25 ANIVERSARIO DE LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN

Breves reflexiones escritas en 1991 para un libro colectivo titulado “La Europa de Este y la Escuela” y que sirvió a los temas tratados en congreso anual del SIESC (Secrétariat International des Enseignants Secondaires Catholiques) celebrado en Fulda (Alemania) en agosto de1991. Su relectura me ha servido, a pesar de su brevedad e insuficiencias, para considerar más detenidamente todo los cambios acontecidos en Europa y la cultura occidental en estos últimos años.

Aquí lo pongo como una mirada conmemorativa de ese 25 aniversario de la caída del muro de Berlín.

 

REFLEXIONES EN TORNO AL FIN DE LA GUERRA FRIAmuro de berlin

0.‑ La unificación alemana y el fracaso del sistema comunista en los países del Este de Europa han puesto  fin a la  guerra fría. Con ese magno acontecimiento  se  abre en nuestra  historia otro capítulo lleno de incertidumbres. Sin apenas darnos cuenta, hemos entrado en un nueva era sumamente compleja  y ambigua. Lo que ha fracasado ha sido una de las respuestas  que el  hombre ha inventado para solucionar los males que le aquejaban.  Esos males eran, en buena parte, el producto de otro invento (el liberalismo económico), el cual, aliado a la técnica y a la ciencia positiva, produjo mucha riqueza para algunos y mucha  miseria evitable para los más,  al tiempo que se extendía por todo el planeta  merced al colonialismo.  Hoy la respuesta comunista ha  fracasado, sin que eso implique que los problemas que pretendía resolver hayan desaparecido.  En un mundo, cuyas dimensiones se  han reducido notablemente gracias a los medios de comunicación, persiste mucha hambre evitable, mucha  manipulación  humana  y, posiblemente, nunca el hombre se sintió más vacio y perdido que hoy en día.

El fracaso del sistema comunista ha producido un  alivio  a la tensión  entre los dos bloques militares que  hacían  temer un conflicto nuclear en el que se  decidiría la  supervivencia de la humanidad.  Unos pueden ver en  las dificultades  de los países ex comunistas el triunfo del liberalismo económico y la instauración de la cultura del consumo que lo acompaña; tal es el caso  de  Francis Fukuyama en su artículo “¿El fin de la Historia?”. Para otros, la posibilidad de volver a empezar, de recuperar la confianza en construir un nuevo mundo de acuerdo con las utopías humanistas del pasado.  Pero en cualquier caso,  creo que no  se  debería olvidar que  hemos  entrado  en  unos tiempos turbulentos, decisivos y de conversión.

1.‑ Los tiempos son turbulentos. Indudablemente lo son para los países ex comunistas, particularmente para la Unión Soviética. El enorme vacío que acompaña la  caída de  un sistema totalitario saca a la luz todas las fuerzas durante  tanto tiempo reprimidas. Esto es singularmente grave cuando el sistema  ha  sujetado a pueblos  tan diversos por raza, religión, lengua y tradiciones. Todos  tratan  de  aprovechar  el  vacío de poder. Todos desean dejarse  oír. Los ya de  por sí difíciles problemas económicos y políticos que acompañan la caída del sistema se  agravan  aún más por  la  agitación social y la acción de los oportunistas. Si tenemos en cuenta,  además,  que se trata de la caída de una gran potencia, con arsenales de armas nucleares, el peligro es realmente escalofriante.  Precisamente cuando más se necesitan la serenidad y la reflexión  es  cuando menos  acompañan  las condiciones necesarias para ello.

Pero, además, los tiempos son turbulentos  por  otras razones.  El  desplome  del sistemas comunista se produce en un mundo en el que buena parte de la humanidad sigue hundida en la miseria, y hasta en el hambre. Eso es hoy  injustificable. Esos pueblos no son sólo otro mundo: son la negación misma del sistema capitalista que acompaña a la economía de  mercado. También está el  mundo  musulmán, humillado y buscando el lugar  que le corresponde en el concierto  planetario por  su  importancia cultural y demográfica.  Y el gigante chino,  cuyo silencio en la actual hora histórica es una incógnita inquietante.

También  los  tiempos son turbulentos para la Europa Occidental.  Por un  lado, los problemas más allá  de su ámbito geográfico no son problemas ajenos a ella.  En rigor, en un mundo unificado e interdependiente,  ya no hay problemas ajenos. Lo que ocurra en  la  Europa  del Este  repercutirá  política,  social y económicamente en la Europa del Oeste.  Por otro lado, la euforia de una Europa  unida no  puede  hacer  olvidar  la  diversidad de pueblos que la integran, los recelos sociales y nacionales que en ella se dan y el vacio cultural  que se  ha creado en  un sistema que proclama la democracia y la libertad como  valores supremos y al mismo tiempo les sustrae su contenido. Nada más hay que ver el creciente desinterés por participar en la cosa pública  por parte del  pueblo  y las innumerables  dependencias  que  ahogan  a los individuos de las sociedades occidentales.

