25 ANIVERSARIO DE LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN

Breves reflexiones escritas en 1991 para un libro colectivo titulado “La Europa de Este y la Escuela” y que sirvió a los temas tratados en congreso anual del SIESC (Secrétariat International des Enseignants Secondaires Catholiques) celebrado en Fulda (Alemania) en agosto de1991. Su relectura me ha servido, a pesar de su brevedad e insuficiencias, para considerar más detenidamente todo los cambios acontecidos en Europa y la cultura occidental en estos últimos años.

Aquí lo pongo como una mirada conmemorativa de ese 25 aniversario de la caída del muro de Berlín.

 

REFLEXIONES EN TORNO AL FIN DE LA GUERRA FRIAmuro de berlin

0.‑ La unificación alemana y el fracaso del sistema comunista en los países del Este de Europa han puesto  fin a la  guerra fría. Con ese magno acontecimiento  se  abre en nuestra  historia otro capítulo lleno de incertidumbres. Sin apenas darnos cuenta, hemos entrado en un nueva era sumamente compleja  y ambigua. Lo que ha fracasado ha sido una de las respuestas  que el  hombre ha inventado para solucionar los males que le aquejaban.  Esos males eran, en buena parte, el producto de otro invento (el liberalismo económico), el cual, aliado a la técnica y a la ciencia positiva, produjo mucha riqueza para algunos y mucha  miseria evitable para los más,  al tiempo que se extendía por todo el planeta  merced al colonialismo.  Hoy la respuesta comunista ha  fracasado, sin que eso implique que los problemas que pretendía resolver hayan desaparecido.  En un mundo, cuyas dimensiones se  han reducido notablemente gracias a los medios de comunicación, persiste mucha hambre evitable, mucha  manipulación  humana  y, posiblemente, nunca el hombre se sintió más vacio y perdido que hoy en día.

El fracaso del sistema comunista ha producido un  alivio  a la tensión  entre los dos bloques militares que  hacían  temer un conflicto nuclear en el que se  decidiría la  supervivencia de la humanidad.  Unos pueden ver en  las dificultades  de los países ex comunistas el triunfo del liberalismo económico y la instauración de la cultura del consumo que lo acompaña; tal es el caso  de  Francis Fukuyama en su artículo “¿El fin de la Historia?”. Para otros, la posibilidad de volver a empezar, de recuperar la confianza en construir un nuevo mundo de acuerdo con las utopías humanistas del pasado.  Pero en cualquier caso,  creo que no  se  debería olvidar que  hemos  entrado  en  unos tiempos turbulentos, decisivos y de conversión.

1.‑ Los tiempos son turbulentos. Indudablemente lo son para los países ex comunistas, particularmente para la Unión Soviética. El enorme vacío que acompaña la  caída de  un sistema totalitario saca a la luz todas las fuerzas durante  tanto tiempo reprimidas. Esto es singularmente grave cuando el sistema  ha  sujetado a pueblos  tan diversos por raza, religión, lengua y tradiciones. Todos  tratan  de  aprovechar  el  vacío de poder. Todos desean dejarse  oír. Los ya de  por sí difíciles problemas económicos y políticos que acompañan la caída del sistema se  agravan  aún más por  la  agitación social y la acción de los oportunistas. Si tenemos en cuenta,  además,  que se trata de la caída de una gran potencia, con arsenales de armas nucleares, el peligro es realmente escalofriante.  Precisamente cuando más se necesitan la serenidad y la reflexión  es  cuando menos  acompañan  las condiciones necesarias para ello.

Pero, además, los tiempos son turbulentos  por  otras razones.  El  desplome  del sistemas comunista se produce en un mundo en el que buena parte de la humanidad sigue hundida en la miseria, y hasta en el hambre. Eso es hoy  injustificable. Esos pueblos no son sólo otro mundo: son la negación misma del sistema capitalista que acompaña a la economía de  mercado. También está el  mundo  musulmán, humillado y buscando el lugar  que le corresponde en el concierto  planetario por  su  importancia cultural y demográfica.  Y el gigante chino,  cuyo silencio en la actual hora histórica es una incógnita inquietante.

También  los  tiempos son turbulentos para la Europa Occidental.  Por un  lado, los problemas más allá  de su ámbito geográfico no son problemas ajenos a ella.  En rigor, en un mundo unificado e interdependiente,  ya no hay problemas ajenos. Lo que ocurra en  la  Europa  del Este  repercutirá  política,  social y económicamente en la Europa del Oeste.  Por otro lado, la euforia de una Europa  unida no  puede  hacer  olvidar  la  diversidad de pueblos que la integran, los recelos sociales y nacionales que en ella se dan y el vacio cultural  que se  ha creado en  un sistema que proclama la democracia y la libertad como  valores supremos y al mismo tiempo les sustrae su contenido. Nada más hay que ver el creciente desinterés por participar en la cosa pública  por parte del  pueblo  y las innumerables  dependencias  que  ahogan  a los individuos de las sociedades occidentales.

