… CON AUTORIDAD.

…Y se admiraban de su enseñanza; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas (Mc 1,22).

homilia9b

Hablar con autoridad podría oponerse a “hablar de memoria”. Hablar de  memoria equivale hablar de lo que se ha oído o leído, hablar de acuerdo con lo que otros han dicho. Es a esto a lo que los filósofos griegos llamaban doxa (δόξα), normalmente traducido por opinión, y que cierta interpretación de Parménides ha hecho que doxa se entienda como conocimiento engañoso. En realidad lo que se dice no es que sea necesariamente falso, sino solamente que sus afirmaciones no están asentadas sobre la visión de lo que realmente son.

Hablar con autoridad es un hablar en el que el que habla sabe (= ha visto) lo que dice. Es el hablar de un testigo presencial de lo que dice. Lo que dice no viene de oídas o leídas, sino de una experiencia directa con lo que las cosas son, con el ser. Seguramente eso quería decir Heráclito cuando afirmaba que “mucha erudición no enseña comprensión…”(B.40).

Los escribas, también llamados maestros o doctores de la ley, son el contrapunto de esta autoridad nacida de la experiencia directa de lo que se dice. Ellos tenían la función de interpretar la Ley mosaica y sacar de ella las normas que debían regular la vida de los judíos. Este conocimiento de la Escritura  los hacía doctos, pero al mismo tiempo marcaba una distancia entre sus palabras y lo que ellas pretendían significar. Una distancia en la que cabe preguntarse “¿y qué sabrá [= y qué habrá visto] él de lo que dice?”.

Precisamente este no haber distancia entre las palabras y las cosas significadas es lo que hace que el hablar con autoridad vaya acompañado de sinceridad, en el sentido más originario de esta palabra, que es el de sencillo, puro, simple, sin mezcla. El hablar con autoridad es un hablar cristalino, transparente a la verdad.

Y esto asombraba a quienes asistían ese día a la sinagoga, y por eso escuchaban. Las palabras adornadas de esa autoridad tienen como primera consecuencia provocar respeto. Por eso provocan el silencio, necesario para  poder ser escuchadas. Aquellas palabras tenían peso, consistencia y fundamento.  Palabras así son las que facilitan el encuentro entre las personas. Son inusuales y nos muestras la realidad en su frescura originaria.

Vivimos en un mundo de voces, voces multiplicadas y ampliadas gracias a los llamados medios de comunicación. Entre tanto ruido ¿cómo distinguir lo verdadero de lo falso en cada caso?

Muchos, queriendo hacerse escuchar, entran en el vocerío y se ponen al día en el uso de las modernas tecnologías de la comunicación. Pero me temo que la cuestión no está tanto en actualizarse como en ver la manera de liberarse de una actualidad que aturde y oprime.

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LA UNIDAD DEL SER

“El dogma de la unidad de la esencia de cuanto existe precede a todo acto de conocimiento, y todo acto de conocimiento presupone el dogma de la unidad del mundo. El ideal o fin último de toda filosofía y de toda ciencia es la verdad. Más la verdad no tiene otro sentido que el de la reducción de la pluralidad fenoménica a la unidad esencial: de los hechos a las leyes, de las leyes a los principios, de los principios a la esencia o el ser. Toda búsqueda mística, gnóstica, filosófica y científica de la verdad da por supuesta su existencia, es decir, la unidad básica de la multiplicidad de los fenómenos del mundo.  ¿Cómo, en efecto, podría procederse de lo conocido a lo desconocido —lo que precisamente constituye el método del progreso del conocimiento— si lo uno no tuviera que ver con lo otro, si lo desconocido no tuviera ningún parentesco con lo conocido y le fuera absoluta y esencialmente extraño? Cuando decimos que el mundo es cognoscible o, en otras palabras, que el conocimiento como tal existe, proclamamos por el hecho mismo la unidad esencial del mundo. Declaramos que el mundo no es un mosaico donde se hallan incrustadas una pluralidad de mundos esencialmente extraños los unos a los otros, sino un organismo cuyas partes están gobernadas por el mismo principio, lo que le permite revelarlo y poder remitirse a él. El parentesco de todas las cosas y seres es la condición indispensable sine qua non de su posibilidad de ser conocidas”

Anónimo. Los arcanos mayores del tarot, pgs. 35.

EN EL DOMINGO DE RAMOS…

Ayer los cristianos dimos comienzo a la Semana Santa. Domingo de Ramos. En la liturgia de este domingo tenemos dos momentos: uno, el de la bendición de las palmas y ramos de olivo, con la lectura del evangelio en que se narra la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y entrada en procesión al templo, y otro, la eucaristía en que se lee el relato de la Pasión. De ahí que el domingo de Ramos sea también conocido como “domingo de Pasión”. Así lo llamaban los antiguos Padres.

Los hechos conmemorados, y que la liturgia nos hace presentes, son la entrada de Jesús en Jerusalén. Su vida fue una peregrinación para entrar en esa Jerusalén y, mediante la procesión, los creyentes en Jesús, manifiestan su asociación a la peregrinación del mismo Cristo. En esa Jerusalén terrenal se manifiesta la presencia de Dios en el santuario y en el mundo. Pero esa entrada prefigura la otra entrada triunfal en la Jerusalén celestial, aquella hacia la que se dirigen los redimidos por la pasión de Jesucristo, y que es el paso de la muerte a la vida que se celebra en la vigilia pascual. El acontecimiento de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén es signo de su triunfo definitivo sobre la muerte con su resurrección, pero la lectura del acontecimiento de su pasión y muerte que se hace en la eucaristía nos recuerda que el tránsito a la Jerusalén celestial, a la resurrección, pasa por el sufrimiento y la cruz.

La liturgia de estas celebraciones es una invitación a la meditación. Lo que hace es ponernos delante de un acontecimiento histórico, ante un hecho situado en el espacio y en el tiempo, como todo hecho: alguien que entró aclamado como rey en Jerusalén cierto día y que después fue torturado y muerto en una cruz. Alguien que había mostrado un gran amor a los hombres, una gran sabiduría, un hombre que había curado a muchos enfermos y que mostraba una gran compasión por los que sufren. Admirado por muchos y temido por las autoridades religiosas de los judíos. Un hombre que por su vida y milagros se ve como el Hijo de Dios.