Hoy el reto es edificar la casa común europea. Y esa edificación ha de hacerse en ese contexto  mundial esquemáticamente descrito.  Se trata de una  respuesta  a los tiempos que ha de ser forzosamente global, pues la turbulencia en que vivimos no sólo afecta a todos los hombres, sino al hombre entero.  Por eso esa edificación se presenta como una gigantesca obra colectiva: gobernantes, legisladores, científicos, empresarios  y artistas  deberán contribuir  unitariamente en esa tarea.

2.‑Los tiempos son decisivos.  La respuesta a una situación tan vasta y compleja es, necesariamente, una decisión. Pero tomar una decisión es otra cosa  distinta de tener  un conocimiento. Esto  mismo señalaba  Mijail  Gorbachov en una  entrevista que le hacía la “Nezavisinaya Gazeta” ( publicada en el diario “El País” el  19‑XII‑91):  “Creo  que debemos mentalizarnos de  esta simple verdad: la  contribución  y  salvaguarda  del progreso de  la humanidad que pueden aportar los científicos, o los intelectuales en general,  no reside en sus conocimientos, en su experiencia, o en su saber hacer profesional,  sino en una actitud moral,  en su deseo y en su capacidad de cooperar con todos aquellos que buscan la democracia, la libertad y la paz”.  Esto ha sido siempre así, pero hoy es una evidencia.  En las situaciones difíciles  y graves se cae en la cuenta del carácter decisivo de  los valores morales en la formación del ánimo necesario para superar esa situación.

Sin  embargo,  no basta  con proclamar esa actitud para ya poseerla.  En  la  formación de la actitud moral se  precisa la reflexión  sobre cómo  se  ha  de  entender  esa democracia, esa libertad y esa paz con las que se pretende organizar la convivencia humana.  Y esta reflexión es posible si  se libera lo que  es  un  requisito  de  la  vida  humana: disponer  de  una interpretación de sí misma, disponer de una teoría intrínseca que la haga posible como realidad. Esta es la misión de la filosofía. Los distintos saberes  que  la  racionalidad  occidental  ha ido construyendo a lo  largo de  su historia le han proporcionado un enorme poder para ajustar la realidad a sus deseos y necesidades. Pero ninguno de ellos le proporciona, ni le pueden proporcionar, la necesaria sabiduría para un uso correcto de esos poderes. Esta sabiduría sólo puede venir de la reflexión rigurosa  y continuada sobre lo que el hombre es.

Los tiempos  reclaman esta reflexión.  Occidente dispone de un  pasado  rico  en  experiencias  y  en  pensamientos de donde extraer los motivos de reflexión que orienten la formación de esa actitud. Pero esto exige otra  forma de pensar.

3.‑Los tiempos son de conversión. Si en el momento presente saber es  necesario,  pero  no  suficiente,  tampoco tener ideas basta.  Estas han de ser  vividas.  Además de ideas sobre la democracia,  la  libertad  o  la  paz,  necesitamos,  sobre todo, hombres y mujeres que sean demócratas, libres y pacíficos. Y esto exige una conversión: un ver las cosas desde “una renovación del espíritu de nuestra mente”(Ef.4,23).  Solamente en  la conversión se produce un cambio en la forma  de pensar y actuar  del hombre, una reorientación de su vida. Esta conversión acontece de verdad cuando el ser humano  descubre  la realidad que le  sobrepasa. En rigor,  sólo hay conversión en  el encuentro  personal del hombre con Dios. El encuentro entre Jesús y Nicomedo (Jn.3,1‑21) resulta ejemplar:  sin  conversión,  las  mismas  palabras  e  ideas  son entendidas de “otra forma” distinta a la de su sentido espiritual y humano;  son  entendidas  según “la carne”.  Sin conversión las ideas fácilmente  se  tornan  en  armas  arrojadizas  contra los otros.  La idea se hace “cosa”  que puede usar de muchas maneras. La experiencia ha enseñado sobradamente al  hombre occidental que el mero saber puede autodestruirle y que en nombre de la  paz, la cultura,  la justicia y hasta del mismo Dios se han  cometido los actos más inhumanos.  Solamente cuando  los  conocimientos  y las ideas habitan en un hombre convertido son  entonces flexibles y abiertas  a  la  verdad  (Jn.3,8).  En  un  mundo  tan  altamente organizado  y  poderoso  como  el  nuestro  esta  conversión debe alcanzar a los individuos y a  las instituciones.  Esto es lo que puede  descubrirles  su  razón de  ser:  estar al servicio de los demás.