Hoy el reto es edificar la casa común europea. Y esa edificación ha de hacerse en ese contexto  mundial esquemáticamente descrito.  Se trata de una  respuesta  a los tiempos que ha de ser forzosamente global, pues la turbulencia en que vivimos no sólo afecta a todos los hombres, sino al hombre entero.  Por eso esa edificación se presenta como una gigantesca obra colectiva: gobernantes, legisladores, científicos, empresarios  y artistas  deberán contribuir  unitariamente en esa tarea.

2.‑Los tiempos son decisivos.  La respuesta a una situación tan vasta y compleja es, necesariamente, una decisión. Pero tomar una decisión es otra cosa  distinta de tener  un conocimiento. Esto  mismo señalaba  Mijail  Gorbachov en una  entrevista que le hacía la “Nezavisinaya Gazeta” ( publicada en el diario “El País” el  19‑XII‑91):  “Creo  que debemos mentalizarnos de  esta simple verdad: la  contribución  y  salvaguarda  del progreso de  la humanidad que pueden aportar los científicos, o los intelectuales en general,  no reside en sus conocimientos, en su experiencia, o en su saber hacer profesional,  sino en una actitud moral,  en su deseo y en su capacidad de cooperar con todos aquellos que buscan la democracia, la libertad y la paz”.  Esto ha sido siempre así, pero hoy es una evidencia.  En las situaciones difíciles  y graves se cae en la cuenta del carácter decisivo de  los valores morales en la formación del ánimo necesario para superar esa situación.

Sin  embargo,  no basta  con proclamar esa actitud para ya poseerla.  En  la  formación de la actitud moral se  precisa la reflexión  sobre cómo  se  ha  de  entender  esa democracia, esa libertad y esa paz con las que se pretende organizar la convivencia humana.  Y esta reflexión es posible si  se libera lo que  es  un  requisito  de  la  vida  humana: disponer  de  una interpretación de sí misma, disponer de una teoría intrínseca que la haga posible como realidad. Esta es la misión de la filosofía. Los distintos saberes  que  la  racionalidad  occidental  ha ido construyendo a lo  largo de  su historia le han proporcionado un enorme poder para ajustar la realidad a sus deseos y necesidades. Pero ninguno de ellos le proporciona, ni le pueden proporcionar, la necesaria sabiduría para un uso correcto de esos poderes. Esta sabiduría sólo puede venir de la reflexión rigurosa  y continuada sobre lo que el hombre es.

Los tiempos  reclaman esta reflexión.  Occidente dispone de un  pasado  rico  en  experiencias  y  en  pensamientos de donde extraer los motivos de reflexión que orienten la formación de esa actitud. Pero esto exige otra  forma de pensar.

3.‑Los tiempos son de conversión. Si en el momento presente saber es  necesario,  pero  no  suficiente,  tampoco tener ideas basta.  Estas han de ser  vividas.  Además de ideas sobre la democracia,  la  libertad  o  la  paz,  necesitamos,  sobre todo, hombres y mujeres que sean demócratas, libres y pacíficos. Y esto exige una conversión: un ver las cosas desde “una renovación del espíritu de nuestra mente”(Ef.4,23).  Solamente en  la conversión se produce un cambio en la forma  de pensar y actuar  del hombre, una reorientación de su vida. Esta conversión acontece de verdad cuando el ser humano  descubre  la realidad que le  sobrepasa. En rigor,  sólo hay conversión en  el encuentro  personal del hombre con Dios. El encuentro entre Jesús y Nicomedo (Jn.3,1‑21) resulta ejemplar:  sin  conversión,  las  mismas  palabras  e  ideas  son entendidas de “otra forma” distinta a la de su sentido espiritual y humano;  son  entendidas  según “la carne”.  Sin conversión las ideas fácilmente  se  tornan  en  armas  arrojadizas  contra los otros.  La idea se hace “cosa”  que puede usar de muchas maneras. La experiencia ha enseñado sobradamente al  hombre occidental que el mero saber puede autodestruirle y que en nombre de la  paz, la cultura,  la justicia y hasta del mismo Dios se han  cometido los actos más inhumanos.  Solamente cuando  los  conocimientos  y las ideas habitan en un hombre convertido son  entonces flexibles y abiertas  a  la  verdad  (Jn.3,8).  En  un  mundo  tan  altamente organizado  y  poderoso  como  el  nuestro  esta  conversión debe alcanzar a los individuos y a  las instituciones.  Esto es lo que puede  descubrirles  su  razón de  ser:  estar al servicio de los demás.