Estamos a más de dos mil años de los hechos que se narran. Unos hechos que tuvieron un alcance mediático limitado en su tiempo. Y, sin embargo, para los cristianos son unos hechos significativos, pues en ellos se revela la acción de Dios en el mundo. Por eso forman parte de ese otro relato que es la profesión de fe, el credo.

Para los cristianos, Dios no solamente se manifiesta en el espacio, en la naturaleza, sino también en el tiempo, en la historia. En el tiempo acontecen hechos reveladores de la acción salvadora de Dios, reveladores de lo que Dios quiso para nosotros. Unos hechos que por su carácter revelador de Dios constituyen una “historia sagrada”. La historia que la voz inspirada de los profetas nos hacen ver como manifestación de Dios.

Esto nos descubre otra dimensión de la verdad. Junto a la verdad entendida como juicio evidente y que como tal puede servir de fundamento a un cuerpo de verdades sobre el mundo, tenemos la verdad como hecho revelador. Lo específicamente cristiano es que la verdad no es solamente un “qué” (=¿qué es la verdad?), sino un “quién” (=¿quién es la verdad?). El “qué” hace posible el fundamento de nuestros conocimientos sobre el mundo, pero el “quién” fundamenta nuestra vida, y al reconocer a Cristo como la Verdad el cristiano se asocia a Él para participar de su muerte y resurrección. El hombre vive en el mundo y en él realiza su vida, pero su atención está centrada en la historia, en aquellos acontecimientos en que se manifestó la voluntad de Dios, a la cual quiere unir la suya. En el primer caso la verdad nos instruye, pero en el segundo da significado a nuestra libertad y nos salva.

La repercusión de esto sobre nuestra concepción del tiempo es grande. Espontáneamente tendemos a ver el tiempo como un movimiento cíclico. Al día sigue la noche y a la noche, el día. Las estaciones se suceden y repiten cíclicamente. Todo parece seguir una secuencia circular de creación, destrucción, re-creación. Es el tiempo cósmico, repetición constante de lo mismo, autoalimentado y sin dirección alguna. Solamente el instante intemporal, el punto al que todo ciclo supone, está fuera del tiempo, como un eterno presente. Platón nos dirá del tiempo que es la imagen móvil de la eternidad, de ese presente virtual inmóvil que es el instante.

Ese tiempo cósmico puede resultar desesperante. Sin origen, sin significación, sin vinculación con la vida del hombre, aparece como un devorador de todo cuanto hay. El pasado es simplemente muerte, pues ya no es, al igual que el futuro es nada, pues todavía no es. La salvación en esa concepción del tiempo consiste en liberarse en escapar de esos ciclos fatales.

Para los israelitas y para los cristianos el tiempo es lineal, tiene un principio y se dirige a un fin. Empezó con el hecho de la creación y se dirige a su eterna reconciliación con Dios, reconciliación ya manifestada en la muerte y resurrección de Cristo. La salvación del ser humano, pues de eso se trata, se realiza a través de unos acontecimientos que se desarrollan según el designio divino, según sus promesas. Pasado, presente y futuro son la triple dimensión del tiempo: lo prometido en el pasado, el presente lo inicia para su realización en el futuro.

Y eso marca un distinto significado para las fiestas bajo la visión del tiempo cósmico y el tiempo como historia. En el primer caso las fiestas son actos del drama cíclico de la naturaleza, su periódico renovarse y en los cuales el ser humano se libera de la prisión del morir y nacer. En el segundo, las fiestas son la memoria de los hechos salvíficos de Dios. Son el recuerdo de aquellos momentos en que Dios intervino en su historia, encuentros con Dios que cambiaron su existencia.

En cuanto acontecimientos que ocurrieron en un determinado lugar y momento sólo pueden ser evidentes para quienes fueron testigos de los mismos. De ahí la necesidad de mantener viva su memoria en la celebración litúrgica, en la Tradición que conserva esas experiencias. La fe de “los vivos” es la fe de “nuestros padres”.

Una fe basada en un acontecimiento de hace más de dos mil años no puede ser una fe que se impone a la inteligencia al igual que el principio de causalidad o cualquier otro principio de razón. En este sentido no es una fe universal. Si lo es la invitación a tratar y conocer a Jesucristo, quien revela el misterio de Dios. Y este conocimiento se hace a través de quien son fieles a la memoria de Jesús. En Él se encuentra la respuesta, no a las preguntas arbitrarias de la ciencia, sino a la pregunta que la vida de cada ser humano es.

DE LA VERDAD

1. El objeto de la actividad cognoscitiva del hombre es la verdad. Decirnos como las cosas son en realidad. Esto es: como las cosas son a partir de aquello permanente, que no cambia, que siempre es.

2. En griego llamaron a la verdad alétheia, descubrimiento, hacerse patente, presente, algo oculto. Oculto ¿para quién?. Para el hombre, para su conocimiento. Y una de las formas de que algo nos esté oculto es el olvido. La palabra alétheia tiene su origen en el adjetivo alethés, del que es su abstracto. Alethés deriva a su vez de lethos, que significa “olvido“. Originariamente, el significado de alétheia estuvo ligado a “algo sin olvido“, “algo en que nada ha caído en el olvido“, “completo“. Es el recuerdo en que todo se hace presente.

3. En latín verdad (veritas-atis) se deriva de verus, verdadero, pero con el sentido originario de estricto, serio, como puede en su derivado se-verus (se(d)-verus) o en el castellano actual en la expresión “de veras“, seriamente, de verdad. De modo que la verdad es la propiedad de algo que merece confianza.

4. Decir: “te amo de verdad” es igual a “te amo realmente”, y es igual a “como se debe amar”, o sea, “no con amor ficticio que como tal se acaba en cuanto aparece la realidad”.

5. La verdad como aquello permanente y definitivo, que no cambia y es siempre, llevó a establecer las condiciones para que una afirmación pueda ser verdadera: que esa afirmación sea universal y necesaria.

6. Que una afirmación sea universal significa que es válida para cualquier sujeto cognoscente posible. Tendría gracia un profesor que dijera que las afirmaciones de su ciencia son válidas para ellos, para los presentes a su explicación, hoy, pero no para otros o mañana. La verdad es válida en cualquier lugar y siempre. La verdad no tiene un comienzo en el tiempo, aunque si lo tiene nuestro descubrimiento de ella. Que la suma de los ángulos internos de un triángulo plano suman 180º no empezó a ser verdad cuando alguien lo vio. Precisamente lo vio porque ya estaba ahí.