El cristiano,  que vive de la fe, que es garantía de lo que espera (Hb.11,1),  tiene aquí  una misión  propia  y radicalmente necesaria.

En una Europa dominada por la “cultura del consumo”(?),  el peligro no está solamente en los conflictos que puedan sobrevenir en  las  zonas  “liberadas  del comunismo”.  Con  la  caída   de barreras también se  ha  facilitado en esas  zonas el crecimiento de la  criminalidad,  el  racismo,  el  recelo  nacionalista,  la demagogia,  el arribismo político y  el lucro a  expensas de  los débiles,  como recordaba  no  hace  mucho  Václav  Havel   en  su “Meditación”.  Todo eso es  también  conocido  en  la  Europa del Oeste. Hasta el mismo proyecto de una Europa unida, con la enorme acumulación  de  poder  que  ello  supone,  puede  significar  un peligro.  Para quienes  viven apoyados solamente  en el horizonte del mundo,  los tiempos son siempre justificación de cinismo o de vacío. O bien, tratando de huir de ambos, entregarse a las vastas promesas de la  esperanza proyectada ora  en el pasado  ora en el futuro. Pero en cualquier caso, “los tiempos que corren” resultan siempre insufribles y el ser profundo  del hombre  gime  por ser liberado de ellos.

El  cristiano está en el  mundo  (Jn.17,11)  y,  por eso, participa de todas esas tribulaciones y  busca,  con  los demás hombres y como  los demás hombres,  dar  respuestas  a  todos los problemas que los acucian.  Pero  el  cristiano no  es  del mundo (Jn.17,14): lo que nutre su vida personal ( y, por tanto, social) es  su  fe  en  Jesucristo,  promesa  cumplida  que fundamenta su esperanza,  don del Espíritu Santo (Rm.5,5), en el Reino de Dios, el  cual  está  dentro  de  nosotros  (Lc.,17,21).   Por  eso  el cristiano,   compartiendo  “los  gozos  y  las   esperanzas,  las tristezas y angustias de los  hombres de su tiempo”(G.  et S.,1), se  gloria  en el Señor,  pues es en  ellas donde se  engendra la paciencia y virtud probadas que hacen posible ese Reino de Dios.

Lo  que propiamente anuncia  el cristiano es,  pues, eso: Cristo  en  el  mundo,  fuente  de  salvación para  los hombres y mujeres. No se trata de ninguna ideología que oponga a este mundo “otro” mundo. No hay más mundo que éste, pero no es igual vivirlo iluminado por la luz de Cristo que a obscuras.

Por eso, en la hora actual, el cristiano tiene una misión propia:  la cultura moderna ha puesto de manifiesto que la  fe en Dios no es una evidencia vulgar,  sino que exige una una decidida metanoia,  una conversión. En un mundo socialmente cristiano, la fe era una trivialidad;  en un mundo  sin referencias religiosas, los cristianos son los  que aparecen como heterodoxos.  Esto nos puede hacer caer  en  la  cuenta de la  afirmación de Tertuliano: “Los cristianos no nacen, sino que se hacen”.

Esta misión es,  además,  absolutamente necesaria: la fe en el amor  de  Dios  es  el  prodigio que permite  descubrir el ser profundo del hombre,  simultáneamente personal y social. Sin ella el hombre construye imágenes  de sí mismo, pesimistas  u optimistas,  pero que acaban volviéndose contra él por ilusorias. En la  fe  el  hombre  se  encuentra con el  misterio  (no con el problema) que ilumina la realidad hasta hacerla transparente a sí misma, y cuya manifestación es la libertad, la creatividad y el amor solidario.

 

LA CRISIS ECONÓMICA Y LA ALDEA GLOBAL

Cada vez es más evidente que la crisis financiera está relacionada con una crisis moral. Algunos prefieren la expresión “crisis de valores”. Sin embargo, esto no implica una comprensión de la naturaleza de esa relación.

Se apunta que detrás de esa crisis económica está la pérdida de valores como la honestidad, la solidaridad, la verdad, la austeridad o la justicia o el bien. Un afán de lucro ciego a esos valores es el causante de la crisis. Como esos valores parecían brotar forma natural de la religión cristiana, una vuelta a esa fe nos pondría en el camino de salida de la crisis.

Otros consideran atinadamente que esos valores no son exclusivos de la fe cristiana, sino que son compartidos por otras religiones o realidades culturales. Así es. Y están de acuerdo en atribuir a la crisis moral (la dificultad para distinguir lo necesario de lo superfluo o el bien del mal) la causa del desorden financiero.