El cristiano,  que vive de la fe, que es garantía de lo que espera (Hb.11,1),  tiene aquí  una misión  propia  y radicalmente necesaria.

En una Europa dominada por la “cultura del consumo”(?),  el peligro no está solamente en los conflictos que puedan sobrevenir en  las  zonas  “liberadas  del comunismo”.  Con  la  caída   de barreras también se  ha  facilitado en esas  zonas el crecimiento de la  criminalidad,  el  racismo,  el  recelo  nacionalista,  la demagogia,  el arribismo político y  el lucro a  expensas de  los débiles,  como recordaba  no  hace  mucho  Václav  Havel   en  su “Meditación”.  Todo eso es  también  conocido  en  la  Europa del Oeste. Hasta el mismo proyecto de una Europa unida, con la enorme acumulación  de  poder  que  ello  supone,  puede  significar  un peligro.  Para quienes  viven apoyados solamente  en el horizonte del mundo,  los tiempos son siempre justificación de cinismo o de vacío. O bien, tratando de huir de ambos, entregarse a las vastas promesas de la  esperanza proyectada ora  en el pasado  ora en el futuro. Pero en cualquier caso, “los tiempos que corren” resultan siempre insufribles y el ser profundo  del hombre  gime  por ser liberado de ellos.

El  cristiano está en el  mundo  (Jn.17,11)  y,  por eso, participa de todas esas tribulaciones y  busca,  con  los demás hombres y como  los demás hombres,  dar  respuestas  a  todos los problemas que los acucian.  Pero  el  cristiano no  es  del mundo (Jn.17,14): lo que nutre su vida personal ( y, por tanto, social) es  su  fe  en  Jesucristo,  promesa  cumplida  que fundamenta su esperanza,  don del Espíritu Santo (Rm.5,5), en el Reino de Dios, el  cual  está  dentro  de  nosotros  (Lc.,17,21).   Por  eso  el cristiano,   compartiendo  “los  gozos  y  las   esperanzas,  las tristezas y angustias de los  hombres de su tiempo”(G.  et S.,1), se  gloria  en el Señor,  pues es en  ellas donde se  engendra la paciencia y virtud probadas que hacen posible ese Reino de Dios.

Lo  que propiamente anuncia  el cristiano es,  pues, eso: Cristo  en  el  mundo,  fuente  de  salvación para  los hombres y mujeres. No se trata de ninguna ideología que oponga a este mundo “otro” mundo. No hay más mundo que éste, pero no es igual vivirlo iluminado por la luz de Cristo que a obscuras.

Por eso, en la hora actual, el cristiano tiene una misión propia:  la cultura moderna ha puesto de manifiesto que la  fe en Dios no es una evidencia vulgar,  sino que exige una una decidida metanoia,  una conversión. En un mundo socialmente cristiano, la fe era una trivialidad;  en un mundo  sin referencias religiosas, los cristianos son los  que aparecen como heterodoxos.  Esto nos puede hacer caer  en  la  cuenta de la  afirmación de Tertuliano: “Los cristianos no nacen, sino que se hacen”.

Esta misión es,  además,  absolutamente necesaria: la fe en el amor  de  Dios  es  el  prodigio que permite  descubrir el ser profundo del hombre,  simultáneamente personal y social. Sin ella el hombre construye imágenes  de sí mismo, pesimistas  u optimistas,  pero que acaban volviéndose contra él por ilusorias. En la  fe  el  hombre  se  encuentra con el  misterio  (no con el problema) que ilumina la realidad hasta hacerla transparente a sí misma, y cuya manifestación es la libertad, la creatividad y el amor solidario.

 

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Miguel Ángel y la ideología

1. Se cuenta que un día preguntaron al genial Miguel Ángel cómo podía hacer aquellas maravillas con el mármol. Miguel Ángel condujo a quien eso le preguntaba ante un bloque de mármol recién extraído de las canteras de Carrara, y dijo aquello de: “La estatua está dentro, sólo hay que quitar al mármol lo que le sobra”. Creo que fue esto o algo parecido.

2. Miguel Ángel veía en la materia, en el mármol, la estatua que iba a realizar. De ahí, se dice, que examinará y contemplará largamente en la cantera el mármol con el que iba a realizar su obra.

3. En la obra ya realizada, en el David o la Piedad, o cualquier otra composición escultórica, la figura aparece en contraposición a ese mármol de que está hecha. Pero la materia que se oculta tras la presencia de la figura está como fondo y sujeto que la hace posible. Aquel mármol (y no otro) es aquello de lo cual ha salido esa forma cuyas notas la hacen ser el David.

4. Pero en la estatua el mármol no es ocultado. Antes bien, es allí donde muestra toda su belleza, aunque oculto a la mirada. Pero es un mármol que la mirada de artista eligió cuidadosamente para que en la obra artística descubriera su belleza y posibilidades.