7. Que la verdad es necesaria significa que es así y no puede ser de otra manera. En el ejemplo anterior del triángulo, la demostración permite ver que esa suma hace necesariamente 180º, ni más ni menos. Es la demostración que acompaña a nuestras afirmaciones la que proporciona su necesidad al hacerlas evidentes.

8. De ahí que la idea de verdad como patencia o descubrimiento nos lleve a la demostración y la demostración al establecimiento de los primeros principios del conocimiento, que también debieran serlo del ser, aunque esto frecuentemente se olvida.

9. En el cristianismo, la noción de verdad está ligada al acontecimiento: Jesucristo es la verdad. Él es aquel acontecimiento en el que se encarna el Logos de Dios. “El Verbo (logos) se hizo carne” (Jn 1,14). “La gracia y la verdad por Jesucristo aconteció” (Jn.1,17).

10. Jesucristo, en tanto que acontecimiento, se inserta en el tiempo. Es acontecimiento histórico. Pero no es un acontecimiento cualquiera. Es un acontecimiento que revela, manifiesta algo: revela a Dios, a Dios que salva y ama al hombre y a su creación. En Él vemos no qué es la verdad, sino quién es la verdad. La verdad se hace persona.

SABER Y COMPRENDER

Saber y comprender no significan lo mismo. Sabemos muchas más cosas de las que comprendemos. Tampoco comprender es lo mismo que explicar.

Alguien puede saber multiplicar, pero no saber la razón por la que decimos que de veinte nos llevamos dos o porqué hay que disponer las cifras de determinada manera para efectuar correctamente la suma que nos lleve al producto de la operación. Pero eso sería tener la explicación de algo. Si de aquello que sabemos poseemos su explicación, entonces sabemos mejor.

Aquello que sabemos lo adquirimos de los maestros, los libros o la propia experiencia. Y esos saberes nos permiten ser eficaces en el mundo. Saber nos proporciona poder para hacer cosas. Si además disponemos de la explicación de aquello que sabemos, nuestro poder es más eficaz y preciso.

Se dice que explicar es reducir un fenómeno a sus causas. Y esta es la función de la ciencia: buscar las causas de los fenómenos. Cuando sabemos la causa de una enfermedad o determinado comportamiento de la naturaleza entonces podemos dirigir mejor nuestros esfuerzos para tratar la enfermedad o dominar esa naturaleza.

La explicación muestra la necesidad de nuestro saber, de que algo sea así y no de otra manera. De este modo nuestro saber se convierte en reglas de acción seguras. Como el que aprende las reglas para efectuar multiplicaciones, que si las aplica correctamente hará bien la multiplicación, aunque ya no recuerde muchas de las cosas que justifican esas reglas.

Pero nuestra capacidad de conocimiento no se agota en el qué y el porqué de las cosas, en saber y explicar. También es posible comprender. Y comprender es otro modo de acercarse a las cosas y a los seres humanos.

Para que yo admita la realidad de un fenómeno se requiere que pueda integrarlo en mi visión del mundo. Cuando esto es imposible, considero el fenómeno una ilusión o un absurdo. Si alguien querido muere inesperadamente, sin mediar causa alguna, me resisto a creer esa realidad y a considerarla absurda; para alguien que cree en Dios, a pesar de que lo ocurrido se opone al curso habitual que cabía esperar, puede ver allí la intervención de una voluntad superior a la propia. En función de la amplitud de mi marco interior, de mi visión, acepto o rehúso los hechos, aparecen como absurdos o con sentido.

Suele ocurrir que los hechos insólitos obligan a una reflexión que ensanche esos marcos. Una reflexión que amplifique nuestra visión de la realidad.

Comprender un ser es reconocer como su singularidad se vincula a la totalidad en la que está comprendido. Ver y aceptar su realidad. Es decir: ver como emerge del Ser y ocupa su lugar en la riqueza infinita de modalidades posibles de ser.

En el caso de las personas, lugar privilegiado de manifestación del ser, la comprensión se produce, sobretodo, en la escucha. Dejar que el ser hable y sea acogido en el silencio. Cuanto más atenta es la escucha y más profundo el silencio, mejor se dibuja la palabra el que habla. El silencio escuchador crea el espacio necesario para que lo singular encuentre acomodo y sentido. “No quiero escucharte” equivale a “me niego a aceptar tu realidad”. Es decir: tu ser, tu verdad y tu bien.

La explicación apunta hacia lo universal, en el que lo singular se pierde. La comprensión apunta a lo singular y su sentido en el Todo del ser. “¿Por qué a mí?”, se pregunta a quien le notifican una enfermedad incurable. U otra de las muchas cosas con que no es posible contar en nuestros planes. Y no le ayuda que le expliquen las causas de esa enfermedad. El “¿por qué a mí?” reclama otro alguien que escuche el clamor de la pregunta y haga espacio para que esa realidad se manifieste. Y encuentre sentido al privilegio de la salud y la vida, de los que gozaba como si fueran un derecho. Como privilegio, como ley privada, disponía de él para cumplir una misión que solamente él o ella pueden realizar.

Para saber se requiere abrir los ojos, potenciado su capacidad, si es posible, con instrumentos como los microscopios y telescopios. Para comprender es preciso cerrarlos en recogimiento y silencio interior.

EDITH STEIN, COPATRONA DE EUROPA

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El 1 de mayo de 1987, el Papa Juan Pablo II beatificó a Edith Stein, judía, filósofa y carmelita descalza como mártir de  la Iglesia Católica. El mismo Papa la canonizó en 1998, dándole por título “Mártir del Amor”. En octubre de 1999 fue declarada copatrona de Europa, junto a Santa Brígida de Suecia (1303 – 1373) y Santa Catalina de Siena (1347 – 1380).

La proclamación de estas tres mujeres motu proprio formaba parte de ese programa de preparación del tercer milenio en el que tanto interés y esperanza había puesto el Papa. Y esa preparación incluía una “renovación y purificación de la memoria” (cardenal Joseph Ratzinguer).