Se trataría, pues, vista cual es la causa, de restablecer el “mercado” de esos valores que generan la confianza necesaria para el desarrollo económico. Activar el consumo de justicia, honradez, honor, verdad, etc. para que paulatinamente se normalice la vida social y política que acompaña al desarrollo económico. Se trataría de trabajar para “construir” el orden moral requerido para restablecer la confianza en las relaciones humanas.

Volver a una concepción que valora la verdad… Eso es lo que los poderes públicos deben fomentar. Un discurso cuya prolongación nos llevaría a una exigencia legislativa y educativa. Las leyes y la educación son los instrumentos acostumbrados para lograr esos propósitos.

Este discurso, independientemente de que provenga de un creyente, un ateo o un agnóstico, responde a un tipo de conciencia dominado por el esquema de causa – efecto. Sin embargo, esa mentalidad olvida que la conducta humana está, sobre todo, llevada por motivos. Y eso es algo diferentes de las causas.

Aquello que nos mueve a actuar de una manera y no de otra, a decidir entre posibilidades diversas, nace de un determinado fondo de nuestra personalidad. Ese fondo en nuestro mundo, aquel en que habitamos y, consiguientemente, constituye nuestra casa.

Hoy se afirma que el mundo se ha transformado en una aldea global. La rapidez de las comunicaciones ha hecho posible esa transformación. Pero este mundo es aldea por lo minúsculo, es decir, por la concentración del capital en un círculo cada vez más pequeño y que apunta, al límite, en un punto. Para el mundo financiero la facilidad y rapidez de las comunicaciones le ha permitido ser dueños prácticamente de todo el dinero que se mueve en el mundo. Los salarios, los ahorros, el dinero de las facturas, todo lo engullen los bancos y lo mueven a su capricho allí donde quieren. En el ciberespacio no hay fronteras y desde los despachos de los grandes centros financieros se pueden dar órdenes con sólo apretar las teclas de una computadora. Una concentración económica con más poder que los propios Estados. Y al igual que en las dictaduras se hace ingeniería social, allí se hace ingeniería financiera para que la economía sea dócil a los deseos de los poderosos que se mueven en las sombras.

Pero la aldea global no es aldea en el sentido de pueblo pequeño que proporciona señas claras de identidad a las personas. La experiencia básica del hombre es identificarse con su casa, la casa en que nació y creció, junto a sus padres y hermanos. También sus vecinos, la calle en que jugó, el idioma que de ellos aprendió, las fiestas y costumbres que nos reunía a los vecinos, las creencias sobre el más allá y los ritos religiosos, los juicios que compartíamos sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal, las historias que se contaban sobre nuestro pasado, nuestra pertenencia a espacios más amplios, como la nación y el estado… Todo eso constituye su morada, la morada en que habita y lo habita. De ahí nacían sus valores y sus hábitos de conducta.

Pero para el ciudadano corriente esa aldea es muy grande. Tan grande que se encuentra perdido en ella. Cuando el helenismo, el habitante de la polis vio que el centro de toma de decisiones le era lejano y extraño, en Roma. Su opinión ya no tenía ningún peso, pero sabía donde se tomaban las decisiones por lo menos. Pero ahora ni siquiera sabe donde se toman las decisiones. En el helenismo el ciudadano de la polis se transformó en ciudadano del mundo. Pues había un mundo, aunque diferente. Pero ese mundo virtual que se puede recorrer tan brevemente, resulta extraño, no proporciona señas de identidad. Ofrece muchas posibilidades que obligan a optar. Y es el gusto el que termina por decidir la opción a tomar. Y siendo el gusto algo muy individual y cambiante, se constituye en principio del individualismo.

A pesar de eso, quienes trabajan y producen bienes conservan los valores que van con la condición humana. Puede que eso les haya llevado a desentenderse de la cosa pública, pero conservan las nociones de lo bueno y lo malo. Es en quienes se mueven en los centros del poder económico donde se da la ausencia de moral. La morada que habitan y los habita es el dinero y el principio de que solamente en la economía del mercado hay salvación. Lo suyo es la mecánica financiera, frente a la ingeniería social de los experimentos de las dictaduras políticas. Ya no ven el esfuerzo de los hombres ni sus ahorros para cubrir necesidades futuras. Sus movimientos se rigen por la habilidad para sortear la legalidad y procurar beneficios.

Pero al igual que fracasaron los proyectos de ingeniería social, también los nacidos de ese mundo financiero creador de mercados artificiales sin conexión con el trabajo de los hombres. El uno y el otro dejan tras de sí un mundo desmoralizado, sin morada, a la interperie.