‘Aires del Carmelo’, de Cor Nou

Tuve la fortuna de asistir, junto con mi esposa, a este magnífico recital de poemas que se hizo en el monasterio de Carmelitas de mi barrio. De una forma muy sencilla, pero de gran calidad, se logró el objetivo del recital: hacer de él un plegaria, al tiempo que nos facilitaba el acercamiento a la gran contemplativa que fue Santa Teresa de Jesús. Los diferentes poemas iban precedidos de una introducción, breve, pero esencial, con frases recogidas principalmente del libro de la Santa titulado Vida. Lo que aquí se ve es una pequeña muestra de lo que fue ese recital. Hay en los autores la intención de editarlo en un CD cuando puedan, pues no faltan dificultades para hacerlo, pero tampoco voluntad si con ello hacen un bien.

En la capilla, llena al completo había un gran recogimiento. Después, en otra sala, se pudo compartir lo vivido con los autores de este recital y otros asistentes al acto. Fue muy enriquecedor.

Felicito a Anna e Immanuel por traernos a través suya esos aires del Carmelo, que tanta falta nos hacen.

Y también me uno y mucho a esas monjas carmelitas que allí resisten y me facilitan poder rezar vísperas en ese lugar privilegiado de silencio y meditación, al que los tiempos castigan con cierta indiferencia. Pero Dios no dejará de asistirlas y para siempre quedará el mucho bien que han hecho a este barrio.

Teresa, de la rueca a la pluma


corAnna Ludevid e Immanuel Elgström residen en Cardedeu (Barcelona) y han ido dando cuerpo al proyecto Cor Nou a lo largo de los últimos años, desde el seno de su vida familiar, impulsados por su vida de fe en Jesús y su relación con él. Se dedican a los aspectos más diversos de la (“nueva”) evangelización, tanto en el ámbito diocesano, parroquial y de pequeños grupos.

Con motivo del V Centenario, están desarrollando un nuevo proyecto con el nombre de “AIRES DEL CARMELO”. Se trata de un conjunto de cantos en castellano extraídos de los textos originales de Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Es un buen momento para dar a conocer la fuerza espiritual y mística de los poemas de amor a Dios compuestos por estos santos contemplativos. Aunque escribieron hace tanto tiempo, siguen siendo de una gran actualidad. En un tiempo de agitación como el nuestro, estamos sedientos por sentir la voz de Dios que…

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SOBRE EL ORIGEN DE LA PALABRA FILOSOFÍA. UN TEXTO DE CICERÓN

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“Todos aquellos que bajo su guía se dedicaban con pasión a la contemplación de la naturaleza eran considerados y llamados sabios y este título se extendió hasta el tiempo de Pitágoras, del cual, según Heraclides Póntico, discípulo de Platón, hombre de gran cultura, se cuenta que llegó a Fliunte, donde trató con erudición y elocuencia de algunas cuestiones con León, príncipe de los fliasios. Admirado León de su talento y de sus palabras, le preguntó en qué arte confiaba por encima de todo, a lo que él respondió que no conocía ningún arte particular, sino que él era un filósofo.

León, asombrado por la novedad del nombre, preguntó quiénes eran los filósofos y qué diferencia había entre ellos y los demás; a lo que Pitágoras respondió que a él la vida de los hombres le parecía semejante a ese tipo de ferias [= fiestas nacionales griegas = Olimpiadas] que se celebran con un grandísimo aparato de juegos con la participación de toda Grecia, porque del mismo modo que allí hay unos que tratan de alcanzar la gloria y la celebridad de la corona de la victoria con sus cuerpos entrenados, mientras que otros llegan con la intención de obtener ganancias comprando y vendiendo, hay un tipo determinado de personas, y con gran diferencia el de mayor valía, que no buscan ni el aplauso ni el lucro, sino que llegan allí simplemente para ver y observar con atención qué es lo que sucede y cómo sucede, de la misma manera nosotros también, como si hubiéramos venido de una ciudad a una especie de feria atiborrada de gente, hemos venido a esta vida desde una vida y una naturaleza diferentes, unos para ser esclavos de la gloria, otros del dinero, pero hay unos pocos que, sin tener en consideración todo lo demás, se dedican con pasión a examinar la naturaleza de la realidad, y ellos son los que se llaman a sí mismos amantes de la sabiduría, que es lo que significa filósofos y, del mismo modo que en la feria el comportamiento más noble es limitarse a contemplar sin buscar nada para sí, así también en la vida la contemplación y el conocimiento de la realidad son actividades que superan con mucho a todas las demás”