5. Y es justamente ese mármol, y no otro, el que hace de esa estatua algo singular y único. Cualquier otra estatua que se haga tratando de ser idéntica al original nunca podrá ser otra cosa que una imitación. El David de la Piazza della Signoria de Florencia puede tener la misma altura, las mismas características, ser tan parecido que apenas se pueda distinguir del realizado por Miguel Ángel, pero siempre será otro, una réplica.

6. Pero así como el arte de artista nos muestra lo que se puede hacer con el mármol, los colores o la piedra y los hace presentes en su obra como fondo misterioso del que ella nace, el ideólogo encubre la realidad, la envuelve con sus ideas para sustraerla a la mirada.

7. El ideólogo no ve en la materia algo que contiene potencialmente un David, que para que emerja solamente es necesario quitar lo que sobra, sino algo que hay que escamotear, tapar, mediante otros materiales artificiales.

8. Su trabajo se parece al del artista búlgaro Christo, que con telas envuelve edificios y paisajes. Su arte consiste en encubrir la realidad, y lo que de su obra emerge es la habilidad del artista para ocultarla. Y eso lo acerca más al prestidigitador que al artista.

9. El ideólogo nos envuelve la realidad con sus palabras y conceptos, para mostrarnos otra, la fabricada por él.

10. En el trabajo de Miguel Ángel hay algo de divino en tanto que actualiza potencialidades de la materia a la que ama y dignifica con su habilidad; no la niega, sino que la eleva. El ideólogo niega con su habilidad el edificio o el paisaje, la realidad, para que sus ideas aparezcan y se impongan.

IDEOLOGÍA E ICTIOLOGÍA

1. La ideología es una construcción intelectual. Y como construcción, un artificio destinado a cumplir determinados fines. Así son los leguajes artificiales de la lógica o las matemáticas, que prestan gran servicio a la ciencia dotándola de precisión en sus formulaciones. Los fines de las ideologías son justificar determinadas posiciones políticas y económicas.

2. El ideólogo fabrica su red con ideas, pero no la lanza al mundo, sino a sus deseos. Lo que en ella pesca y presenta como afirmaciones sobre el mundo, no son otra cosa que sus deseo e ideales. Para examinar la validez de los juicios que pesca no es necesario observar el mundo, basta con observar su red. Es ella la que nos dirá lo que puede pescar, aunque no sabemos bien lo que se le escapa.

3. Su red no está formada por cuadros transcendentales de un sujeto igualmente transcendental, sino por los intereses y necesidades de un sujeto empírico colocado en una determinada situación social.

4. Sus deseos toman la forma de buenos deseos, pero su bondad, en el mejor de los casos, no puede ser medida de otra forma que por su conducta. Y cuando ésta es generosa y honrada, no se debe tanto a su ideología como a lo que conserva de buen sentido y natural humanidad.

5. Aunque la ideología es una construcción, una vez adquirida e interiorizada, es difícil desprenderse de ella. Sus ideas son como una lente a cuyas curvas se ha adaptado nuestro ojo. Además, la ideología nos ofrece la comodidad de una explicación rápida a nuestras vacilaciones.

6. La ideología busca lograr universalidad por la vía de intentar sumar adeptos. Quienes no la comparten son un peligro para ella. Por eso las ideologías son combativas y amigas de la propaganda.

7. Las ideologías son inevitables. Son la piel de nuestras tendencias. Ella nos protege del sol y las inclemencias del tiempo, es decir, de lo que nos podría iluminar y fecundar nuestro espíritu. Solamente el crecimiento interior nos ayuda a mudar esa piel, como las culebras a lo largo de su vida.

8. El ideólogo maneja ideas, entendidas estas como una representación incapaz de llenarse. Las ideas son ideales: metas que nunca se logran plenamente, como una total justicia o libertad. Desde un punto de vista psicológico podríamos decir que es un pensamiento proyectivo.

9. Los ideales son el punto de partida de las ideologías, y desde ellos se intenta llegar a la realidad. Los ideales representan el deseo realizado en plenitud, cosa que sólo ocurre en el pensamiento. Y, en cualquier caso, es más acertado partir de la atenta observación del mundo.

10. El mundo, tal como se muestra a una sensibilidad atenta, es digno de ser amado, y amándolo se le mejora. A la luz de ese amor se acude y su calor despierta el deseo de ser mejores.

LA IDEOLOGIA COMO FORMA DE PENSAR MISTIFICADA.

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La Ideología creada por Destutt de Tracy era una ciencia que pretendía ser la ciencia a cuya luz se ordenara la legislación, la enseñanza, la economía, las otras ciencias y toda la actividad social. Es decir, una ciencia fundamental, de los fundamentos últimos de la realidad. Lo suyo hubiera sido llamarla metafísica, pero Destutt de Tracy evitó ese nombre por las asociaciones espirituales o religiosas que podía conllevar. Esa ciencia justificaba el orden que se pretendía establecer en las otras ciencias y orientaba las decisiones que se debían tomar para la construcción de la República Francesa.