Los patronos de Europa van marcando como hitos en la memoria de una cultura que debe abrirse a aquello que el futuro espera de ella. Benito de Nursia, su primer patrono, aparece como la figura que marca los comienzos de esa Europa identificada con la Cristiandad. San Cirilo y San Metodio recibieron también esa condición de patronos por su labor en la evangelización del mundo eslavo.

Santa Brígida y Santa Catalina aparecen cuando ya esa cristiandad empieza a hacer crisis para dejar paso a la modernidad, en la que la fe se hace más personal e interiorizada.

¿Y Edith Stein? Por un lado, ella es como el resumen y la síntesis del siglo XX. A través de su vida y su muerte puede leerse la esencia de ese siglo. Un siglo en el que el racionalismo, el materialismo y el ateísmo dejaron ver su lado oscuro bajo las formas de la guerra, los campos de concentración y las dictaduras negadoras de la dignidad humana. Pero al mismo tiempo, su vida se alza mostrando a la persona que solamente en Dios se reencuentra y descansa.

Nació Edith Stein en 1891, el 12 de octubre, en la fiesta del Yom Kippur, cuando Europa se veía como cumbre de la razón y llamada a mandar en el mundo. Pero pronto vio como esa imagen que Europa se creaba de sí misma era negada por la guerra que la asoló en el periodo de 1914 a 1917. Y Edith Stein vivió esa manifestación de la sinrazón que ocultaba el racionalismo europeo tratando de curar las heridas y sufrimientos que causaba esa guerra en un hospital militar austriaco.

Ahora ya no tengo una vida propia“, escribió al empezar la guerra. Aquella mujer, que había decidido libremente dejar de rezar, sentía, sin embargo, la necesidad de asumir la circunstancia que le había tocado vivir y tratar de aliviar los destrozos que en los jóvenes, en los seres humanos, causaban la ambición y la desconfianza de las naciones europeas. “Si los que están en las trincheras tienen que sufrir calamidades, ¿por qué he de ser yo una privilegiada?“. Los heridos y enfermos de tifus que atendía en el hospital le mostraban esa cruz no deseada, pero que se le imponía obligándola a alejarse de su ego. Encontraba la libertad que tanto deseaba renunciando a ella.

La feminista, cuya religión había quedado entre paréntesis, iba a ir acercándose a la fe cristiana por un camino no previsto. El camino de los hechos, aparentemente sencillos, o precisamente por sencillos, son de gran resonancia en un espíritu ansioso de verdad. Uno fue algo cotidiano, una mujer del pueblo, con su cesta de la compra, anónima, que entra en la catedral de Frankfurt para rezar durante un rato. Es algo que podemos ver en muchos de nuestros pueblos y ciudades: alguien que entra en un templo para rezar durante unos instantes. ¡La de cosas que hay para presentar a Dios o pedir a algún santo para que interceda por uno! Se trata de conversaciones íntimas, de la zona más reservada de nuestra ser a la que solamente Dios puede acceder.

La sensibilidad y la razón de Edith Stein quedaron suspendidas. Todo un descubrimiento. “Esto fue para mí algo completamente nuevo. En las sinagogas y en las iglesias protestantes que he frecuentado los creyentes acuden a las funciones [religiosas]. Aquí, sin embargo, una persona entró en la iglesia desierta, como si fuera a conversar en la intimidad. No he podido olvidar lo ocurrido“. La fe pertenece a ese reducto íntimo que hace que la iglesia pueda estar vacía, pero no desierta, pues lugar de encuentro con el Dios que escucha y habla. Allí se manifiesta la misericordia divina.

Otro hecho fue la visita que hizo a la esposa de Adolf Reinach, muerto en Flandes en 1917, y con quien tenía una gran amistad. Se trataba de una visita incómoda. ¿Qué decir a quien crees abatido por el dolor? Y se encontró que aquella persona, sí, estaba profundamente afectada, pero al mismo tiempo con una gran serenidad y fortaleza interior. Encontraba en la actitud de aquella mujer la misteriosa fuerza de la cruz. “Este fue mi primer encuentro con la cruz y con la divina virtud que ella infunde a los que la llevan. Entonces vi por primera vez y palpablemente ante mí, en su victoria sobre el aguijón de la muerte, a la Iglesia nacida de la pasión del Redentor. Fue el momento en que mi incredulidad se desplomó y Cristo irradió, Cristo en el misterio de la cruz“.

El ateísmo que durante aquellos años había profesado se disipaba ante el hecho de la manifestación de Dios en aquellas personas. En la lectura del Libro de la vida de Santa Teresa de Jesús encontró la formulación de la respuesta que buscaba y el encuentro con la que sería su maestra interior. “Esta es la verdad“, se dijo tras la lectura apasionada de este libro.

Tras esto vino su conversión al catolicismo, su bautismo, su vida de oración y compromiso por humanizar el mundo que le había tocado vivir, hasta sentir que era llamada a la vida del Carmelo, “…pues el Carmeloescribe en una carta a una religiosa el 27 de agosto de 1933- es una alta montaña a la que hay que subir desde abajo. Pero ya es una copiosa gracia andar por este camino. Y puede usted creer que en mis horas de oración me acuerdo siempre especialmente de aquellas personas que desearían hallarse en mi lugar. Ayúdeme a ser digna de vivir en el santuario más íntimo de la Iglesia, y a representar a los que tienen que desarrollar su vida en medio del mundo…

En el Carmelo, ahora convertida en Teresa Benedicta de la Cruz, continuará su camino de fe y su obra científica. En 1936 con concluye su obra “El ser finito y el ser eterno“, en la que muestra como el deseo de conocer la verdad se entiende desde la realidad de lo eterno y lo transcendental, y como en el fruto de ese deseo confluyen la fe y la razón. Y frente a la verdad de la modernidad, que se resuelve en “tener razón” y negación del hombre, la Verdad que nos posee se transforma en amor, sin el cual esa verdad se niega a sí misma.