CICERÓN. Disputaciones Tusculanas, V, 3, 8-9. Madrid.2005

(Traducción de Alberto Medina)

Se trata de un texto del año 45 aC., de un filósofo estoico, que entiende la filosofía como “el conocimiento de las cosas divinas y humanas”. Un conocimiento que cura el alma de temores.

Hay, sin embargo, un espíritu elitista en esas palabras que parece contradecir la humildad de quien no se considera sabio, sino solamente amante de la sabiduría.

La filosofía aparece como un modo de vida opcional y la sabiduría como algo que el hombre puede tener y, por lo tanto, no tener. De ahí que quien lo tenga pueda ser considerado afortunado o “superior”. Pero tal vez no sea suficiente contemplar “lo que pasa”, sino que lo que realmente proporciona una nota especial sea ver las cosas desde “lo que no pasa” por proporcionar lo que en todo hay de unidad y eternidad.

LOS INICIOS DE EUROPA

Volvemos sobre la conferencia del cardenal Ratzinger del 13 de mayo de 2004. Volvemos sobre el problema de Europa. Problema que nace del hecho de ser Europa un concepto cultural e histórico. Un concepto cuyas notas definitorias han nacido y se han desarrollado en el tiempo. Por eso solamente podemos pensar Europa desde el horizonte de su historia.

A la hora de señalar las articulaciones claves de esa historia, Razitger comienza, como es bastante usual, por señalar que Europa, como concepto geográfico, se encuentra ya en Heródoto (484 – 425 aC), cuando afirma éste que: “los persas consideraron Asia y las naciones bárbaras que la pueblan como cosa propia suya, reputando Europa, y en particular el mundo griego, como una región separada de su dominio”[1].

Tanto Europa como Asia son en la visión de entonces un espacio impreciso para ubicar el mundo conocido, sin ninguna connotación cultural. Para Heródoto la mayor parte de países que hoy se consideran como el núcleo de Europa no existían o eran simplemente bárbaros. De hecho la mención que hace Heródoto de esas dos regiones geográficas es de pasada y en relación al origen de los conflictos entre los griegos y los persas.

En ese mundo por ellos conocido, el mundo griego aparece como una cultura más entre las otras que se dan en su entorno. La historia de Heródoto tiene como objetivo, según manifiesta en el Prólogo, “que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos oscurecer las grandes y maravillosas obras de los griegos y los bárbaros”. Lo de “bárbaro” no tiene más significado que el “extranjero” o “no griego”, aunque incorpore una connotación de superioridad, cosa habitual en cualquier pueblo al verse en relación con “otros” pueblos.

Pero buscando las causas verdaderas de los enfrentamientos entre griegos y persas, después de exponer la versión persa que atribuye los conflictos a una serie de raptos (Io, Europa, Medea, Helena), fija su atención en la figura de Creso, el primero entre los tiranos bárbaros que conquistó algunos de los pueblos griegos del Asia y los hizo tributarios suyos. Antes de que reinara este tirano, los griegos eran pueblos libres e independientes.

Heródoto describe a Creso como un personaje piadoso, respetuoso con los dioses, a los que trata de ganarse con generosas ofrendas, ambicioso, satisfecho de su poder y que aprovecha “todas las ocasiones para engrandecerse”[2].

Frente a esa figura, Heródoto coloca al griego Solón. Solón visita a Creso en su corte de Sardes. Lo hace movido por dos motivos: para no verse presionado a abrogar ninguna de las leyes que había dado a los atenienses, y a las que estos se habían obligado con solemne juramento a observar y no revocar por sí mismos, y, sobre todo, por el deseo de “contemplar” (theories) el mundo.