Napoleón, sin embargo, vio en esa “ciencia” una “métaphysique abstraite, nébuleuse, incapable de saisir le sens du réel”. Mas sus críticas no solamente se dirigieron a esa ciencia, sino también a los ideólogos, a quienes llamó “charlatanes” y “espíritus falsos”.

Ciertamente, los ideólogos no eran meros especuladores intelectuales o investigadores, sino miembros activos de una sociedad agitada a la que pretendían guiar. Ellos estaban presentes en las reformas legislativas, educativas y administrativas que siguieron a la Revolución Francesa.

De Napoleón arrancan las connotaciones despectivas asociadas al término ideología. La ideología se opone a ciencia o verdad en tanto que opinión privada construida más o menos artificialmente. Su plural, ideologías, deja ver mejor su naturaleza, que no es otra que la de opinión o forma de pensar particular.

Napoleón los llamó también “ateos y republicanos”. Cultivados y familiarizados con el espíritu de las Luces, aquellos ilustrados consideraban solamente como verdadero aquello que se ajustaba a los parámetros de la razón humana. Como los contenidos de la religión no se ajustaban a esos parámetros, se concluía que la religión era falsa o que era cosa del mero sentimiento.

Pero, ¿qué era lo falso en esos espíritus?

Los ideólogos seguían creyendo en la verdad. Se rechazaba la religión en nombre de la razón, la cual se manifestaba en la ciencia, en aquel conocimiento positivo de las cosas. Era esa razón y las ciencias por ella descubiertas las que debían de servir de faro al ser humano.

La exigencia de verdad requería de una ciencia que diera cuenta de esa razón, fundamento de todo conocimiento humano. Y a esa ciencia se le pedía ser positiva, como al resto de las ciencias. Cuando Destutt de Tracy decía que la Ideología era una parte de la Zoología, se estaba refiriendo, en primer lugar, a que debemos analizar nuestra facultad de pensar como analizaríamos una planta, un animal o un mineral. Esta cuestión metodológica presuponía una posición ontológica, la del materialismo, que les llevaba a buscar la génesis de hecho de nuestras representaciones mentales o ideas en la fisiología, en la sensación y el movimiento, o lo que era igual, en el nervio y el músculo.

Con esta posición se caía en la contradicción de pedir a una ciencia particular y sujeta a la contingencia de los hechos las características de fundamento universal y absoluto que solamente podría tener una ciencia que se desarrollara en un plano superior. Sin embargo, esas características se le atribuían, no ya como resultado de ningún conocimiento, sino como afirmación del deseo.

Esa distancia entre el conocimiento obtenido (real o ficticio) y el deseo es la que indica la naturaleza de la ideología: es opinión y no verdad. Pero no opinión cualquiera, sino opinión que no se reconoce a sí misma como tal.  La ideología hace falso al espíritu porque no es lo que dice ser, sino otra cosa. Dice ser la verdad a partir de la cual se explican todas las cosas, pero en realidad es opinión. Opinión imposibilitada de alcanzar la verdad, que es por definición universal, porque el propio elaborador de esa ciencia queda fuera de ella. Algo semejante a lo que ocurre con el que afirma que “no debemos fiarnos de nadie”, lo cual implicaría no fiarnos de quien lo dice ni de su afirmación. Si, como afirma Destutt de Tracy, pensar es sentir, eso será también su pensamiento. Y en tanto que sentimiento no podrá alcanzar esa universalidad propia de la verdad.

Esa ocultación del sujeto es al mismo tiempo ocultación de sus intereses. Ocultación que es en el fondo disimulo, pues los demás bien pueden ver en su conducta lo que le mueve, que no es otra cosa que alguna forma de poder social.

Esta es la primera de las inversiones que se da en la conciencia ideológica: la verdad está al servicio de los intereses o tendencias. Ese servicio consiste en dar forma razonable a esos intereses. La razón se transforma en racionalización, la cual cuanto más perfecta es, más inconsciente deviene.

Ahora bien, es la presencia de otras formas de pensar la que pone de manifiesto ese carácter subjetivo de su pensamiento que no desea para sí, pues mantiene su lucha por la objetividad. De ahí que se precise ganar para sí las formas de pensar distintas. Se hace necesario transformar la sociedad para ajustarla a la propia construcción dada como verdadera por definición. Por eso le es a la ideología inherente ser militante. Necesita adeptos en el poder que se sumen a la labor de transformación de las mentes y las instituciones de acuerdo con la ideología y mentes receptivas que acojan de buena gana esos cambios.

