEN DE GUADALUPE

“Tlaxiccaqui noxocoyouh Juantzin, ¿campa in timohuica?” [Escucha, hijito mío, mi pequeño Juanito, ¿adónde vas?].

Así empezó el diálogo entre la Virgen y Juan Diego, allá por el 9 de diciembre de 1531, apenas 10 años después de la conquista de México.

Dejando a un lado todas las investigaciones que se han hecho y se hacen para tratar de establecer su “historicidad” o “explicar” el fenómeno, lo que hay es una experiencia religiosa que abre a todos la fe en Jesucristo. Con espíritu de fe acuden mexicanos y no mexicano a su santuario para expresarle su afecto y sus pesadumbres. A ellos me uno en oración a la que es puerta del cielo para que vele por ese magnífico pueblo tan castigado por la violencia.

Mañana, día 12, celebraremos esta festividad. Muchas felicidades.

ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE
“Madre Santísima de Guadalupe. Madre de Jesús,
condúcenos hacia tu Divino Hijo por el camino del Evangelio,
para que nuestra vida sea el cumplimiento generoso
de la voluntad de Dios
Condúcenos a Jesús,
que se nos manifiesta y se nos da en la Palabra revelada
y en el Pan de la Eucaristía
Danos una fe firme,
una esperanza sobrenatural
una caridad ardiente
y una fidelidad viva
a nuestra vocación de bautizados.
ayúdanos a ser agradecidos a Dios,
exigentes con nosotros mismos y llenos de amor
para con nuestros hermanos.
Amén

LA FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS

Hoy hemos celebrado los cristianos la festividad de Todos los Santos. Un día para considerar eso que afirmamos en el Credo: “Creo en la comunión de los santos”.  En la comunión entre aquellos que por el bautismo están unidos a Jesús y continúan bregando en la tierra y los que ya se nos adelantaron están gozando del amor de Dios. No estamos ya juntos, pero sí unidos. Ellos están en esa otra comunidad formada por María, los apóstoles, los mártires y todos esos santos, conocidos o desconocidos, y cuya memoria nos consuela y ayuda.

Aquellos que ya alcanzaron la meta de verse glorificados en el Señor no necesitan de nuestros honores, reconocimientos y alabanzas, pues todo eso lo reciben ya plenamente de Dios; pero a nosotros su memoria nos ayuda a permanecer en el camino que conduce hacia ellos, a esa comunidad en la que definitivamente quedó desterrada la muerte, la enfermedad y el sufrimiento.

Nada de la belleza, el amor y la verdad que anidó en las personas se pierde, sino que es recogido por Dios, como también recoge la vida de tantos seres anónimos inocentes y de los que apenas nadie tiene memoria. Pero la memoria divina a todos contempla y da vida.

La fiesta de Todos los Santos también recuerda a los cristianos que si bien ya son santos por el bautismo, eso solamente es el punto de partida, pero no el de llegada. La meta está en la santidad. Y está es la tarea de ser fiel a esa fascinación del ser humano por la verdad, la bondad y la belleza.

Nuestra meta es la vida eterna. Una vida que ya no se mide en términos de tiempo, de un antes y un después, sino de aquel instante en que se vio cumplida plenamente su destino, su condición de hijo o hija de Dios, hecho a su semejanza y en comunión no solamente con todos los seres queridos, sino con toda la creación.

No se trata de una fiesta de la muerte, sino de la vida. O del misterio de la muerte que ilumina nuestra vida. Como un poner la mirada en aquel horizonte que no nos permite ver más allá y, sin embargo, nos convence de que allí no puede acabar el mundo.

Mañana, día 2 de noviembre, rezaremos por aquellos difuntos que tal vez todavía no han alcanzado la perfecta gloria del Señor. Los que tal vez estén todavía de camino por estar “purgando” faltas que no le permiten contemplar todo el amor de Dios. A ellos y nosotros pueden ayudar nuestras oraciones.