Creso, buscando la admiración de Solón, manda que le sean enseñados a éste todos sus tesoros y riquezas, símbolo de su poder. Y convencido Creso de haber despertado la envidia de Solón, le pregunta si ha visto a alguien realmente dichoso, feliz. Y antes de formular la pregunta, califica a Solón de famoso por su sabiduría y ciencia política, además de experto por lo mucho que ha visto. Ensalza a Solón porque ensalzándolo se ensalza a sí mismo, ya que espera oír que es él, Creso, el hombre más feliz del mundo, respuesta tanto más halagadora cuanto de más alto venga.

Solón, que solamente conocía el lenguaje de la verdad, sorprende a Creso considerando a Tello el ateniense como el hombre más feliz porque vio prosperar a su patria, a sus hijos como hombres de bien, crecer a sus nietos y haber tenido una muerte gloriosa en el campo de batalla en defensa de los suyos. Tampoco concedió a Creso el segundo lugar entre los hombres dichosos, sino a los hermanos Cleobis y Biton, argivos de mediana fortuna, fuertes y valientes, admirados por sus triunfos de los juegos y, sobre todo, por el amor que mostraron a su madre, a quien, a falta de bueyes, llevaron uncidos ellos a un carro para que pudiera asistir a las fiestas en honor a Juno, recorriendo el espacio de cuarenta y cinco estadios; halagada su madre por lo mucho que los ciudadanos de Argos celebraron la resolución y amor filial de los jóvenes pidió a la diosa Juno concediera a su hijos la mayor gracia que pueda recibir un mortal; y después de asistir los dos hermanos al sacrificio en que tal petición se hizo y participar en el banquete que se le siguió, ambos entraron en un profundo sueño del que no despertaron ya jamás.

Tanto de Tello como de Cleobis y Biton guardaron sus conciudadanos memoria.

Creso pregunta a Solón cómo es que no lo cuenta entre los hombres felices, a lo que éste le contesta, que sabiendo como sabe lo tornadiza que es la fortuna y lo fácilmente que puede ocurrir que uno vea lo que no quisiera y sufra lo que no temía, considera que a nadie se le puede llamar feliz hasta ver el final del curso de su vida.

No gustó a Creso la respuesta de Solón y se sintió herido en su orgullo. Así que despidió a Solón y no volvió a acordarse de él hasta que se vio a punto de morir en la hoguera, por orden Ciro, conquistador de su reino. Fue en esa situación límite cuando Creso vio cuán verdaderas eran las palabras de Solón, hasta el punto de invocarlo y decir de él que “era aquel que yo deseara tratasen todos los soberanos de la tierra, más bien que poseer inmensos tesoros”. Y esto le salvó la vida.

Las reflexiones y observaciones de Solón no nacen de las costumbres de su ámbito cultural o para satisfacer sus deseos, sino de su experiencia y contemplación de lo que acontece en el mundo. Solón, contado entre los sabios de Grecia, es un representante de una actitud que alumbra en las ciudades griegas por aquel tiempo. Sus palabras no surgen de un determinado sistema de creencias, con su lógica interna, y propio de una concreta cultura, sino de una racionalidad humana asumible por cualquiera. Se trata de una reflexión que salta por encima de su propia cultura. El hecho de que naciera en un momento determinado y en el mundo cultural helénico no limita ni lo circunscribe a él. Su alcance es universal, pues habla al hombre, a todo hombre en tanto que dotado de naturaleza racional. Se trata de una enzima que primero fermentará a los pueblos greco-latinos y más tarde se extenderá por el territorio europeo, pero sin otro límite que la sin razón. Su desarrollo dará lugar a eso que se ha llamado filosofía, como tarea siempre abierta y que alimenta el espíritu occidental.

Pero eso fue sólo el comienzo…


[1] Heródoto de Halicarnaso. Historias. I, IV.

[2] Ob. Cit. I, XXVI