Siendo la ideología una concepción [= algo elaborado subjetivamente] del hombre y su mundo es propio de ella ser algo construido, inventado. Como todo invento, representa una novedad, la formación de algo que no había antes. En tanto que invento, lleva implícito el descubrimiento de ciertas relaciones, ciertas propiedades de los materiales que lo componen, etc. Es una creación humana, pero no una creación de la nada. Por eso establece una novedad, aunque relativa.

En lo que tiene de novedad, la ideología rompe con la historia. Su aval no es el pasado del que viene, sino el futuro que promete. Es un pensamiento esencialmente proyectivo y centra sus esfuerzos en las estrategias que le lleven a la conquista de ese futuro. La realidad innegable de lo que ha sido y que nutre el presente es negada y substituida por una realidad que todavía no es, pero que se presenta como incuestionable.

La ruptura que la ideología establece con el pasado, que es historia del error, y con la realidad, que es la que debe adaptarse a sus ideas, le permite a la ideología una gran simplificación de los problemas reales y sus respuestas pueden fácilmente transformarse en tópicos de consumo colectivo. Y eso resulta de gran utilidad para la vertiente política de la ideología.

Opinión vivida como verdad universal, deseo tenido por razón, racionalización considera ciencia, dominio social visto como salvación, pérdida de identidad como superación de prejuicios… Todo esto son elementos que configuran la conciencia ideológica, haciendo de ella una falsa conciencia, que al ser propia de un cierto colectivo le impide ver su carácter subjetivo y limitado.

Corolarios.

1.    Las ideologías tienden a diversificarse y de los cascotes de las ruinas de una se forman otras, cada vez más endebles, pero más atrevidas.

2.    En las sociedades llamadas líquidas la necesidad de racionalización es cada vez menor, y las posiciones de deseo se afirman sin necesidad de justificación.

EL MURO DE BERLÍN (Notas)

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Estos días se ha celebrado la caída del muro de Berlín. Y con él, la caída del comunismo en toda la Europa del Este. Ese acontecimiento, ahora hace veinte años, fue algo sorprendente, inesperado.  Una explosión de alegría: familias, amigos, que llevaban años sin poderse ver, viviendo en la misma ciudad, ahora podían visitarse y abrazarse. Increíble. Después de tantos años, aquel muro parecía consubstancial a la ciudad, al igual que ese telón de acero que dividía a Europa. Muchos se lanzaron a derribar aquel muro vergonzoso levantado para defenderse de los “opresores del pueblo”.

Recuerdo que por los tiempos del levantamiento del muro, mantenía yo correspondencia con jóvenes alemanes y austriacos a través de una revista llamada “Voces amigas”. Una de aquellas personas con la que me carteaba me refirió el discurso que J. F. Kennedy pronunció en 1963 en Berlín. Y me contaba su emoción al sentir la solidaridad del presidente americano con la triste situación que ellos padecían en aquellas sus palabras de “Ich bin ein Berliner”, remedo de aquella otra afirmación de San Pablo “civis romanus sum”, también mencionada en ese discurso. Aquellos jóvenes, nacidos como yo recién acabada la II Guerra Mundial, llevaban la pesada carga de la derrota, el oprobio y la humillación. No sentían ningún orgullo por ser alemanes. En el holocausto las víctimas habían arrastrado consigo a los verdugos y a su pueblo. Y percibieron en aquellas palabras un ligero soplo de perdón.

El muro era una construcción artificial que dividía a los habitantes de Berlín. Como lo era el telón de acero. Y como también lo era la ideología que movía aquellas decisiones. Los bloques de hormigón levantaban el muro como los bloques de ideas encerraban un espacio convertido en laboratorio social donde experimentar con humanos. Pertenece a las ideologías su capacidad para dividir.

La caída del muro también la caída de la guerra fría, esa guerra del espionaje, la inteligencia, la propaganda, la traición, la subvención a los enemigos del enemigo. Otra forma de extender el miedo, el mejor aliado de los malvados.

Las grietas en el muro habían empezado a producirse mucho antes, en levantamientos y protestas en Berlín, Budapest, Praga… Pero el comunismo seguía avanzando en el Sudeste asiático, en África, en América. Resultaba difícil de imaginar que esa situación pudiera cambiar. Un cambio en las lógicas del enfrentamiento entre bloques, manipulaciones ideológicas y estrategias de debilitamiento del enemigo, se produjo con Juan Pablo II.

“No tengáis miedo”, con ese grito universal abrió Juan Pablo II su pontificado. Un grito dirigido a los creyentes, a los que dudan y a los que no tienen fe. “No tengáis miedo a la verdad de vosotros mismos”. No tener miedo a lo que el propio hombre ha creado, la guerra, las ideologías, la cultura de la muerte, la negación de la dignidad humana… Y ese grito encontró eco. Tras su visita a Polonia, en los astilleros de Gdansk, los obreros en huelga colgaban retratos del Papa. Ahora los representantes auténticos de los obreros son gente que asiste a misa, reza a la Virgen María y aclaman al Sumo Pontífice. Algo inédito.