Quien un día decidió dejar de rezar, dirá ahora en esta obra: “Mi ser, tal como yo lo veo y cómo en él me veo, es un ser vacío; yo no soy por mí misma, y por mí misma soy nada; en todo momento estoy ante la nada, y cada momento es un nuevo regalo del ser […] Y, sin embargo, este ser vacío es un «ser», y yo toco en cada momento la plenitud del ser“. Y añade poco más adelante: “Pues a la innegable realidad de que mi ser es un ser fugaz, prorrogado momento a momento y expuesto a la posibilidad del no-ser, corresponde otra realidad igualmente innegable: que a pesar de mi caducidad, yo soy, y soy conservado en el ser en cada momento, y que mi ser fugaz implica un ser permanente. Yo me sé conservada, y en eso tengo yo mi descanso y seguridad; no la seguridad autosuficiente del hombre que está de pie, por sus propias fuerzas, sobre un terreno seguro, sino la dulce y bienaventurada seguridad del niño sostenido por unos brazos fuertes. Esta seguridad, bien mirado, no es menos racional. ¿O sería un niño racional el que viviera continuamente bajo la angustia de que su madre le puede dejar caer de sus brazos?”.

Por el camino oscuro de la fe, con la confianza del niño, encontró la verdad en la que la razón descansa. La fe que es “revelación de Dios como el que es, como el creador y el conservador, y en las palabras de Redentor: el que cree en el Hijo, tiene ya la vida eterna“. Y en esa fe vislumbró la vida de Dios como amor, cuya esencia es la entrega. “Dios, que es el amor, hace donación de sí mismo a las criaturas que Él ha creado por amor“.

En el Carmelo aún vivió más intensamente la persecución de los judíos por el nacionalsocialismo. Una persecución a que ella llamó “una persecución a la Humanidad de Jesucristo“. Pero en la muerte del Dios-Hombre se encuentra la ciencia de la cruz. “No se puede adquirir la ciencia de la Cruz más que sufriendo verdaderamente el peso de la cruz. Desde el primer instante he tenido la convicción íntima de esto y me he dicho desde el fondo de mi corazón: Salve, oh Cruz, mi única esperanza“. Ella sabía íntimamente qué es lo que siempre permanecería. En una conversación pocos días antes de su muerte dijo: “El mundo está lleno de contradicciones; en último término nada quedará de esas contradicciones. Sólo el gran amor permanecerá. ¿Cómo podría ser de otra manera?

Amante de su pueblo, al que no solamente no renunció, sino que se sintió más unida tras su conversión al catolicismo, participó de su suerte. Sacada por las SS del convento de Echt (Holanda), donde se había refugiado, junto a su hermana Rosa, la llevan al campo de concentración de Mersfort. Es el 2 de agosto de 1942. A los dos días, la pasan al campo de Westerbork. Está dentro de lo que los nazis llamaron “la solución final”, que no era otra cosa que la crueldad extrema y absurda. El 7 de agosto, de madrugada, emprenden su traslado, junto a su hermana y otros más de mil judíos, a Auschwitz. Allí llegan el 9 de agosto. Los prisioneros fueron directamente conducidos a la cámara de gas. Los restos de esta persona bondadosa, serena y generosa fueron a parar a una fosa común.

Se ha dicho que después de Auschwitz no se pueden hacer poemas. O que no se puede pensar. O que Dios quedó desterrado de los hombres. Creo, por el contrario, que Auschwitz nos apremia a seguir haciendo poesía, a seguir pensando y, por lo menos, a seguir buscando a quien asume todo el dolor y el sufrimiento humano.

Auschwitz mostró todo el mal que el hombre es capaz de hacer. Pero también mostró como el hombre puede resistirse a que su lazo íntimo con el Creador le sea arrebatado y entrar en la cámara de gas musitando una oración. Que las víctimas de la crueldad siempre serán más fuertes que sus verdugos.

Si San Benito señaló el camino en la fundación de Europa, Edith Stein, junto a los otros copatronos, señala el camino de su refundación.

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LA PHYSIS

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“Sobre la Naturaleza” es el título que frecuentemente se atribuye a las obras que escribieron los presocráticos. De Aristóteles arranca esa costumbre. Aristóteles también llamó a esos pensadores presocráticos fisiólogos, pues consideró que su principal ocupación fue encontrar la razón de la Naturaleza.

Naturaleza es la forma latina que traduce la palabra griega physis, que a su vez procede del verbo phyo, con los significados de producir, nacer, brotar, surgir, crecer, etc. La physis viene a ser algo así como nacimiento o crecimiento, es decir, aquella fuerza íntima presente en todas las cosas que las hace nacer y crecer. La physis es la esencia dinámica presente en todas las cosas, de la que todas nacen y a la que todas vuelven una vez cumplido su ciclo existencial.

¿Qué novedad para la vida del espíritu supuso esta noción a partir de la cual arranca eso que ha venido a llamarse filosofía?

Para el hombre antiguo, igual que para el moderno, aquello que es objeto de sus preocupaciones, es el movimiento, la mudanza a la que todo está sometido. Nada hay realmente estable; todo nace un día para perecer otro. También el hombre anda envuelto en esa universal mutación de las cosas y está sometido a la generación y corrupción. ¿Cómo saber a qué atenerse cuando todo está sujeto a continuo cambio?

Así es este mundo, el de aquí abajo, el de la tierra, aquel en el que el hombre desenvuelve su vida. En él todo es incierto. Otra cosa es el mundo de arriba, el cielo, el ouranós, el lugar en el que habitan los dioses inmortales. Ese mundo de arriba no está sujeto a esos movimientos de generación y corrupción; es estable y permanente y, consecuentemente, fiable.

¿Cómo se relacionan ambos mundos, el de abajo y el de arriba? Hay cosas que por su grandeza, su singularidad o su perfección son recipientes del poder de los dioses; son hierofanías, lugares de manifestación de los dioses. Son ellos los que generan los acontecimientos de este mundo, en especial aquellos que sobrecogen al hombre.

A los dioses y a los acontecimientos asociados a ellos, el comportamiento es relatarlos, cantarlos, darles culto, comportarse ritualmente. Todo esto constituye un lenguaje mediante el cual el hombre se refiere a ese otro mundo que es sagrado por ser “el habitado por los dioses”. A él, a ese mundo, apela el hombre buscando conformidad en su vida,  protecciónincierto futuro y celebrar los acontecimientos significativos. para el

Pero aunque no sepa qué va a ocurrir ni qué va a sucederle, el hombre ha de tomar decisiones. Es mediante esas decisiones que el va haciendo su vida. A esto está constreñido por su particular naturaleza. Eso le exige deliberación. Y porque es él quien deliberando toma las decisiones, puede el hombre responder de lo que hace. Tiene el ser humano el particular poder de entender lo que hace.