También esto tuvo su papel en la caída del muro… Tal vez por eso Alexander Solhenitsyn dijo: “Este Papa es un don del cielo”.

¿Qué esperaban los alemanes con la caída del muro?. Unos, libertad, otros prosperidad, aquellos, poder reencontrarse con sus familiares, estos, ver de nuevo a Alemania unida. Pero pasada la euforia, se encontraron que los años pasados en sistemas económicos, educativos y políticos diferentes, también los había hecho diferentes. Que los centros de decisión pasaban al oeste. Que muchos de aquellos que estaban mejor preparados, si querían dar salida a su preparación, debían trasladarse a la Alemania federal, que había dudas sobre si la reunificación había sido una unión o una anexión. Para los fuera, la caída del comunismo produjo un entusiasmo que velaba los muchos dolores que ese proceso suponía para los de dentro.

Pero el muro cayó hacia el oeste, empujado por los alemanes cansados de la opresión ideológica y la falta de libertad. Pero el fin de la historia, como predijo Francis Fukuyama, está todavía lejos de escribirse…

LA IDEOLOGÍA COMO CIENCIA

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L’Idéologie est une partie de la Zoologie,…“, con estas palabras  Destutt de Tracy (1754 – 1836), en el Prefacio de sus “Éléments d’idéologie”, resume o ejemplifica, podríamos decir, toda una trayectoria en la constitución de la mentalidad occidental actual.

Fue Antoine-Louis-Claude, conde Destutt de Tracy, aristócrata ilustrado francés, pionero de la enseñanza secundaria laica, republicano y masón. Participó activamente en la Revolución Francesa, sobre todo desde su cargo en la segunda clase del Institut national des sciences et des arts. Este Instituto, creado en 1795 por el Comité de instrucción pública, substituyó a las Academias, las cuales estaban “gangrenées d’une incurable aristocratie”. Su misión era trabajar  porl’avancement des science et des arts”. Estaba organizado en tres clases: la primera era la de las ciencias físicas y matemáticas, la segunda, la de las ciencias morales y políticas, y la tercera la de literatura y bellas artes. Cada una de estas clases se dividía en diferentes secciones, de modo que entre todas abarcaban todos los campos del saber, hasta constituir una verdadera enciclopedia viviente.

La segunda clase, la encargada de las ciencias morales y políticas, fue la última en ser creada, pero se convirtió en el motor del Instituto, y respondía a la idea de lograr un desarrollo semejante al alcanzado por las ciencias físicas o matemáticas. Allí se pretendía dar la respuesta definitiva a la corriente de pensamiento iniciada en la edad moderna que creía ver en el entendimiento humano la clave para justificar teóricamente las nuevas ciencias y las nuevas tendencias sociales. Si hacemos un recuento de los títulos de las obras que ocupan a los filósofos de esta época, veremos como la mente, el entendimiento o la razón son el centro de su reflexión. Solamente a modo de ejemplo, citemos las siguientes: “Reglas para la dirección de la mente“, de R. Descartes, “Tractatus de intellectus emendatione“, de Spinoza, “Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano“, de Leibniz, “Ensayo sobre el entendimiento humano“, de J. Locke, “Investigación sobre el entendimiento humano“, de D. Hume, “Crítica de la razón pura“, de I. Kant, etc.

Vemos como los títulos prácticamente se repiten y todos responden a un mismo interés: conocer la naturaleza del entendimiento humano para poder determinar sus límites y  su proceder correcto en orden a tener certeza en nuestros conocimientos.

La razón de este interés por el entendimiento humano venía de la situación de la razón tras la crisis social e intelectual de la cristiandad en el siglo XIV. En el orden intelectual esa crisis viene dada por la imposibilidad para el hombre de conocer lo Absoluto o Infinito. Conocer es vincular lo que ha de ser conocido a lo ya conocido. Pero como el Infinito escapa a toda relación con lo finito, que es de lo que tenemos evidencia inmediata, el Infinito escapa a todo conocimiento. De Él solamente sabemos por la fe en la revelación. Ahora bien, no sabiendo el hombre nada de lo Infinito por la razón, tampoco esa razón puede saber en el fondo nada de lo finito ya que le resulta inaccesible su causa última. El mundo en el que lo único real son los seres individuales resulta así irracional.

Ahora bien, el problema se planteaba sobre la base de la vinculación de los entes finitos con el infinito. Pero el problema era otro si se ambas esferas se desvinculaban. Dicho de otro modo: si fe y razón se afirmaban como dos esferas totalmente independientes. Fue la obra de Guillermo de Ockam, en el siglo XIV.