Ese poder, al que llamó logos, es particular porque no es ya el simple poder de la psique que anima su cuerpo, sino un poder que le permite dirigir su vida. Gracias al logos el hombre no solamente hace cosas, sino que puede hacerlas bien, es decir, de acuerdo con lo que ellas son de verdad.

Cuando el ser humano delibera acerca de lo que hace y de su mundo, concentrándose en sí mismo, puede situarse por encima de la multitud de sus impresiones y tendencias y ver lo que las cosas son. Y esto le permite tomar decisiones acertadas. A esa potencia de ver del ser humano se la llamó nous. O mente. El logos es aquella palabra que manifiesta lo que la mente descubre.

Y lo primero que la mente concentrada en lo que hay descubre es la unidad esencial de todo cuanto existe. El pensamiento actúa como una luz que permite que las cosas emerjan y puedan ser vistas como siendo parte de un todo. Y si los sentidos nos muestran las diferencias entre las cosas y, por consiguiente, su pluralidad, la mente nos muestra su unidad de fondo. Y esa unidad es la que hace posible la ciencia, que no consiste sino en ver las relaciones entre las cosas. Relaciones (sean lógicas o analógicas) que pueden establecerse sobre la base de esa unidad de principio de todo cuanto hay.

La ciencia funciona yendo de los hechos a las leyes que los regulan y constituyen, y de esas leyes se eleva a los principios a cuya luz se entienden esas leyes; y de los principios a la unidad esencial de cuanto hay.

El nuevo camino que Tales, Anaximandro y Anaxímenes empezaron a abrir allá por el siglo VI aC fue el descubrimiento de ese fondo universal (que unifica la diversidad), de donde nace todo cuanto hay. El camino de la generación de los dioses llevaba a la multiplicidad de estos; una experiencia de lo sagrado que se perdía en esto, aquello y lo de más allá. Ahora el camino, el de la physis, es el de la reducción, el que lleva a cada cosa a aquello de lo que ha brotado y participa hasta su regreso al acabar su ciclo propio.

Ahora la generación es un nacer, un salir a la luz como algo que la Naturaleza, la physis, produce “de suyo” (arkjé). Las cosas se nos hacen presentes saliendo del fondo al que pertenecen. Por eso su presencia tiene el carácter de un descubrimiento, un correr el velo que las cubre.

La physis no supone ninguna desacralización. Ella también es divina, eterna e inalterable. La Naturaleza es indestructible; podemos destruir alguna de sus manifestaciones, pero ella permanece siempre la misma. Pero sí es otro modo de representarse el mundo.

Esa physis es la substancia de que todas las cosas están hechas, su verdad. De ahí que la expresión de Aristóteles, refiriéndose a estos primeros pensadores, como “los que filosofaron acerca de la verdad” y “los que filosofaron acerca de la Naturaleza” sean equivalentes. Buscar la verdad es buscar la Naturaleza.

El descubrimiento de la Naturaleza por parte de estos pensadores supuso el inicio de un camino que llevaría al conocimiento por lo que ha venido en llamarse filosofía y ciencia.

PENSAMIENTOS

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No se puede suprimir el mal sin causarlo

La ignorancia más despreciable es la que nace de la presunción.

El orador más elocuente es el que dice la verdad.

El actuar de un ser humano es ley para otro ser humano.

Todo aquello que hacemos nos hace a nosotros.

Es una empresa vana pretender iluminar la luz con un candil.

Los perversos solamente se diferencian de los virtuosos en la perversidad. Pero ésta oculta.

Explicarla nos da la extensión de una experiencia; sentirla, su profundidad.

Todo juicio es una manifestación de presunta superioridad.

“Cómo cambian mis ideas cuando las rezo”(Bernanos).

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LAS VIRTUDES CARDINALES

Para podernos orientar en el espacio físico necesitamos tomar puntos de referencia. Y para que un punto sea considerado de referencia, es menester que sea fijo y visible. Un punto que continuamente cambiara de posición nos extraviaría, y si no fuera visible en todo momento, de nada nos serviría.

El Sol nos proporciona dos buenos puntos  de referencia, pues tanto su salida como su ocaso siempre se producen por el mismo sitio y, además, su camino es regular. De ahí que se tomaran esos dos puntos como la base para establecer un sistema de referencias fáciles para orientarse. Oriente o este se llama al punto por donde el Sol se levanta y poniente, occidente u oeste, al lugar por donde el Sol se pone. A partir de ahí determinamos el sur y el norte, obteniendo una cruz que es la base o los goznes sobre los que podemos determinar otros puntos. En el caso de la noche, en la estrella Polar que siempre aparece por el norte, también sirvió de punto de referencia. Cardinales se les llamó a esos cuatro puntos por su carácter de básicos para ulteriores referencias, que serían puntos intermedios entre ellos. La rosa de los vientos nos da una imagen clara de todo esto.

Pero tal vez sea útil retener algunas observaciones sobre estos puntos. La primera sería que ellos no son sitios a los que podamos llegar. Son puntos de un horizonte al que nunca llegamos, pues se alejan en la misma medida que avanzamos. Nadie llega “al Este”. Es decir, los puntos cardinales indican una dirección para desplazarnos, para nuestros movimientos. La segunda observación se derivaría de la primera, y sería que la función de esos puntos es la de guía; sirven guiarnos en el mundo indefinido del espacio. Sirven de guía, naturalmente, para quien se dirige a alguna parte. La tercera, que a partir de ellos podemos ordenar los objetos en el espacio por un sistema de relaciones de “estar al norte de”, o “al sur de”, etc. La cuarta, que nosotros nos encontramos siempre en el punto de cruce de esos cuatro puntos; su presencia o ausencia en nosotros de esos puntos decide nuestro estar “orientados o perdidos”, el saber o no saber adónde vamos. Avanzar es tanto un “ir hacia”, como apropiación del horizonte hacia el que se camina. Y quinta observación, son las posiciones del Sol las que nos auxilian a encontrar esos puntos de referencia.

Al igual que para avanzar en el mundo exterior necesitamos de esos puntos básicos para orientar nuestro camino, creo que también en nuestro mundo interior necesitamos referencias para ordenarlo y que nos sirvan de guía en nuestro progreso humano. Para aquellos que han tomado sobre sí la responsabilidad de educar o conducir a otros, el conocimiento de esos puntos ilumina toda su labor.

Esos puntos son las llamadas virtudes cardinales. Cardinales porque también ellas son los quicios o goznes (lat. cardo-inis = quicio) de las puertas que dan acceso a nuestra morada, nuestro modo de estar y avanzar moralmente en la vida.

¿Cuál será el Sol que en el espacio de nuestro espíritu sea constante en su camino, en su salir y ponerse? En el orden de la inteligencia ese Sol es la noción de verdad y en el orden de la voluntad se le llama bien. Verdad y bien son versiones de lo mismo, tan consubstanciales a nuestra específica forma de ser que a nadie le gusta que le engañen o le traten injustamente, por más que mienta o cometa injusticias. El orto y el ocaso de ambas nociones marcan los dos puntos fijos a partir de los cuales se levantan los cuatro puntos quiciales de nuestra conciencia moral.

Desde antiguo, ya desde Platón o Aristóteles, prudencia, fortaleza, templanza y justicia son los nombres que reciben esos cuatro puntos básicos de referencia. También en la Biblia, en el libro de la Sabiduría encontramos:

“Pues la sabiduría enseña la moderación y la prudencia, la justicia y la fortaleza, que son más útiles para los hombres que cualquier otra cosa en esta vida” (Sab. 8, 7)

En el punto de intersección de las líneas definidas por esas virtudes nos situamos. A su luz, mediante la práctica, el ser humano puede ir apropiándoselas para ir construyendo su morada, su carácter moral. Son cuatro puntos de referencia, en los que cada uno remite al resto. Así, si bien la prudencia nos orienta en la función directiva de la razón, necesita de la fortaleza y la templanza que dominan nuestras pasiones para ejercer esa función. ¿Y qué justicia podría esperarse de un inmoderado e imprudente? Por eso, aunque sean cuatro en su manifestación, puedan ser consideras una en cuanto a su generación.

La consideración atenta de esas virtudes permite obtener criterios que guíen la práctica educativa y ayuden a la actualización de la persona que todo ser humano potencialmente contiene.

Pienso que la cuestión no está en saber que es la justicia, por ejemplo, cosa más asequible y fácil, sino en lograr ser cada vez más justos, lo que no es nada vulgar, por lo que distingue.

VERDAD, SIGNIFICACIÓN Y SENTIDO



Existe hoy la opinión, bastante generalizada, de considerar como único conocimiento fiable el que proporciona la ciencia. Una parte del éxito de este tipo de conocimiento se debe a su contribución al dominio de la naturaleza y al bienestar de los hombres. Los descubrimientos en el campo de la Física, la Química o la Biología, por ejemplo, han servido para hacer la vida más cómoda y segura. Pero también ha contribuido a su prestigio el que sus cultivadores hayan logrado el consenso suficiente sobre cómo tratar los problemas que se plantean. Ellos delimitan bien el objeto de su investigación, sujetan sus hipótesis explicativas a un lenguaje riguroso, y los procedimientos para contrastar la veracidad de sus hipótesis son claros y repetibles por cualquiera que reúna las condiciones para hacerlo. Sus resultados pueden ser enseñados, mostrados a otros, bien para ser aprendidos o criticados.

Gracias a esta forma de proceder, la ciencia ha puesto al descubierto una enorme cantidad de fenómenos de la Naturaleza, tanto en el campo de lo microscópico como macroscópico. Conocemos más cosas del universo y de los elementos que constituyen la materia y la vida. La ciencia no solamente nos ha descubierto hechos que escapan a la percepción común, sino que ha ido estableciendo las leyes que regulan esos hechos y ha elaborado teorías con las que se explican amplios campos de la realidad.

El contenido de la ciencia está, pues, formado por las respuestas que los hombres han logrado a cierto tipo de preguntas sobre la realidad. ¿Qué tipo de preguntas?. Aquellas que la nuda presencia de las cosas provoca a su inteligencia. Preguntas tales, como saber el porqué de los cambios de la Luna, a qué se debe que los colores del arco iris sean esos y no otros, cómo es que, en ocasiones se producen heladas tardías o cómo enferma su cuerpo y qué remedios pueden sanarlo. Preguntas cuya respuesta exacta le permiten conocer mejor la complejidad de la realidad y pueden ayudarle a tomar decisiones acertadas para su bien.

Ahora bien, esa exactitud se ha ido logrando en la medida que se ha ido eliminando el sujeto concreto que formula la pregunta y la respuesta. Es decir: en la medida que se han ido suprimiendo los sentimientos, creencias, deseos y demás aspectos del yo que conoce. Todos esos elementos son tachados de “subjetivos”, es decir, interferencias en el conocimiento objetivo de la realidad. En la ciencia moderna las dicotomías sujeto – objeto, cuerpo – espíritu, fenómeno – nóumeno, voluntad – representación, etc. se han ido superando por la eliminación del sujeto, el espíritu o la voluntad. Estos elementos parecen estar de más en las explicaciones de las cosas o del actuar humano para la ciencia moderna. Al menos, idealmente.

Esta situación del conocimiento puede ser ilustrada por el aforismo 5.631 del Tractatus Logico-philosophicus de Wittgenstein: “El sujeto pensante, representante, no existe. Si yo escribiese un libro titulado El mundo como yo lo encuentro, debería referirme en él a mi cuerpo y decir qué miembros obedecen a mi voluntad y cuáles no, etc. Este sería el método para aislar al sujeto o aún mejor para mostrar que en un sentido importante no hay sujeto; precisamente sólo de él no se podría hablar en este libro”. Y no hubiera podido hablar de él porque el sujeto es “el límite del mundo”[1], y, por consiguiente, no entra en él. De ahí que corrija a Russell, el cual entendía el enunciado <<A cree que p>> como la expresión de la relación entre un pensamiento y un hecho; para Wittgenstein <<A cree que p>> tiene la forma <<’p’ dice p>>, donde el primer p es también un hecho, no un objeto simple, un pensamiento, un alma, sino sencillamente, el hecho de decir”[2].

Sirva esto de ejemplo de la tendencia a suprimir el sujeto del campo de conocimiento, por más que resulte “profundamente misterioso[3].