Ahora lo finito, el mundo de la naturaleza y del hombre, queda afirmado con un valor propio y debe ser comprendido en sí mismo. Del Infinito o de Dios no hay más noticia que la que nos pueda dar el mundo considerado como revelación de Dios (explicatio Dei). Pero esto también significa que hay que buscar una constitución, un fundamento que justifique ese conocimiento finito y haga dé cuenta de su certeza.

Dos caminos se abren en la búsqueda de esa justificación: el que muestre la necesidad lógica de los conocimientos y el que se limite a mostrar cómo son de hecho los conocimientos humanos. En el primer caso se busca el fundamento metafísico del conocimiento y en el otro el fundamento genético. El uno deja abierto el tema de Dios como objeto de conocimiento, en tanto que el otro lo impide, relegándolo al campo de la subjetividad. Son las corrientes de racionalismo e empirismo con que se conocen esos dos caminos. Será el empirismo el que mejor se ajuste a las aspiraciones de autonomía y progreso de la época.

Es esa corriente de pensamiento empirista e ilustrada la que nutre (o enturbia) la visión de Destutt de Tracy y quienes forman la segunda clase del Institut national des sciences et des arts, en particular los de la sección de “Análisis de las sensaciones y de las ideas“. En el seno de esa sección es donde Destutt de Tracy pronunció por primera vez la palabra Ideología en la presentación de su Memoria sobre la facultad de pensar.

La ideología se presentaba como una nueva ciencia, la ciencia de la génesis, la clasificación y análisis de las ideas. Esta ciencia pretendía haber conseguido en el campo de las ciencias morales lo que se había conseguido en el campo de las ciencias físicas. En la Memoria mencionada Destutt de Tracy establece un paralelismo entre esta ciencia y el camino recorrido por la ciencia astronómica, afirmando que Locke venía a ser el Copérnico de esta nueva ciencia y Condillac su Kepler. Esto permite deducir que él se consideraba su Newton.

En cualquier caso, con la afirmación de que la ideología es una parte de la zoología, lo que se pretende es presentar esta materia como algo que alcanza la objetividad y los métodos de las ciencias naturales. Partiendo del supuesto de que todos nuestros contenidos mentales proceden de percepciones, esta ciencia trata de cómo esos contenidos se relacionan entre sí y se fijan mediante signos lingüísticos. Es decir, trata la ciencia ideológica de cómo se forman, se deducen y se expresan las ideas. Todo esto lo fue sistematizando en la obra de Destutt de Tracy “Eléments d’Idéologie”, obra destinada a ser enseñada en las escuela centrales (escuelas de enseñanza media) creadas por el Directorio y que proporcionaría una base sólida para el estudio de las ciencias morales y políticas.

Con la creación de esta nueva ciencia se proporcionaba un criterio para decidir qué ciencias eran las verdaderas y cuáles, no.

Sin embargo, tras la nueva ciencia se ocultaban elementos no científicos que mostraban la verdadera naturaleza de esa ciencia. En primer lugar, aunque se decía ser una “parte de la zoología”, reivindicaba para sí la condición de ser “el todo”. Desde el punto genealógico, la ideología es la ciencia primera, ya que todas las otras emanan de ella. Algo así como una naturalización de la filosofía primera de Aristóteles, conocida como metafísica, término que rechazó Destutt de Tracy.

Por supuesto, esa ciencia que investiga la génesis fisiológica de nuestras ideas, reduciendo el pensar a sentir, no nos hablará de la génesis fisiológica de la ideología, la cual es la metafísica que se niega, pero ahora como puro materialismo.

Además, la ideología es una “ciencia” con un gran interés por lo cívico. Su estudio está llamado a ser el motor del progreso social, político y económico de la sociedad. Sus aplicaciones alcanzan a todo el género humano, pues todas las lenguas comparten unas reglas comunes, cosa que muestra el carácter común de la naturaleza intelectual humana.

Los “idéologistes”, como así se autodenominaban los pensadores que se agrupaban en torno a estas ideas, pretendían modelar la sociedad mediante una educación y una legislación de acuerdo con su supuesta “ciencia ideológica”, que no era otra cosa que ateísmo militante, en el que ellos se reservaban el papel de nueva autoridad espiritual. La ideología guiaba y justificaba su aspiración al poder, en parte ya logrado.

Napoleón, inicialmente amigo de ellos, vio el carácter acríticamente metafísico de esa pretendida “ciencia”. Los llamó “idéologues”, en sentido despectivo, para indicar el carácter nebuloso de su metafísica, en la que sus meras opiniones pretendían imponerse como emanadas de una verdad científica.

Pero a pesar de su craso materialismo y limitación intelectual, la ideología pertenece al horizonte de la mentalidad moderna, en la que el logos se hace opinión y la opinión, propaganda.