Con esta tendencia a eliminar el sujeto, de limitarse a la objetividad, la ciencia (y sus resultados, los enunciados científicos) deviene fáctica, no solamente en el sentido de que trata de hechos, sino que ella misma es otro hecho más. Se da así la paradoja de que ciencia puede producir “verdades”, pero no puede orientar al hombre en su vida. Y no puede porque, por principio, se ha desentendido de él. De ahí que, a pesar de tanta ciencia, el hombre concreto se siente cada vez más confuso y desorientado. Su situación se asemeja a la de aquel a quien le han proporcionado las piezas de un puzzle, sin enseñarle la imagen que le permite montarlo. La racionalidad científica padece de una limitación fundamental: la de no proporcionar al hombre el fundamento que dé unidad y sentido a su experiencia de la vida. La ciencia no proporciona ese fundamento sencillamente porque no puede. Ella nació para saber exacta y fehacientemente lo que hay, en un movimiento de acercamiento analítico a las cosas.

Pero la necesidad de esa imagen que permita interpretar y dar unidad a su realidad es consubstancial al hombre, y la afirma incluso cuando la niega. Cuando declara que “no hay ninguna imagen válida universalmente”, esto ya orienta su pensamiento en la dirección determinada de ver en censura toda respuesta positiva a la unidad de los hechos que hay. También existe la posibilidad de desentenderse de la búsqueda de tal unidad, un vivir “en indiferencia” respecto a aquello que sea el fundamento de su vida. El existir humano, que no puede renunciar a su conciencia, lleva envuelto una opción frente al fundamento unificador de lo que hay.

Todo saber reclama un entender, y esto es distinto de saber. Sabemos muchas cosas que no entendemos. Para entender se precisa una activa participación del sujeto concreto en el saber. Ese activo tomar parte consiste en contemplarlo interrogativamente. Y las preguntas se hacen desde lo que uno es y según sea su estar en la realidad. Aquello que las verdades factuales significan se entiende según las concretas transformaciones de la conciencia de uno mismo, pues es ella la que abarca en una mirada la totalidad de lo que hay. Y esto no se logra sin ejercicio, el ejercicio que significa una vida intelectual[4]. Solamente así las diversas verdades muestran su unidad subyacente y adquieren significado, pues sitúan al sujeto ante la verdad de las cosas. Es esta verdad en singular la que hace posible que las meras cosas adquieran su valor propio, y ocupen un lugar determinado en la construcción del sujeto y su mundo.

Y esta construcción no se da arbitrariamente ni en solitario. Se hace en diálogo: diálogo con uno mismo, con los otros, con su tiempo y con su historia. El es la condición para que pueda ser descubierto el significado de las cosas. Y ese diálogo es posible allí donde hay logos diversos, no iguales, aunque si estén todos en el mismo lado. Un diálogo meramente entre iguales, sin ninguna cualificación, equivaldría a un monólogo a diversas voces: no facilitaría ningún avance. Los interlocutores deben estar cualificados para que las preguntas que mueven el diálogo surjan desde la experiencia del camino explorado. Esto no impide descubrir nuevos caminos, y sí evita tomar caminos equivocados.

El mismo hombre que busca entender a las cosas y a los demás hombres busca también ser entendido, comprendido. Necesita descubrir el para qué de todo ese movimiento de relación con el mundo, con los otros y consigo mismo. De hecho vive siempre en un para qué, implícito o explícito. Toda su actividad viene acompañada de un sentido. Aun cuando sea la nada su horizonte, lo vive como trascendencia que justifique su forma de estar en el mundo. Y esto tampoco es arbitrario y opcional: es una exigencia del “logos” en que se desenvuelve su vida. Dios es el horizonte hacia el que se mueve su vida, horizonte que se afirma incluso cuando se niega.

Comte interpretó la evolución del pensamiento de la humanidad según la doctrina de los tres estadios. A un estadio mítico-religioso, le siguió un estadio metafísico, y a éste el científico positivo, siguiendo un esquema que iría desde la infancia a la madurez. Aparentemente, la evolución fáctica ha sido así. Pero esta doctrina descuida el hecho oculto esencial de que las ciencias concretas encuentran su fundamento en la Metafísica, y la Metafísica en la religión: solamente a la luz de la religión vemos qué es la Metafísica, y la luz de la Metafísica, qué es la ciencia, y no al revés. Un hombre maduro que olvidara absolutamente su infancia y su juventud dejaría de ser ipso facto un hombre maduro, y no podría entender cómo ha llegado a ser.

El hombre necesita sustentar su vida en la verdad, que para ser completa necesita tener significado y sentido. Y esto por exigencia de su naturaleza racional.

Decía Alan Watts, “para el liberalismo moderno, la idea de una sociedad espiritualmente unánime parece tan imposible como indeseable”[5]. Pero justamente el abandono de ese objetivo lo realiza, pues todos se han puesto de acuerdo que no hay tal objetivo común. Y dado el supuesto de que se carece de un objetivo tal, se ha buscado lo común en el campo de los puros hechos, y, como no podía ser de otra forma, lo único común que se ha encontrado es que todos necesitamos alimentarnos, guarecernos, y disponer de ciertas cosas. Es decir, la economía.

A nadie se le puede imponer una determinada concepción de la vida. Comprender el significado y sentido de algo es un acto intelectual individual que se da o no se da. Concluir de ahí que cualquier concepción vale lo mismo que otra es un error. Hoy se entiende el derecho a ser respetado en su pensamiento como el derecho a pensar cada uno según le plazca. De este modo se ha conseguido que prácticamente todos piensen igual: todos dicen lo primero que se les ocurre. Y lo que se les ocurre viene frecuentemente determinado por los creadores de opinión.

El hombre moderno, sin sostén interior, encuentra su justificación espiritual en sí mismo, ya que nadie está en este sentido cualificado para él. En este terreno está sencillamente solo, a merced de la arbitrariedad de sus pensamientos. No solamente no cree en nada, sino que no puede creer. Y esto facilita su manipulación por un sistema que ha hecho de la economía su religión.



[1][1] L. WITTGENSTEIN, Tractatus Logico-Philosophicus, 5.6

[2] ibid, 5.542

[3] L. WITTGENSTEIN. Notebooks,5/8/16

[4] Por vida intelectual no entiendo nada libresco o lo que sociológicamente se entiende por “intelectuales”. Vida intelectual es relacionarse con la vida en reflexión, cosa que puede hacerse desde muy diversas situaciones humanas.

[5] Alan W. WATTS. La suprema identidad, pg.20.Barcelona, 1978